45. El nuevo orden de Xharum. #6
—Detente, rey Baron —ordeno sin enturbiar mi postura—. Como podéis ver, aún continúo hablando.
Baron guarda silencio a pesar de que decide no retroceder. No puedo evitar que su ceño lleno de impaciencia abrace mis convicciones.
—El pueblo enano y el pueblo hada aceptaron a sus reyes por designio de los dioses, pero el pueblo brujo vota por ellos desde hace milenios —doy un paso al frente para alejarme del rey elfo—. Eso es lo que haremos aquí y ahora.
—Princesa… —Baron titubea.
—Confía —declaro entre dientes.
—Os he confiado hasta mis oscuridades, princesa —Baron guarda silencio mientras se asegura que su voz se vuelve secreta—. Pero dejadme…
—El príncipe Ebhan, la reina Efaris, el rey Baron —estiro el brazo sobre cada uno para presentarlos ante el pueblo.
Camino entre el resto para repetir el proceso.
—La reina Shaqia, la reina Ilas, el rey Borin… —camino hacia el príncipe para terminar mi discurso a su lado—. El príncipe Azohr o yo, la princesa Eladriel.
Entonces tomo aliento antes de volver a colocarme frente al pueblo.
—Vosotros elegiréis ante quién queréis postraros. Quién será vuestro rey de reyes —hago constar ante la multitud.
—Cometéis un terrible error —Baron niega con el rostro quebrado.
—Vos me buscasteis porque no era como mi padre —de reojo, le dedico una mirada al elfo—. Un pueblo que es libre debe elegir quién lo representa, y yo les ofrecí la libertad.
—¿Qué sucederá si eligen al rey incorrecto? —la voz de Baron temblequea con rabia—. O si no eligen rey.
—Entonces, ellos pagarán con su libertad las consecuencias de su elección —convierto mi expresión en un témpano de hielo.
—El pueblo ya ha elegido —el rey elfo señala la muchedumbre con fuego interior—. Se inclinó ante vos. Está aquí por vos.
—Soy sierva de mi conciencia, rey Baron. No puedo reinar si no es ese su deseo —elevo la mirada hacia los que importan y solo guardan silencio.
Las voces del pueblo se mantienen apagadas. Mi rostro palidece ante su silencio. Quizás esos ceños fruncidos entre algunos sean por miedo a que esto sea una pérdida de privilegios en vez de una concesión de derechos. Tan solo un alma me analiza con orgullo, mi invierno. Mi rey sin corona.
—Nombrad al rey que deseáis —me dirijo a los súbditos con una instrucción clara.
—Yo os elijo a vos, princesa Eladriel —Gandar se dobla en una reverencia al salir de las espaldas de Baron—. Como os dije antes, soy fiel a una reina cuya necesidad de justicia y paz es tan vital como su propia supervivencia.
—¡Sí! —brama un grupo de enanos en la primera fila—. El rey Borin dijo que debíamos confiar en la princesa hada, y ella nos entregó una isla, armas y cañones.
—¿Sabéis cómo funcionan esos brazos de hierro? —uno de los enanos se gira hacia la multitud con tono de maravilla—. Lanzan bolas de ceras bañadas en fuego. Cuando se derriten, la tierra oscura que guardan explota creando una lluvia de llama y tormenta de restos.
—¿Qué dirán los altos cargos? —ríe un enano de forma burlona—. No nos nombrarán reyes a nosotros que apenas tenemos nombre.
—Pero ella dijo que no era la heredera de las hadas —asesta una de las hadas según se abre paso entre las criaturas.
—Qué importa lo que un asquerosa hada piense —ruge uno de los enanos.
—A mí me importa —tomo la palabra con el aplomo esperado de una princesa—. Aún si no me elegís reina, prohibiré las distinciones entre reinos que mi padre promovió desde el consejo.
—Los brujos no olvidamos, princesa —interviene uno desde la esquina de la concentración.
—Perdimos nuestro hogar por culpa de vuestro padre —brama otro.
—Pero su hija nos dio uno nuevo —les recuerda Azohr—. Y libre.
—Ella asegura que no espera rendiciones por eso —increpa uno de los enanos—. Que somos libres de elegir.
—Guarda mucha razón —profiere un grupo de hadas.
—Esa es mi palabra —convierto mi semblante en el de la lealtad absoluta—. No pretendo que me entreguéis vuestra confianza solo por haberos liberado. Por eso mi deseo es que habléis.
—Princesa Eladriel —una de las mujeres brujas que sostiene la primera fila da un paso al frente ahora que se ha hecho el silencio—. Yo deseo escucharos a vos.
—¿A mí? —mi boca se seca.
—Decidnos. ¿Por qué nos trajisteis aquí y luchasteis contra vuestro padre por todos nosotros? —asiente.
Mi conciencia mira al príncipe mientras indago en eso que la mujer desea escuchar.
Apenas me detuve a pensar en este tiempo porqué, supongo que no debía hacerlo.
Mi alma necesitaba proteger la de los brujos y su paz.
Liberé a las hadas porque no había justicia en Ravenbell.
Mi padre despreciaba a cualquier criatura que viviese fuera de sus fronteras, esclavizaba mujeres, impuso una edad oscura…
Maltrató a mi madre, casi consigue acabar con la vida de mi hermana cuando apenas la vida quiso reconocerla.
Engañaba para cubrir su propios crímenes…
—La justicia —respondo por ella.
—Habladme de esa justicia —asiente la mujer como acto de honor.
