Dar el salto 8 Effy
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8 Effy

La tormenta de verano que se posó sobre el valle de Sasbachwalden había cambiado todos sus planes. Era domingo, y Effy llevaba más de una semana en Alemania.

Si le hubieran pedido que describiera sus primeros días allí, habría dicho que habían estado bien.

Estaba muy centrada en sus entrenamientos con Rainer, aunque a este no lo viera más que en la pista.

A ella le parecía bien. El ambiente era profesional, cosa que a ella le gustaba, y sentía que cada jinete tenía sus objetivos bien marcados y su propia meta personal.

Effy conocía a varios de ellos. O más bien, reconocía.

Algunas caras le resultaban familiares, se sabía algunos nombres y podía identificar a quién pertenecía cada caballo.

Al fin y al cabo, les había ganado a todos.

Hacía un par de días, cuando la lluvia helada y los relámpagos plateados habían decidido aparecer, se topó con Luca Montagne en la pista interior.

A Effy no le sorprendió encontrárselo; sabía que Luca entrenaba en Alemania, así que era totalmente razonable que estuviera inscrito allí.

Él, por otro lado, no pareció tomarse demasiado bien su aparición.

En cuanto ella entró a la pista con Hello Sanctos, Montagne se acercó a ella, con sus ojos marrones abrasándola.

—Así que los rumores son ciertos —le escupió nada más llegar a su lado.

—Montagne —lo saludó, pasando de largo.

Effy se mantuvo al borde de la pista, esperando calentar los músculos de su caballo para empezar a entrenar.

Luca, por supuesto, la siguió. Su esbelta figura se alzaba orgullosa sobre su montura; llevaba un conjunto de entrenamiento todo negro que hacía que su pálida tez y su cabello castaño lacio resaltaran.

—¿Qué haces aquí?

Ella no vio necesario despegar la mirada del frente.

—Entrenar. —Y, porque Effy odió el tono demandante con el que el jinete parecía sentirse con el derecho de hablarle, añadió—: ¿No lo ves?

—Claramente. Pero me refería a qué haces aquí, en la RK.

El caballo castaño de Luca apretó el paso siguiendo las órdenes de su jinete para así mantenerse en paralelo a ella.

No eran los únicos que habían decidido montar en la pista interior: un par de binomios más recorrían el circuito siguiendo las órdenes de sus respectivos entrenadores.

Effy reconoció al jinete portugués, Davi De Sousa.

Nunca había hablado con él, pero sabía que, de la parrilla de los participantes habituales en los mundiales, era el más cercano a su edad.

Era bueno, rápido, sagaz y centrado. Cualidades que, en su no tan humilde opinión, todo jinete reconocido debía poseer. Pero no era tan bueno como ella.

Ninguno lo era, para ser sincera.

—He cambiado de entrenador. —En el mundo del salto de élite las noticias corrían como la pólvora. Luca ya sabría lo del abandono de Henk y, por supuesto, lo de Keller. Pero Montagne quería oírlo de su boca, y a Elizabeth le importaba una mierda complacerlo o no—. Aunque creo que ya lo sabías.

—Con Keller, ¿no? —Hubo algo, una nota de rabia cuando pronunció el apellido de su nuevo entrenador que la puso sobre aviso. Luca bufó con claro disgusto—. Suerte. Hazme caso, la vas a necesitar.

—Si crees que necesito algo tan banal e inexistente como la suerte es que no tienes ni idea de quién soy.

Luca se echó hacia atrás en su silla, como si le hubiera pegado una bofetada.

—Sabía que eras creída, pero no tenía ni idea de que fueras patética.

Elizabeth optó por mirarlo a los ojos por primera vez en todo el transcurso de su conversación. Clavó sus iris azules en los marrones del francés.

—Si quieres ver algo realmente patético, deberías ponerte tu recorrido de la final de Riad del 2023.

—La cara de Luca se deformó en una mueca de pura rabia, pero, antes de que pudiera abrir la boca, ella le advirtió—: Tú y yo no somos iguales, así que para de proyectar tus fracasos en mí y déjame entrenar de una puta vez.

Le dio un toque al flanco de Hello Sanctos y lo dejó atrás en un trote extendido.

Él no la siguió.

En ese momento Effy se encontraba en la terraza de su apartamento, sentada en una de las sillas de madera oscura mientras observaba cómo la lluvia empapaba la tierra. Se había puesto una sudadera encima del pijama de verano, y el pelo húmedo que no había secado tras la ducha le acariciaba la nuca.

Era agradable, pensó, poder observar el bosque que se desplegaba frente a su pequeño salón y perderse entre su verdor.

