Dar el salto 1 Effy
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1 Effy

Campeona mundial por cuarta vez consecutiva.

Los espectadores gritaban eufóricos desde las plateas a su alrededor, y los flashes de las cámaras pertenecientes a los medios deportivos se centraban en ella. Solo en ella.

Recorrió la pista a un galope tranquilo y luego cayó al paso. No se volvió para mirar a la gente que coreaba su nombre y aplaudía embelesada llevada por el entusiasmo y la sorpresa; al fin y al cabo, no estaba allí por el público. Nunca lo había estado.

«Es extremadamente difícil lo que pretende conseguir Vaux en este mundial. Solo un jinete antes que ella ha sido capaz de ganar cuatro mundiales consecutivos. En esta última etapa descubriremos de qué pasta está hecha nuestra joven jinete».

Effy recordó las palabras que un par de días atrás había pronunciado la locutora jefe encargada de cubrir la copa de ese año, Helene McAvoy, sobre sus posibilidades de volver a ganar el mundial.

Habían vuelto a dudar de ella. Imbéciles, todos ellos.

Palmeó el cuello de su caballo.

—Buen chico. Hoy te has ganado un extra de avena.

Salió de la pista con el corazón sereno y la mente clara, prístina. La adrenalina del momento no parecía haber hecho mella en ella.

Los mozos la ayudaron enseguida a bajar de su caballo, Hello Sanctos.

Una vez en suelo firme, se quitó el casco y se aseguró de que el moño trenzado que llevaba no se hubiera movido ni un poquito.

Se apartó un par de mechones oscuros de la frente y se los recolocó para devolverles el volumen que el casco les había arrebatado.

En ese momento le tocaba la ronda de entrevistas y quería salir lo mejor posible.

Sabía sin siquiera comprobarlo que sus mejillas no estarían enrojecidas por el esfuerzo y que su piel no reflejaría los brillos de los focos, puesto que tampoco había sudado.

Sinceramente, esa victoria no le había supuesto demasiado esfuerzo.

—Aseguraos de que lo revisa el fisio antes de bañarlo. —No había notado nada fuera de lo común en la musculatura del caballo, pero no quería correr riesgos—. Y dadle fruta fresca. Se lo merece, ha sido el mejor.

No se lo dijo a nadie en particular, pero sabía que le harían caso.

Unos brazos la sorprendieron por el lado derecho, y el olor familiar a la colonia que su entrenador usaba desde que lo conocía la asaltó.

Effy correspondió como pudo a aquel gesto inesperado, con sus extremidades quizá un poco demasiado rígidas.

En su rostro, sin embargo, hubo un atisbo de algo parecido a una sonrisa.

—¡Esta es mi chica! —exclamó Henk Jensen. El orgullo brillaba en sus ojos marrones—. ¡Sabía que lo volverías a hacer! Estoy tan orgulloso de ti…

—Gracias, Henk.

—Oh, venga, Effy, ¡alégrate! Hemos vuelto a ser campeones mundiales. Un año más. Es impresionante.

—Era lo que tenía que pasar —se limitó a contestar con pragmatismo.

Henk se pasó una mano por su pelo castaño, ese que desde hacía unos años había empezado a clarear.

Ahora el color de su juventud había quedado ya casi sepultado por las canas.

Su entrenador la conocía lo suficiente como para no rebatirle, sabía perfectamente qué era lo que pretendía conseguir y dónde estaba su meta.

El resto le importaba bien poco. Juntos anduvieron hasta la zona donde las cámaras y los periodistas deportivos aguardaban para arrancarle las primeras declaraciones sobre su victoria.

Effy aceptó una botella de agua fresca que alguien del equipo de la FEI, la Federación Ecuestre Internacional, le había tendido y le dio un sorbo largo, recreándose en el frescor que le descendió por la garganta.

Hacía un calor seco debido a las más de doce mil personas que habían asistido a ver la final internacional de salto.

El complejo deportivo de St. Jakobshalle estaba a rebosar y, aunque Effy sabía que no era cierto, tenía la sensación de que el aire era más pesado y difícil de respirar.

No se había detenido a observar lo que la rodeaba desde que había entrado en la pista.

Para aquel último día el equipo de la copa había decidido adornar todo el complejo con rosas rojas: grandes coronas que decoraban allá donde sus ojos decidieran posarse, ramos de proporciones enormes y jarrones de cerámica repletos de esas flores.

Hasta la pista, sus vallas de madera blanca y algunos saltos aleatorios (el cuarto, el octavo, el noveno y el undécimo) estaban revestidos por la flor roja.

Debía admitir que aquel año se habían esforzado, pero lo único que habían conseguido, en su opinión, era que el aire ya de por sí cargado tuviera un regusto dulzón excesivo.

