9 Rainer
Rainer volvió a levantar las manos al aire.
Elizabeth Vaux estaba en pista tanteando las combinaciones que él mismo le había propuesto antes de que saliera el sol por el horizonte. Había estado despierto gran parte de la noche; pensando, meditando, evaluando.
Necesitaba hacer un buen recorrido para probar a Elizabeth, así que había decidido replicar una serie de combinaciones clásicas de grand prix, las pruebas de máxima dificultad de la Western European League.
Los grand prix que se celebraban dentro de la liga europea servían para ganar puntos en parrilla a la hora de la clasificación del mundial, y generalmente eran las competiciones donde más esfuerzo se debía poner si un equipo deseaba clasificarse.
Solo dieciocho jinetes de la liga europea pasaban directos gracias a sus puntuaciones a lo largo de la temporada.
El resto de la selección que llegaba al mundial lo hacía por otros canales: la liga asiática, la americana, la oriental europea…
, pero Rainer debía centrarse en lo que él conocía: la WEL.
Y para ello se había puesto manos a la obra, empapándose de todas las competiciones grabadas de Elizabeth desde que había entrado a competir en la WEL a la temprana edad de dieciocho años (lo cual era increíble, aunque jamás fuera a decirlo en voz alta) y había anotado cualquier detalle,
fallo o corrección, por minucioso que fuera.
Así pues, Rainer había aprovechado sus horas de insomnio y, cuando su reloj había dado las seis de la mañana, había decidido que ya era hora de levantarse y se había pasado una hora diseñando la pista por la cual en ese momento Vaux galopaba.
Rainer se había percatado de que lo que peor llevaba Elizabeth eran los saltos tipo bidé o ría.
No sabía si tenía algo que ver con que sus caballos no aguantaban bien el agua bajo el obstáculo o en el salto de fondo o si era preferencia del jinete, pero Rainer había detectado el primer error.
El segundo estaba en las combinaciones: generalmente se le daban muy bien, pero era donde más se arriesgaba, tomando decisiones que en muchas ocasiones le habían supuesto segundos valiosos,
como cuando la habían penalizado tres puntos por pasarse del límite de tiempo hacía un par de años en A Coruña, o bien porque se adelantaba mucho, apretando demasiado el ritmo de sus caballos y comiéndose algún tranco.
Eso último no era un problema; saber ahorrar tiempo siempre era una ventaja envidiable para cualquier jinete, pero también era un arma de doble filo: si se presionaba al caballo demasiado, podría verse desestabilizado, y si eso pasaba, había muchos riesgos de tocar barra… o caer al suelo.
Elizabeth había fruncido el ceño al entrar en pista con Sodashi, su yegua nívea, pero no había abierto la boca.
Rainer en ese momento escuchaba las respiraciones de la jinete gracias a los pinganillos que usaban para mantenerse conectados y, por el resoplido que emitió la amazona, supo que no se sentía cómoda con los saltos que estaba a punto de hacer.
—Respira, piensa y céntrate en lo que tienes delante.
Rainer estaba en uno de los lados mayores de la pista rectangular, con sus ojos siguiendo cada movimiento de la inglesa.
Le habría gustado decir que era porque se tomaba muy en serio su condición de entrenador, pero había algo más…
Una fuerza que parecía unirlo a ella que no comprendía.
Un campo magnético que lo obligaba a observarla, a empaparse de su presencia.
Elizabeth no contestó.
Vio cómo se preparaba antes de saltar una barra vertical. Vaux se inclinó hacia arriba, despegando su peso de la silla cuando la yegua tomó impulso para saltar.
—No levantes tanto las manos. Así estabas bien.
—Vale.
Al caer, Elizabeth mantuvo el equilibrio y siguió galopando hasta el siguiente: un salto oxer de composición cuadrada.
Volvió a subir las manos.
—Vaux, las manos.
Las bajó justo a tiempo, pero Sodashi coleó una vez que sus cuartos traseros tocaron la arena suelta de la pista.
—A la yegua le molesta que la agarres de la boca, intenta aflojar un poco el contacto, siéntela con las piernas…
Así, muy bien. Ahora galopa. —Su montura tenía un galope extendido muy bueno.
