Danzante del Filo (El Archivo de las Tormentas) Capítulo 8
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Capítulo 8

S EGUIR a Oscuridad era una experiencia muy distinta a la que había sido seguir a la capitana.

Para empezar, era de día. Muy temprano todavía, pero había la suficiente luz para que Lift se preocupara de que la descubrieran.

Por suerte, encontrar a Oscuridad había quemado por completo la neblina de somnolencia que había tenido al despertar.

Al principio intentó mantenerse por encima de las paredes, en los jardines que coronaban la ciudad, pero resultó difícil.

Aunque había algunos puentes allí arriba que cruzaban las zanjas, no eran ni por asomo tan frecuentes como habría necesitado.

Cada vez que Oscuridad llegaba a una intersección, se estremecía de miedo por si tomaba una ruta que ella no pudiera seguir sin tener que saltar un hueco enorme.

Terminó arriesgándose a bajar por una escalerilla y seguirlo por el interior de una zanja.

Menos mal que la gente esperaba cierta cantidad de empujones al desplazarse por las calles.

No era que estuvieran abarrotadas, y en las avenidas más anchas había mucho espacio libre, pero aquellas paredes intensificaban la sensación de confinamiento.

Lift tenía mucha práctica en aquello y le siguió el rastro sin dejarse ver.

No vació ningún bolsillo, pese a las varias ocasiones buenas que tuvo.

A la gente le faltaba sostener sus bolsas en alto y exigir que se las robaran.

Si no hubiera estado tras la pista de Oscuridad, quizá habría afanado unas pocas por los viejos tiempos.

No usó su maravilla, que de todos modos se le estaba terminando. No había comido desde la noche anterior y, si no usaba el poder, al final desaparecía. Le costaba más o menos medio día, no sabía por qué.

Esquivó a granjeros que iban al trabajo, a mujeres que cargaban agua y a niños que correteaban hacia sus clases, para sentarse en filas y escuchar a un maestro mientras hacían algún trabajo mecánico, como coser, para pagarse la educación. Pringados.

La gente dejaba mucho espacio a Oscuridad, se apartaba de él como de alguien cuyo trasero no pudiera evitar revelar a todo el mundo lo que había estado comiendo.

Lift sonrió al pensarlo mientras subía a unas cajas donde ya había otros chicos.

Sin embargo, Oscuridad no era tan normal como para eso.

A Lift le costaba imaginárselo comiendo o haciendo cosas similares.

Un tendero salió a echarlos de las cajas, pero Lift ya había podido echar un buen vistazo a Oscuridad y pudo escurrirse tras él, con Wyndle a su lado.

Oscuridad no se detenía nunca a pensar el camino, ni a mirar lo que ofrecían los vendedores callejeros.

Parecía moverse demasiado deprisa para los pasos que daba, como si se derritiera de sombra en sombra con cada zancada.

Lift casi lo perdió de vista varias veces, lo que resultaba estrambótico.

Siempre había podido seguir la pista de dónde estaba la gente.

Oscuridad acabó llegando a un mercado donde había mucha fruta exhibida.

Parecía como si alguien estuviera planeando una pelea de comida a escala épica pero hubiera decidido cancelarla y estuviera vendiendo la munición a regañadientes.

Lift se apropió de un fruto de color morado, del que no sabía el nombre, mientras el tendero miraba inquieto a Oscuridad. La gente solía mirarlo así. Era…

—¡Eh! —gritó el tendero—. ¡Eh, alto ahí!

Lift se volvió mientras se llevaba la mano a la espalda y soltaba el fruto, que envió de un talonazo entre los pies de la muchedumbre. Sonrió con dulzura.

Pero el tendero no la miraba a ella. Miraba a otra oportunista, una chica unos años mayor que Lift que le había afanado una cesta entera de fruta. La joven echó a correr en el instante en que la descubrieron, inclinada y sin soltar la cesta. Zigzagueó con destreza entre la multitud.

Lift se oyó gemir a sí misma.

«No, por ahí no, no hacia…».

Oscuridad atrapó a la joven de entre la gente.

Fluyó hacia ella casi como si fuese líquido y la agarró por el hombro con la velocidad de un cepo para ratas al saltar.

La chica se revolvió y le dio manotazos y puntapiés, pero él se quedó allí envarado y no pareció notar ni que le preocupara el ataque.

Sin soltarla, se agachó, recogió la cesta de fruta y luego la llevó hacia el puesto del mercado, arrastrando a la ladrona tras de sí.

—Gracias —dijo el tendero, recuperando la cesta y fijándose en el uniforme de Oscuridad—, esto… ¿oficial?

—Soy un operativo nombrado para circunstancias especiales, con jurisdicción plena a lo largo y ancho del reino concedida por el príncipe —respondió Oscuridad, sacando un papel del bolsillo de su chaquetón y sosteniéndolo en alto.

La chica cogió una fruta de la cesta y se la arrojó a Oscuridad. Se aplastó contra su pecho y rebotó. Oscuridad no reaccionó, como tampoco torció el gesto siquiera cuando la chica le mordió en la mano. Se limitó a guardar el documento que había mostrado al tendero y luego la miró.

Lift sabía lo que era estar ante aquellos ojos fríos y vidriosos.

