3 Rainer
Cargó el último fardo de heno en el tractor. Ya tenía más que suficientes para el suelo de las últimas cuadras que le quedaban por hacer.
Con el ronroneo metálico del motor, abandonó el granero sur.
Rainer no llevaba reloj encima y el móvil se lo había dejado cargando en la pequeña cocina office de los establos principales, así que no tenía ni idea de la hora que era, pero por la posición del sol, cada vez más cercano al oeste, y el color del cielo, naranja superponiéndose al azul,
pudo adivinar que ya eran las últimas horas de la tarde.
Como siempre, el día se le había pasado rápido.
El trabajo físico siempre ayudaba.
Aparcó el tractor en la entrada trasera de la nave principal y se apresuró a desenganchar los cuatro fardos que había recolectado.
Hacer las camas de los caballos nunca había sido su actividad favorita.
Cuando era más joven y su padre lo obligaba a hacerlas, a pesar de que jamás les habían faltado los mozos para ello, lo hacía a regañadientes y enfadado.
En la actualidad, sin embargo, era de lo que más disfrutaba.
El mecanicismo en el que se sumía había pasado a ser un conjunto de movimientos que le permitían no pensar en nada más que no fuera en agarrar el rastrillo, sacar el heno sucio y reemplazarlo por uno limpio.
Pasar el tiempo con los caballos también ayudaba.
Aunque jamás fuera a admitirlo en voz alta, especialmente a su hermana, Annika, le permitía desconectar como pocas cosas lo conseguían.
Estar cerca de ellos, de sus cuerpos musculados y pieles calientes, de sus almas sensibles y sus personalidades variopintas, le facilitaba mucho el trabajo.
Estaba terminando de acomodar las últimas cuadras cuando Emilia, una de las profesoras del programa de salto de la Reitakademie Kellerhof, lo interrumpió.
—¿Rainer? —Se acercó a él con cautela. Todos los trabajadores del club siempre lo hacían—.
Perdona que te moleste, pero he pensado que quizá era importante.
—Él no supo a qué se refería hasta que esta alzó la mano con un móvil en alto.
No, no un móvil cualquiera: su móvil—. Lleva sonando sin parar desde hace media hora.
Rainer se apartó el sudor que le recorría la frente con el dorso del brazo. No le pasó inadvertida la mirada de interés que le echó Emilia. La ignoró.
Emilia era una mujer guapa, atractiva. Pero jamás se fijaría en ella ni en ninguna mujer que perteneciera a aquel mundo. Era una línea que no estaba dispuesto a cruzar.
Y por una razón.
—Gracias, Emilia. —Alargó la mano y cogió su móvil por encima de la puerta de madera de la cuadra.
Sintió cómo la mirada de la profesora seguía sobre él durante un par de segundos más hasta que se marchó dedicándole un asentimiento. Una vez que estuvo solo, Rainer les echó un vistazo a las llamadas.
Tenía más de diez.
Frunció el ceño. No conocía el número de teléfono que lo llamaba, pero se sorprendió al comprobar que el prefijo empezaba por 020.
No era alemán. Decidió ignorarlo: no tener guardado el número en la agenda significaba que la persona al otro lado de la línea no merecía su tiempo.
Justo en ese momento la pantalla se iluminó con una nueva llamada.
Se planteó colgar, pero algo dentro de él lo empujó a cogerlo.
Se arrepintió de inmediato, pero, aun así, dijo:
—Rainer Keller.
—¡Rainer! ¡Por fin doy contigo!
No reconoció la voz que le había empezado a hablar en inglés.
—¿Quién eres?
No se anduvo con rodeos y, a pesar de la desconfianza en su voz, el hombre al otro lado de la línea soltó una risita.
—Espero que te acuerdes de mí. Soy Henk Jensen, era el entrenador de…
—Henk —repitió el nombre mientras los recuerdos de aquel hombre le asaltaban la mente—. Qué sorpresa. Claro que me acuerdo de ti.
—Qué alegría escuchar eso. No ha sido nada fácil conseguir tu número —le confesó—. Te llamo por un asunto un tanto delicado.
—¿Qué asunto? —Su voz sonó formal, seria. Necesitaba quitarse de encima aquella conversación cuanto antes.
—Verás, necesito que vuelvas a las andadas y aceptes entrenar a una jinete.
Sintió como si acabara de recibir un impacto que, por mucho que quisiera, jamás habría sido capaz de esquivar.
Se apoyó contra la pared de oscura madera de la cuadra en la que seguía metido.
El rastrillo que había estado usando quedó abandonado a su lado, y el caballo al que pertenecía el box, Romeo, lo miró fijamente con ojos negros y brillantes, como diciéndole: «¿Otra vez así?» .
Sí, joder, otra vez así.
—Lo siento, Henk, pero, como sabrás, probé lo de ser entrenador y no salió bien.
Hacía dos años, para ser exacto.
