6 Effy
El resto del día le sirvió para conocer las instalaciones de la Reitakademie Kellerhof.
Le enseñaron las tres pistas principales, una de ellas cubierta, los picaderos para dar cuerda a los caballos, el par de andadores mecánicos y los establos donde residirían Sanctos y Sodashi.
Le asignaron su taquilla de los vestuarios y le dieron el código.
Luego pasearon por las instalaciones pensadas para los residentes del club, como las cocinas office que había en cada nave para que los propietarios y jinetes pudieran descansar y charlar y la sala de visionado de la pista interior, que estaba separada de esta por un gran cristal.
También la llevaron a otra casita, «la Cabaña», con un estilo germano más moderno: suelos de madera oscura y paredes pintadas de un agradable tono crema.
Constaba de una sola planta, en cuyo centro se encontraba un inmenso salón repleto de rincones acogedores y presidido por una enorme chimenea, que se encendía, según le contaron, todos los días en cuanto el frío empezaba a invadir la región.
En la Cabaña también había otra gran cocina, además de una sala de juegos con un billar, una mesa de ajedrez y una tele y de una terraza que bordeaba toda la parte trasera en un porche flotante con vistas a los campos.
Todo era lujoso, pero extrañamente familiar.
Effy nunca había visto algo igual.
Por último, la llevaron de nuevo a la enorme nave donde no solo se encontraban la pista interior y la sala de visionado, sino también las residencias preparadas para los jinetes que pasaban una temporada en la RK.
Su nuevo hogar.
La escuela ecuestre contaba con doce miniapartamentos dentro del complejo, divididos entre las dos plantas de la nave.
Effy siguió a Muriel, la mujer que le había hecho el tour, una de las administrativas encargadas de los jinetes internacionales; era bajita, con una figura redonda y un llamativo pelo rojo de bote.
No había cesado de hablar sobre todas las ventajas de dormir en la academia, y le contó que, al parecer, a Effy le había tocado uno de los apartamentos de la planta baja.
—Te va a encantar, ya verás —le estaba diciendo en aquel momento—. Tiene hasta su propia terraza con vistas al bosque.
Rainer Keller le pisaba los talones.
Se había empeñado en acompañarla al tour, aunque no había abierto la boca en todo el recorrido.
Effy sentía sus ojos de ese extraño azul clarísimo abrasándole la nuca.
No podía negar que le había cabreado allí fuera.
Ese amago de sonrisa cuando ella había estado tan visiblemente afectada, su postura relajada…
Ni siquiera se había molestado en darle la bienvenida.
Effy se había sentido insultada, aunque, ahora que lo pensaba, eso solo la hacía quedar como una niñata mimada.
Pero la verdad era que había esperado otra cosa, otro recibimiento.
¿Y la manera en la que había insinuado que necesitaba su ayuda para mejorar?
No tenía ni puta idea.
Lo que más le molestó, había comprendido mientras rumiaba su primera interacción, había sido la forma en la que su nuevo entrenador no parecía ni por asomo impresionado por ella, ni siquiera un poco.
No sabía por qué, pero le habría gustado ver algo semejante a los celos empañarle las facciones duras y marcadas.
Una vez que llegaron al apartamento, le enseñaron brevemente el espacio: el recibidor provisto de un par de armarios amplios, la habitación con baño moderno incorporado y el salón integrado a la pequeña cocina funcional, que le serviría de sobra para esos meses.
Todo estaba decorado en tonos crema y madera oscura.
—Y este de aquí —estaba diciendo Muriel mientras señalaba las enormes puertas correderas de cristal— es tu pequeño rincón de paz.
Al otro lado, como ya le había prometido, se encontraba el bosque.
Los grandes árboles parecían dedicarle una reverencia gracias a la brisa veraniega que se colaba entre sus ramas y sus hojas perennes. Los rayos del sol se reflejaban entre el follaje, consiguiendo que un brillo dorado bañara el suelo de tierra blanda y hierba.
Effy tragó saliva, de repente, exhausta.
Muriel pasó a despedirse tras comentarle que, si necesitaba cualquier cosa, siempre podía acercarse a las oficinas.
También le informó de que los Keller vivían en la propiedad, en una casa familiar al otro lado del lago que habían visitado al inicio del recorrido, y que siempre podía acudir a ellos para cualquier emergencia.
Effy se guardó para sí misma su verdad inamovible: se las podía arreglar sola.
Lo llevaba haciendo más años de los que ya recordaba.
Y, así, se quedaron solos.
Rainer seguía ahí, inmóvil en medio de su nuevo salón, inspeccionando la estancia como si nunca antes la hubiera visto.
Carraspeó, llamando su atención.
Su nuevo entrenador arrastró la mirada hasta fijarla en ella. ¿Qué estaría pensando en ese momento? ¿Qué sentiría al verla? ¿Al saber que en ese momento formaban un equipo?
«Equipo». Esa palabra le dejaba un regusto amargo y desconfiado en la punta de la lengua. Como si fuera una mentira que debía tragarse sin rechistar.
Estoy sola.
Siempre lo había estado, a excepción de Henk, y él, al final, también la había dejado atrás.
