Dar el salto 11 Effy #2
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11 Effy #2

Su abuelo, Odin Keller, había sido un excelente jinete, y había llevado a Alemania a la medalla de oro en los Juegos Olímpicos del 72 en la modalidad de salto.

Era una leyenda. Este mundo había visto crecer al pequeño Rainer, siempre en el centro de la agitación, el ojo del huracán.

Llevaba toda su vida compitiendo: en las modalidades infantiles, juniors, pasando a la young riders…

Y fueron tales su éxito, su desparpajo y su desenvoltura perfecta que, una vez cumplió los dieciocho, pasó directamente a clasificarse para la Western European League.

El resto era historia.

Effy jamás había llegado a competir contra el Titán. Pero sí lo había visto. Aunque de eso hacía muchos años, cuando su vida era otra. Cuando su presencia en las pistas de concurso estaba motivada por otras cosas.

—¿Y?

—Pues que dicen que lo que le pasó le cambió. — La caída—. Desapareció de la RK durante un año entero y, cuando volvió, dejó de ser el mismo. No hablaba, no se relacionaba y su personalidad…

—No me imagino a Keller como la alegría de la huerta —comentó ella por lo bajo.

—No creo que lo fuera —matizó Davi—. Pero creo que era diferente. Desde que volvió no ha querido saber nada de los caballos más allá del trabajo que hace como mozo…

—¿Rainer trabaja de mozo?

—Sí. Antes de que llegaras tú, trabajaba de sol a sol como mozo.

Los latidos del corazón se le aceleraron.

—Pero creía que Rainer se dedicaba a entrenar… con Montagne…

—Lo intentó con él porque su hermana, Annie, le dijo que quizá era buena idea volver de otra manera.

Por lo que tengo entendido, Rainer no quiere saber nada de este mundo, pero a la vez es incapaz de alejarse de él.

Así que tiene lógica que intentara ser entrenador, ya que durante mucho tiempo fue el mejor del mundo, pero…

—Ya no lo es.

Davi le ofreció una mirada sorprendida.

—No, supongo que no. —Le dio otro buen trago a su cerveza—. El caso es que después de lo de Luca dijo que nunca más volvería. —Effy trató de no inclinarse hacia él—. Hasta que llegaste tú.

Pero ¿por qué?

Digirió la información que el jinete portugués le acababa de proporcionar.

Sabía que Rainer había desaparecido del mapa tras su caída, pero había recordado verlo luego como entrenador de Luca.

La gente se había vuelto histérica con su retorno; de nuevo era noticia en los medios ecuestres, las revistas, los rumores…

A Effy nunca le había interesado todo eso, era ruido para ella.

Pero había supuesto que Rainer Keller había decidido participar en la Federación Ecuestre Internacional de otra forma: en la junta, criando caballos como su familia hacía, participando en las cenas y galas, siendo entrenador…

Pero había estado escondido todo ese tiempo.

Y cuando lo había intentado con Luca hacía dos temporadas, no había salido bien.

Hasta ella.

Effy se enfadó.

Para ella todo aquello no era un juego, ni tampoco un experimento o una prueba de un jinete retirado que trataba de averiguar si le apetecía o no entrenar a la siguiente generación.

Para Effy esto era su vida. Y si Rainer no se lo tomaba en serio…

—Según Henk, Rainer le debía un favor —pensó en voz alta—. Supongo que será por eso.

—Sea lo que sea, se le ve volcado en lo vuestro.

Ella le dedicó una mirada de disgusto. Davi se rio.

—En vuestro entrenamiento —explicó—. No sé, esto puede que sean impresiones mías, pero lo veo diferente a lo que fue con Luca.

—¿En qué sentido?

—Llámalo corazonada. —Le guiñó un ojo.

—No creo en esas cosas.

—Obviamente.

Antes de que pudiera contestarle, Davi le dio un toquecito en el brazo, llamando su atención.

—Hablando del rey de Roma… —Señaló la puerta.

Y ahí estaba.

Rainer Keller.

Entró sin prisa y casi resistiéndose, como si alguien lo hubiera obligado a estar allí.

Effy se encontró observando su paso firme y confiado, su expresión neutra, sin una pizca de esa chispa que ya había empezado a buscar cada vez que enfrentaba su mirada.

Algunas personas se volvieron para mirarlo, se escuchó un «Hey, Rain, ¿qué tal te va?»

y un «Pero qué ven mis ojos, si es Keller» mientras él se limitaba a dar un par de asentimientos con la cabeza acercándose a la barra.

Effy no sabía por qué, pero no podía despegar su mirada de él; la forma en la que se movía, como si el local le perteneciera, como si supiera que la atención de toda esa gente bailaba a su alrededor sin esfuerzo, aunque a él pareciera no importarle. Seguramente fuera así.

