Dar el salto 4 Effy
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4 Effy

El coche que la había recogido en el aeropuerto de Stuttgart hacía casi dos horas por fin se acercaba a su destino: Reitakademie Kellerhof.

Habían pasado por el pueblecito al que pertenecían los terrenos sobre los que estaba construida la academia ecuestre, Sasbachwalden.

Effy se encontró embelesada por sus casitas tradicionales alemanas pintadas de colores vibrantes con sus característicos tejados triangulares, por el río de agua clara que bordeaba el pueblo y por el verdor que recorría el paisaje allí donde su mirada decidiera posarse.

Los últimos días de agosto se arrastraban despreocupados, recelosos de dar paso a septiembre y, con él, la nueva temporada de salto.

Effy se había perdido en sus pensamientos, aún ensimismada en aquella parte de la Selva Negra.

El coche había ascendido por un camino hacia el norte del pueblo, en dirección a los bosques que lo rodeaban.

Un par de minutos después, tras recorrer la carretera flanqueada por abetos rojos, pinos, hayas y robles, aparecieron los terrenos de la academia.

Lo primero que vio fue el enorme claro sobre el que se extendía la RK. Al fondo, si se concentraba, podía atisbar las construcciones que componían las instalaciones, aunque de momento solo podía ver los pastos de los caballos. Hectáreas y hectáreas a ambos lados del camino.

Sabía que los Keller, además de regentar la escuela, criaban caballos de salto centroeuropeos.

De hecho, su ganadería de razas de sangre templada especializadas en la rendición deportiva estaba muy bien valorada.

Esa mañana de verano los animales que disfrutaban de la libertad parecían relajados, pastando a su aire y disfrutando del sol brillante que les había regalado el día.

Effy se revolvió en el asiento antes de abrir la puerta trasera para salir por fin.

No quería emocionarse. La brisa cálida le revolvió el pelo, que llevaba suelto.

Se recolocó los mechones oscuros detrás de las orejas y esperó a que el conductor le abriera el maletero.

Cuando descargaron sus dos maletas y su bolsa de mano, se despidió de él con un «gracias» en alemán bastante patético.

Suspiró aliviada al recordar que en la RK el idioma oficial era el inglés debido a la gran afluencia de jinetes internacionales.

Elizabeth se quedó quieta un momento frente a lo que parecía ser una gran casa.

Suponía que era el edificio que servía de oficinas que había visto en la página web.

A ambos lados de la casa con aire señorial, había dos naves enormes.

Esperaba que alguien le enseñara las instalaciones, puesto que no quería perder el tiempo los primeros días confundiéndose por los terrenos.

Empezó a arrastrar sus maletas por el camino pedregoso cuando un mozo salió de la nave de la derecha. Effy jamás se hubiera inmutado de no ser porque al otro lado del ramal que sujetaba estaba su yegua.

Sodashi.

Sus caballos habían llegado un día antes que ella en un viaje que había durado más de quince horas por carretera.

Le habían enviado los vídeos de Hello Sanctos y Sodashi descendiendo del van donde habían realizado toda su travesía.

Effy los había visto bien, e inmediatamente después había pedido que bajo ninguna circunstancia los sacaran de sus nuevas cuadras hasta que ella llegara al día siguiente.

También había pedido que, para cuando ella llegara, instalaran las cámaras que Effy había exigido como condición para mudarse allí.

Unas cámaras que durante las veinticuatro horas del día vigilarían solo a sus caballos.

El equipo de la RK le había asegurado que nadie se acercaría a ellos hasta que la propia Effy diera el visto bueno, que siempre estarían controlados.

Cosa que, al parecer, no estaba siendo así.

—¿Pero qué coño?

Abandonó las maletas ahí mismo y con paso apresurado se acercó al mozo que llevaba a su yegua al andador exterior.

—¡Disculpa! —exclamó nerviosa—. ¿Qué haces con esa yegua?

El mozo se volvió hacia ella con una mirada interrogativa pintada en sus ojos castaños. En ese momento que lo observaba bien, no aparentaba tener más de veinte años. Tan solo era un poco más joven que ella.

—Perdón —dijo con un denso acento alemán—. No entiendo.