—Lo sé, pero necesito que vuelvas a intentarlo con esta amazona —le pidió. Había algo en su voz, un matiz teñido de súplica, que lo sobresaltó—. Solo escúchame cinco minutos, ¿vale?
¿Con qué poder se sentía Henk Jensen para pedirle aquello?
Sí, era uno de los entrenadores de salto más aclamados del mundo, y sí, durante gran parte de su vida había admirado su trabajo, pero eso no le daba derecho a arrinconarlo de la manera en la que lo estaba haciendo.
Se quedó en silencio, y Henk lo interpretó como una afirmación, puesto que empezó a hablar:
—No sé si lo sabes, pero, durante estos últimos diez años, he estado entrenando a la misma jinete.
—Claro que lo sabía, por mucho que se hubiera obligado a mantenerse alejado de aquel mundillo, todo el mundo estaba al tanto de a quién entrenaba Jensen—.
Pero este año, desgraciadamente, no voy a poder seguir haciéndolo.
Pasó a contarle los motivos y lo mucho que significaba Vaux para él, y por qué creía que Rainer era quien debía entrenarla en su lugar:
—Sabes lo que es estar ahí fuera, lo has vivido en tus propias carnes.
Eras uno de los mejores, Keller. Todo el mundo tenía los ojos puestos en ti.
Lo recuerdo. —A Rainer le empezó a temblar la mano con la que sujetaba el teléfono—.
En la pista eras hipnótico; tus movimientos, perfectos.
Siempre parecías estar adelantado a lo que pasaba; montabas cuatro pasos por delante del resto de jinetes y eso es lo que te convirtió en el mejor.
La complicidad que demostrabas con tu caballo…
—Ya no soy esa persona —lo cortó. Era incapaz de seguir escuchando todo aquello—. Hace mucho tiempo de eso.
Cinco años.
Cinco largos años en los que había tratado de escapar de esa persona que ya no se correspondía con quien era. Que nunca más sería.
—La cosa es que sí que lo eres. Y por eso mismo te necesito. Ella te necesita —se corrigió.
Rainer dudaba que Elizabeth Vaux lo necesitara para nada, y menos sabiendo lo que acababa de lograr aquel año.
Su cuarto mundial consecutivo.
Sintió una ira irracional burbujeando bajo su piel, quemándole las venas, hirviéndole la sangre.
—Puedes conseguir a cualquier otra persona, Henk. Yo no voy a hacerlo.
Y aquella decisión era inamovible. No había nada que Jensen pudiera hacer para que cambiara de parecer.
—Solo échales un vistazo a los vídeos que te estoy enviando ahora mismo —le pidió—. Un único vistazo y comprenderás de qué está hecha mi cohete.
Rocket Effy.
Así es como la llamaba la gente.
Pero, por supuesto, Rainer no tenía ningún interés en ella y jamás lo tendría.
Solo sabía el apodo que le había puesto la prensa deportiva porque, al fin y al cabo, la Reitakademie Kellerhof era una de las mejores escuelas de élite de salto de Europa.
Quizá del mundo. Muchos de los jinetes que competían en la Western European League e incluso en el mundial salían de la RK.
Y, por mucho que le jodiera, la RK era su hogar. Su casa.
Mi legado familiar, pensó con cierta ironía.
—Henk, de verdad que lo siento, pero, como ya te he dicho, me retiré de este mundo hace años. Y no entra en mis planes volver a él.
Jensen suspiró al otro lado de la línea.
—Hace mucho te hice un favor —le recordó, no con malicia, sino con algo parecido a la nostalgia tiñéndole la voz profunda—.
Eras un chaval. Aún recuerdo la mirada ilusionada con la que te empapabas de todo.
Me caíste bien al instante. —Rainer luchó contra los recuerdos: el sol radiante que había hecho en Leipzig aquel año, la manera en la que el ambiente le había fascinado como nada antes lo había hecho.
Recordaba a su padre y a su abuelo abriéndose paso por las instalaciones del mundial, saludando a todo el que era importante en aquel ámbito.
Recordó cómo Henk le había sonreído y le había animado a que siguiera su sueño.
El favor que le había hecho—. Ahora te pido que me lo devuelvas.
Échales un vistazo a los vídeos y si después de verlos sigues pensando lo mismo, lo aceptaré de buen grado.
Rainer se aclaró la garganta.
—Está bien —accedió al fin—. Los veré.
Se despidieron con un par de palabras cordiales más.
Romeo se acercó a él, olisqueándole las manos. Seguramente buscando algo que llevarse a la boca.
—No tengo nada para ti. — No tengo nada para nadie—. Aún queda un poco para la cena, así que te toca esperar.
El caballo soltó aire caliente contra su mano, decepcionado.
Rainer salió de la cuadra y recorrió todo el pasillo del establo central empujando la carretilla en la que había dejado el heno sucio.
