11 Effy
Aún seguía sin entender cómo había acabado en uno de los pocos bares de Sasbachwalden.
El Otto’s era un local típico alemán: un bar-taberna donde la especialidad era la cerveza negra y el vino autóctono.
El establecimiento estaba compuesto de dos plantas con una estructura cuadrada y tejado completamente triangular.
La madera oscura y envejecida recubría las ventanas y la piedra blanca manchada por el tiempo resplandecía bajo las dos luces amarillentas a ambos lados del gran portón que hacía de entrada.
El cielo era ya azul oscuro, a pesar de que no pasaba de las ocho y cuarto de la noche. Los últimos días de agosto se escurrían rápidos, y con ellos, el horario de verano desaparecía.
Effy no se lo pensó dos veces antes de entrar al bar.
Davi De Sousa le pisaba los talones parloteando.
No se había callado en todo lo que había durado el trayecto desde los terrenos de la RK hasta el Otto’s.
—Y por eso creo que París está sobrevalorado.
Effy se detuvo a la entrada, escaneando rápidamente la composición del bar: una gran barra de madera casi negra tallada con figuras abstractas en forma de remolinos y hojas, taburetes recorriendo la largura de esta,
mesas y sillas de madera vieja esparcidas por el gran salón de suelo de piedra y allí, al fondo, una pared entera recubierta de barriles añejos de cerveza.
Los taburetes altos estaban casi todos ocupados por clientes que charlaban animadamente mientras el tabernero se dedicaba a rellenarles las jarras de cerveza.
El resto de las mesas también estaba casi al completo: grupos de amigos que se reunían para desinhibirse después de una jornada laboral, olvidarse de sus preocupaciones y relacionarse en un ambiente relajado.
Elizabeth encontró enseguida al resto de jinetes de la RK. Podía decir con seguridad varios de sus nombres y apellidos: Sarah Malvin, Pablo Suárez, Stella Romano, Friedrich Bauer, Lina Vogel, Thijs van der Meer, Eloïse Dumas y, por supuesto, Luca Montagne.
Algunos de ellos, como Sarah y Friedrich, eran más veteranos, recién entrados en la cuarentena; la mayoría rondaba los treinta, y algunos pocos aún la veintena: Davi, Luca, Lina y ella.
Aunque nadie era tan joven como la propia Effy.
Aquello no la hacía sentir inferior; al contrario, le otorgaba un poder que ninguno más en el grupo poseía: la certeza de ser la mejor aun con menos años de recorrido que el resto.
Sabía que por eso muchos la envidiaban. Que la veían como una amenaza cada vez que entraba a una estancia. Estaba acostumbrada a todo ello: a las miradas desconfiadas, los susurros y los vacíos. Davi, por otro lado, no se dio cuenta del silencio que se extendió en la mesa en cuanto llegaron.
—¿No te lo parece, Effy?
—¿El qué? —le preguntó, volviendo a la realidad de su conversación.
O más bien monólogo ininterrumpido, se burló internamente.
—Que el recorrido de París es de los peores —dijo mientras se sentaba en la mesa sin ser invitado—. Buuu. El peor. —Le enseñó el puño con el pulgar mirando al suelo.
—A mí me gusta.
—Claro que te gusta —le contestó Thijs uniéndose a su conversación—. Siempre consigues darnos una paliza a los demás.
—Eh, eh, habla por ti, Van der Meer —le cortó la francesa Eloïse Dumas mientras le guiñaba uno de sus ojos color miel al holandés—. El año pasado quedé tercera.
Effy no pudo evitar que se le escapara una media sonrisa.
—¿Qué te hace tanta gracia, Vaux?
Toda la mesa la miró, pero ella no se amedrentó.
—Que yo quedé primera.
Un silencio que duró un segundo, dos y tres.
Y luego:
—Serás capulla —se quejó la francesa—. Al menos no me diste una paliza como al resto.
Elizabeth asintió.
—Es verdad.
Eloïse le dedicó una sonrisa cómplice y le dio un trago a su pinta. Luego alzó la mano, llamando la atención del camarero.
—¡Dos más, por favor! —pidió en un alemán impecable.
—¿Todos sabéis alemán?
Eloïse se encogió de hombros.
—Llevamos años entrenando en la Kellerhof. —Se recostó en su silla, con las manos detrás de la cabeza, obligando a que su pelo corto castaño se apelmazara hacia delante—. Al final aprenderás.
—Yo no voy a quedarme —se limitó a compartir—. Estoy de paso.
Luca Montagne resopló por lo bajo. Effy lo ignoró.
—Pensábamos que habías decidido dar un paso más allá —comentó Pablo Suárez.
—¿Más allá? —le increpó ella, de repente un poco molesta.
—Lo que Pablo quiere decir es que pensábamos que por fin habías entrado en razón apuntándote a una academia de alto rendimiento de renombre.
Effy absorbió las palabras de Eloïse. Le sirvieron su pinta justo en ese momento.
Decidió darle un trago, saborear el regusto amargo y fuerte de la cebada alemana y permitirse pensar durante unos segundos su respuesta.
La RK era de las mejores, sí. No solo por sus instalaciones lujosas y exclusivas, tampoco por el posicionamiento estratégico, ya que Alemania era una de las grandes cunas del mundo del salto y la sede de muchas de las competiciones más importantes.
Tampoco por ser una de las ganaderías de caballos hannoverianos más importantes del mundo.