Sin duda destacaba en ligereza respecto a su otro caballo, pero era más nerviosa, más impredecible…
Igual que su jinete—. Galopa… Un poco más.
Vale, ahora dos trancos, y salta. —Mantuvo las manos quietas—.
Perfecto, ahora vamos con la combinación.
Las combinaciones solían componerse de dos saltos seguidos por una distancia de entre siete y doce metros, donde lo más importante era la sincronización del jinete con su montura y la estrategia.
Rainer sabía que, si no cogía el primer obstáculo con fuerza, el segundo podría quedarse a medio gas, pero tampoco podías pasarte de potencia, ya que el caballo necesitaba acabar más ligero en el segundo.
Sodashi saltó como si no le supusiera esfuerzo alguno, como si estuviera hecha de aire puro.
Elizabeth apretó más el galope y ahí estuvo el problema; la yegua se quejó.
En el segundo salto tocaron la primera barra del triple.
Rainer maldijo por lo bajo.
—¡Ibas bien! ¿Por qué has ejercido más presión?
Adoptaron un galope más corto para tomar la curva que las enfilaría al siguiente obstáculo.
—Porque ella puede darme más.
—No necesitas exigirle más, necesitas aguantar el ritmo.
—No la conoces como yo. A Sodashi lo que se le da bien es el tiempo, necesito ser la más rápida cuando estoy con ella.
Rainer se cruzó de brazos y negó sutilmente con la cabeza.
—No si es a costa de una puntuación excelente —le recriminó—. Piensa antes de actuar, Vaux. No es tan difícil.
—Lo que se me da bien es arriesgarme.
—No, lo que se te da bien es ser implacable.
Lo respeto, pero tu mentalidad no puede ser la de jugársela todo el tiempo.
Piensa, siente a la yegua, escucha lo que te pide; con su cuerpo, con su respiración.
Acóplate a ella. —Y, porque sabía que era cabezota, le repitió saboreando bien cada letra—: Siéntela.
Elizabeth se encaminó a ejecutar uno de sus puntos débiles: un bidé.
Galopaba a toda velocidad, con las piernas en una semiflexión perfecta, su asiento totalmente elevado sin siquiera rozar la silla de piel marrón chocolate.
Si cogía el salto a tanta velocidad, corría el riesgo de que la yegua se asustara justo antes de llegar, puesto que no le estaba dando tiempo a que asimilara el obstáculo.
Observó cómo Sodashi se tensaba, cómo las orejas se le inclinaban ligeramente hacia atrás, y entonces… rehusó el salto.
Rainer dejó escapar un jadeo.
La yegua había parado justo antes del salto, haciendo que su jinete se precipitara hacia delante. Rainer sintió las pulsaciones de su corazón en el oído, escuchó la sangre alborotársele y un ruido sordo en el fondo de su mente.
Los jinetes se caían constantemente, lo sabía.
Elizabeth era una amazona de élite, tenía la técnica para saber dónde y cómo caer. Lo sabía.
Pero algo en él se encogió, nublándole la mente.
Cuando vio que Elizabeth había conseguido mantenerse en su montura, salió disparado en su dirección.
En ese instante, la sangre le hervía.
En ese instante, su corazón latía desenfrenado por la adrenalina… y la furia.
—¡¿No me escuchas cuando te hablo?! —le gritó cuando llegó a su lado.
—No ha sido nada —se defendió ella. Tenía la tez ligeramente sonrojada, un mechón de pelo negro como las alas de un cuervo le caía sobre la frente, y sus ojos…, esos ojos azul medianoche, miraban al frente, decididos—. Voy a repetirlo.
—Y una mierda. —Agarró las riendas de la yegua y se puso delante de ella, obligándola a que lo mirara—. No vamos a repetirlo.
—¿Por esto? ¿Un rehúse? Venga ya, Keller. No seas dramático.
Rainer se rio sin humor.
—No me asusta que te caigas. —Mentira, mentira, mentira—. Pero no vamos a hacer nada hasta que abras los oídos y me escuches.
Elizabeth clavó los ojos de hielo ardiente en él. Lo examinó. Lo analizó.
—Te estoy escuchando.