Henk le rozó el brazo para indicarle que ya podía pasar a responder preguntas de los medios.

Effy cuadró los hombros y se encaminó con paso firme hacia la primera reportera que la esperaba.

Trabajaba para la prestigiosa revista Equnews y no era la primera vez que la veía.

Tampoco, por supuesto, era la primera vez que la entrevistaban.

—¡Elizabeth Vaux! —exclamó la mujer cuando llegó a su encuentro—. Felicidades por el gran concurso que acabas de hacer. ¡Y por la victoria! La cuarta consecutiva, ni más ni menos. ¿Cómo te sientes?

Effy asintió con la cabeza mientras escuchaba a la periodista.

—Gracias. —Nunca había sido una maleducada—. Me siento bien, complacida.

—¡Y deberías estarlo! ¡Más que eso! Sin duda es un gran hito para el mundo ecuestre lo que acabas de hacer hoy en la arena… Te has convertido en la primera jinete femenina en ganar cuatro años consecutivos la copa del mundo. No es algo que tomar a la ligera.

—Bueno, pero no soy la única persona que lo ha conseguido —puntualizó mientras centraba su mirada azul en los ojos color avellana de la mujer. Sabía que esperaba que dijera algo más, así que añadió—. Así que, sí, «complacida» es una buena palabra para describir lo que siento ahora mismo.

—¡Una chica con las ideas claras! —Effy frunció los labios.

Chica, no mujer—. Cuéntanos, ¿cómo has vivido esos dos minutos y diez segundos que has tardado en completar el circuito?

—le preguntó después. Effy no pudo evitar fijarse en que su acento belga se volvía más notable en las entonaciones interrogativas—. Un tiempo increíble, por cierto.

—Bueno, en mi segundo mundial conseguí hacerlo en un minuto y cincuenta y seis segundos, así que podríamos haberlo hecho mejor.

—Era verdad: si hubiera apretado más, habría conseguido un tiempo más bajo, pero ese año había decidido ir con más calma gracias a que en las etapas anteriores había marcado mucho la diferencia con sus rivales.

—¡No te llaman Rocket Effy por nada! —la aduló la periodista.

Resistió la urgencia de poner una mueca de desagrado al apodo con el que la habían coronado en su primer año compitiendo en la liga profesional. No le gustaba.

—Volviendo a tu pregunta, los he vivido bastante tranquila. Hello Sanctos ha estado estupendo, y sabía que con toda la ventaja de puntos que les llevaba a mis competidores podía permitirme ir más relajada. No ha supuesto un esfuerzo demasiado grande.

—¡Guau! Con confianza, así me gusta. Pero ¿no te ha preocupado que Montagne haya conseguido en esta última etapa la mayor puntuación con un recorrido perfecto? —la presionó.

Buscaba algo jugoso que darle a su revista, Effy era consciente de ello. Por eso había sacado a relucir el último recorrido de Luca Montagne. Había sido un movimiento previsible que sin duda había esperado por su parte.

—No. —Se encogió de hombros—. Montagne lo hizo muy bien, eso es verdad. Pero no lo suficiente como para ser mejor que yo.

La periodista abrió los ojos, consciente de lo provocador que sería un titular con aquellas palabras para la revista.

De las ventas que conseguirían gracias a ello.

A ella. Effy casi deseó que se lo agradeciese, pero sabía que no lo haría.

De todas formas, tampoco las necesitaba; era consciente de por quién compraría el número la gente.

—Y cuéntanos, Elizabeth, ¿ahora qué? Eres la amazona más joven en ganar cuatro mundiales seguidos, la única jinete femenina que lo ha conseguido y estás dentro del top diez mundial. ¿Qué más te queda por cumplir?

¿Y ahora qué?

La piel de la espalda le comenzó a hormiguear y notó que las piernas se le tensaban de expectación.

Por primera vez sintió cómo se le aceleraba el corazón, el martilleo del músculo contra la caja torácica, un bombeo insistente y atronador.

Tomó una bocanada de ese aire dulce y seco y se apartó un mechón de pelo negro que le rozaba el pómulo.

Luego deslizó la mirada de los ojos de la mujer que la estaba entrevistando hasta la cámara.

Sabía que también subirían la entrevista en formato vídeo a los canales audiovisuales con los que contaba Equnews, así que se forzó a enjaular esa emoción repentina, esa adrenalina que la había asaltado sin permiso, y se fijó en el objetivo.

—¿Ahora? —preguntó como si no fuera evidente lo que iba a responder a continuación—. Ahora voy a convertirme en la única jinete con cinco copas del mundo, por supuesto.