Capítulo 8 #3
—¡Ama! —exclamó Wyndle, creciendo sobre la pared—.
Oh, ama, ¡ha sido una delicia! ¿Por qué no nos olvidamos de todo este jaleo con los Rompedores del Cielo y nos vamos a…
a…? ¡A llevar una granja! Eso, una granja.
Una granja encantadora. Podrías esculpir plantas todos los días y comer hasta reventar. Y… ¿Ama?
Lift cruzó sigilosa la estancia, fijándose en que junto a la pared había un soporte con espadas, enfundadas y mortíferas. Protecciones de cuero para entrenar en el suelo, cerca del rincón. Un olor a aceite y sudor. La salida no tenía puerta y Lift asomó la cabeza a un pasillo oscuro para escuchar.
Estaba en una intersección triple. A su izquierda y su derecha salían pasillos con puertas, y hacia delante se extendía otro corredor más largo que se perdía en la penumbra. De esa dirección llegaron los ecos de unas voces.
El pasillo que tenía enfrente estaba tallado hacia dentro de la piedra, alejándose de las ventanas y las rutas de escape.
Lift miró a la derecha, hacia la entrada del edificio.
Allí estaba sentado un anciano, cerca de la puerta, vestido con el uniforme blanco y negro que solo había visto llevar a Oscuridad y sus hombres.
Estaba casi calvo, menos por unos pocos mechones de pelo, y tenía unos ojillos pequeños y brillantes y la cara chupada, como una fruta reseca que intentara hacerse pasar por humana.
El hombre se levantó y comprobó la pequeña mirilla de la puerta, observando el gentío de fuera con gesto de sospecha. Lift aprovechó la oportunidad para escabullirse por el pasillo de la izquierda y meterse en la siguiente habitación.
Aquella parecía más prometedora. Aunque estaba casi a oscuras por los postigos cerrados, parecía una especie de taller o quizá una sala de estar.
Lift abrió un poco los postigos para que entrara luz e hizo un registro rápido.
No había nada interesante a la vista en los estantes llenos de mapas.
Nada en el escritorio aparte de unos libros y un plumero lleno de vinculacañas.
Había un cofre contra la pared, pero estaba cerrado con llave.
Lift se disponía a rendirse cuando olió algo.
Asomó un poco la cabeza por el hueco de la puerta. El guardia se había marchado; le llegaban sus silbidos desde algún sitio, junto al sonido de un chorro contra un orinal.
Lift se escabulló más a la izquierda por el pasillo, alejándose del vigilante.
La siguiente habitación era un dormitorio con una puerta entrecerrada.
Se metió y encontró un chaquetón almidonado colgando de un perchero nada más entrar, con una mancha circular de fruta en el pecho. Sin duda, pertenecía a Oscuridad.
Debajo de él, en el suelo, había una bandeja con una cubierta de metal, de las que los ricos ponían encima de los platos para no tener que mirar la comida mientras se enfriaba. Bajo la cubierta, como los tesoros esmeralda de los Salones Tranquilos, Lift encontró tres platos de tortitas.
El desayuno de Oscuridad. Misión cumplida.
Empezó a devorar las tortitas a dos carrillos con vengativo entusiasmo.
Wyndle hizo una mueca desde las enredaderas que había formado a su lado.
—¿Ama? ¿Todo esto…? ¿Todo esto ha sido para que puedas robarle la comida?
—Fí —dijo Lift, y tragó—. Claro que sí.
Dio otro bocado. Así aprendería, el muy famélico.
—Ah. Cómo no. —Wyndle soltó un profundo suspiro—. Supongo que… que está bien, pues. Sí. Nada de ir por ahí blandiendo a inocentes spren, clavándolos en gente y demás. Solo… solo estamos robando comida.
—La comida de Oscuridad, ojo.
Lift había robado en un palacio y al famélico emperador de Azir. Necesitaba algo interesante que intentar a continuación.
Era agradable tener por fin suficiente comida como para llenarse el estómago.
Un tipo de tortita era salada, con verduras troceadas.
Otra sabía dulce. La tercera era más esponjosa, casi sin sustancia, aunque había una especie de salsa para poder mojarla.
Lift se bebió la salsa. Mojar las cosas era una pérdida de tiempo.
Devoró hasta la última migaja y se sentó con la espalda apoyada en la pared, sonriendo.
—De modo que hemos hecho todo este camino —dijo Wyndle— y hemos seguido al hombre más peligroso que hemos conocido jamás, solo para que tú pudieras robarle el desayuno. ¿De verdad que no hemos venido a hacer nada más?
—¿Quieres que hagamos algo más?
—¡Tormentas, no! —respondió Wyndle. Giró su carita de enredadera hacia el pasillo—. O sea… aquí corremos peligro a cada momento que pasa.
—Ajá.
—Tendríamos que huir. Hagámonos granjeros, como te decía. Alejémonos de ese hombre, aunque lo más seguro es que esté buscando a alguien en esta ciudad. A alguien como nosotros, que no puede plantarle cara. A alguien a quien asesinará antes de que empiece a comprender siquiera sus poderes…
Se quedaron sentados en el dormitorio, junto a la bandeja vacía. Lift sintió que su maravilla empezaba a removerse de nuevo en su interior.
—Entonces —dijo—, tendremos que ir a espiarlos, ¿no?
Wyndle gimió, pero, para sorpresa de Lift, también asintió.