Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 45. El nuevo orden de Xharum. #8
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45. El nuevo orden de Xharum. #8

—Ella era un alma buena —musita el rey—. Quería huir, es cierto, pero a pesar de eso nunca pensó en dejar a su pueblo.

—Pero no podría seguir con el reinado de Néferien si aceptaba marcharse… —le dedico una mirada de reojo porque puedo verme reflejada no solo en sus palabras.

—No le importaba el trono, renunció a él antes de aceptar su amor por mí —los ojos del elfo se empañan—. Pero no pudo renunciar a los brujos, por eso el castillo oculto está bajo el reino de Néferien.

—¿Y tú? —carraspeo—. ¿Y tu pueblo?

—Me hizo prometer que no los abandonaría, que cuidaría del pueblo elfo a pesar de la distancia —sus lágrimas por fin caen.

—¿Desde aquí? —observo el alrededor de piedra y tierra bajo el suelo.

—La reina de los elfos quedaba a merced del enfurecido pueblo, ¿qué harían contra ella al descubrir que su rey desafió a los dioses a pesar de su temor? —Baron sacude la cabeza con culpa, sus lágrimas devastadas son suficientes para entenderlo.

—¿Os amaba? —me atrevo a preguntarle a pesar de su voz frágil.

—Nunca —me dedica una presta mirada—. Aerendyl fue mi reina, pero no mi amor.

—Entonces, ¿ella os prestó su ayuda? —mis ojos se entrecierran al instante—. Tal vez, fue exiliada por…

—Envié una carta al rey Eliot, quise pedir su apoyo —Baron me interrumpe con algún balbuceo torpe—. En ella le pedía que cuidara a mi querida reina, a mis súbditos. Que nunca los dejara solos tal y como yo estaba haciendo…

—Ese fue vuestro gran error —callo al ver como su rostro voltea por el agravio a su cariño—. No debisteis confiar en la lealtad de mi padre.

—Él estaba presente cuando los dioses arrebataron la vida de mi amada —su voz oscila incluso después de haber deglutido.

—¿Qué sucedió? — la rabia por su dolor me toma el rostro.

—Eliot aseguró que ella utilizó magia para embrujarme, dijo que sus conjuros habían jurado lealtad a Beliel y no a Azabel —una carcajada sonora repleta de sorna sale de entre sus labios—. Maldito viejo hada despechado…

—¿Despechado? —detengo su risa antes de que pueda sentarle bien—. ¿Es que acaso él…?

—Ella lo rechazó —confiesa el rey elfo tras un suspiro de alivio.

—Mi padre amó a una bruja… —mis pupilas vibrantes me traban la lengua.

—Y la humilló —Baron aprieta la mandíbula—. La llevó a Eryas y la encerró en sus aposentos cuando lo rechazó y le confesó que su corazón ya tenía otro nombre.

—¿Ella se lo dijo? —mi respiración se acelera por su historia.

—Fue vuestra madre —su voz se vuelve fina.

—No… —niego—. Ella no permitiría que hiciera daño a otra mujer.

—Olet anhelaba que vuestro padre la determinara como a ella. Pensó que mostrarle su lealtad sería suficiente para él —Baron toma aire, y hasta a mí me duele cuando atraviesa su pecho.

—Lo siento —mi mirada se desvía, y no sé por qué, con culpa.

—Usó su magia para escapar, y entonces planeamos construir un lugar al que huir antes de que Eliot descubriera que su amor era también el mío —cada una de sus afirmaciones es más dolorosa que la anterior.

—No tuvisteis tiempo de amaros en este lugar, pero sí es testigo de vuestro amor —el llanto rompe mi voz.

—Mi alma cede al peso del dolor cada año que pasa, aunque la cabeza de Eliot a los pies de la estatua de Hécate ha devuelto el aliento a mi cuerpo —de forma leve, sus comisuras elevadas tapan su pena.

—Él ya no está en este mundo, mi señor —elevo la mirada al frente.

La culpa de mi mano ejecutora se vuelve más liviana ahora que sé por qué deseaba su muerte.

—Pero sí esos dioses que no tuvieron piedad por mi amor —el rey elfo utiliza un tono solemne al recordar su venganza—. Les juré que vengaría la justicia que Hécate deseaba para los reinos, y no podré descansar hasta conseguirlo.

—¿Qué sucederá si en el intento hay quienes tratan de impedirlo, rey Baron? —al llegar a la sala del trono, observo los sillones de piedra del trono.

—¿Os referís a vos, al rey Azohr? —sus ojos brillan preocupados, desconfiados…

—Me refiero a mi hermana Ilas —me atrevo a declarar sin titubeos.

El rey elfo estira su brazo y lo detiene frente a mí. Y a mí frente al trono. Frente al espejo ovalado de las revelaciones. Se centra en él. Recorre el cristal velado de futuro con las pupilas verdes llenas de algo que podría llamar añoranza…

—Ilas siempre será mi hija, majestad, porque es mi promesa —asiente Baron—. Pero no dudaré en interceder por vos como hice en Bahía Media Luna, si su ambición interfiere en los planes que el espejo muestra.

—¿Y qué muestra? —mi mirada se vuelve inquebrantable.

—Que este reino saldrá de la tierra tal y como juré. Que algún día estará preparado para mostrar su poder —admite Baron con una sonrisa tensa.

