10 Effy
Muriel le sonrió desde su agradable despacho del edificio principal.
—Buenas tardes, Elizabeth. —La invitó a sentarse en el sillón de cuero que enfrentaba su mesa—. Solo nos faltaba la copia del pasaporte, ¿verdad?
Effy le tendió el documento, ignorando su invitación.
—Sí, creo que sí.
Muriel tecleó un par de cosas en su ordenador de mesa y luego tachó algo en la lista de papeles impresos que descansaban sobre su agenda.
—Está bien. —Se giró para fotocopiar su pasaporte.
Effy esperó pacientemente a que le diera permiso para irse. Quería llevar a Hello Sanctos al picadero que se ubicaba al lado del lago para darle cuerda, así podría aprovechar la tranquilidad de la tarde. Ya había aprendido que era el horario más seguro para no encontrarse a nadie.
Poco a poco se sumía más y más en su nueva rutina, en la vida que le ofrecía la RK: dormía poco por las noches (eso no había cambiado), desayunaba a las ocho en la Cabaña y luego se dirigía directa a los establos para su primera monta del día.
Entrenaba hasta la hora de comer, luego tenía descanso (en los que solía perderse por los alrededores de la academia) y después acudía al gimnasio para fortalecer los músculos.
Martin, el entrenador personal de la RK de sonrisas fáciles y constitución más parecida a la de un armario, supervisaba su rutina de ejercicios junto con Rainer.
—Deberías trabajar más el tren superior —le había dicho hacía unos días este último cuando la había visto salir del gimnasio.
Rainer iba vestido como siempre: pantalones tejanos anchos, camiseta blanca que se ajustaba a su cuerpo musculado y botas de montar. Effy contuvo las ganas de deslizar la mirada por sus brazos, por la manera en la que el sudor parecía condensársele en el cuello, con las venas dilatadas.
No, se reprendió en el silencio de su mente. No vayas por ahí.
Pero la verdad era que siempre terminaba adentrándose allí. Siempre terminaba observándolo cuando él no miraba, acababa perdida en sus ojos azules imposibles, en las líneas rectas de su rostro…, en la forma en que se lamía los labios.
Rainer Keller era demasiado guapo para su propio bien.
—Ya hago tren superior —se había limitado a contestar—. Martin opina lo mismo.
—Pues tu entrenador opina que debes entrenar más.
Mi entrenador.
Effy sabía que se lo recordaba para hacerla enfadar. Lo sabía por cómo sus ojos parecían iluminarse con esa picardía enjaulada, por la forma en la que sus comisuras se elevaban, imperceptibles para todo el mundo menos para ella.
No para ella.
Elizabeth deseaba aprender a leer a Rainer Keller.
La ponía nerviosa la máscara de apatía bajo la que parecía esconderse.
Le molestaba por un motivo que desconocía.
Había visto pequeños destellos de lo que Rainer guardaba en las profundidades de esa apariencia calmada e imperturbable, bajo el hielo grueso que recubría su persona.
Había algo más, un fuego contenido que deseaba ver arder.
Pero que solo sacaba a relucir para desquiciarla.
Era casi adictivo, había pensado en un momento de vulnerabilidad, cómo parecían seguir tirando de ese lazo que los había unido a regañadientes, la lucha por el poder que ambos se negaban a cederle al otro.
—¿También vas a controlar lo que como? ¿Mi horario? —se había burlado—. ¿O quizá lo que me pongo? ¿Te parece bien este conjunto? —Recordó haber dado una vuelta enseñándole las mallas deportivas grises y el top que dejaba su vientre al descubierto—. ¿Es de tu agrado?
Rainer había apretado la mandíbula mientras su mirada se había deslizado por su cuerpo.
Effy la sintió como quien siente la electricidad estática: de forma breve pero intensa.
Casi deseó que sus ojos la recorrieran un par de segundos más.
