Dar el salto Prólogo
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Dar el salto

Dar el salto

Por Carla Marti

© inepub.com

Prólogo

Todo acababa allí.

No podía desconcentrarse con lo que acababa de pasar, tampoco dejar que el nerviosismo, esa niebla ansiosa y envenenada, se apoderara de su serenidad. Todo aquello por lo que había luchado aquellos años esperaba a ser reclamado. Se negaba a fallar.

Pero lo que acababa de pasar…

No.

Debía mantener la mente fría.

El animal se le revolvió bajo las piernas. Su piel caliente, sus músculos rígidos y la respiración agitada. Le palmeó suavemente el musculado cuello para infundirle unos ánimos que debería sentir. Pero que no sentía en absoluto.

Los caballos son animales inteligentes. Perciben cuando algo no está bien con su jinete.

Lo sabía. Lo sabía y por eso necesitaba calmarse allí arriba.

Las gradas estaban llenas de personas que esperaban deseosas conocer si aquella noche se haría historia sobre ese circuito. El murmullo de sus voces impacientes crecía como un eco perdido en las montañas, como una ola que rompe contra las rocas en invierno.

El pulso le martilleó en la sien, y por un momento estuvo a punto de desabrocharse el casco para buscar alivio sobre la presión que los latidos le ejercían en la mente.

Se agarró con fuerza a las riendas, lo que provocó que el caballo piafara sobre la arena húmeda.

Aflojó la sujeción y trató de serenarse.

No es para tanto.

Lo que acaba de decirte… no es para tanto. Saldrás de esta, todo se arreglará. Concéntrate en ganar. En hacerte un hueco en la historia de la equitación.

Pero es que sentía un dolor, justo ahí, entre las costillas, que no le permitía respirar con naturalidad.

Trató de regular la entrada y salida de aire a sus pulmones como le habían enseñado; llevar su cuerpo a ese estado de relajación que sabía que necesitaba antes de entrar en la pista.

Pero todas las herramientas que había usado como deportista de élite a lo largo de los años parecían no encontrarse ahí para que hiciera uso de ellas.

Como si todo se hubiera esfumado por culpa de…

Me ha traicionado.

Fue aquel el pensamiento que mandó a la mierda la poca compostura que le quedaba y el que hizo que sus piernas temblaran y sus pies no se adhirieran como debieran a los estribos.

Fue en ese momento, mientras el control que siempre había poseído encima de un caballo se escapaba de entre sus manos aún aferradas a las riendas, cuando el presentador anunció sus nombres en la pista.

Era su turno. Les tocaba demostrar lo que valían.

Con un pequeño toquecito de sus pies, su caballo se puso en marcha con paso nervioso.

—Ha llegado el momento, amigo. —Susurró con la voz ronca de la presión—. Es hora de volar.

El animal bufó, como si entendiera lo que se jugaban.

Emprendieron un trote corto, que pronto dio paso a un galope largo. Antes del primer obstáculo, sin embargo, se volvió para buscarla con la mirada. No la encontró.

Ya no estaba.

Me ha abandonado.

Otro pinchazo la azotó en lo más profundo de su estómago, rápido y cruel.

Su vista no estaba fija en ese primer obstáculo y, cuando su caballo lo saltó, estuvo a punto de perder el equilibrio. Hizo presión con los muslos y luchó con todas sus fuerzas por quedarse en la silla. Lo consiguió.

El rugido de la sangre en sus oídos le impidió escuchar el quejido incómodo que se escapó de su compañero y los gritos sorprendidos de las gradas.

Intentó enfilar con algo más de clase el segundo obstáculo y luego el tercero, pero le temblaba todo el cuerpo y sentía cómo la cabeza se le despegaba del cuerpo a cada tranco que recorrían.

Su concentración no estaba allí en la pista como sabía que debería haber estado.

Sin pretenderlo, sus pensamientos volaban hacia ella…

En el cuarto obstáculo tocaron una barra.

Joder.

Por suerte esta no cayó al suelo. Aún tenían una oportunidad de ganar.

¿Pero la tenían?

No se sentía con la confianza para llevarlos al éxito, ni mucho menos para hacer historia.

Solo quería bajar y correr al lugar donde habían mantenido esa conversación que parecía estar desatando las fibras que componían su corazón hasta convertirlo en un amasijo sin forma, y suplicarle que no se fuera de su lado.

El quinto y sexto obstáculos fueron igual de deplorables que los anteriores, y a su montura empezó a costarle seguir un ritmo bueno. No la estaba guiando como se merecía, y el animal luchaba por mantener a flote el binomio que componían.

Ese debería ser mi trabajo.

Agarró las riendas con seguridad y presionó con la pierna interior para ejecutar el giro cerrado que se les venía encima de la mejor forma posible. Pero no fue suficiente. El pie se le resbaló definitivamente del estribo y el salto estaba ya ahí.

Su montura pareció tropezar por el tirón de riendas que involuntariamente le había dado al perder el estribo, de modo que no tuvo tiempo de colocar bien la cabeza a la hora de coger el obstáculo.

Supo lo que iba a pasar antes de que ocurriera.

Supo que iban a caer. A chocar.

A perder su oportunidad.

A perder su orgullo.

Pero jamás imaginó que esas cosas no eran más que polvo y tierra comparado con lo que le costaría de verdad.

Todo acabó allí.