Vio cómo un grupo de chicas a la izquierda de Rainer lo observaba, escuchó sus risitas y cuchicheos. Keller las ignoró completamente.

—¿Es siempre así? —se le escapó.

—Sí.

En ese justo instante entró un hombre hablando por teléfono con una de las sonrisas más brillantes que Effy había visto en mucho tiempo. Caminaba con rapidez, al contrario que Rainer, y, una vez colgó, alzó la mirada como buscando a alguien. No le costó mucho.

Es normal, pensó Effy. Es imposible no reconocer a Rainer. Incluso en una habitación llena de gente, añadió amargamente.

El hombre le dio una palmada en la espalda y pidió dos cervezas con una voz animada.

Y Rainer… Rainer le sonrió.

Hubo algo en ese gesto que hizo que la sangre de Effy hirviera.

Se quería ir de allí.

De repente tenía mucho calor y se moría por sentir el soplo de aire frío de la noche.

Se moría por salir de aquel pub lleno de ruido, de risas, de gente hablando animada.

¿Qué hacía ella allí? No pertenecía a un lugar como aquel.

A Effy no se le daba bien la gente, ni socializar ni mantener conversaciones desenfadadas.

A Effy solo se le daba bien una cosa.

Despegó la mirada de Rainer, que no se había percatado de su presencia, justo cuando les servían sus cervezas.

—Creo que debería irme.

Davi alzó las cejas.

—¿Ya? Pero si ni siquiera son las diez de la noche.

Ella se encogió de hombros.

—Quédate, vuelvo andando.

—Effy, no.

—Davi. —Pronunció su nombre con tranquilidad, serena—. No pasa nada, quédate. De todas formas, yo no quería venir.

El portugués negó con la cabeza. Los rizos castaños le rozaron la frente por culpa del movimiento tan marcado. Todo en Davi De Sousa era exagerado, extrovertido, transparente.

—Te llevo a la RK y luego vuelvo —se impuso. La sonrisa seguía ahí, pícara, despreocupada. Pero en sus ojos color miel se reflejaba una seguridad que no le daba pie a seguir negándose—. ¿Para qué están los amigos?

Effy lo miró a los ojos cuando dijo:

—No quiero amigos.

—Todo el mundo necesita un amigo. —Apuró su cerveza hasta el final y le dio una palmada—. Voy al baño y nos vamos. Necesito expulsar los dos litros de cerveza que llevo en el cuerpo —bromeó.

Ella asintió ignorando lo primero.

—Te espero fuera.

Se separaron y Effy echó a andar hacia la salida.

Solo quería marcharse de allí, llegar a su cama y dejar de pensar.

Aunque sabía que no lo conseguiría. Había algo en su entrenador que la enfurecía y ponía nerviosa a partes iguales, y le molestaba profundamente no poder identificar por qué se sentía de aquella manera.

Normalmente nadie conseguía perturbarla de la forma en la que Keller lo lograba.

Acudir allí aquella noche no había sido buena idea.

No le dedicó una mirada a Rainer cuando pasó por su lado.

Quería llegar a la puerta, salir y…

—Vaux.

Una palabra.

Una voz grave y autoritaria.

Effy frenó sin quererlo, como si sus piernas fueran dirigidas por esa voz en vez de por su cabeza. Rechinó los dientes, enfadada consigo misma.

Alzó la mirada por encima del hombro y se encontró con ese azul.

Un segundo, dos y tres…

—Keller.

Rainer parecía sorprendido de verla allí, como si la mera imagen de ella en ese lugar fuera extraña. O inconveniente. Seguramente estaba pensando en que ya tenía suficiente con lidiar con ella en las pistas como para también tener que encontrársela allí, en su ciudad, en su pub, en su vida.

Pues ya somos dos.

—¿Te vas?

—Sí. —Ninguno había apartado todavía la mirada del otro—. Esto no es lo mío.

Él puso los ojos en blanco.

—¿Por qué no me sorprende?

—¿Qué se supone que significa eso?

—Nada, olvídalo.

El hombre al lado de Rainer pareció atragantarse con su cerveza por culpa de la risa nerviosa que estaba tratando de ocultar. Elizabeth desvió la mirada hacia él durante un par de segundos, pero volvió enseguida a su entrenador.

¿Siempre tenía que ser así de insoportable?

—Adiós, Keller.

No se paró a escuchar nada más de lo que tuviera que decirle y salió a la noche.

Estaba caminando en dirección al coche de Davi cuando escuchó la puerta del Otto’s abrirse.

Davi ya habría acabado del baño. Se podía ir.

Y entonces… otra vez esa voz.

Su voz.

—Elizabeth.