Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 45. El nuevo orden de Xharum. #7
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45. El nuevo orden de Xharum. #7

—Esto puede salir muy mal —los labios del príncipe tiemblan como su mirada.

—O muy bien —asiento sonriente.

—Tú sabrás hacerlo mejor que yo —sacude la garganta—. Lo que importa es que lo has conseguido.

—Yo solo lo hice porque tú me viste como yo te veo a ti —me rindo ante su ceño fruncido—. Lo que importa es que lo hemos conseguido.

—A diferencia de mí, tú te has salvado sola —sonríe. Su mirada se aparta avergonzada—. Siempre decías que no necesitabas un hombre que te salvara.

—Pero sí te necesito a ti —mis ojos se pierden en la profundidad de los suyos—. Admito que me salvaste. Me alejaste de aceptar ese destino que mi padre impuso para mí, y eso es mucho más de lo que una criatura puede salvar a otra.

Sin importar la compañía que nos frecuenta ni los protocolos, mis pies se alzan porque no puedo renunciar a sellar este momento con un beso.

No importa si no pueden comprenderlo, si los dioses estuvieran presenciando este momento y decidieran convertirlo en juicio.

Mi defensa sería nuestra sintonía. Bebería cualquier elixir que le mostrase mis recuerdos.

Los llevaría al día que cruzó ese puente largo y estrecho con ojos azules y mirada profunda, así podrían escuchar todos los miedo que dejé allí solo por no perderlos.

Podrían ver cómo el tacto de sus palabras acaricia cada uno de mis pensamientos, cómo su imagen dio anhelo a mi libertad.

Cómo me deslizaba entre los límites de la justicia que existe, y la que él me prometía bajo sus brazos.

Hasta que sus besos me enseñaron que ya no podría aceptar los caminos impuestos porque no los encontraría en ellos.

Decidí luchar por una nueva liberación que no había contemplado antes. Lo hice al ver lo que aquello que los creadores habían denominado mal, hacía el bien a quiénes estaban cerca. A mí, que nunca había sentido felicidad ni amor.

Entiendo que es la confusión la que hace que callen.

Pero también comprendo que es ese mismo sentimiento que a mí me llevó a actuar después de pensarlo, el que les hace corear a nuestros besos tan solo unos instantes después de que nuestros labios se unan.

El nombre de Xharum suena alto, claro, fuerte…

Nuestros nombres se mencionan una vez, y otra.

—Rey Baron —me dirijo al rey elfo aun con las manos entre las de Azohr—. Aprovechando que todos los altos estamos aquí, adelantaremos la reunión de reinos a este momento.

—Mi señora, si me permitís un consejo, este no es un lugar adecuado para hacerlo —Baron recorre el alrededor con la mirada.

—Por ello lo haremos en la sala de consejo de Xharum —ladeo la mirada para encontrarme con sus ojos llenos de impacto—. Encargaos de que Ilas lo sepa, es la única que no ha asistido al entierro.

—Enviaré a uno de los guardias a entregarle el mensaje, majestad —acepta Baron sin guardar reticencia por primera vez en todo el día.

—Me gustaría reunirme con vos nada más llegar a Xharum —le indico con un rostro sin expresión.

—Esperad bajo los asientos del trono cuando salgáis de la cámara de los caminos —se inclina Baron para cumplir con la orden dada.

—¡Atención! —Serk sujeta la espada mientras eleva la voz—. El acero sigue al trono.

El pueblo reverencia a los altos según se separan para formar un camino.

Nos adelantamos mientras los mendaveris se encargan de recoger los restos de cristales y el féretro del lugar.

Efaris y el resto de nuevos reyes sacuden las manos entre sonrisas sueltas y comentarios.

Las voces del pueblo me obligan a mirar a los lados sonriente y con gesto de agrado a pesar de haber enterrado a mi padre hace apenas dos sollozos.

Contemplan con asombro al ejército de brujos oscuros que custodia el frente al ser nombrado guardia real de bastión de oro al volver de Eryas.

Hay tanto ruido, que apenas se escuchan los rugidos de los fénixes volando por el flanco posterior.

Mi alma incompleta me pide asegurarme de que esos árboles gigantes que servían como custodios de la caja de cristal con sus ramas colgantes ya están lejos.

La mirada de pena de los presentes se transforma en curiosidad aguda.

Puedo comprender como los últimos seres se extrañan al ver quiénes portarán su corona.

Como dijo Gandar, esta es la primera vez que hadas han volado detrás de aves aladas.

—Me querido saco de gusanos lleno de hedor —la voz de Lugh sobresale de la multitud.

Mi atención se detiene sobre un grupo de hadas a la derecha de las filas.

Sonrío al ver como sus codos se doblan y empujan al resto para abrirse paso entre ellos.

Uno de los guardias estira su hacha para colocar presta la hoja frente a su garganta, las manos de Lugh se elevan inocentes cuando su boca se tensa al sentirla.

—Pensé que no deseabas asistir a estos eventos tan tristes —no puedo evitar que una sonrisa alegre a la tristeza de mi rostro al verlo.

—Majestad… —Serk se coloca a mis espaldas de una zancada.

—Lugh nunca necesitará tu consentimiento para acercarse —le indico sin apartar la mirada de mi anacardo.

—Mi señora —su obediencia devota me eriza la piel.

