6 Effy #2
Las charlas desenfadadas sobre el tiempo o la vida cotidiana la aburrían y la ponían nerviosa; no tenía paciencia para fingir que algo le interesaba cuando no era así.
No deseaba conocer los detalles triviales de las vidas de personas ajenas a ella.
Tampoco deseaba que nadie la conociera y viera lo que escondía su mente.
—Lo que necesitamos es analizar tu estilo.
—La voz grave de Rainer llenó la sala. Effy seguía de pie a unos metros de los sofás.
Aún de brazos cruzados con obstinado recelo—.
Quiero comprobar cuáles son esos puntos fuertes que se repiten año tras año, y los vicios que sigues cometiendo.
Y no, antes de que digas que eres perfecta, no lo eres.
Así que ahórrate la saliva y siéntate. Vamos a empezar.
Elizabeth se mordió la lengua.
Se sentó.
Miró a la pantalla.
Rainer había ganado esa ronda. ¿Siempre sería así? ¿Una batalla verbal entre ambos, sus egos y sus caracteres dominantes compitiendo por ver quién podía someter al otro?
Elizabeth se obligó a mirarse. Mirarse de verdad.
Nunca lo había hecho, no así. Odiaba darles importancia a cosas que ya habían pasado y que, se pusiera como se pusiese, nunca podría cambiar.
Era así con el deporte y también con su vida personal.
¿De qué servía echar la vista atrás cuando el camino ya había sido borrado, apartado de un plumazo de su alcance?
Era mejor avanzar, seguir hacia delante sin importar el coste y tratar de aceptar cuanto antes las decisiones que había tomado a lo largo de su carrera como amazona. De su vida.
¿Un estribo largo? A la próxima no le pasaría.
¿Había tomado un giro demasiado cerrado que le había restado puntos de estilo? Trataría de abrirse más en el siguiente recorrido.
¿Podría haber metido más pierna en esa recta en Madrid en 2022? La próxima vez galoparía más rápido.
Y así con todo.
Pero era verdad que verse en la pantalla también le generó un sentimiento que no supo descifrar de inmediato.
Era parecido a la expectación, el disgusto y la…
tristeza. Todo mezclado en una bola enmarañada y confusa que se iba agrandando en su pecho hasta ocupar todo el espacio de su interior y dejarla embotada e irascible.
Odiaba estar ahí sentada, viéndose mientras escuchaba a Rainer comentar en voz alta cada técnica.
Cada decisión. Cada movimiento. Como si él pudiera hacerlo mejor que ella.
Effy se pasó las manos sudorosas por la tela elástica de los pantalones de montar que había decidido ponerse aquel día. Eran uno de los pares de entrenamiento, de un color verde botella apagado.
—Mírate —le ordenó Keller—. Estás rígida.
Effy lo veía, no hacía falta que nadie le señalara lo evidente.
—Y ahora como no te estabilices… Ahí está, barra tocada. —Rainer suspiró con decepción. Effy apretó la mandíbula—. Un recorrido perfecto ensuciado porque no has sido capaz de equilibrarte, y en consecuencia tu caballo se ha torcido ligeramente a la izquierda. ¿Lo ves?
—Sí.
—¿Y cómo podrías haberlo evitado?
Se obligó a respirar.
—Dímelo tú, que pareces saberlo todo.
Rainer la miró por encima del hombro.
—¿Te molesta que te señale tus errores?
Por supuesto.
—No. —Se mordió el interior de la mejilla.
Rainer orientó por primera vez en aquella mañana su enorme cuerpo hacia ella. Sus ojos azules se le clavaron en el rostro, y Elizabeth se esforzó por no apretar la mandíbula, como hacía cuando se irritaba, por no llevar una de sus manos a su oreja derecha, un gesto que delataba su nerviosismo.
A su pesar, ese vistazo rápido que le dedicó su entrenador bastó para leerla.
—Sí que te molesta. —Otra vez ese tono a medio camino entre la sorpresa y la chulería—. Tienes un ego demasiado grande.
Y tú eres un capullo.
—¿Qué quieres decirme con todo esto? ¿Qué tú lo harías mejor?
—contraatacó. Odiaba sentirse acorralada como un animal al que se le da caza—.
Entonces, venga, te animo. Salgamos juntos ahí fuera y demuéstrame lo bien que se te da.
—No tuvo tiempo de replicarle—. O, mejor dicho…
, se te daba. Si es verdad lo que dicen, hace años que no te montas en un caballo, así que no sé si podrías probar que eres superior a mí.
Los ojos de Rainer no habían reflejado nada más que aburrimiento hasta entonces, a excepción de la pequeña pizca de diversión en el momento en el que se habían conocido.
Pero en ese momento algo se había turbado en su mirada turquesa.
Por fin Effy podía entrever más allá que la nada en esos ojos imposibles.
Furia. Vergüenza. Dolor.