—Para los brujos, la seguridad de vivir si un enemigo.
Todavía si éste era mi padre —me aclaro la garganta—.
Para las hadas, la libertad de un mundo diferente.
Inclusive si para ello debía acabar con mi padre —asiento.
—Para mí, comprender que todos la habéis recibido, a pesar de que haya tenido que renunciar a la mía.
—Entonces, vos sois mi reina —afirma la mujer doblándose en una reverencia—. Os elijo a vos como mi reina de reinos.
—¡Y la mía! —grita un brujo tras desdoblar el codo para alzar el puño.
Los puños comienzan tras el primero. Los susurros de realeza comienzan a convertirse en cantos de afirmación que conquistan las últimas filas. Una y otra vez. Repiten mi nombre detrás del título de reina. Ahora son ellos los que claman por ser escuchados.
—Rey Baron —uno las manos al frente—. No habrá una ceremonia de coronación, se hará una ceremonia de reconocimiento para el pueblo en Bahía Media Luna, y todos nos reuniremos para celebrar su coronación.
—A sus órdenes, mi amada señora —se inclina el rey elfo con una sonrisa amplia y temblequeante. Con ojos brillosos.
—Deseo que sea una de las fiestas de los brujos —le dedico una reverencia a la sonrisa de Ebhan—. Quiero que hadas y enanos asistan a una de sus fiestas paganas.
—Majestad —Gandar se acerca con su bastón—. Hay algo que debo recordaros.
Hunde el bastón sobre la hierba cuando deja caer el peso sobre él de forma ligera.
—El pueblo puede descubrir que entre el príncipe y vos hay algo más que unión política si no mantenéis la euforia de la victoria alejada —el gran hechicero deja caer la voz.
—¿Crees que puedo ocultarlo? —él sabe que mi sonrisa de determinación no admite réplicas—. Yo misma se lo revelaré.
Azohr sonríe. No sabría contar las veces que la palma de su mano me pareció el mejor lugar donde apoyar mis inseguridades desde que abandonamos bastión de oro. Así que me agarro a ellas ahora que no hay espadas asomadas en las pupilas del mundo.
—¡Atención! —Serk eleva la voz para llamar la atención de las criaturas murmurantes—. La reina va a hablar.
—Antes de que aceptéis mi reinado como legítimo, debéis conocer el pilar que sustenta mi libertad —me hundo entre sus dedos—. Mi unión con el príncipe Bradosck.
Del clamor de una nueva reina, el pueblo pasa al silencio más profundo de la resistencia al cambio.
—¿Rompéis la primera norma? —uno de los enanos lo rompe con sorpresa.
—No desconozco que en tierras de Órianth y bajo el reinado de los creadores, esta unión tiene como castigo la ejecución —ahora, sí tengo mi propia justicia—. Pero aquí en estos reinos será legítima.
—Decís, entonces, que no os acogéis a las normas de los dioses… —titubea una de las hadas.
Baron dijo que cambiar las normas no sería aceptado, pero estoy segura de que se equivoca. Confío en que mis propios deseos me hacen saber aquellos que sus mentes esconden. No son seres distintos a la realeza.
—Ese código de normas no existirá bajo mi corona. Se establecerán nuevas leyes en consenso con representantes del pueblo —mi tono sereno causa carcajadas entre algunos de los asistentes.
—Bah… —resopla uno de los enanos—. Falsas promesas.
—¿Os gustaría ser representante de vuestro pueblo? —sonrío—. Parece que tenéis varias ideas que no se nos han ocurrido a nosotros.
—¿Yo? —el enano balbucea. Sus labios están más nerviosos que los míos.
—Sois tan valioso como cualquiera de vuestros hermanos enanos —asiento—. Sería un honor para mí contar con alguien entusiasta en mi consejo.
—Mi señora, eso sería un honor —se inclina.
—Estableceremos más representantes cuando tenga el poder legítimo —deslizo la mirada sobre todos los que alcanzo a ver. —Si con mi corona aceptáis la del príncipe Azohr y permitís que dos reinos diferentes os gobiernen por primera vez.
—La unión de razas es peligroso —un brujo de los sanadores se rehúsa.
—Mi unión con el príncipe nos trajo aquí. La del rey Baron y Hécate nos dio estas tierras —sujeto mis principios junto al príncipe—. ¿Por qué consideráis que vuestras consciencias pesan menos que las palabras de los dioses?
—No hubo descendencia —declara el sanador—. Los dioses dicen que, de nacer un nuevo poder que no pueda ser controlado por ellos, todos los pueblos correrían el peligro de ser eliminados.
—La diosa Aphaea creó el don del temor a los dioses —interviene Baron con el rostro roto. —¿Para qué creéis que fue?
—Por ansias de control, como todos los gobernantes —asiente con energía un enano.
—Ya no —asegura el rey elfo con mirada insidiosa—. Ahora todos somos un poder fuera del suyo.
—¡Los reyes de Xharum! —grita la bruja que me nombró reina.
La multitud se sume en la reverberación de una ovación, pero yo solo puedo escuchar como el miedo grita en las pupilas de Azohr.
Se han posado sobre las cientos de criaturas que corean nuestro nuevo título.
Su mirada se pierde. Entonces aprieto su mano para que recuerde que siguen estando tan unidas, que impediré que se caiga.
Los dos sabemos que dentro del dolor más atroz, existe la belleza más profunda, y que sólo juntos podremos hacerla tan hermosa que ya no pueda hacer daño a nadie más.