Capítulo 8 #2
Lift no le hizo caso. Persiguió a aquella criatura sin corazón, a aquel asesino. Logró encontrarlo de nuevo, porque estaba dejando una estela de gente turbada incluso mayor que antes. Lo avistó saliendo del mercado, subiendo unos escalones y después cruzando un gran arco.
Lo siguió con cautela y asomó la cabeza por un recodo hacia una parte extraña de la ciudad. Habían extraído un pedazo enorme de piedra con forma cónica. El agujero era muy profundo y estaba lleno de agua.
Se trataba de una cisterna gigantesca. Una cisterna tan grande como varias casas juntas, pensada para recoger la lluvia de las tormentas.
—Ah —dijo Wyndle—. Sí, y está aislada del resto de la ciudad por un borde elevado.
El agua que cae en las calles fluye hacia afuera y no hacia esta cisterna, con lo que la de aquí se mantiene pura.
De hecho, parece que muchas calles tienen algo de cuesta para desviar el agua hacia fuera. Pero ¿adónde va después?
Qué más daba. Lift inspeccionó la enorme cisterna, que tenía un puente encima para poder cruzarla. El hueco era tan grande que hacía falta un puente, desde el que los ciudadanos bajaban cubos en cuerdas para llevarse agua.
Oscuridad no cruzó el puente. Optó por la plataforma que bordeaba la cisterna, donde había menos gente. Saltaba a la vista que prefería evitar las aglomeraciones.
Lift se quedó vacilante en el recodo anterior a la cisterna, combatiendo su frustración y su impotencia. Se ganó un par de improperios por impedir el paso.
«Se llamaba Tiqqa —pensó Lift—. Yo te recordaré, Tiqqa, porque pocos más van a hacerlo».
En el agua de la enorme cisterna había ondulaciones por los muchos cubos que perturbaban su superficie. Si Lift seguía a Oscuridad por la plataforma, quedaría al descubierto sin nadie más entre ellos.
Bueno, tampoco era que mirase hacia atrás muy a menudo. Tendría que arriesgarse. Salió y dio un paso hacia la plataforma.
—¡No! —exclamó Wyndle—. Ama, permanece oculta. Tiene ojos que tú no puedes ver.
De acuerdo, pues. Se unió al flujo de gente que descendía por los peldaños. Era la ruta más corta, pero el puente estaba abarrotado. Entre aquella masa de personas, al ser bajita, perdió de vista a Oscuridad.
Le picó el sudor frío en la nuca. Si ya no podía verlo, tenía la irracional certeza de que sería él quien estuviera vigilándola.
Visualizó una y otra vez cómo se había abalanzado sobre la ladronzuela en el mercado, con una facilidad de movimiento sobrenatural.
Sí, Oscuridad sabía cosas sobre la gente como Lift.
Había hablado de sus poderes como si supiera lo que decía.
Lift recurrió a su maravilla. No se resbaladizó, pero dejó que la luz la bañara, que la avivara. A veces el poder le daba la sensación de estar vivo. Como si fuese la esencia del entusiasmo, como un spren. La impulsó mientras esquivaba y se colaba entre la multitud que atestaba el puente.
Llegó al otro lado y no vio ni rastro de Oscuridad en la plataforma. ¡Tormentas! Salió por el arco del fondo, volviendo a la ciudad en sí, y llegó a una gran encrucijada.
Por delante de ella pasaron tashikkis envueltos en shiquas, con algún azishiano de ropa estampada intercalado de vez en cuando.
Desde luego, era una parte más pudiente de la ciudad.
La luz del sol en ascenso se reflejaba en las secciones pintadas de las paredes, que allí formaban un grandioso mural de Tashi y los Nueve encuadernando el mundo.
Se cruzó con gente que tenía esclavos parshmenios, con piel jaspeada en negro y rojo.
Allí no había visto muchos de ellos, no tantos como en Azir.
Quizá fuese porque no había estado en las partes ricas de la ciudad.
Muchos edificios de aquel barrio tenían árboles pequeños o arbustos ornamentales delante. Los cruzaban y cultivaban para ser perezosos, de forma que sus hojas no se retrajeran en presencia de multitudes cercanas.
«Lee esas multitudes —pensó Lift—. La gente. ¿Dónde hay gente actuando raro?».
Se internó en la encrucijada guiándose por el instinto, por algo en la postura de la gente, por la dirección hacia la que miraban. Allí había una ondulación. Las alteraciones en el agua de un pez al pasar, silenciosas pero no estáticas.
Dobló una esquina y captó un breve atisbo de Oscuridad subiendo unos peldaños junto a una línea de árboles pequeños. Se metió en un edificio y cerró la puerta.
Lift se acercó cautelosa al lateral del edificio en el que había entrado Oscuridad, rozando con la cara las hojas de los árboles y haciendo que las retiraran. Eran perezosos, pero no tan tontos como para no moverse si sentían un contacto.
—¿Qué son esos ojos que dices que tiene? —preguntó mientras Wyndle se enroscaba en una pila a su lado—. Esos que no puedo ver.
—Llevará consigo a un spren —explicó Wyndle—, como yo. Supongo que será invisible para ti y para todo el mundo salvo él. La mayoría lo son en este lado, me parece. No recuerdo todas las normas.
