Dar el salto 12 Rainer
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12 Rainer

Rainer volvió a suspirar, con el móvil pegado a la oreja derecha.

—Te lo juro, Klaus…

—Que sí, que sí —le dijo su mejor amigo a través de la línea—. Una cerveza y a casa, lo prometo. Pero sabes que necesito salir, despejarme, hablar con mi círculo cercano…

—¿Yo soy tu círculo cercano?

—Lo sé, un poco patético.

—Que te den —resopló.

—Venga, te veo ahora.

Y le colgó.

Rainer observó cómo se alejaba de la academia por el retrovisor, los terrenos de la Reitakademie Kellerhof quedándose cada vez más atrás. La luz del sol casi había desaparecido, y el azul oscuro se arrastraba lentamente por el cielo cubriendo su manto nocturno.

Pensó en Klaus, en su único amigo de verdad.

Vivía en Berlín por su puesto importante en una empresa de nanotecnología.

Ambos habían crecido en Sasbachwalden; sus madres se habían hecho amigas gracias a la junta del colegio del pueblo y el resultado había sido pasar cada día de su infancia y adolescencia en la compañía del otro.

Klaus era la única persona fuera de su familia que conocía a Rainer en todas sus versiones.

Se había quedado a su lado cuando era un niño inquieto, un adolescente obsesionado con los caballos y más tarde cuando se había convertido en el número uno del mundo.

También se había quedado cuando Rainer tuvo el accidente.

Lo que vino después, lo que se descubrió y la espiral en la que se sumió sin esperanza de salir de ella.

Y, años después, ahí seguía. Aunque Rainer no fuera el mismo que había sido.

A veces dudaba de que esa persona siguiera dentro de él, como si hubiese desaparecido sin dejar rastro, abandonándolo junto con el vacío.

Ese jodido vacío.

Siguió conduciendo su Jeep Wrangler amarillo por el camino de tierra mientras los campos verdes que se extendían inalcanzables a un lado y al otro lo acompañaban como cada día de regreso al pueblo.

Había quedado con Klaus en el Otto’s porque su amigo había insistido en verse.

—Venga, Rain —le había dicho—. Hace mucho que no nos vemos y necesito tu apoyo.

Klaus se casaba en septiembre del próximo año con el amor de su vida y llevaba llamándolo para contarle sus preocupaciones desde que le había propuesto matrimonio a su prometida, hacía ya seis meses.

«¿Sabes que hay más de diez tipos de blancos?», le preguntó un día.

«No te vas a creer lo que nos ha dicho la zorra de la encargada del cáterin», se quejó al tiempo.

«Dios, Rain, nunca pensé que un centro de mesa pudiera estresarme tanto», se había lamentado no hacía mucho.

Rainer lo escuchaba todo, por supuesto. A veces bromeaba con su amigo, otras solo analizaba la situación para ofrecerle su ayuda. La mayoría del tiempo le recordaba que se casaba con el amor de su vida; esa última siempre funcionaba.

Condujo perdido en sus propios pensamientos mientras las manos se deslizaban por el volante movidas por la memoria muscular.

Conocía el camino como las líneas que le recorrían las palmas y podría haber conducido por este hasta con los ojos cerrados; subido en su coche, que había arreglado unos años atrás, cuando no había sabido cómo ocupar ese tiempo que no pasaba trabajando hasta que le dolían los músculos, o antes,

cuando aún era pequeño y pedaleaba con Annika para ver quién llegaba antes al pueblo, o incluso cuando galopaba por él montado en…

No pudo acabar ese pensamiento. Lo cortó con la daga afilada que siempre le salvaba de aquellos recuerdos que ya no tenían un hueco en su mente. A veces se odiaba por no poder trazar esos caminos de su memoria, por descuartizarlos antes de que pudiera echar un vistazo.

Pero no podía.

No podía.

Llegó al pueblo unos minutos después, pasó por casa para ducharse y cambiarse e inmediatamente se dirigió al Otto’s.

Klaus: Estoy llegando.

Rainer guardó su teléfono y entró en el pub.

Trató de no pensar en que casi nunca se pasaba ya por allí, en la gente que se encontraría o en lo que dirían de él.

