Danzante del Filo (El Archivo de las Tormentas) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Lift saltó hacia delante, haciéndose resbaladiza de nuevo.

Él defendía la escalera descendente, pero Lift tenía que rebasarlo de todos modos y volver abajo.

Coger comida y seguir subiendo y bajando hasta que Oscuridad agotara todo su poder.

Predijo que atacaría con la espada y, mientras lo hacía, Lift se arrojó de nuevo a un lado, con el cuerpo entero resbaladizo salvo la palma de la mano, para dirigirse.

Oscuridad soltó su esfera y se movió con una velocidad repentina e inesperada, ardiendo en luz tormentosa. Soltó también la hoja esquirlada, que se deshizo en humo, y desenvainó un cuchillo del cinturón. Mientras Lift pasaba, apuñaló hacia el suelo y le atrapó la ropa.

¡Tormentas! Una herida normal la habría sanado su maravilla.

Si Oscuridad hubiera intentado agarrarla, habría sido demasiado resbaladiza y se habría escabullido.

Pero el cuchillo se clavó en la madera y la atrapó por la cola de su chaqueta, deteniéndola de sopetón.

Resbaladiza como estaba, pareció que rebotaba y se deslizaba de vuelta hacia él.

Oscuridad sacó la mano a un lado y volvió a invocar su hoja mientras Lift se afanaba, frenética, por liberarse.

El cuchillo se había clavado hondo y Oscuridad no había retirado la mano.

¡Tormentas, qué fuerte era! Lift le mordió el brazo, pero fue en vano.

Intentó quitarse la chaqueta, resbaladizándose ella pero no la prenda.

La hoja esquirlada apareció y Oscuridad la alzó. Lift se revolvió, medio cegada por la chaqueta, que ya tenía medio por encima de la cabeza y apenas dejaba que viera nada. Pero pudo sentir cómo aquella hoja descendía hacia ella…

Algo hizo: «¡Ploc!», y Oscuridad gruñó.

Lift miró como pudo y vio a la Tocón de pie en los peldaños de arriba, sosteniendo un gran madero. Oscuridad sacudió la cabeza, intentando despejarla, y la Tocón volvió a atizarle.

—Deja en paz a mis niños, monstruo —gruñó ella.

La mujer goteaba. Había llevado sus esferas al terrado del edificio para cargarlas. Pues claro, allí era donde estaba. ¡Si lo había dicho antes!

Alzó el madero por encima de su cabeza. Oscuridad suspiró y trazó un arco con su hoja que cortó la pieza de madera por la mitad. Desclavó su daga del suelo, liberando a Lift. «¡Sí!».

Y entonces le propinó un puntapié que la envió deslizándose pasillo abajo sobre su propio cuerpo resbaladizo, completamente descontrolada.

—¡No! —gritó Lift, retirando su maravilla.

Rodó hasta detenerse. Le tembló la visión mientras Oscuridad se volvía hacia la Tocón y la agarraba por el cuello, la levantaba de la escalera y la arrojaba al suelo. La mujer mayor crujió al caer y se quedó laxa, inmóvil.

Entonces Oscuridad la apuñaló, no con su hoja, sino con el cuchillo. ¿Por qué? ¿Por qué no acabar con ella?

Se volvió hacia Lift, ensombrecido por la esfera que había soltado, en aquellos momentos más monstruo que la cosa Insomne que Lift había visto en el callejón.

—Sigue viva —dijo Oscuridad a Lift—, pero sangra y está inconsciente.

—Apartó su esfera de un puntapié—. Es demasiado nueva para saber cómo alimentarse de luz tormentosa en su estado.

A ti tendré que empalarte y esperar a que estés muerta del todo.

Pero a esta puedo dejarla desangrándose. Ya está sucediendo.

«Puedo curarla», pensó Lift, desesperada.

Y él lo sabía. Estaba tendiéndole una trampa.

Ya no tenía tiempo para hacerle agotar su luz tormentosa. Con la hoja esquirlada apuntando hacia Lift, era de verdad solo una silueta. Oscuridad. Verdadera Oscuridad.

—No sé qué hacer —dijo Lift.

—Pronuncia las Palabras —sugirió Wyndle, a su lado.

—Ya las he dicho, en el corazón.

Pero ¿de qué servirían?

Poca gente escuchaba algo que no fueran sus propios pensamientos. Pero ¿de qué le iba a servir escuchar en la situación en que se hallaba? Lo único que oía era el ruido de la tormenta fuera, el relámpago que hacía vibrar las piedras.

Trueno.

Una nueva tormenta.

«No puedo derrotarlo. Tengo que hacerlo cambiar».

Escucha.

Lift corrió hacia Oscuridad, invocando toda la maravilla que le quedaba.

Oscuridad dio un paso adelante, daga en una mano, hoja esquirlada en la otra.

Se acercó a él, que de nuevo protegía la escalera descendente.

Saltaba a la vista que esperaba que Lift intentara bajar o se detuviera junto al cuerpo inconsciente de la Tocón para intentar curarla.