Torció a la izquierda, pasando por una estación de duchas, y cruzó los otros tres pasillos de cuadras que quedaban a la izquierda del que se había encargado de limpiar él.
La nave principal de establos contaba con seis líneas de cuadras a ambos lados, separadas por la mitad por tres estaciones de duchas, que podían albergar a ocho caballos cada una.
En total, solo en aquella construcción, cabían 192 caballos.
Enorme, lujosa y en perfectas condiciones. Así era la escuela que su bisabuelo había fundado, y que su abuelo y su padre se habían encargado de mantener y ampliar.
Desechó el heno sucio en uno de los graneros traseros ubicados en cada nave y se preparó para dar por finalizado su día.
El sol ya se había puesto, y las cuadras estaban ya casi vacías; el sonido de los relinchos impacientes de los caballos esperando la cena era su banda sonora.
Se cruzó con un par de los mozos que se encargaban de la alimentación y ambos lo saludaron rápidamente antes de seguir con su trabajo.
Rainer sabía que tenía una reputación allí.
Que la gente hablaba de él a sus espaldas y cotilleaba sobre su carácter solitario y su apariencia arisca.
Le importaba una mierda.
Después de recoger sus cosas en el office, se apresuró a llegar a su Jeep Wrangler. Antes de encender el motor, bajó las ventanillas, permitiendo que el aire nocturno se colara y le revolviera el cabello, que llevaba demasiado largo.
Desbloqueó su móvil.
Había prometido que les echaría un vistazo a los vídeos que le había enviado Jensen, así que aquel era un momento igual de bueno que cualquier otro. El primer vídeo llenó la pantalla y Elizabeth Vaux cobró vida en ella.
Solo la había visto competir una vez, una sola vez. Y para él había sido suficiente.
Vaux montaba con un estilo implacable. Se movía por la pista como si fuera un tiburón, demostrando al resto de jinetes que era una depredadora innata. Su estilo era directo, rápido y feroz. Sabía dónde apretar a su montura y dónde aflojar, cualidades con las que no todos contaban.
En el primer vídeo vio cómo Elizabeth ejecutaba una serie de tres saltos seguidos sin despeinarse.
Una combinación con la que la mayoría de los jinetes tendrían la decencia de tomar precauciones.
Pero ella no. Parecía no temerle a nada, como si supiera que no había fuerza que consiguiera tumbarla porque ella era la mejor.
Y joder, sí lo era.
El siguiente vídeo era de un entrenamiento.
Tan solo estaba ella en la pista con su caballo alazán, el mismo del vídeo anterior, y galopaba a una velocidad que podría compararse a la de los caballos de carreras.
Antes de que Rainer pudiera darse cuenta, había superado dos saltos con maestría.
Su entrenador le gritaba que intentara aflojar la velocidad, aunque no pareció que Vaux le hiciera mucho caso.
Si fuera yo su entrenador, le diría que pensara antes de actuar. Ese giro lo ha tomado bien, pero si se hubiera inclinado un poco más hacia la izquierda, su caballo habría entrado más centrado al salto y no habría rozado la barra.
Ese pensamiento le cruzó la mente como un ladrón. No debería haber estado allí, nadie le había abierto las puertas de su subconsciente como para que se colara de esa manera tan descarada.
No vas a ser su entrenador.
El último vídeo era similar a los anteriores, aunque montaba otro caballo que no era el alazán. Este era tordo, de un tono clarísimo.
Con su anterior montura Elizabeth demostraba estar perfectamente sincronizada, como si hubiera memorizado cada movimiento del animal.
Pero, con esta yegua, parecía tener algún que otro problema.
El animal no estaba acostumbrado a los trucos de su jinete, y Vaux sugería con su lenguaje corporal no sentirse tan cómoda como lo estaba con el alazán.
Aun así, esa yegua saltaba incluso más que el otro, toda una proeza.
Y fue entonces, al pasar Vaux cerca de la cámara del vídeo, cuando lo vio. Retrocedió la grabación y luego la paró. Sintió que se le entrecortaba la respiración.
Su mirada.
Esa jodida mirada, llena de ira, de rabia y de fuego. No era la que Rainer esperaba encontrar en la nueva promesa del mundo del salto. No era la que encontraría en cualquier otro jinete.
Solo había visto esa mirada en alguien más.
En él mismo.
El reflejo de todo lo que llevaba sintiendo esos cinco años en los ojos azules de Elizabeth Vaux. Supo que estaba actuando llevado por un impulso cuando marcó el número que hacía menos de una hora le había llamado.
Supo que se arrepentiría.
Supo que aquello no le traería más que problemas.
Y supo, con toda la certeza de su intuición, que lo que estaba a punto de aceptar lo obligaría a enfrentarse a fantasmas del pasado contra los que había perdido ya muchas batallas.
Aun así, en cuanto Henk Jensen descolgó la llamada, dijo:
—Acepto.