Dar el salto 7 Rainer
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7 Rainer

El polvo que levantaron sus botas pintó el camino de vuelta a los establos.

Las palabras de Elizabeth Vaux le resonaron en la mente como una melodía estridente de violines desafinados y tambores de guerra.

Ya nadie se acuerda de ti.

Rainer había querido mirar a esa cara pintada por la rabia y decirle que le importaba una mierda y que mejor que nadie se acordara de él, que así lo dejarían en paz y por fin podría olvidar.

Olvidar quién había sido.

Olvidar todo lo que había amado.

Y lo que había perdido.

Pero, por alguna razón, había apartado la mirada del rostro de Vaux y había preferido dejarse caer durante un instante por la espiral de pensamientos que lo transportaban a los días de gloria y victorias, los días en que los espectadores coreaban su nombre y se sentía invencible. El Titán.

Y había sido en ese instante en el que había dejado que sus emociones se desdibujaran dentro de él cuando había sentido un pinchazo de algo parecido a los celos. Por ella.

Siguió caminando por los terrenos de la RK, tratando de borrar esa verdad que solo él conocía.

Rainer no podía sentir celos de la amazona.

Había mirado directamente a esos ojos azules del color del cielo nocturno en luna llena y había visto la ira, la determinación y el vacío reflejados en ellos.

¿Cómo podía envidiar algo así? Elizabeth Vaux era una niña privilegiada inglesa a la que no le había faltado nunca nada; lo veía en su acento de Londres, en la manera en la que se movía y en la ropa que vestía.

Lo había visto en sus caballos, dos animales que costaban mucho más de lo que un político cobraba en un año.

Pero, sobre todo, lo veía en su actitud altiva y demandante.

En cómo esperaba que la gente la mirara solo a ella cuando entraba en una habitación.

Y lo conseguía porque, por alguna razón que enfadaba a Rainer, era ella todo cuanto podía observar.

Algo en ella lo desequilibraba, pero también lo anclaba con fuerza al suelo.

Habían bastado dos ocasiones compartiendo su espacio para entender que Elizabeth Vaux era la primera persona en mucho tiempo que conseguía meterse bajo su piel de una manera que le desagradaba profundamente,

que lo forzaba a sacar algo más que el carácter adormecido que se había obligado a adoptar en los últimos años.

Y lo había hecho por una razón, intentó recordarse.

Rainer siguió avanzando de camino a los establos centrales.

Necesitaba ponerse a hacer algo, lo que fuera con tal de apartar los pensamientos que comenzaban a carcomerle los rincones de la mente.

Estaba pasando por la pista principal de salto exterior cuando una figura familiar alzó un brazo, reclamando su atención.

—Eh, tú —le gritó desde la lejanía, como si no le importara que el resto de las personas la escuchara.

Rainer cerró los ojos un momento y se planteó ignorarla, como si no se hubiera dado cuenta de que lo llamaba a él.

—Rainer, te juro por Dios que, como te hagas el loco, vamos a tener un problema.

Joder.

No tuvo más remedio que acercarse a la gran pista.

Había un par de jinetes entrenando. Rainer no les dedicó ni un vistazo.

—Annika, qué sorpresa.

Su hermana mayor le pegó un puñetazo en el bíceps.

—Vivimos juntos, capullo.

Rainer se frotó allí donde le había dado el golpe.

—No vivimos juntos —le recordó—. Yo vivo en el pueblo.

Annie zarandeó una mano exageradamente.

—Eso es solo temporal.

Temporal. Llevaba cuatro años viviendo en una casita en el pueblo que se había comprado con su propio dinero.

Después de haber vuelto de su año recorriendo Asia, Rainer se había dado cuenta, en su primera noche durmiendo de nuevo en lo que había sido su hogar durante toda su vida, de que aquello no funcionaría.

Ni siquiera tenía que ver con el insomnio ni con que fuera mayor para seguir viviendo en la inmensa casa de sus padres junto con su hermana; al fin y al cabo, podría haberse construido la suya propia donde hubiera querido dentro de los terrenos de su familia.

Era el hecho de seguir fingiendo que era la misma persona que se había marchado hacía un año.

Porque ya no lo era.

Así que había comprado la primera casa que había visto y que le había parecido bien y se había mudado.

Su hermana, Annika, seguía pensando que era una manera de superar lo que le había pasado, una huelga que estaba haciendo contra sí mismo, pero que, en cuanto entendiera que no había nada de malo en él, volvería a casa.

Su hermana mayor no entendía que él no estaba en huelga.

Y que tampoco era una rabieta.

Lo que Rainer tenía dentro no se podía expresar con palabras. Y, por mucho que quisiera, tampoco podría explicárselo a sus padres y a su hermana. No lo entenderían.

Ese vacío era suyo, para bien o para mal.

Y ya se había hecho experto conviviendo con él. Se había familiarizado con su presencia, con el hueco que ocupaba en su pecho, en su mente y en su alma.

Y así estaba bien.

Rainer ignoró a su hermana.

—¿Qué haces?

Annie le señaló la pista con la cabeza y Rainer deslizó la mirada hasta esta.

—Luca me ha pedido si podía echarle un vistazo a Shutterfly —dijo refiriéndose al caballo castaño que montaba el jinete francés—. Quiere que le dé mi opinión sobre si estira bien las traseras al saltar.

Rainer observó cinco segundos al jinete y volvió a encarar a su hermana.

—¿Por qué no llama al veterinario?

Annie se encogió de hombros, lo que provocó que su melena corta le rozara los hombros.

—Ya sabes cómo es —fue todo lo que le dijo.

—Sí.

Y tanto que lo conocía. Luca había sido, antes de que llegara Vaux, la única persona que Rainer había tratado de entrenar en la temporada de 2024. No había salido muy bien.

