Dar el salto 2 Effy
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2 Effy

Nunca, en todos los años que llevaba trabajando con Henk Jensen, pensó que recibiría aquella llamada. Y menos aún cuando estaban tan cerca de la meta.

Effy se levantó del sofá, incapaz de estarse quieta.

—No te entiendo, Henk —repitió por segunda vez—. ¿Me vas a abandonar ahora? ¿Después de todo lo que hemos pasado?

Trató de que el pánico que había comenzado a enroscársele en el estómago no fuera evidente en sus palabras, que nadie, ni siquiera la persona más cercana con la que contaba en ese momento en su vida, percibiera lo mucho que le afectaba aquella noticia.

—Effy… —Suspiró. Esperó a que le dijera que nunca la dejaría, que lo que habían empezado juntos lo acabarían juntos y que encontraría la manera de quedarse a su lado, pero en su lugar dijo—: No tengo elección.

Elizabeth salió al pequeño balcón con el que contaba su piso en el barrio londinense de St. John’s Wood.

El aire caliente, o al menos todo lo caliente que podría considerarse en Inglaterra, no la alivió.

Su mente iba a mil por hora, ansiosa por encontrar alguna solución que arreglara aquel desastre que se le venía encima.

Pero, por alguna razón, parecía incapaz de hilar una estrategia.

Un estallido de miles de colores la ocupaba mientras cientos de pensamientos reclamaban su atención desesperada.

—Pensaba que esto no sucedería hasta el año que viene. —No sabía qué más responder.

—Lo sé, niña. —«Niña», como a él le gustaba llamarla.

Jamás le había molestado, por extraño que resultara.

Henk había llegado a la vida de Effy cuando ella tenía doce años y un propósito en mente.

De eso hacía ya más de una década, pero, a ojos de su entrenador, Effy seguía siendo la niña que le había pedido con el ceño fruncido y un estoicismo nada propio de una chica de su edad que la entrenara para ser la mejor jinete de salto del mundo.

Y en ese momento, después de todo lo que habían vivido, de esos cuatro mundiales que habían ganado juntos, él se retiraba del juego.

Effy se quedó en silencio. Sabía que debía decir algo más, apartar su propio interés y felicitar a su entrenador, pero… no podía.

Como si Henk le estuviera leyendo la mente, le preguntó:

—¿Es que no te alegras por mí?

¿No se sentía feliz por él? No, no era eso.

Si lo pensaba fríamente, sabía que aquello era algo por lo que Henk y su marido, Patrik, habían luchado durante muchísimos años. Sabía la ilusión que le hacía a su entrenador, y también sabía que nadie se lo merecía más que ellos dos.

Pero estaban adelantándose un año.

—No es eso —lo contradijo—. Sabes que sí. — Añade algo más, añade algo más—. Vais a ser unos padres estupendos.

No mentía. Pero sabía que su voz no reflejaba aquella verdad.

Y se odió un poquito por ello.

Pero odió todavía más el hecho de que se encontraran en esa posición.

Egoísta, le siseó la vocecita escondida en alguna parte de sí misma que aún albergaba algo de moralidad. Lo era. Pero llevaba demasiado tiempo jugándoselo todo como para no serlo.

Su entrenador suspiró. Parecía decepcionado y Effy quiso decirle que ella también lo estaba.

—Sabes que ya eres la mejor del mundo, ¿verdad? —empezó—. Todo esto que estás haciendo… Effy, sabes que lo entiendo. Pero también creo que puedes retirarte cuando quieras, no tienes nada más que demostrar.

—Ni se te ocurra insinuar que abandone ahora, Henk —rebatió, furiosa de pronto—. No pienso escucharlo.

—Eres demasiado joven para soportar la presión que…

—Bueno, llevo soportándola muchos años —se defendió con mordacidad—. Y te recuerdo que solo yo decido lo que estoy dispuesta a aguantar y lo que no.

No iba a aceptar ningún consejo que abogara por su «bienestar». Su bienestar no era otro que ganar su quinto mundial y convertirse en la primera persona en conseguirlo.

Y, una vez que lo hiciera, podría respirar.

Pero hasta entonces no había más que hablar.

—Sabía que dirías eso.

—Claro que lo sabías, lo que me sorprende es que lo hayas intentado.

—Debía hacerlo, una última vez al menos. —Sintió la sonrisa en su voz—. Por los viejos tiempos.

—Que han acabado —se le escapó sin querer.