Que volviera a tragar saliva al observar su piel descubierta. Que la mirara.
—Me da igual lo que te pongas.
—Entonces, ¿lo apruebas? ¿Te gusta?
Sabía que se estaba pasando de la raya, que estaba presionando puntos que bajo ninguna circunstancia debería haber presionado. Pero ella no pensaba, Rainer no se cansaba de decírselo, así que simplemente se lanzó a lo que fuera que había sido aquello.
Los ojos claros de Rainer la perforaron.
—Para.
Una palabra envuelta en incomodidad.
En tensión.
En prohibición.
—Para tú.
Su entrenador emitió un gruñido de agotamiento.
—Eres imposible, Elizabeth.
—Como si tú pudieras decirme algo, Rainer.
Volvieron a observarse y, cuando Effy percibió el peligro que conllevaba perderse en sus ojos, dio media vuelta y se largó de allí.
El entrenamiento de aquel día había sido aún más tirante de lo que solían ser.
Ella le había rebatido; Rainer le había gritado, con su voz grave inundándola por dentro.
Ninguno cedía. Ninguno parecía querer escuchar al otro.
Confianza.
Respeto.
Entendimiento.
Eran conceptos que parecían escurrírsele de entre los dedos en el momento en que ambos se encontraban juntos, que sus miradas se chocaban y que sus mentes conectaban.
Elizabeth sabía que no era una persona especialmente fácil.
Le costaba establecer conexiones reales con la gente, le importaba poco lo que pudieran decir de ella mientras tuviera su objetivo en mente: ser la primera amazona en conseguir cinco copas del mundo seguidas.
Su personalidad se basaba en ser la mejor, en mirar por encima del hombro al resto de personas y en guardarse para sí todo lo que albergaba su mente.
Su corazón.
Su alma.
¿Para qué?, se decía cada vez que pensaba en lo sola que estaba. ¿Para qué le servía la compañía de nadie? No quería compasión, no quería empatía, no deseaba que nadie la abrazara y le dijera que todo iba a ir bien, que no era mala persona, que la querían.
O quizá… Quizá sí.
No. No lo deseaba.
Con Rainer, sin embargo, era diferente. No porque deseara ser su amiga, sino porque podía verse en él. Y lo odiaba.
Lo odiaba.
Porque eso significaba que él, Rainer Keller, el primer jinete en levantar cuatro copas del mundo, el jinete que la había precedido y había terminado abandonando todo aquello por cuanto había luchado debido a una caída que lo había traumatizado para siempre, había sido ella en algún momento.
Effy seguía sus pasos, pisaba sobre sus huellas.
Aunque una voz en su interior la tranquilizaba asegurándole que jamás habría hecho lo que él sí hizo.
Jamás se habría dejado llevar por la debilidad que lo había empujado a apartarse de un camino lleno de gloria por un inconveniente.
Sí, Elizabeth no tenía ni idea de qué era lo que le había pasado a Keller.
Conocía los detalles accesibles para todo el mundo: lo de su caída.
Lo de Bright Diamond. Pero algo le decía que había más, una parte de la historia que solo el propio Keller conocía.
Aun así, no podía terminar de sacarse de encima la certeza de que durante un tiempo habían sido la misma persona.
Pero Effy estaba luchando por borrarlo, salirse de su estela y ser alguien más.
Por ser la primera.
Y lo haría, lo haría aunque fuera lo último que hiciera.
Lo haría por…
Por…
Por la razón.
Se negaba a pensar en eso. Se negaba a pensar en la única cosa que podía romperla de verdad, así que dejó a Rainer atrás, el reflejo que parecía devolverle, su tensión y sus piques, y volvió al presente, al despacho de Muriel.
—Ya estaría —canturreó esta—. Todo en orden, en unos días deberás pasar para firmar. Te avisaré yo cuando haga falta.