—Esa yegua. —Señaló a Sodashi—. No puedes tocarla.

El mozo miró en dirección al animal, que parecía alerta a la discusión.

—Aber ich muss sie in die Führanlage bringen —rebatió señalando el andador automático.

Effy se dio cuenta enseguida de que no la entendía.

Supuso que, a pesar de que el club era un lugar internacional, no todo el mundo hablaba bien inglés.

Aquello no la molestó, entendió que era ella la extranjera.

No dejó que los nervios la asaltaran, estaba más que acostumbrada a interpretar idiomas que no dominaba.

—No. Nadie ha pedido mi permiso. Es mía. —Ante la falta de respuesta del hombre, probó en alemán—: Meine.

Pareció que el mozo la comprendió, puesto que extendió una mano con la palma bocarriba, pidiéndole algo.

—In diesem Fall muss ich Ihren Ausweis sehen, bitte.

Elizabeth no consiguió interpretar lo que le estaba diciendo, así que, harta de aquella conversación sin sentido, intentó agarrar el ramal. El mozo se sorprendió, pues levantó la mano para evitar que ella se lo arrebatara.

—Das dürfen Sie nicht!

—¡Dame a mi yegua! —exclamó ella, perdiendo los papeles.

—¡Identificación! —le contestó él en ese inglés cerrado. Había pasado a alzar la voz, como si también estuviera empezando a enfadarse.

Bien, pues ya somos dos.

—No tengo identificación —intentó explicarle—. Acabo de llegar. Yo… —Resopló, frustrada—. Ich, Effy Vaux —probó con un patético intento de presentarse—. Elizabeth Vaux. Soy su dueña.

El chico parecía no tener ni idea de quién era ella porque su cara reflejaba lo mismo que hacía unos segundos: desconfianza.

—¡Venga ya! Esto es absurdo… —Volvió a extender la mano para agarrar la cuerda, y de nuevo, el mozo se apartó con un movimiento brusco.

La yegua empezó a ponerse nerviosa, pateando el suelo con fuerza.

Effy le dedicó una mirada de completo disgusto al hombre.

—Te juro por lo que más quieras que o me das a mi yegua o vamos a tener problemas. —Vertió en aquella amenaza toda la frialdad que pudo. Le daba igual si estaba exagerando, le importaba una mierda.

Había aprendido que a veces no siempre se trataba de la mejor manera a los caballos en aquel mundo, y una de sus normas más estrictas era que Effy debía conocer a las personas que se encargarían de manipularlos.

Para ella eran una extensión de sí misma.

La única parte de aquello que amaba.

Así que, si el mundo la tachaba de exagerada, bien por ellos. Pero sus caballos jamás pasarían por el maltrato que sí había visto hacia otros.

Extendió la mano por tercera vez, y el mozo, en un intento desesperado de alejarse de ella, alzó su puño cerrado sobre el ramal todavía más arriba mientras daba un par de pasos hacia atrás, con tan mala suerte que tropezó con un desnivel de la tierra y pegó un tirón de la cuerda,

esa vez con un movimiento descendente.

Sodashi pareció hartarse de aquel espectáculo y aprovechó el descuido del mozo para liberarse de su agarre emprendiendo un galope descontrolado.

—¡Joder! ¡Mira lo que has hecho! —le gritó Effy al chaval.

Sin mediar palabra, ambos echaron a correr siguiendo el galope libre de Sodashi. Dejaron atrás la casa y recorrieron todo el largo de la nave a su izquierda para luego torcer la esquina, en dirección a la parte trasera del recinto de la escuela.

Sodashi escapaba a un trote alegre, ya sin prisa, como si estuviera disfrutando de aquel pillapilla. La yegua volvió a girar, bordeando la nave, y Effy apretó el paso, encabezando aquel dúo sin sentido que componían ella y el mozo. Cuando doblaron la esquina, ambos se detuvieron en seco.

Sodashi estaba quieta, parada completamente.

Y alguien sostenía el ramal por el que ella se había peleado con insistencia.

«Alguien» no.

—Creo que esto te pertenece.

Rainer Keller.

Su nuevo entrenador.