Apreciar el aroma a lavanda, menta y salvia que arrastraba el viento helado que había llegado del norte.

En Londres, donde llevaba viviendo toda su vida, adoraba observar y apreciar a través de su balcón los pequeños detalles de su alrededor: la marea de gente que siempre, a todas horas, recorría su barrio; sus caras dispares, sus esencias y las acciones y gestos que llegaban con ellos.

Los estímulos con los que se entretenía Effy cuando salía a disfrutar de una taza de té a su pequeña parcela de aire libre no tenían nada que ver con las vistas que en ese momento le robaban el aliento en la intimidad de su terraza, allí, en Alemania.

Se había acostumbrado a salir a tomar el aire cuando su jornada tocaba a su fin, justo mientras el sol se escondía entre los pliegues naturales del valle.

Observaba los atardeceres cuando las nubes se lo permitían; el naranja, amarillo y violeta inundaban cada rincón del paisaje, y no abandonaba su vigía hasta que los azules, negros y plateados los reemplazaban.

Cuando la luna le daba la bienvenida a la noche, Effy la acompañaba.

Acostumbraba a pensar en lo sola que estaba allí arriba, en la unicidad que aquello le otorgaba.

Esa tarde de domingo el sol había desaparecido casi sin molestar, escondido tras las nubes grises que seguían descargando su furia en forma de gotas brillantes y redondas.

Supo que aquella noche no vería la luna, pero siguió en silencio disfrutando de la tranquilidad que le brindaba la Selva Negra.

De repente, su móvil vibró encima de la mesita de cristal.

No se lo pensó dos veces y descolgó la llamada.

—Mamá.

—¿Elizabeth? —le preguntó con la entonación aguda que tanto la caracterizaba.

—Así me llamaste, sí.

—¿Cómo estás, hija? ¿Qué tal la semana?

Effy se arrebujó más contra la sudadera.

—Bien.

—Me alegro, cariño. —Sabía que iba conduciendo por cómo la voz de Fiona Sinclair parecía llegarle desde la distancia—. Yo estoy yendo a cenar con las del club. La pobre Shelly, ¿sabes quién es?, se está divorciando.

Era imposible que Elizabeth llevara la cuenta de todas las amigas de las que su madre le hablaba, así que había aprendido a no hacer preguntas y dejarse llevar por la conversación.

—Vaya.

—Sí, vaya. Aunque estoy intentando que vea las ventajas de ser una divorciada. Creo que pronto lo entenderá.

—Pero si tú estás casada.

—Pero he estado divorciada, dos veces ni más ni menos —rebatió con un tono de voz que no daba lugar a la vergüenza—. Creo que sé mucho sobre el tema.

Su madre no solo había estado con el padre de Effy, sino que antes había tenido otro marido, con el que las cosas no habían funcionado.

Tampoco lo hicieron con Joe Vaux, para sorpresa de nadie.

Tras su segundo matrimonio fallido, su madre pasó unos años disfrutando, saliendo con hombres con los que mantenía relaciones relajadas.

Todo cambió cuando Fiona conoció a Lionel Sinclair y se enamoró al instante de sus ojos verdes y su sonrisa amplia.

Dicho flechazo no había tenido nada que ver con su cuenta bancaria.

Ya llevaban casados seis felices años, y Effy debía reconocer que, sí, veía bien a su madre.

—También es verdad —accedió al fin. Fue a añadir algo más, pero un trueno rompió en dos el cielo nocturno. La lluvia comenzó a caer con más fuerza.

—¿Qué ha sido eso?

—Nada, mamá, una tormenta.

—¿Tormenta? ¡Pero si se ha quedado una noche preciosa! —Su madre se calló durante un instante, y Effy podría haber apostado a que estaba entrando en una rotonda, ya que no se le daban demasiado bien y siempre se concentraba en cogerlas sin salirse de su propio carril—. ¿Dónde estás?

—En Alemania.

—¿En Alemania? —repitió como un loro—. ¿Qué haces en Alemania?

—Entrenar, mamá, ya te lo comenté, ¿recuerdas?

—¿Pero ya? —se quejó ella con la voz llena de horror—. ¿Te has ido y no me has dicho nada? —Debía de haber llegado al restaurante, porque el zumbido del motor que llevaba acompañándolas desde que había descolgado cesó—. Sinceramente, Elizabeth, no puedo creérmelo.

—No es para tanto —se defendió—. Además, te avisé del día que me iba. No es mi culpa que lo hayas olvidado.

La última frase le salió con rapidez, como si no hubiera podido evitarla.