—¿Te gusta lo que ves?
La voz grave de Rainer la sacó de su ensoñación. Se había quedado observándolo fijamente, perdida aún en sus cavilaciones. Hasta ese momento no se había permitido analizarlo bien.
Rainer Keller era un hombre alto, imponente.
Le sacaba más de dos palmos, y tenía una constitución musculada, quizá demasiado para un jinete.
Pero es que él ya no monta, le recordó esa parte de sí misma que tenía estudiada a Keller en contra de su voluntad.
Sus brazos, expuestos gracias a esa camiseta negra que llevaba, dejaban a la vista su piel ligeramente bronceada, sus bíceps impresionantes y las venas que los recorrían.
Podía adivinar que, bajo esa camiseta oscura, se encontraba un cuerpo trabajado.
Y su rostro…
Era el de un hombre atractivo. Muy atractivo.
Facciones duras, de líneas rectas que ensalzaban su mandíbula cubierta por una barba rubia de un par de días, pómulos afilados y una nariz proporcionada con su rostro masculino.
Sus ojos, de ese color azul tan peculiar, estaban enmarcados por unas cejas gruesas.
El pelo rubio oscuro pedía un corte, como si él lo hubiera dejado pasar.
—No está mal —le respondió sin perder la calma en su voz.
Rainer se cruzó de brazos, haciendo que sus músculos se flexionaran e hincharan.
—Bien. Me alegro. —Parecía aburrido—. Si eso es todo…
Y, para sorpresa de Effy, el muy cabrón se dirigió a la puerta.
«¿Eso es todo?», quiso chillarle.
—Rainer. —Su nombre le salió de los labios como una petición rasgada—. ¿Cuándo empezamos?
«No debería habértelo pedido yo, este es tu trabajo», estuvo a punto de espetarle.
Entre ellos parecía haber un tira y afloja, una guerrilla que Effy no terminaba de comprender, pero que había abrazado de buena gana, negándose a ser la que demostrara necesidad por nada que saliera de ese hombre.
Rainer se giró sobre los talones, mirándola por encima del hombro.
No pudo atisbar nada de lo que esa mirada escondía, nada en absoluto.
—Mañana a las ocho en punto en la Cabaña.
Elizabeth arrugó la nariz sin poder evitarlo.
—¿En la Cabaña?
Rainer le dedicó un asentimiento rápido. Parecía tener prisa por alejarse de ella.
—A ver si eres tan perfecta como aseguras.
***
—¿Así vamos a pasar nuestro primer entrenamiento juntos? —La pregunta se le escapó con evidente amargor.
A la mañana siguiente Effy se había levantado a eso de las seis de la mañana. Después de haberse pasado una hora pateando las finas sábanas de algodón, había decidido que de nada le servía seguir dando vueltas en su nueva cama y se había puesto en marcha.
El insomnio la había perseguido hasta Alemania.
Ya estaba acostumbrada, por supuesto. Casi no recordaba lo que era dormir más de seis horas del tirón una noche.
Tampoco era que hubiese puesto sus esperanzas en que aquello cambiara demasiado en la RK, pero sí que había esperado que el viaje, los nervios que había tratado de mantener escondidos en lo más profundo de su estómago y la impaciencia por empezar hicieran mella en su cuerpo,
agotándola hasta permitirle a su mente una noche de descanso.
Había esperado mal.
Rainer Keller estaba sentado en uno de los grandes sofás de cuero marrón del salón principal de la Cabaña.
Aquel día había optado por vestir otra camiseta de manga corta, esa vez gris pizarra, y unos vaqueros oscuros.
Ella ya lo había estado esperando de pie, cerca de los grandes ventanales, cuando lo había visto entrar con unas gafas de sol de aviador, y lo primero que había pensado al verlo fue que, como ella, parecía cansado.
Como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros.
—Es la mejor manera de conocerte —expuso él mientras le daba al play a las grabaciones.
Por lo visto, alguien se había tomado la molestia de recopilar sus competiciones en un único vídeo. Y sabía que ese alguien se encontraba junto a ella, sentado con la autoridad que solo las personas que han nacido para brillar poseían.
Como si todo eso le perteneciera. Lo que, técnicamente, era verdad.
Como si tú le pertenecieras.
Ese pensamiento le revoloteó en la mente de la misma molesta manera en la que las moscas se acercan a los caballos en cuanto el calor del sol se hace pesado: con invasión y descaro.
Elizabeth podría ser su amazona, su alumna, si así deseaba llamarla, aunque la palabra le generara un picor desagradable en la garganta, pero jamás sería nada suyo. Nada de nadie.
—Esos concursos ya han pasado. Lo que necesitas es ir a pista y verme ahora.
Rainer se volvió para mirarla entonces. Desde que había llegado, la había ignorado deliberadamente, como si posar su mirada en ella más de un segundo le supusiera un esfuerzo que no estaba dispuesto a hacer.
No quiere estar aquí, comprendió Effy enseguida.
Bien, ella tampoco había deseado que nadie que no fuera Henk la entrenara y se acercase a ella.
No se le daba bien hacer amigos, ni siquiera ser cordial con la gente.