—A veces eres tonto, Portador del Vacío.
Wyndle suspiró.
—Pero no te preocupes —añadió Lift—. Yo soy tonta casi a todas horas.
Se rascó la cabeza. Los peldaños llevaban a una puerta. ¿Se atrevería a abrirla y colarse? Si quería saber más de Oscuridad y de lo que estaba haciendo en la ciudad, no podía limitarse a averiguar dónde se alojaba.
—Ama —dijo Wyndle—. Seré tonto, pero puedo afirmar con certeza que no eres rival para esa criatura. Hay muchas Palabras que no has pronunciado.
—Pues claro que no he pronunciado esa clase de palabras —replicó Lift—. ¿Es que no me escuchas nunca? Soy una chica dulce e inocente. No pienso hablar de cojones, ojetes y demás. No soy tan grosera.
Wyndle suspiró.
—No me refiero a esa clase de palabras. Ama, son…
—Venga, calla —lo interrumpió Lift, agachándose junto a los árboles que jalonaban la fachada del edificio—. Tenemos que entrar ahí y ver qué trama.
—Ama, por favor, no hagas que te maten. Sería muy traumático. ¡Creo que me costaría meses y meses recuperarme!
—Más me costaría a mí.
Lift se rascó la cabeza otra vez. No podía colgarse de la pared del edificio y escuchar lo que decía Oscuridad, como había hecho en casa de la capitana de la guardia. No en una parte adinerada de la ciudad y no en pleno día.
Además, tenía objetivos más elevados que limitarse a poner la oreja.
Para lograr lo que había ido a hacer, tendría que entrar de verdad en el edificio.
Pero ¿cómo? Aquellas construcciones no solían tener puertas traseras: estaban talladas en la roca.
A lo mejor podía colarse por una ventana de delante, pero desde luego resultaría sospechoso.
Echó un vistazo a la gente que pasaba. En la ciudad, repararían en algo como una pilluela forzando una ventana. En cualquier cosa que pareciese un problema. Pero en cambio, otras veces pasaban por alto las cosas más evidentes que sucedían ante sus mismas narices.
«Quizá…». Le quedaba maravilla de la fruta que se había comido. Se fijó en una ventana con postigo a casi dos metros de altura. Sería la planta baja del edificio, pero estaba tan elevada porque en aquella ciudad todo se construía un poco para arriba.
Lift se puso en cuclillas y dejó salir algo de su maravilla.
El arbolito que tenía al lado se desperezó con unos suaves estallidos.
Las hojas brotaron, se desplegaron y dieron un buen bostezo matutino.
Las ramas se alzaron hacia el cielo. Lift se tomó su tiempo y dejó que la copa del árbol se llenara, que creciera lo suficiente para tapar la ventana.
Alrededor de sus pies, unas semillas de rocabrote traídas por la tormenta se inflaron como bollos al horno.
Las enredaderas le rodearon los tobillos.
Ningún viandante se dio cuenta. Darían un coscorrón a una chica de la calle por rascarse el culo de forma sospechosa, pero los milagros les traían sin cuidado.
Lift suspiró, sonriendo. El árbol la taparía mientras forzaba la ventana, si iba con cuidado.
Dejó que su maravilla siguiera goteando, reconfortando al árbol, volviéndolo incluso más perezoso.
Aparecieron vidaspren, motitas verdes y brillantes que flotaron a su alrededor.
Esperó un tiempo entre la muchedumbre que pasaba y luego saltó y se agarró a una rama para introducirse en el árbol, que seguía bebiendo de su maravilla y no retrajo las hojas.
Se sintió segura allí, rodeada de unas ramas que tenían un olor rico e intenso, como las especias que se ponían en el caldo.
Había enredaderas rodeando las ramas y sacando hojas, más o menos como hacía Wyndle.
Lo malo era que se le estaba terminando el poder.
Un par de frutas no le proporcionaban demasiado.
Apretó la oreja contra los gruesos postigos que protegían la ventana de las tormentas y no oyó nada en la habitación del otro lado.
Segura en el árbol, hizo repiquetear las palmas de las manos suavemente contra los postigos, para encontrar el cerrojo por el sonido.
«Mira, sí que sé escuchar».
Pero por supuesto, aquella no era la clase correcta de escucha.
La ventana estaba asegurada con algún tipo de barra larga al otro lado, posiblemente pasando por rendijas en la parte interior de los postigos.
Por suerte, aquellas piezas de madera no encajaban tan bien como en otras ciudades, seguramente porque no hacía falta protegerse tanto de las tormentas al abrigo de las zanjas.
Hizo que las enredaderas ascendieran por las ramas, bebiendo su luz tormentosa, que luego le rodearan los brazos y se colaran por las rendijas de los postigos.
Las enredaderas se extendieron por el interior, empujaron hacia arriba la barra que mantenía la ventana cerrada y…
Y Lift entró. Usó sus últimos resquicios de maravilla para cubrir las bisagras de los postigos y que no hicieran el menor sonido al abrirse. Se coló en una estancia de piedra con forma de caja, seguida de los vidaspren, que danzaban en el aire como brillantes semillas de quedinete.