—Que han acabado, sí.

Effy desvió la mirada hacia la calle a sus pies.

Una madre paseaba con sus dos hijos por la acera adoquinada mientras su perro, una bola de pelo rizada y oscura, revoloteaba a sus pies.

Effy imaginó que volverían del parque que quedaba a apenas un par de minutos de allí y que irían directos a casa para disfrutar de unas horas de juegos antes de la cena.

Quizá la madre preparara un pudin de carne con verduras asadas, o a lo mejor era el padre el que se encargaría de cocinarlo.

Quién sabía. Lo que importaba era que esas personas que paseaban allí abajo no estaban sintiendo cómo su corazón se detenía, cómo la respiración se le agitaba y cómo todo su mundo, todo aquello por lo que había trabajado, se resquebrajaba por culpa de algo que ella no podía controlar.

—Aun así, seguiré animándote allá donde quiera que estés —la consoló él—. Y seguiré apostando por ti las veces que haga falta. Sabes que eres mi pequeño cohete.

—Gracias, Henk. —Se apartó de la barandilla de hierro forjado de su balcón y se apresuró a volver a entrar al salón—. Tengo ganas de conocer al nuevo bebé. ¿Es niño o niña?

—Va a ser una niña. —El tono de voz de su entrenador se volvió más vívido e ilusionado—.

Tenemos que ir a por ella a mediados de septiembre.

Patrik está como loco preparando todo lo que tiene que ver con el viaje, ya sabes cómo es.

Ahora mismo ha ido a la agencia de adopción a entregar el chequeo médico que nos pidieron.

Si estuviera en casa, estarías escuchando cómo corretea de aquí para allá sin parar.

—Effy pudo imaginárselo—. La mitad del tiempo no tengo ni idea de qué está haciendo, pero me pone feliz verlo tan entusiasmado.

Elizabeth era la peor persona del mundo. Le quedó claro en aquel instante porque, a pesar de la sonrisa involuntaria que se le había escapado tras escucharlo, seguía pensando en lo mucho que estaba perdiendo ella con todo aquello.

—Vais a ser unos padres estupendos —repitió para compensar la amargura que sentía. Para demostrarse a sí misma, y a Henk, que podía expresar que le importaba—. Estoy segura de que esa niña va a ser muy afortunada.

¿No había sido Henk Jensen como un padre para ella? ¿No le había sostenido la mano antes de cada competición? ¿No le había limpiado las heridas después de cada caída? ¿No se había alegrado por todos sus éxitos?

Había hecho todo eso y más. Más de lo que nunca pidió ni esperó.

—Espero que vengas de visita alguna vez y la conozcas.

—Lo haré, aunque sabes que no se me dan muy bien los niños.

—Por eso he dicho de visita, y no de canguro —bromeó él.

—Trato hecho.

Se sirvió un vaso de agua, notaba la boca seca.

Por mucho que le encantara hablar con Henk, necesitaba trazar un plan en ese mismo instante.

No podía competir sin entrenador, eso lo sabía, pero tampoco sabía a quién acudir.

Quedaban menos de tres meses para la Western European League y, aunque ella fuera una de las mejores del mundo, casi todos los entrenadores decentes estarían ocupados ya.

Además, no confiaba en nadie que perteneciera a aquel mundo aparte de en Henk.

Y menos aún dentro de la federación inglesa.

Iba a ser imposible.

—Escucha, Effy. Sé que esto nos ha pillado a los dos desprevenidos, pero, en cuanto me enteré de que la adopción se había adelantado, no perdí el tiempo y moví algunos hilos.

Se quedó quieta en medio de la cocina y apretó el teléfono con fuerza.

—¿Qué hilos?

—No pensabas que te iba a dejar sola en esto, ¿verdad? —Sí, así justo se estaba sintiendo—. Puede que no vayamos a seguir trabajando juntos, pero sigo queriendo lo mejor para ti. Así que hice un par de llamadas y… te he encontrado a alguien.

Se apoyó en la encimera de mármol blanco.

—¿A alguien?

—Sí, niña. —Hizo una pausa, como si estuviera pensando bien sus siguientes palabras—. A tu próximo entrenador.

De pronto, miles de preguntas se aglomeraron dentro de ella, deseosas por salir.

—¿De quién se trata, Henk?

No le importó si su tono de voz sonó desesperado. Necesitaba respuestas.

—Antes de nada…, ¿crees que podrías mudarte a Alemania antes de que acabe el mes?