Después de apreciar cómo se aleja, el guardia que retiene a Lugh baja el hacha para recuperar la postura de formación. Sus párpados suben fugaces mientras su mano se preocupa por revisarse el cuello, por si la hoja se deslizó y no tuvo constancia de su frío bajo el miedo.

—Vine solo porque a Ilas no le agradaba la idea de que las hadas viniéramos —admite Lugh mientras coloca su chaqueta.

—Tampoco vi a Glimmer ni a Ilta aquí —alejo la mirada al lugar de dónde ha salido—. Ni a Emer.

—Tuvieron que permanecer en la torre junto a ella, trataba de impedir que el pueblo asistiera —Lugh estira los labios en una mueca de indignación.

—¿Por qué lo haría? —mis pensamientos sobre Ilas se enturbian aún más.

—Tal vez, porque muchos de los que decidieron venir hoy, ni siquiera conocían a ningún Twig —Lugh arquea las cejas dominado por ese tono de retintín que me condena.

—¿Les prohibirá mostrar piedad por un alma cuya hora de marcharse llegó? —frunzo los labios al no poder reprimir la ironía.

—No creo que el pueblo sienta piedad por Twig, Eladriel, te consuelan a ti —su rostro se convierte en una liturgia de aviso—. Ilas encuentra en ti una amenaza.

—Ellos juraron lealtad a ella porque es la reina de Bahía Media Luna —le dedico una soberana sonrisa sobre el hombro mostrando la cantidad de alas que nos siguen.

—A ella la aceptaron, pero a ti te han elegido —insiste Lugh con tono de aburrimiento.

—No desconoce el límite de mi poder —le recuerdo con la frente estirada. —Aún con corona, no puedo intervenir en sus decisiones como guardiana del reino de las hadas.

—El reino de las hadas ya te siguió una vez, y su temor no desaparecerá hasta que no comprenda que no volverá a hacerlo —la mano de Lugh me toma el brazo y su rostro ya no guarda chanzas.

—Si es inteligente, usará ese miedo como arma para reinar con buena mano —poso mi mano libre sobre la suya para agradecerle su preocupación—. No dudaré en arrebatarle el palacio y todo su poder si trata al pueblo de la forma injusta en que lo hizo mi padre.

—Si descubre esto que aseguras, vas a ganarte su enemistad —los ojos de Lugh se vuelven blancos—. Y empezaremos de nuevo.

—Las buenas reinas son las que tienen enemigos —sonrío antes de desviarme al árbol curvado de la derecha.

Reparo en el símbolo de la fuente tallado en la madera del trono, justo en el centro.

Sujeto la falda del vestido para sortear la maleza mojada, los troncos que sobresalen de la tierra como si fueran puentes naturales para sus vidas más pequeñas…

Acudo a él. Deslizo los dedos sobre sus bordes cuando la imagen de bastión de oro inunda mi mente.

El castillo de Xharum. A pesar de que mis párpados están separados por completo, la luz del día se desvanece a ritmo suave para dar paso a una llameante oscuridad.

Tras minutos sumidos en esa umbría, la claridad tenue de las antorchas de la cámara de los caminos me hace pestañear para poder ver con claridad.

Después de que mis pies tocan las rocas oscuras del castillo oculto, escucho la honda respiración de Lugh al aparecer en medio del marco de la puerta de roca. Toca su garganta cuando se dobla a tomar aliento.

—Odio estos viajes, nunca me sientan bien —asegura Lugh mientras carraspea para limar su tono ronco de voz.

Ebhan, Efaris y Shaqia cruzan la puerta cuando ya hemos tomado distancia.

Baron llega. Me parece fascinante su figura tranquila, él no necesita tomar aire ni sujetarse ninguna parte del cuerpo como nosotros para recuperarse del trayecto.

Ya os acostumbraréis, dijo. Esboza una sonrisa, su mano me señala la salida ahora que hemos vuelto al castillo.

Asiento. Pero no sin sugerirle a Lugh con una decidida seña que camine delante y nos deja a solas.

El rey elfo es tan ordenado y perfeccionista, que sé que no se acercará hasta que se haya alejado.

—Mi señora —se inclina Baron.

—Debo pedirte que dejes las reverencias —dejo caer los brazos con fastidio—. Al menos, por un rato.

—El pueblo os ha elegido, sois la reina por derecho —me recuerda Baron con una ceja bromista arqueada.

—Entonces, como reina te ordeno que dejes de prosternarte ante mí en lo que queda de día —le dedico una mirada burlona—. Extenderé la orden el tiempo que sea necesario…

—Como súbdito vuestro, acataré todas vuestras órdenes, incluso si no estoy de acuerdo con ellas —asiente Baron con esa complacencia que detesto…

—No quería darte una orden, sino hacerte una pregunta —sujeto mis manos al frente mientras tomo aliento.

—Prometo responder con honestidad, majestad —acepta el rey elfo.

—¿Por qué decidisteis cuidar a Ilas al descubrir la verdad? —tuerzo el cuello para observar su cara de incomodidad—. Es decir, es hija de mi padre, y fue él quien…

—Ese era el deseo de Hécate —sus labios dejan de moverse.

—¿Me hablarás de ella? —mi sonrisa se desvela tímida—. Hace días que me siento intrigada por tu silencio.

—¿Qué deseáis saber? —su tono se convierte en un hilo fino de tristeza. Su mirada se desvía.

—Solo aquello que puedas compartir conmigo en este momento —amplío la sonrisa.

Elevo el brazo para apoyar mi mano sobre su hombro como gesto de buena fe.