Nada más entrar la vio.

A Elizabeth.

Siguió caminando hacia su objetivo, la barra del bar, mientras la cabeza le daba vueltas por el hecho de verla allí, sentada en uno de los taburetes altos de madera acompañada de Davi De Sousa. Le impactó aquella imagen, un bofetón que no se esperaba.

Jamás habría pensado en Elizabeth Vaux saliendo a tomar unas cervezas con el resto de los jinetes de la RK.

Ella no era así; no tenía un sentimiento de compañerismo por los demás, ni en las competiciones ni fuera de ellas.

No era que fuese maleducada, no la habría tildado de eso, pero, por lo que Rainer sabía, su nueva jinete siempre evitaba cualquier contacto con las personas que no fueran Henk Jensen y su equipo.

Y luego, una vez allí en la academia, había notado sin quererlo que Vaux siempre estaba sola.

La encontrara cuando la encontrase, nunca parecía acompañada.

Los mozos le contaban que apenas hablaba con nadie, que nunca había sido desagradable, a excepción del encontronazo del primer día, pero que tampoco buscaba conversaciones triviales como los demás.

Sí, se había aprendido los nombres de todos; sí, siempre daba las gracias cuando pedía algo para sus caballos, y sí, era muy formal y atenta con todo lo que tenía que ver con sus monturas.

Pero nada más.

Cuando no estaba entrenando en la pista con él, estaba en el gimnasio y, cuando no, pasaba el tiempo con Sodashi y Hello Sanctos.

La había descubierto un par de veces llevándoselos a pasear pie a tierra por los alrededores del club, como quien pasea a sus perros.

Effy se los llevaba y pasaba horas en el bosque con ellos.

A veces también la había descubierto en el picadero observándolos moverse libremente.

Se quedaba ahí, con su pelo negro revoloteando a su alrededor, sus ojos azules como el cielo de aquella noche, reflejando una ternura que nunca habría esperado de esa mujer fría.

Y el resto del tiempo… no tenía ni idea de lo que hacía.

Elizabeth Vaux era como la luna.

O como una noche de invierno.

A veces quizá como el mar del norte.

Solitaria, preciosa y distante.

Trató de no desviar la mirada en su dirección, dejar de pensar en que ella estaba aquella noche allí y en cómo Davi habría conseguido convencerla. Esperó pacientemente a Klaus mientras un cosquilleo molesto le recorría la piel, le encogía el estómago y le calentaba las venas.

—¡Rain!

Él dejó escapar el aire que desconocía que estaba conteniendo y se dejó abrazar por su amigo.

—¿Qué hay, Klaus? —Le sonrió.

—Dios, cuánto tiempo sin venir. ¡Hey, Otto! —exclamó su amigo al dueño del local, que charlaba con un grupo más al fondo—. ¡Dos pintas!

—Bueno, cuéntame, ¿cómo está Joanne? —le preguntó.

—Oh, increíble, no sabes lo ilusionada que está con todo… —Suspiró mientras se apoyaba de espaldas a la barra. Los ojos azules le brillaban con una alegría que Rainer sabía que no había sentido jamás—. No puedo esperar a la boda.

Le dio una palmada en el hombro.

—Solo quedan… —hizo como que miraba el reloj, aunque sabía perfectamente cuántos días faltaban— doce meses y trece días.

—Y diez horas.

En ese instante les trajeron las cervezas y Rainer alzó la suya.

—Brindemos por esas diez horas.

Klaus entrechocó su vaso de cristal con el de él con un ligero clinc.

—Y hablando de la boda… ¿Mi padrino tiene ya traje?

Rainer puso los ojos en blanco.

—Sabes que sí, pesado.

—¡Pues pásame una foto! No puedo permitir que mi mejor amigo, hermano, padrino y la persona que dará el discurso en mi boda vista un traje que no he aprobado.

—No voy a dar un discurso en tu boda.

—Obviamente lo vas a hacer. —Rainer dejó escapar una risa por la nariz—.

Pero, bueno, basta ya de tanta boda… ¿Cómo te va con tu nueva jinete?

—Él le chistó. Klaus nunca controlaba su tono de voz y, como siempre, lo había preguntado sin preocuparse de que alguien pudiera escucharlos—. ¿Qué pasa? ¿Es secreto o qué?