—No escuchas a nadie, ese es tu problema. —Ella trató de recuperar el control del animal, pero Rainer se lo impidió—. No sé cómo lo hacías con Jensen, pero conmigo no van a funcionar las cosas así.
Si Elizabeth Vaux hubiese sido un gato, se habría erizado y le habría bufado. Él percibió la tensión en su cuerpo, la mandíbula apretada, las manos blancas por la presión con la que sostenía las riendas de cuero, su boca fruncida en una mueca de verdadero disgusto.
—Henk me entendía —le escupió.
Rainer alzó las cejas.
—Dudo que nadie te entienda —contraatacó—. No con esa actitud hermética que tanto te esfuerzas por tener.
—¿Me vas a hablar tú de hermetismo? —Fue su turno de reírse, su carcajada tintineó en el aire como un móvil de cuentas de metal movido por el viento—. Solo me hablas cuando estamos entrenando, el resto del tiempo me ignoras y haces como que no existo.
Rainer creyó distinguir en su voz una pizca de duda. Lo ignoró.
—No estoy aquí para ser tu amigo.
Vaux se desabrochó el casco, contrariada.
—Ni lo pretendo. —Con un gesto rápido se desprendió de él, liberando los densos mechones de pelo negro.
Se extendían por su espalda atados en una coleta baja, la cual se desanudó también, dejando que la melena le cayera hacia delante arrastrada por la brisa de la mañana.
Rainer se obligó a apartar la mirada de su cabello, de la forma en la que parecía tragarse los rayos del sol—. Solo quiero que confíes en mí.
—La confianza no se gana así como así. —Rainer se lamió los labios, inquieto—. Primero tienes que demostrarme que puedo fiarme de tu criterio, debes enseñarme que comprendes que soy tu entrenador y que todo lo que te digo tiene un porqué.
—Jamás podré hacerlo —le soltó con toda la fuerza de un rayo.
Se quedaron en silencio. Rainer la vio tomar una bocanada de aire, desesperada, como si estuviera a punto de ahogarse en la tensión que fluía entre ellos.
Un huracán y un tsunami.
Hielo y fuego.
Se pasó una mano por la mandíbula. Sintió el tacto áspero de la barba de un par de días.
Asintió.
—Entonces no hay nada que hacer aquí.
Soltó el agarre que todavía ejercía sobre la yegua y se volvió sobre sus talones, dispuesto a largarse de allí, a alejarse de la presencia de Elizabeth Vaux, de su aura indómita y exasperante. De su rostro inamovible, precioso, altivo.
Siete pasos llevaba recorridos cuando oyó su voz.
Una sola palabra mordida con rabia, entonada con ruego.
—Rainer.
Paró en seco. No quería hacerlo, pero… no pudo evitarlo.
Su jinete, aunque jamás fuera a ser suya, pareció devorarlo con la mirada.
—Necesito que hagamos esto.
Se le ocurrieron mil respuestas que darle: «Vete a la mierda». «¿Qué haces aquí realmente?». «¿Por qué siento que esto te está destruyendo?». «No puedo hacerlo, jamás conseguiremos trabajar juntos…».
En cambio, se tragó la avalancha de contradicciones que le recorrían la mente y le dijo:
—Entonces hazme caso. —Rainer Keller jamás había cedido por nada en su vida, pero, por primera vez, tragó saliva y añadió—: Intentaré entenderte. Pero no puedo hacerlo si no te abres a mí. Si no empiezas a seguir mi voz.
Vaux miró al cielo azul despejado como buscando respuestas. Se quedaron así, en silencio, con las respiraciones agitadas y los latidos desenfrenados atormentándolos. Cuando Rainer perdió la esperanza de que le contestara, Elizabeth habló:
—Está bien. —Suspiró—. Qué tengo que hacer.
No se lo preguntó.
Lo exigió.
—Aprende a sentir, Elizabeth. Para empezar me conformaré con eso.
Ella asintió, una, dos veces.
Rainer volvió a enfilar el camino a los establos. Daba su entrenamiento de aquel día por finalizado. Pero antes de que estuviera demasiado lejos, escuchó la respuesta de su amazona. Un hilo de voz tenso y derrotado.
—Pero es que yo no quiero sentir.
Rainer cerró los ojos.
Al menos, aquello lo tenían en común.