Sus caracteres no habían congeniado, y ni siquiera se asemejaba a la manera en la que Elizabeth y él parecían estar al borde de sacarse los ojos constantemente, sino más bien a que Luca Montagne era un lameculos pretencioso y Rainer no había podido soportarlo.

Tenía muy claros sus ideales, las cosas por las que merecía luchar y por las que no.

Y Rainer jamás lucharía por una persona a la que no respetaba.

Montagne no se había ganado lo que para él significaba volver a pisar la pista de entrenamiento, lo que significaba estar tan cerca del deporte que se lo había arrebatado todo pero con el que seguía soñando por las noches.

No se merecía el desgaste físico y mental que le había supuesto volver a las instalaciones de la WEL, tener de nuevo las cámaras encima, los susurros y el hecho de que su historia estuviese otra vez en el ojo público de su pequeño mundo del salto.

Pero Rainer lo habría aguantado todo por alguien que se lo mereciera.

Primero, porque, aunque le doliera como una herida que jamás dejaría de sangrar, ese deporte era su vida.

Lo único que había deseado y lo único que le hacía sentir ese calor tan conocido recorriéndole las venas.

Y, aunque ya no pudiera seguir compitiendo, quizá sí podría formar parte de aquel mundo de otra manera: siendo entrenador.

Al principio no le había parecido mala idea; al fin y al cabo, ¿para qué más servía?

No era como Annie, que se dedicaba a la cría de caballos junto a su padre.

Él no tenía la paciencia ni los conocimientos para seguir seleccionando las mejores combinaciones genéticas de una línea de élite deportiva reconocida mundialmente.

Tampoco era como su madre, que se encargaba de toda la logística de la RK.

No, él había nacido para ensuciarse.

Para estar en la pista, junto con el ruido, la euforia y las derrotas.

Y segundo, porque Rainer podría ser muchas cosas, pero siempre cumpliría con su palabra. Con su deber.

Por eso le había jodido dejar a Luca tras el primer año entrenándolo.

Al menos, se decía para consolarse, había aguantado toda una temporada.

Podía concederse eso a sí mismo. Luca, por supuesto, no se lo había tomado nada bien: el abandono de su entrenador había sido una patada directa a su ego, y a pesar de haber aprendido muchas cosas que en la actualidad seguía implementando en su estilo,

había optado por soltar rumores sobre él por toda la RK.

Rainer no les había puesto fin.

Que le dieran por culo al imbécil de Montagne.

Le importaba una mierda lo que la gente pensara de él.

Pero cada vez que se lo cruzaba…, tenía ganas de pegarle un puñetazo. Y más cuando hacía cosas como aquella, poniendo en peligro la seguridad de su montura, el tema principal de todas sus discusiones cuando formaban un equipo.

Rainer observó cómo su hermana entraba en la pista y hablaba con Luca. El jinete asintió un par de veces antes de que Annie se alejara de él. Luca clavó los talones en los flancos de Shutterfly, poniéndolo al galope.

—Le he recomendado llamar al fisio y que le eche un vistazo —le explicó—. Me ha dicho que lo hará cuando acabe de entrenar.

—Algún día conseguirá que su caballo se haga daño.

—No dejaremos que ese día llegue mientras esté aquí.

Annie amaba a los caballos tanto como él.

Su pasión por ellos era tan feroz que Rainer estaba seguro de que lo suyo era una concesión más allá de la belleza, la inspiración o un vínculo afectivo.

Annie veía a los caballos. Era como si pudiera entenderlos, y sabía siempre cómo se sentían y cuáles eran sus necesidades.

Su energía parecía vibrar en sintonía con la de los animales de una manera que él jamás había visto en otra persona. Ni siquiera en su abuelo.

—Todos sabemos que antes le arrancarías la cabeza a ese imbécil.

Annie se limitó a sonreírle.

Anduvieron en silencio un par de minutos, con el sonido de sus pisadas, el canto de los pájaros y el zumbido de las cigarras como únicos acompañantes.

Rainer apreciaba el silencio; la manera en la que podías solo ser sin necesidad de llenar el momento compartido con palabras vacías.

Un buen silencio se daba únicamente con un puñado de personas.

Annie era una de ellas. Estaban llegando a las enormes puertas de madera cuando su hermana lo agarró de la mano.

—Antes de que me vaya, Rain —empezó con ese tono cauteloso que ponía siempre que iba a sacar el tema—, ¿te acuerdas del potro que te comenté?

Por supuesto que se acordaba. Cómo no iba a hacerlo si su hermana no le daba un respiro.

—Annika…

—Es que de verdad me gustaría que lo entrenaras tú…

—Olvídalo.

—Escúchame un momento, ¿quieres?

—No, no quiero —la cortó, impaciente—. Lo que quiero es entrar, cambiarme y empezar a hacer algo productivo con mi día antes de que se convierta en un total despropósito.

—Ouch. No sabía que hablar conmigo fuera un despropósito.

Rainer suspiró.

—No quería decir que tú lo seas —le explicó—. Perdón. Solo intento decir que esta mañana no ha empezado de la mejor manera, y esta conversación es lo último que necesito ahora mismo, ¿vale?

Su hermana lo miró con esos ojos marrones que había heredado de su madre y asintió levemente.

—Vale —accedió—. Pero hablaremos de ello en otro momento.

Se lo advirtió con ese tono, ese que no dejaba espacio a debate.

—Lo que tú digas, Annie.

—Como siempre.

Su hermana desapareció antes de que pudiera añadir nada más.

Rainer sabía lo que estaba intentando Annika, quien ya había ganado muchos asaltos contra él y su trauma. Pero aquel lo tenía perdido desde el principio.

Nunca más, se había prometido.

Y Rainer Keller jamás rompía una promesa.