—No, capullo. Pero está aquí y no quiero que te oiga y parezca algo que no es.

Él sonrió y se giró para escanear el pub con una rapidez que Rainer no pudo parar.

—¿Está aquí? ¿Dónde?

—Estate quieto. —Lo agarró por los hombros y lo obligó a enfrentarlo. Klaus era alto, pero no más que él, así que no le costó demasiado volver a ponerlo en su sitio.

—Guau, Rainer… ¿Te has puesto nervioso?

—Pues claro, pero por tu culpa. —Se pasó una mano por el pelo, echándose un par de mechones hacia atrás—. Te estás comportando como un crío.

—Bueno, perdóname por interesarme por la primera cosa novedosa que pasa en tu vida desde hace siglos.

—Es trabajo —murmuró.

—Nadie ha dicho lo contrario. Pero cuéntame, ¿qué tal es? ¿Tan buena como dice la gente?

Su mirada se escurrió hasta encontrarla; duró un segundo, menos, pero interceptó su pelo negro, el brillo dorado que devolvía gracias a las luces del bar. Su espalda recta y esa cabeza erguida que parecía estirarse hasta el espacio.

Como una bailarina de ballet.

No, se corrigió enseguida. Como una amazona.

Dejó atrás la imagen de Elizabeth Vaux.

Enfrentó a su amigo.

—Sí.

Klaus se lamió los labios.

—¿Mejor que tú?

Rainer entrecerró los ojos, con la respuesta a esa pregunta clavada como un aguijón en su corazón muerto. Apretó la mandíbula y, antes de que pudiera responder, Elizabeth cruzó por delante con paso apresurado, la mirada fijada al frente.

Ya se iba, y ni siquiera se había dado cuenta de que él estaba allí.

Mejor, así podré estar tranquilo.

Mejor, así este hormigueo podrá desaparecer por fin.

Mejor, así no estaré tentado de buscarla con la mirada.

Mejor…

—Vaux —la llamó.

La amazona paró en seco, pero no se volvió para enfrentarlo, como si su mera presencia le produjera rechazo. Como si no quisiese saber nada de él fuera de la pista que compartían.

Por fin volvió el rostro en su dirección, con su perfil afilado, nariz respingona, labios fruncidos en una mueca de disgusto y ojos enormes, inquisitivos, enfurecidos, clavados en él.

—Keller —le devolvió con esa voz fría, carente de emoción.

Rainer entró en ese estado que solo se manifestaba cuando Elizabeth aparecía en su campo visual. Por alguna razón sentía que debía retarla constantemente, que debía buscar sus garras afiladas y exponerse a un arañazo.

Muchas veces dolían.

Pero otras…

—¿Te vas?

—Sí. —Se negó a apartar la mirada de la suya mientras esperaba su respuesta—. Esto no es lo mío.

Rainer puso los ojos en blanco; ya lo sabía. Lo sabía desde la primera vez que la había visto.

—¿Por qué no me sorprende?

—¿Qué se supone que significa eso?

—Nada, olvídalo —le contestó, de repente deseoso de borrar aquella conversación, aquel encuentro casual e incómodo.

Klaus se aguantaba la risa y él quiso asesinarlo por ello.

—Adiós, Keller.

Y salió de allí sin volver a dedicarle un vistazo.

En ese instante, Davi se dirigió hacia ellos.

—La llevo yo a casa —le explicó, creyendo que a Rainer le interesaría saber aquel detalle.

Pero sí te interesa, le siseó esa voz interior que a veces parecía querer sacarlo de quicio.

Davi le sonrió como despedida, pero no le pasó por alto su mirada vidriosa, sus mejillas sonrojadas y la confianza con la que le había hablado, como si lo hicieran a menudo.

No era el caso, nadie solía dirigirle la palabra.

Rainer desvió la mirada al lugar de la barra que habían dejado y observó las cuatro pintas de cerveza acabadas, los restos de la espuma aún sobre la base de cristal de las jarras.

Antes de que el portugués pudiera abrir la puerta del Otto’s, alargó el brazo y lo detuvo.

