Capítulo 19
E L trueno la persiguió. El viento aullaba por las zanjas de la ciudad y los vientospren la adelantaban zumbando, como huyendo de la extraña tormenta.
El aire empujaba la espalda de Lift y hacía volar papeles y basura a su alrededor.
Llegó al anfiteatro de la boca del callejón y arriesgó una mirada a su espalda.
Se detuvo de sopetón, aturdida. La tormenta recorría el cielo, un majestuoso y terrible yunque negro surcado de relámpagos rojos. Era gigantesca, dominando el cielo entero, con diabólicos fogonazos de luz interior.
Las gotas de lluvia empezaron a picotearle la piel y, aunque la tormenta no traía muralla, el viento ya empezaba a hacerse tempestuoso.
Wyndle creció en un círculo a su alrededor.
—¿Ama? Oh, ama, esto es mal asunto.
Lift dio un paso atrás, estupefacta por la masa bullente de negro y rojo. Los relámpagos caían sobre las zanjas y el trueno la alcanzaba con tanta fuerza que sentía como si debiera lanzarla hacia atrás por los aires.
—¡Ama!
—Dentro —dijo Lift, corriendo a trompicones hacia la puerta del orfanato.
Estaba tan oscuro que apenas distinguía la pared, pero, al llegar, reparó al instante en que algo fallaba. La puerta estaba abierta.
La habrían cerrado después de que ella saliera, ¿verdad? Pasó al interior. La sala estaba negra, inescrutable, pero tanteando la puerta notó que el barrote estaba partido en dos. Posiblemente desde fuera, y con un arma que hacía tajos limpios a la madera. Una hoja esquirlada.
Temblando, Lift buscó a tientas por el suelo la parte cortada del barrote y consiguió colocarlo en su sitio, para atrancar de nuevo la puerta. Se volvió hacia la sala, escuchando. Oía los gemidos de los niños, sollozos ahogados.
—Ama —susurró Wyndle—, no puedes enfrentarte a él.
«Ya lo sé».
—Hay Palabras que debes pronunciar.
«No servirán».
Esa noche, las Palabras eran la parte fácil.
Costaba no contagiarse del miedo de los niños a su alrededor. Lift se descubrió temblando y dejó de andar cerca del centro de la habitación. No podía avanzar poco a poco, tropezando con otros chicos, si quería detener a Oscuridad.
En algún punto lejano de algún piso del orfanato, oyó pisadas. Pasos firmes de botas sobre los suelos de madera de la primera planta.
Lift recurrió a su maravilla y empezó a brillar. La luz se alzó de sus brazos como el vapor de una parrilla caliente. No era muy refulgente, pero en aquella habitación sumida en la oscuridad total, bastaba para revelarle a los niños que había oído. Se quedaron callados, mirándola con asombro.
—¡Oscuridad! —gritó Lift—. ¡Ese al que llaman Nin, o Nale! ¡Nakku, el Juez! Estoy aquí.
Las pisadas de arriba cesaron. Lift cruzó la sala, pasó a la siguiente y miró por el hueco de una escalera ascendente.
—¡Soy yo! —gritó por él—. La que intentaste matar, y fracasaste, en Azir.
La puerta que salía al anfiteatro traqueteó bajo el azote del viento, como si alguien intentara entrar desde fuera.
Las pisadas se reanudaron y Oscuridad apareció en la cima de la escalera, sosteniendo una esfera de amatista en una mano y una brillante hoja esquirlada en la otra.
El fulgor violeta le iluminaba la cara desde abajo, resaltando el mentón y los pómulos, pero dejándole los ojos a oscuras.
Parecían huecos, como las cuencas de la criatura que Lift había conocido fuera.
—Me sorprende ver que aceptas el juicio —dijo Oscuridad—. Creía que te quedarías en tu supuesta seguridad.
—Ya —respondió Lift—. ¿Sabes el día en que el Todopoderoso repartía los sesos a la gente? Ese día yo salí a buscar pan ácimo.
—Vienes aquí durante una alta tormenta —dijo Oscuridad—. Estás atrapada aquí dentro conmigo, y sé de tus crímenes en esta ciudad.
—Pero volví el día en que el Todopoderoso repartía hermosura. ¿Qué te distrajo a ti?
El insulto no pareció surtir efecto, aunque era de sus favoritos.
Oscuridad dio la impresión de fluir como el humo mientras empezaba a bajar peldaños, con pasos cada vez más suaves y su uniforme ondeando como por un viento invisible.
Tormentas, qué aspecto tan oficial tenía en aquel traje de largas mangas y aquella chaqueta lisa. Era como la viva encarnación de la ley.
Lift fue hacia la derecha, alejándose de los niños, internándose más en la planta baja del orfanato. Desde allí llegaba un olor a especias, de modo que permitió que su nariz la guiara hacia una cocina oscura.
—Por la pared —ordenó a Wyndle, que creció a lo largo de ella junto al umbral.
Lift afanó un tubérculo de la encimera, se agarró a Wyndle y trepó. Acalló su maravilla y se volvió oscura mientras llegaba al techo, colgada de las finas enredaderas de Wyndle.
Oscuridad entró por debajo de ella y miró primero a la derecha y luego a la izquierda. No miró hacia arriba, por lo que, cuando dio un paso adelante, Lift se dejó caer a su espalda.
