Dar el salto 5 Rainer
8%

5 Rainer

Los ojos azules de Elizabeth Vaux quemaban más que el fuego.

Poseían una oscuridad y profundidad más impactantes vistos de cerca.

Lo estaba observando como si su mera presencia la enfadara.

Pestañeó un par de veces, seguramente sorprendida de habérselo encontrado allí. Rainer estaba de camino a las oficinas para darle la bienvenida cuando había visto a la inconfundible yegua torda de una blancura casi brillante trotando tranquilamente hacia él. No le había costado nada atraparla.

Se estaba preguntando cómo cojones había llegado el animal hasta allí cuando vio a Elizabeth Vaux torcer la esquina a la carrera y, detrás de ella, a uno de los nuevos mozos, cuyo nombre no conocía todavía.

—Creo que esto te pertenece.

No pretendió decirlo con tono divertido, pero Rainer no podía negar que aquella situación era graciosa.

Elizabeth alargó la mano y le arrebató el ramal con furia.

—Sí.

Sodashi se puso al lado de su dueña, como si nada hubiera pasado.

—¿Y bien? ¿Se puede saber qué es lo que ha pasado? —preguntó Rainer mientras se cruzaba de brazos.

Llevaba una camiseta de manga corta negra y unos vaqueros oscuros, además de las botas de montar de cuero negro, aunque habían pasado años desde la última vez. Su nueva jinete apartó por fin esos ojos penetrantes de él y se volvió para mirar al mozo.

—Pregúntale a él. —Habló con un desprecio que no le gustó—. Ha sido quien ha sacado a mi yegua sin mi permiso y se ha negado a dármela cuando se lo he pedido varias veces hasta que se le ha escapado.

Rainer enarcó una ceja rubia en dirección al nuevo, que enseguida empezó a relatarle todo lo que había pasado; le comentó visiblemente acalorado que le habían pedido que sacara a la nueva yegua de salto al caminador mecánico para que estirase las patas,

que entonces había aparecido esa mujer y le había empezado a gritar y pedir que le diera el caballo.

Le contó también que no podía hacer eso sin una identificación, que eran las normas del centro.

Rainer negó con la cabeza y el fantasma de una sonrisa en sus labios.

—¿Qué se supone que te hace tanta gracia? —le exigió saber Vaux—. Este mozo de aquí la ha cagado. Lo mínimo sería que le dejaras claro que lo que ha hecho es inaceptable.

El asomo de sonrisa involuntaria se le borró de un plumazo.

—Lo que es aceptable o no solo depende de mí.

—Elizabeth reaccionó a sus palabras alzando la barbilla, desconfiada—.

Ha sido un malentendido, han llegado dos nuevas yeguas de salto y ha cogido la tuya pensando que era la correcta.

Y cuando has ido a por ella, él no ha podido dártela porque no tenías todavía las credenciales que te habilitan a entrar y salir del centro cuando quieras, usar las pistas e instalaciones y, por supuesto, manipular a tus caballos —le explicó con un tono de voz pausado,

como si le hablara a una niña pequeña—.

Todo esto lo sabrías, claro está, si hubieras pasado por las oficinas…

—No me ha dado tiempo porque, como comprenderás, algo me ha entretenido antes de poder informarme sobre todas las normas de este sitio.

Sus palabras salieron rápidas y duras. Rainer estuvo a punto de poner los ojos en blanco.

—Ha sido un error.

—Pensaba que en lugares como estos no se toleraban los errores.

—¿Es que acaso tú no los cometes?

—No.

Vaya. Así que era de ese tipo de personas.

—Lo dudo mucho, o no estarías aquí.

Elizabeth acarició la cuerda roja sujeta a la cabezada de cuadra de su yegua con una mano.

—¿Qué se supone que significa eso?

Rainer no tenía paciencia para echarle un pulso a su ego, así que se limitó a responder como si fuera evidente:

—Sabes perfectamente lo que significa, ¿o acaso no lo has dejado todo atrás para que yo te entrenara?

Aquello no pareció sentarle muy bien, puesto que cerró el puño sobre la cuerda.

—Necesito que me entrenes porque no puedo presentarme sola —siseó mientras volvía a fijar sus ojos sobre él.

Lo miró de arriba abajo y creyó ver algo en él, algo que Rainer no entendió pero que provocó que su enfado se disipara.

En su lugar, una sonrisa que no auguraba nada bueno le pintó el rostro—.

Pero quizá todo esto ha sido un error y no hay nada que puedas enseñarme que yo no sepa ya…

Al fin y al cabo, estoy, a todos los efectos, a punto de superarte.

Aquello fue como un puñal de hielo directo a su corazón.

Rainer había sido durante muchos años el único jinete ganador de cuatro mundiales consecutivos.

Hasta que apareció Elizabeth Vaux. Y Henk Jensen le había arrojado un recuerdo contra el que no había podido luchar al pedirle que la entrenara a ella. A la amazona que estaba a punto de arrebatarle el récord. Y, aun así, por alguna razón que en ese momento no lograba comprender, había aceptado.

Por supuesto que Rainer había sabido quién era Elizabeth durante todo ese tiempo. ¿Cómo no hacerlo cuando una amazona seis años más joven que tú acababa de conseguir llegar hasta el trono que habías ocupado tú durante tantos años?

Entonces sí, centró su mirada en la de ella y la sostuvo.

Por su mente pasó la idea de decirle que diera media vuelta y desapareciera de su vista.

Que no le debía nada y que, si tanto deseaba su puesto, se lo ganara en cualquier otro lugar.

Pero entonces se perdió en esos ojos. En su brillo letal.

En su profundidad oscura, como la del océano más embravecido.

Y entonces, ah, ahí estaba otra vez. La ira y el fuego y el odio.

Un odio tan lacerante que podía confundirse con dolor.

Que quizá lo fuera.

Rainer se tragó su orgullo y señaló hacia delante, indicándole que volvieran a las cuadras. El mozo, que se había quedado inmóvil, enseguida emprendió el paso y desapareció de su vista.

—Eso ya lo veremos —se limitó a contestar con voz grave.

Vaux volvió a echarle una mirada de arriba abajo que nada tenía que ver con las de las otras mujeres del club. Sus palabras y lo que implicaban quedaron flotando entre ambos.

Rainer podía sentir la tensión que se había creado entre ambos: incómoda, tirante, retadora. Podía soportarlo: que lo odiaran, no caerle bien a la gente, no despertar simpatía.

Todo eso le daba igual.

Y algo le decía que Elizabeth Vaux era igual que él y que su relación sería complicada.

Pues que así fuera.