—No. —¿Era su voz la que había dicho aquello?—. Ya la llevo yo.

Klaus se acabó de un trago la cerveza. Davi lo miró ojiplático.

—¿De verdad…? —había empezado él—. No me cuesta nada.

—Has bebido —dijo como única respuesta.

—Solo dos pintas, no es nada, y…

Rainer no aguardó a escuchar el resto de la frase. Se volvió hacia su mejor amigo.

—Espérame aquí.

Klaus alzó su cerveza vacía y, como única respuesta, le pidió a Otto que le pusiera otra.

Sin más vacilación, salió a la noche. La puerta de madera del pub se cerró a su salida con un sonoro chas.

No se había detenido a sujetarla con la mano.

Vaux caminaba hacia el Seat del jinete portugués, ni siquiera se volvió para confirmar que la persona que la seguía por la acera era él y no De Sousa.

Solo para que se diera cuenta, volvió a llamarla por su nombre.

—Elizabeth.

Su voz la paró de nuevo en el sitio por segunda vez aquella noche.

En esa ocasión sí que se giró para quedar frente a él; estaban separados por unos cinco metros, pero Rainer podía verle perfectamente el rostro: la piel pálida, las pecas que le adornaban la nariz, la línea del mentón, la curva de su cuello,

que quedaba a la vista gracias a los primeros botones abiertos de la blusa blanca que se había puesto aquel día.

Su expresión, como siempre desde que la conocía, solo le ofrecía un reflejo de disgusto.

Sus ojos, llamas azules.

—¿Has salido a seguir burlándote de mí?

Rainer negó con la cabeza aún quieto donde estaba, contemplándola, analizándola. Eso parecía ponerla nerviosa, puesto que dio un par de pasos firmes en su dirección.

—¿No vas a hablarme?

Él se cruzó de brazos. Ese gesto se ganó un par de pasos en su dirección.

—¿En serio, Rainer?

No sabía cómo, pero ya la tenía delante. Le sacaba una cabeza; aun así, la presencia de Elizabeth Vaux parecía extenderse hacia arriba, fuera de su alcance. Nunca le había pasado algo así.

—Vamos, te llevo a la RK.

Echó a caminar hacia su coche.

—Y una mierda, me lleva Davi.

Rainer habló al frente, con su voz proyectada a las calles durmientes.

—No, Vaux, te llevo yo.

Elizabeth no lo seguía. Él abrió la puerta del copiloto y le hizo un gesto para que entrara. Se miraron. Se retaron.

—Última oportunidad, Vaux —le advirtió—. No pienso esperarte toda la noche.

Ella suspiró con fuerza, murmuró algo en voz baja y luego echó a caminar en su dirección. Pasó por su lado y se chocó contra su hombro para mostrarle su irritación.

Algo le vibró en el brazo después de aquel roce voluntario.

Rainer cerró la puerta de su Wrangler, luego dio la vuelta al coche y se puso al volante. El vehículo arrancó con un ronroneo parecido al crujido de la madera en el fuego antes de ponerse en movimiento.

Su respiración calmada.

Su semblante serio.

Pero su interior…

Sentía el corazón acelerado, la mente girando y dando volteretas a toda velocidad.

—¿No vas a hablarme en todo el trayecto? —inquirió Vaux.

Le dedicó un vistazo rápido. No sabía por qué se había ofrecido.

No quería hablar con ella, no quería escuchar su voz, sus quejas, sus demandas.

Esa manera que tenía de hablar como si todo el mundo debiera venerar los pasos que daba, su actitud de estrella de cine y esa cara…

, esa jodida cara que a veces le parecía irreal.

No quería tener nada que ver con ella.

Y, aun así…

—Está bien, Vaux, ¿de qué quieres que hablemos?

Dio un giro con el volante para tomar una de las calles principales del pueblo. Estaban a punto de salir de él y adentrarse en los caminos que llevaban al bosque. Las luces de los faros lo iluminaban, pero todo lo que se salía de su trayectoria estaba oscuro, dormido, plácido en su sueño de verano.

—Quiero saber por qué decidiste entrenarme. —Rainer estuvo a punto de frenar el coche. Agarró con fuerza el volante y gruñó—. Y quiero que me lo digas ahora.