Como si una fina tela envolviese el reflejo, ese velo opaco que impedía ver a través de él se desliza.

Un pequeño niño con alas corre por una estancia de piedra, alza el brazo para alcanzar el pomo de una puerta de madera llena de revestimientos de hierro.

Sus pequeños pies intentan elevarse para alcanzarlo.

Una ráfaga de arena negra distorsiona la visión.

Lugh corre por el bosque de los pinos del reino elfo, huye de las fauces abiertas y babeantes del cánido guardián de los pergaminos.

Otro golpe de tierra borra la imagen. Hay enanos, brujos y hadas que gritan bajo la sombra de dos fénixes que escupen fuego.

Alzan los puños. Sonreía hasta que un ejército de ángeles marcha sobre Rhysartyr, lobos con guardias como jinetes custodian la puerta del palacio de Eigton.

Fuego negro consume la revelación. Dos cuerpos descansan en el suelo junto a la espada de Azohr.

—Aún nos queda mucho por vivir, majestad —se inclina Baron. Señala el pasillo a la cámara de consejos.

Sin pestañear, sin oponerme a su reverencia, mi cuerpo responde al suyo.

Él estira la túnica cuando consigo darle alcance.

Hay murmullos que brotan de una estancia.

Al doblar para cruzar la puerta de la sala de las asambleas, todos los presentes se levantan.

Sujetan sus manos al frente y sus cabezas se inclinan al verme acceder.

Permanecen en esa posición a pesar de que los miro con incomodidad hasta que termino de rodear el tablero de los reinos para llegar a la silla de presidencia.

—Su excelencia —pronuncian.

Justo a la derecha se encuentra una silla vacía, presumo que de Ilas. A su lado se encuentran Shaqia, Efaris y Ebhan. A la izquierda hay un par de huecos vacíos, pero Gandar ocupa el siguiente. Borin el de su izquierda, Mim y Lugh también han tomado asiento. Incluso Maren.

—Gracias por acudir antes de la reunión organizada por el rey Baron —carraspeo al desplazar la silla a un lado.

—Toma asiento —me indica Azohr en voz baja.

—No puedo, solo hay una silla de presidencia —rebato entre dientes.

—¿Pretendes que presida? —ríe—. No sabría.

Mi nariz se arruga a la forma en la que él mismo se resta importancia, cómo si no supiera que ahora es el rey de este lugar.

Mis puños se cierran antes de tomar la determinación de cruzar frente a él para alcanzar una silla vacía.

Tiro de ella hasta colocarla en la mitad del espacio que dejó la silla, y rodeo el lugar para colocar el asiento de presidencia a su lado.

—Ocupa tu lugar —le ordeno a Azohr.

Sonríe, supongo que a mi insistencia, antes de obedecer y tomar asiento.

—Antes de comenzar a tratar temas importantes como el código real, desearía escucharos —proclamo nada más tomar asiento—. Saber si tenéis quejas.

—¿Qué quejas podríamos encontrar con tanta premura? —sonríe Ebhan con el brazo apoyado sobre el respaldo—. Apenas lleváis una hora de reinado.

Los guardias abren la puerta de la sala tras el eco que han dejado las palabras del príncipe de magia verde. Uno de ellos accede con sus manos unidas al frente. Se inclina.

—Mi señora —anuncia el guardia.

—Habla —le ordeno.

—La reina de Bahía Media Luna acaba de llegar, espera en la puerta vuestro permiso —declara aun con la mirada perdida.

—Hazle entrar —asiento.

Tras la retirada del guardia, Ilas accede con una sonrisa airosa mientras sujeta el vuelo de su vestido azulado. Me pregunto si seré la única que hace días ubica en el brillo de sus ojos, la ostentosidad de su corona.

—Siento haber llegado en último lugar, fue un inesperado cambio —se inclina al llegar al asiento vacío junto a Ebhan.

—Aún no hemos debatido sobre algo relevante, nuestra señora deseaba conocer si alguno de los presentes tenía reclamos que hacer a la corona —el rey elfo ilumina su mirada al verla tomar su lugar.

—Que reina tan complaciente… —sonríe Ilas—. Siempre piensa en los demás.

—¿Os sorprende mi amabilidad? —mi comisura izquierda se eleva—. Os parecí algo desabrida cuando os entregué el pueblo de Eryas…

—Tanta amabilidad me resulta exasperante, pero no es sobre vuestra simpatía sobre lo que tengo quejas —Ilas insiste en sonreír.

—Estoy deseando escucharos —espero su respuesta sin pestañear.

—Habéis organizado una coronación en Bahía sin contar con mi consentimiento —con el ceño fruncido, su sonrisa desaparece al inclinarse sobre el reposabrazos.

—Esas tierras pertenecen a la corona de Xharum —Azohr alza la voz desde su silla—. No necesita vuestra autorización para hacer uso de ellas, es vuestra reina.

—Hay hadas que no están conformes con la decisión tomada por la reina —Ilas ladea la mirada afilada hacia el rey.

—¿Por qué? —arrugo los labios molesta—. ¿Cuál es su queja?

—No quieren la visita de enanos y brujos. No todos están convencidos de su lealtad a las hadas —tensa el semblante sin apartar la mirada del rey.