—No tengo nada que demostrar a nadie. Nada que demostrarte a ti, desde luego.
—No apartó la vista de ella, y Effy supo que esa mirada intimidatoria había conseguido que muchísimas personas apartaran la suya antes, incapaces de aguantársela al hombre que tenían enfrente.
Pero ella no era como esa gente y la sostendría el tiempo que fuera necesario—.
Si quieres verme montar, abre internet y búscame como todo el mundo.
—No pensarás de verdad que…
—Pienso que te estás haciendo la tonta y que ya lo habrás hecho unas cuantas veces durante los últimos años —la cortó con esa voz grave, relajada y sin emoción.
Su acento sutil impregnaba sus palabras con una dureza nueva para ella—.
Que sabes perfectamente a quién tienes delante y que si tan obsesionada estás con superarme será por algo.
Apuesto a que te has visto mi recorrido del 2018 en la oscuridad de tu habitación más veces de las que jamás admitirás y que te encantaría conseguir superar mi tiempo, aunque todavía no lo has hecho.
—Effy sintió cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho, un caballo de carreras desbocado.
Aun así, siguió aguantándole la mirada—.
Y eso te carcome por dentro, ¿verdad, Cohete?
—No me llames así —jadeó.
Atisbó cómo una de las cejas rubias se le elevaba ligeramente, de manera interrogativa.
—Pensaba que eras una jinete orgullosa de su absoluta perfección. No todos consiguen que la prensa les ponga un mote.
—Pues te equivocas, porque esas cosas me importan una mierda.
—¿Y qué es lo que te importa?
Effy resopló, una risa irónica a punto de brotarle de los labios.
—Como si te lo fuera a contar a ti.
—Entonces, ¿por qué estás haciendo todo esto? —inquirió sin darle tregua—. ¿Solo por tu obsesión conmigo?
—¿De verdad te crees ese cuento o es algo que te dices a ti mismo para seguir considerándote alguien en este mundo? —contraatacó entre latido y latido de su desbocado corazón—. Pensaba que la del ego era yo, entrenador.
La última palabra le salió de los labios con veneno.
—Entonces por qué. —No lo preguntó, se lo demandó.
Como si fuera alguien para hacerlo.
—Porque sí.
Rainer hizo un gesto con la mano.
—¿Qué es lo que te aporta todo esto? ¿Por qué es tan importante para ti? ¿Por qué la equitación?
Effy se arañó la tela gruesa de los pantalones.
—Lo llevo en la sangre. —Rainer pareció no entender lo que le estaba diciendo, y Elizabeth aprovechó su confusión para sobreponerse—.
Me da igual el deporte, me importa una mierda.
Hago esto porque puedo y porque soy la mejor.
—Aspiró aire con fuerza, recuperando ese control que siempre ejercía sobre todas las cosas y que por un instante había perdido con él—.
Podría haber destacado en golf o bádminton o tenis.
Pero la vida quiso que se me diera bien esto, y aquí estamos.
No lo hago por nadie más que por mí, así que deja de buscar una explicación trascendental que me haga ver como alguien más admirable a tus ojos.
Soy lo que tienes delante, y vas a tener que conformarte con eso.
¿Quieres que tu nombre pase a la posteridad como el entrenador que llevó a la mejor amazona del salto del mundo a hacer historia? Pues así es como lo consigues.
Los ojos azules de Rainer volvieron a no reflejar nada.
Effy sabía perfectamente lo que reflejaban los suyos.
Hambre.
—Mi nombre ya ha pasado a la historia.
Ella se rio.
—Sí, pero ya nadie se acuerda de ti.
Y entonces Rainer Keller apartó la mirada.
Elizabeth sintió cómo una pequeña ola de euforia la embriagaba.
Había ganado aquella ronda.
—Sigue mirando mis vídeos todo lo que quieras, entrenador, pero yo prefiero hacer cosas que verdaderamente valgan la pena. Cuando quieras que el juego empiece, avísame.
Y, sin dedicarle un vistazo más, salió de la Cabaña.
De camino a los establos, el calor de verano se le adhirió a la piel ya caliente por la conversación que había mantenido y trató de no darle demasiadas vueltas.
Se había extralimitado con la única persona que podía garantizarle un pase al mundial y cualquiera podría pensar que acababa de cavar su propia tumba, pero Elizabeth Vaux sabía que, por mucho que hubiera intentado joder a Rainer, él no se rendiría.
Y a una parte de ella esa verdad le hacía hervir la sangre.
Pero luego estaba esa otra parte, la que a veces se rebelaba y que trataba de mantener bajo llave, que se sentía atraída, curiosa incluso, y quería ver hasta dónde Keller estaba dispuesto a empujarla. Effy sabía que lo soportaría todo.
Pero no tenía claro que alguien pudiera aguantarla a ella. Y una parte secreta de Elizabeth deseaba que él lo hiciera.