Lift no hizo nada de eso. Resbaló hasta más allá de los dos, giró y subió los peldaños por los que acababa de descender la Tocón.

Oscuridad soltó un reniego y lanzó un tajo contra ella, pero falló. Lift llegó a la segunda planta y Oscuridad se lanzó a la carga tras ella.

—La estás dejando morir —le advirtió, persiguiéndola mientras Lift encontraba otro tramo más pequeño de escalones que subían. Al exterior, con un poco de suerte. Tenía que hacer que la siguiera…

Le cerraba el paso una trampilla en el techo, pero la abrió. Salió a la mismísima Condenación.

Vientos temibles, interrumpidos por aquellos espantosos relámpagos rojos.

Una horrible tempestad de lluvia lacerante.

El «techo» era solo la llanura que coronaba la ciudad, y Lift no acertó a ver la cesta de esferas de la Tocón.

La lluvia era demasiado cegadora, el viento demasiado terrible.

Se alejó un paso de la trampilla, pero de inmediato tuvo que agacharse y agarrarse a las rocas.

Wyndle formó unos asideros para ella, gimoteando. La sostuvo con fuerza.

Oscuridad salió a la tormenta, pasando por aquel agujero en la cima de la colina. La vio y fue hacia ella, alzando su hoja esquirlada como un hacha.

Atacó.

Lift chilló. Soltó las enredaderas de Wyndle y alzó las dos manos por encima de ella.

Wyndle dio un largo y suave suspiro, derritiéndose, transformándose en una larga vara de metal plateado.

Paró la hoja descendente de Oscuridad con su propia arma. No era una espada. Lift no sabía ni un crem sobre espadas. Su arma era solo una vara plateada. Brillaba en la oscuridad y detuvo el golpe de Oscuridad, aunque el impacto le dejó los brazos temblando.

Au , dijo la voz de Wyndle en su cabeza.

La lluvia aporreaba a su alrededor, y unos relámpagos carmesíes caían detrás de Oscuridad, dejando nítidas imágenes residuales en los ojos de Lift.

—¿Crees que puedes combatirme, niña? —gruñó él, manteniendo su hoja contra la vara de ella—. ¿A mí, que he tenido vidas inmortales? ¿A mí, que he aniquilado a semidioses y sobrevivido a Desolaciones? Soy el Heraldo de la Justicia.

Y entonces Lift gritó:

—¡Escucharé a aquellos que han sido ignorados!

—¿Qué? —dijo Oscuridad, brusco.

—¡Oí lo que dijiste, Oscuridad! ¡Intentabas impedir la Desolación! ¡Mira detrás de ti! ¡Niega lo que estás viendo!

El relámpago quebró el aire y el viento aulló en la ciudad. Sobre las tierras de cultivo, el brillo de rubí mostró a un grupo apiñado de personas. Un grupo triste y lamentable. Los pobres parshmenios a los que habían desterrado.

El relámpago rojo pareció permanecer con ellos.

Les brillaban los ojos.

—No —dijo Nale. La tormenta pareció amainar, brevemente, con sus palabras—. Es un acontecimiento aislado. Parshmenios que habían… que habían sobrevivido con sus formas.

—¡Has fracasado! —gritó Lift—. Ha llegado.

Nale alzó la mirada hacia los nubarrones, que retumbaban de poder y relucían con el brillo incesante de la luz roja en su interior.

En ese momento pareció, para sorpresa de Lift, que emergía algo del interior de Nale. Sería estúpido por su parte creer que, con todo lo que estaba pasando, con la lluvia, el viento y el relámpago rojo, podría apreciar alguna diferencia en sus ojos. Pero Lift habría jurado que así era.

Pareció enfocarse, como quien despierta de una modorra. La espada cayó de sus dedos y se deshizo en neblina.

Entonces Nale cayó de rodillas.

—Tormentas. Jezrien… Ishar… Es cierto. He fracasado.

Agachó la cabeza.

Y se echó a llorar.

Resollando, notándose empapada y dolorida por la lluvia, Lift bajó su vara.

—Fracasé hace semanas —dijo Nale—. Lo supe entonces. Oh, Dios. Dios Todopoderoso. ¡Ha regresado!

—Lo siento —dijo Lift.

Él la miró, con el rostro iluminado por los incesantes relámpagos, sus lágrimas mezclándose con la lluvia.

—De verdad lo sientes —dijo él, y se palpó la cara—. Yo no siempre fui así. Es cierto que estoy empeorando, ¿verdad? Es cierto.

—No lo sé —respondió Lift.

Y entonces, por instinto, hizo una cosa que jamás habría creído posible.

Abrazó a Oscuridad.

Él se aferró a Lift, aquel monstruo, aquel ser desalmado que una vez fue un Heraldo. Se aferró a ella y sollozó en la tormenta. Luego, con un trueno, se apartó de ella. Trastabilló en la roca mojada, empujado por los vientos, y empezó a brillar.

Salió disparado hacia el cielo oscuro y se desvaneció. Lift se levantó con esfuerzo y corrió hacia abajo para curar a la Tocón.