La chica se encogió en la presa de Oscuridad y entonces pareció montar en pánico, echó mano al cinto y blandió su navaja.

Intentó apuñalar a Oscuridad a la desesperada, pero él le arrancó el arma con un revés de la mano que tenía libre.

A su alrededor, la multitud había notado que algo andaba mal.

Aunque el resto del mercado seguía atareado, la zona donde estaban cesó su actividad.

Lift se retiró junto a un carro roto, estrecho para poder recorrer las zanjas, donde había otros chavales de la calle apostando a cuánto tardaría Tiqqa en escapar «esta vez».

Como queriendo resolver la apuesta, Oscuridad invocó su hoja esquirlada y la clavó en el pecho de la esforzada ratera.

El largo filo se hundió hasta la empuñadura cuando Oscuridad tiró de la chica. Ella dio un respingo y abrió mucho los ojos, que entonces se oscurecieron y parecieron quemarse, liberando sendas volutas de humo que se perdieron hacia el cielo.

El tendero chilló y se dio un golpe en el pecho. Soltó la cesta de fruta.

Lift cerró los párpados con fuerza. Oyó el cadáver cayendo al suelo y la voz demasiado serena de Oscuridad, que dijo:

—Entregue este documento a la guardia del mercado, que retirará el cuerpo y le tomará declaración. Permítame dar testimonio de la fecha y la hora… eso es…

Lift se obligó a abrir los ojos. Los dos chicos que tenía al lado estaban boquiabiertos y horrorizados. Uno empezó a llorar con un gimoteo incrédulo.

Oscuridad terminó de rellenar el documento y dio un golpecito con el dedo al tendero para que el hombre diera fe también por escrito y añadiera una descripción breve de lo que había ocurrido.

Al terminar, Oscuridad saludó con la cabeza y se volvió para marcharse. El tendero, con la fruta tirada a sus pies y una pila de cajas y cestas al lado, se quedó mirando el cadáver con los papeles aún en sus dedos laxos. Los furiaspren bulleron a su alrededor, como charcos rojos en el suelo.

—¿Eso era necesario? —exigió saber—. ¡Tashi! ¡Por Tashi que está en lo alto!

—A Tashi no le preocupa mucho lo que hagan aquí —replicó Oscuridad mientras se alejaba caminando—.

De hecho, yo en su lugar rezaría para que no venga a su ciudad, ya que dudo que le gustaran mucho las consecuencias.

En cuanto a la ladrona, por el hurto le habría correspondido el encarcelamiento.

En cambio, la pena prescrita por agredir a un agente con un arma de filo es la muerte.

—Pero… ¡pero eso ha sido una barbaridad! ¿No podría haberle cortado la mano o… o… o algo?

Oscuridad se detuvo y giró la cabeza hacia el tendero, que se encogió.

—He probado alguna vez, allí donde la ley permite aplicar algo de criterio propio en los castigos —dijo Oscuridad—.

Amputar una mano lleva a una alta tasa de reincidencia, ya que el ladrón en cuestión queda incapacitado para la mayoría de los empleos legítimos y, en consecuencia, se ve abocado al robo.

Por tanto, esa medida podría empeorar la criminalidad en lugar de reducirla.

Inclinó a un lado la cabeza, mirando del tendero al cadáver, como si le costara entender por qué podía molestar a alguien lo que acababa de hacer. Desentendiéndose del asunto, se volvió y siguió su camino.

Lift se quedó mirando, aturdida, pero se obligó a sobreponerse y corrió hacia la chica caída sin preocuparse por si la veían. Asió el cuerpo por los hombros y se inclinó, exhalando su maravilla, la luz que ardía en su interior, e imbuyéndola a la joven muerta.

Por un momento, pareció funcionar. Lift vio algo, una luminiscencia con forma humana. Vibró en torno al cadáver, titilando. Pero entonces se la llevó el viento y el cuerpo se quedó en el suelo, inmóvil, con los ojos chamuscados.

—No —dijo Lift.

—Para esta ha pasado demasiado tiempo, ama —dijo Wyndle con suavidad—. Lo siento.

—Con Gawx pasó más tiempo.

—Gawx no murió atravesado por una hoja esquirlada —repuso Wyndle—.

Creo… creo que los humanos no mueren instantáneamente, en general.

Ay, mi memoria. Tengo demasiados huecos, ama.

Pero sí sé que las hojas esquirladas son diferentes.

A lo mejor, si hubieras llegado a esta justo después…

sí, en ese caso habrías podido. Pero había pasado demasiado tiempo.

Y de todos modos, no tienes suficiente poder.

Lift se quedó arrodillada sobre la piedra, consumida. El cuerpo ni siquiera sangraba.

—Y es verdad que le ha sacado una navaja —añadió Wyndle con un hilo de voz.

—¡Estaba aterrorizada! Ha visto sus ojos y le ha entrado el pánico.

Lift apretó los dientes, rugió y se puso de pie. Se acercó al tendero, que se apartó de un salto mientras Lift cogía dos frutas de su puesto y lo miraba a los ojos para dar un enorme y jugoso mordisco a una de ellas, que procedió a masticar.

Luego se marchó en la misma dirección que Oscuridad.

—Ama —dijo Wyndle.