—Eso no es justo y lo sabes. Estoy muy ocupada. La organización me tiene loca, y sabes que estamos recaudando los fondos para el nuevo centro de noche de personas sin hogar, y entre el viaje con Lionel y los compromisos…

Sí, sí, sí, Effy lo sabía. Su madre tenía una vida muy ajetreada, muy social.

Fiona Sinclair, nacida como Fiona Ashford-Lennox, era una mujer de la clase alta inglesa: filántropa, fundadora de una organización benéfica, coleccionista de arte, dueña de una empresa de transporte y cien cosas más.

Aunque la realidad era que Fiona no se había ensuciado las manos ni una vez en su vida y se limitaba a organizar cenas, eventos y reuniones entre la clase privilegiada británica disfrazados de ayuda para las causas nobles mientras bebía botellas de champán y fumaba cigarrillos mentolados.

Effy estaba acostumbrada a sus excentricidades; a que no tuviera los pies en la tierra y a que no entendiera que la vida que llevaba era completamente inalcanzable para el resto de la gente.

Pero algo que jamás llegaría a comprender era que su madre se moviera por el mundo como si fuera el sol, y las personas que la rodeaban, sus planetas.

—No te lo estoy recriminando. Solo digo que ya sabías que iba a mudarme.

—Honestamente, Effy, sigo sin entender cómo has podido no despedirte de mí. ¡Soy tu madre!

—Puedes venir a verme cuando quieras.

—¿Con todo lo que tengo que hacer y el poco tiempo libre que me queda?

—Tienes tiempo para irte con Lionel siempre que quieres.

—Eso es distinto —puntualizó—. Cuando estés casada, lo entenderás.

Y una mierda.

—Bueno, espero que lo pases muy bien en tu cena.

—Sabía que aquella conversación no iba a llegar a ninguna parte, y prefería dejarla cuando aún se encontraban las dos de un humor razonable—.

Dile a Shelly que siempre puede conocer a un hombre rico y guapo que le haga olvidar todos sus problemas.

Incluso puedes recomendarle a qué sitios debe acudir para lograrlo.

—Oh, cállate. —Escuchó los tacones de su madre repiqueteando contra el suelo—. Jamás conseguiría encontrar a alguien como mi Lionel.

Effy puso los ojos en blanco.

—Bueno, mamá, hablamos en otro momento.

—Sí, sí. Quizá la próxima vez que te llame me entere de que, no sé, te has ido a Tombuctú. Total, ¿para qué avisar a las personas que te quieren y se preocupan por ti? Mejor vivir tu vida sin dar explicaciones.

«Jamás me las has pedido», quiso decirle. «Jamás me habéis pedido nada».

—Vale, mamá, creo que estás exagerando. Así que, si no te importa, te voy a colgar, ¿vale?

—¡Llama a tu padre! —le chilló—. Y, por Dios, considera dejar ya esto a un lado y empezar a vivir una vida normal de una vez.

—Esta es mi vida, mamá.

—No, esta es la vida de…

—Adiós.

Y le colgó.

Tuvo que respirar profundamente un par de veces antes de poder pensar con claridad. Amaba a su madre, de verdad que lo hacía, pero siempre que hablaban conseguía meterse en su cabeza y hacerle pensar en cosas que deseaba dejar atrás.

Su niñez.

La manera en la que había crecido a su lado.

Los ideales que había tratado de inculcarle y que, a día de hoy, nada tenían que ver con ella.

Las inseguridades que le generaba.

La forma en la que siempre cuestionaba todo lo que tenía que ver con su deporte, sus decisiones y sus metas.

A ella.

Elizabeth alzó la mirada al cielo y pensó en cómo era posible que se sintiera tan sola todo el tiempo.

Cómo era posible que su madre se hubiera acordado de ella después de dos semanas y que ni siquiera hubiera podido apuntarse en su agenda el día en el que volaba de Londres a Stuttgart.

Pensó en las verdades que ya sabía y en que el camino que había trazado para ella misma y su futuro la había alejado de una manera irreparable de todas las personas de su familia.

Pensó en todas aquellas cosas que siempre trataba de evitar. Esas que la hacían sentirse triste. Que la hacían sentirse egoísta.

Las volvió a arrugar y a embutir allá donde fuera que las mandara siempre. Guardadas bajo presión en un cofre a rebosar de todas esas verdades que la corroerían por dentro si les diera la oportunidad.

Ya sabes lo que es esto, Effy, se dijo. Ya sabes lo que aceptamos aquel día.

Lo sabía, claro que lo sabía.

Pero eso no implicaba que doliera menos.