Effy se despidió y salió del edificio. El aire limpio de la tarde la recibió, enfriándole las mejillas, el cuello y los brazos descubiertos. Empezó a bajar las escaleras exteriores cuando se encontró de frente con otro de los jinetes de la RK.
Davi De Sousa.
El jinete era moreno, con el pelo castaño rizado, que le caía sobre la frente. Alto y esbelto, la figura habitual en los jinetes masculinos: con fuerza, pero sin ser extremadamente musculados.
No como Rainer.
Ignoró a su voz interior.
Tenía unos ojos verdes que llamaban la atención de cualquiera, y una sonrisa amplia y contagiosa. Lo sabía porque siempre se fijaba en su buen humor por las mañanas, cuando todos los jinetes coincidían en el desayuno en la Cabaña. Ella, por supuesto, nunca se acercaba a ninguno.
Se disponía a pasar de largo cuando su voz animada la sobresaltó.
—¿Effy, verdad?
Se paró en seco en medio de las escaleras. No había esperado que le dirigiera la palabra, ni tampoco que la llamara por un diminutivo que solo las personas más cercanas a ella empleaban.
—O Elizabeth. Effy solo me llaman mis amigos.
—Me gusta más Effy. —Le guiñó un ojo. Ella entrecerró los suyos—. ¿Has tardado mucho ahí dentro? —le preguntó luego.
Decidió ignorar lo primero. Contestó a lo segundo.
—No.
—Uf, genial. Tengo entrenamiento ahora y, como vuelva a llegar tarde, mi entrenadora me va a matar.
Puso una mueca que provocó que De Sousa riera.
—Oh, venga, no todos podemos ser igual de perfectos que tú.
—No —estuvo de acuerdo—. Pero sí podrías ser puntual.
Davi se encogió de hombros.
—No es lo mío.
No sabía dónde iba a llegar aquella conversación, pero, aun así, preguntó:
—¿Y qué es lo tuyo?
La sonrisa resplandeciente del portugués se ensanchó y, sin un ápice de vergüenza, le contestó:
—Las fiestas ibicencas, la música disco y el croché.
Effy no sabía si le estaba tomando el pelo o no. Algo en la manera tan desenvuelta con la que le había contestado el jinete le decía que era lo segundo, así que se forzó a explayarse.
—Me refiero en el mundo del salto. —Cuando él no le contestó inmediatamente, continuó—: Has dicho que no es ser puntual, ¿qué es entonces?
Davi arrugó la nariz.
—¿Qué más da? Ambos sabemos que jamás te haré competencia, así que realmente esa información no te sirve para nada —afirmó.
No lo decía con rabia contenida, tampoco con celos.
Era una verdad pura y clara, cristalina como el río que llegaba hasta la RK desde el pueblo—.
Pero ahora sabes que, si quieres salir de fiesta, puedes hacerlo conmigo.
Ella bufó.
—Yo no salgo.
—Qué pena —suspiró él—. Porque esta noche vamos a reunirnos todos en el pub del pueblo. —Effy no reaccionó, sabía que no iría—. Y estaría bien que vinieras. Ya sabes, por la camaradería y todo eso.
—Prefiero que no.
Davi dio una palmada.
—Bueno, entonces no te contaré lo que se rumorea sobre ti. —Enarcó una ceja—. Ni sobre Rainer.
Eso sí llamó su atención.
—¿Sobre Rainer?
—Sip. —Pero Davi, el jodido, astuto y puñetero de Davi, se llevó la mano a la boca e hizo como que se la cerraba con una cremallera invisible—. Aunque supongo que no te interesa lo suficiente.
Y se alejó.
¡Se alejó de ella!
La había parado con descaro, la había enredado en una conversación que no había pedido y luego la dejaba con la miel en los labios. Effy no supo si le caía terriblemente mal o increíblemente bien. Antes de que el portugués desapareciera por la puerta acristalada, ella dijo:
—¿A qué hora salimos?