Oscuridad se volvió al instante, lanzando un tajo con aquella hoja esquirlada, empuñada con una sola mano. El filo atravesó la pared de la puerta y pasó a un dedo de Lift, que se había apartado saltando hacia atrás.
Dio contra el suelo y estalló de luz con su maravilla, haciendo resbaladizo su trasero para deslizarse por el suelo lejos de él y terminar topando con la pared justo debajo de los peldaños. Desenmarañó sus extremidades y empezó a subir la escalera a gatas.
—Eres un insulto para la orden que te correspondería —dijo Oscuridad, siguiéndola a grandes pasos.
—Ya, supongo —replicó Lift—. Tormentas, soy un insulto para mí misma casi todos los días.
—Por supuesto que lo eres —afirmó Oscuridad mientras llegaba al pie de la escalera—. Esa frase no tiene significado.
Lift le sacó la lengua, una táctica absolutamente racional y razonable para combatir a un semidiós. A él no pareció molestarle, pero claro, Oscuridad tenía un pegote de cera de oreja costrosa en lugar de corazón. Qué tragedia.
La primera planta del orfanato estaba llena de habitaciones más pequeñas a su izquierda.
A su derecha, otro tramo de escalones llevaba más arriba.
Lift se lanzó hacia la izquierda, casi atragantándose con el largorraíz sin cocinar, buscando a la Tocón.
¿La habría encontrado Oscuridad? En varias habitaciones había camas para los niños.
Así que la Tocón no los ponía a dormir en aquella sala grande; se habrían congregado allí por la tormenta.
—¡Ama! —exclamó Wyndle—. ¿Tienes algún plan?
—Puedo crear luz tormentosa —dijo Lift, dando un bufido e invocando un poco de maravilla para comprobar la habitación del otro lado del pasillo.
—Sí. Incomprensible, pero cierto.
—Él no. Y le costará encontrar esferas, porque nadie esperaba la tormenta que ha llegado en pleno Llanto, así que…
—Ah… ¡A lo mejor, podemos agotarlo!
—No puedo luchar contra él —dijo Lift—. Parece la mejor alternativa. Pero a lo mejor tengo que volver abajo a por más comida.
¿Dónde estaba la Tocón? No había ninguna señal de que se ocultara en aquellos dormitorios, pero tampoco había ni rastro de su cadáver asesinado.
Lift volvió corriendo al pasillo. Oscuridad dominaba el otro extremo, el más próximo a la escalera. Caminó despacio hacia ella, empuñando su hoja esquirlada en un extraño agarre inverso, con el lado peligroso apuntado hacia detrás de él.
Lift acalló su maravilla y dejó de brillar. Tenía que agotarlo, así que quizá le haría creer que ella iba escasa para que no se preocupara de ahorrar.
—Lamento tener que hacer esto —dijo Oscuridad—. En otros tiempos, te habría dado la bienvenida como hermana.
—No —replicó Lift—. En realidad no lo lamentas, ¿verdad? ¿Puedes sentir siquiera algo parecido al lamento?
Oscuridad se detuvo en el pasillo, sosteniendo aún la esfera por delante para ver. Parecía estar planteándose en serio su pregunta.
Bueno, pues tocaba moverse. No podía permitir que la arrinconara, y eso a veces significaba embestir hacia el tipo que llevaba una famélica hoja esquirlada. Mientras Lift se arrojaba contra él, Oscuridad adoptó una postura de esgrima y dio un paso adelante para descargar su golpe.
Lift se echó a un lado y se resbaladizó, esquivó la espada y resbaló por el suelo a la izquierda del hombre. Lo rebasó, pero tuvo la sensación de que había sido demasiado fácil. Oscuridad la observaba con ojos cautelosos y perceptivos. Había esperado fallar el golpe, Lift estaba segura.
Oscuridad dio media vuelta y avanzó de nuevo hacia ella, con paso rápido para evitar que bajara la escalera hacia la planta baja.
El movimiento la obligó a acercarse a los peldaños ascendentes.
Oscuridad parecía querer que fuese en esa dirección, de modo que Lift optó por retroceder por el pasillo.
Por desgracia, en aquel lado solo había una habitación, la de justo encima de la cocina.
Abrió la puerta de una patada y miró dentro.
Era el dormitorio de la Tocón, con una cómoda y ropa de cama.
Pero sin el menor rastro de la propia Tocón.
Oscuridad siguió avanzando.
—Tienes razón. Parece que por fin me he liberado de los últimos vestigios de remordimiento que una vez sentí por cumplir con mi deber. Honor me ha imbuido, me ha cambiado. Llevaba mucho tiempo esperándolo.
—Estupendo. Así que ahora eres como una especie de spren sin emociones.
—Oye —dijo Wyndle—, eso es ofensivo.
—No —respondió Oscuridad, que no podía oír a Wyndle—.
Soy un mero hombre, perfeccionado. —Hizo un gesto hacia ella con su esfera—.
Los hombres necesitan luz, niña. Solos estamos en la oscuridad y nos movemos caprichosos, basándonos en mentes subjetivas y mutables.
Mas la luz es pura, no cambia dependiendo de nuestros caprichos diarios.
Sentir culpabilidad por seguir un código a rajatabla es desperdiciar emociones.
—¿Y sentir otras emociones no, en tu opinión?
—Hay muchas emociones útiles.
—Que tú sientes que no veas, a todas horas.
—Por supuesto que las… —Dejó la frase en el aire y, de nuevo, pareció plantearse lo que había dicho Lift. Ladeó la cabeza.