Era ese conjunto de cosas y el hecho de ser uno de los clubes hípicos con más galardones, escarapelas, copas y medallas ganadas por sus residentes.
Y no era de extrañar: actualmente solo la RK contaba con nueve de los dieciocho jinetes habituales en la parrilla del mundial.
Nueve de dieciocho. La mitad.
—Lo he hecho porque no me quedaba otra opción. Si quiero ganar mi quinta copa, debo tener un entrenador. Son las normas —les explicó sin una pizca de emoción.
—¿Y quién te dice que vayas a ganarla?
Ese, por supuesto, había sido Montagne. Effy no había necesitado volverse para saberlo: el acento francés y el timbre de voz receloso se lo habían dicho todo.
Dejó la cerveza sobre la mesa.
—Lo digo yo.
Davi soltó una risita a su lado, claramente encantado con su respuesta.
El resto de la mesa optó por no abrir la boca y Effy decidió encarar a Luca.
Pelo castaño, liso y bien peinado, rasgos afilados como esculpidos en cristal, nariz grande y aguileña, labios gruesos fruncidos en una mueca. Ojos marrones perforándola.
—Nadie ha ganado cinco copas seguidas. Es imposible —le escupió él—.
Solo un jinete en la historia ha conseguido tres copas, y solo dos las cuatro…
—Effy y Rainer—. Los jueces deben estar ya hartos de tanta repetición, lo sabes.
Apuesto a que este mundial fue el más difícil para ti… Lo pudimos notar en el ambiente.
—Ganar ese último día fue lo más fácil que he hecho nunca. —Y era verdad. Recordaba como si fuera el día anterior la final de la copa mundial, el show off de aquel domingo de abril. Ni siquiera había sudado.
—Di lo que quieras, Effy —se burló Montagne usando su diminutivo—. Todos sabemos que contigo eran el doble de exigentes, te penalizaron por tonterías y tenían toda su atención puesta en ti… Estaban deseando que fallaras.
Elizabeth lo sabía. De hecho, lo había hablado con Henk a lo largo de toda la temporada pasada; la manera en que los jueces parecían tenerle especial inquina.
No era justo. ¿Cómo es que a Vogel le perdonaban ese segundo de penalización y a ella no?
¿Lo de su barra tocada en Londres cuando claramente no había sido así?
¿Y lo de la penalización por los protectores de Sodashi cuando habían sido aprobados con anterioridad?
No deseaban verla ganar.
Pero a ella le importaba una mierda. Tan solo importaban sus deseos, su anhelo y su ambición; el resto de cosas podían irse a tomar por culo.
—Y, aun con todo eso, lo único que estás demostrando es que soy la persona más talentosa que vas a conocer en toda tu vida —expresó impasible—. Enhorabuena, vas a poder alardear de conocer a la única ganadora de cinco mundiales seguidos; aprovéchalo.
Le guiñó un ojo sabiendo que Luca lo odiaría.
Su mirada desorbitada se lo dijo todo.
—Joder, tía, eres despiadada. —Ese fue Davi, que acompañó sus palabras con un silbido—. Me encanta.
Effy apuró su pinta con un par de tragos y alzó la jarra vacía al portugués.
—Vamos a por otra. —Se incorporó y alargó la mano para tirar de él—. Me debes una conversación —le recordó.
—A sus órdenes, mi fiera amazona.
Effy ignoró el saludo militar que le dedicó y se encaminó a la barra, deseosa de alejarse de la mesa de jinetes que seguro que habían empezado a cuchichear en el instante en que les había dado la espalda.
Davi pidió dos jarras más.
—¿Sabes? Me caes bien.
—Yo, en cambio, sigo sin saber si tú a mí también —le dijo con total sinceridad.
—Suele pasar, tengo una personalidad explosiva. —Sonrisa. Movimiento de cejas. Beso al aire—. O al menos eso me dice mi padre.
A Effy se le escapó un amago de sonrisa.
—¡Ajá! Te hago gracia, admítelo.
—Si tú lo dices.
—Genial, eso es un sí.
—Y ahora, volviendo a lo de Keller…
—¿No te interesa saber qué se dice de ti? —le preguntó con ingenuidad Davi.
—Que soy una malcriada, una prepotente y una niña odiosa, entre otras cosas —enumeró sin pestañear—. Me da igual. Lo que me interesa es saber qué se dice de Keller.
—¿No te fías de él?
Elizabeth se encogió de hombros. Puede que el portugués se estuviese mostrando simpático con ella, pero la realidad era que no lo conocía, y tampoco tenía interés en hacerlo. ¿Cómo podía resumir su relación con el excampeón? Muy sencillo: no podía.
—Es mi nuevo entrenador; llevo toda la vida con Henk. —No mentía—. Me gustaría saber a qué me enfrento. —Y, solo por culpa de su segunda jarra de cerveza oscura, añadió—. No me ha parecido que sea una persona muy… fácil.
—Eso es quedarse corta —afirmó Davi—. Rainer es la persona más inaccesible de todo el club. Desde que llegué, hace cuatro años, siempre ha sido así. Los jinetes más veteranos, Friedrich, Stella y Sarah, llevan en la RK muchísimos años. Y los tres compitieron contra él cuando era…
El Titán.
Así lo habían llamado. El Titán de Sasbachwalden.
Rainer había sido tan bueno, tan grande, tan impresionante que todo el mundo había caído rendido a sus pies; llevaba toda su vida unido a aquel deporte gracias a su familia.