Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 45. El nuevo orden de Xharum. #5
99%

45. El nuevo orden de Xharum. #5

—¿Qué haga qué? —mi tono se vuelve alto y confuso.

—Cada alma que despierta tiene una misión en la tierra, pero aún al morir, no sabrá nombrar su propósito —el gran hechicero solo señala al frente con su mirada blanquecina.

—Pero qué debo decir —volteo. Dejo caer los brazos impaciente.

—Eladriel… —Azohr separa los labios al verme desesperar.

—El alma es dividida en tres —desvela Gandar al fin.

El príncipe da media vuelta hasta que comprende cómo Gandar arquea las cejas mientras termina de recorrer el trecho que nos separa.

—El iogami es el rey, el orden moral del viajero. El yaira es el siervo, destinado a guardar sus acciones en la tierra. Y el kijá es el caído, la cisma del equilibrio del portador —Gandar se coloca a los pies del féretro—. El alma de Twig es una de ellas.

—Nombra la misión de su alma en la tierra para que el dios de la muerte lo escuche —Azohr me besa la mano antes de alejarse—. Debo admitir que lo ha explicado mejor de lo que yo podría haberlo hecho.

Asiento. La mano de Serk irrumpe en la parte baja de mi espalda sin avisar para invitarme a caminar mientras recibo de sus ojos la mirada de condolencia que no pudo darme antes.

Los guardias se separan para abrirnos el paso.

Los mendaveris reposan el féretro sobre unas piedras cuya superficie fue alisada por la muerte.

Tomo el lugar de la reina cuando ella retrocede.

El brujo se coloca a mis espaldas. Sin apartar la mirada de los cristales resplandecientes, del dormido rostro de Twig, esa sensación aguda de rechazo me come frente a tantos ojos expectantes.

Aunque desease tener voz para gritar, el nudo en mi garganta me dice que habría quién no podría escuchar mis palabras en la lejanía.

Ensancho el pecho para tomar aire, pero en el proceso se escapa algo más que mi tristeza.

—No soy digna de nombrar el alma de Twig, pero sí puedo contar que era el iogami de mi vida.

Incluso si se aferraba a la idea de que no había sangre de los Wínverin en sus venas —mi mirada se vuelve perlada sobre las briznas de hierba—.

Sus latidos hacían que cualquier día en Eryas tuviera sentido para esta princesa.

Respiro. Lo hago con cuidado de tomarme unos segundos.

Dejo que las dos lágrimas que suplican por brotar tengan espacio para ello para que no me interrumpan luego.

Elevo la mirada hacia los que escuchan con atención y observan en espera de que mis labios vuelvan a quebrarse.

A los que no entienden qué significa esta lluvia en mis ojos.

—Él era el bien que resplandecía dentro de mi palacio. Mi sueño en la noche, mi deseo de que el sol saliese cada día. El guía de mis sonrisas —cierro los ojos cuando el llanto los conquista.

Dejo escapar un par de sollozos que limpian mi alma.

—Mis labios lo llamaban padre en secreto. Anhelaba escuchar la palabra hija de su dulce voz —la mía tiembla por comprender que nunca se hará realidad—. No quiso comprender que quería convertirlo en el rey de nuestra historia.

De nuevo, las lágrimas chillan en revolución, pero ya no me preocupa que se queden selladas por el orgullo de mantener la compostura.

—Le enseñé que ya no envidiaba a Maren por esos cálidos besos de buenas noches que recibía de su padre. Le conté que cada mañana yo ansiaba la luna para recibir el suyo —sonrío al ver a Maren junto a Mim. A Lugh y Lynn.

Pero él no está de pie junto a ellos…

—Mi corazón ardía por transformar mis ropas de princesa en trajes de lacayo, tal vez así se sentiría libre de amarme —ensancho el pecho para consolarme con el aire que ahora lo envuelve—. Quizás así aceptaría mis intentos de otorgarle un derecho que se negaba a comprender como propio.

Mis ojos se encuentran de nuevo con él. Está tan pálido como todas las veces que conversamos estos días que pasaron desde su muerte.

—Lo admirada a pesar de que no se sentaba en un trono —sonrío al recordar cómo desafiaba a la oscuridad mientras me contaba sus cuentos—.

Ese rincón de mi cama donde tomaba asiento en las noches cuando el miedo se volvía contra la razón y apenas era una niña, lo volvía más imponente para mí que cualquier silla real.

Hundo la mirada en el cristal que conserva a mi amado padre.

—Si yo soy una princesa, y él es mi padre, solo puedo nombrarlo rey —sentencio.

—¿Es esa vuestra última palabra? —Efaris coloca las manos sobre el féretro—. ¿Nombráis rey al viajero Twig?

—Él no necesita que yo lo nombre, Twig siempre fue un rey —mi mirada se sostiene en su rostro.

—Proclamo al dios de la muerte a responder al juicio establecido para alma del viajero Twig —la reina sacude el báculo funerario antes de elevar las manos al cielo—. Es nombrado rey por la sierva sin rostro de la muerte tras conocer el veredicto de quién lo ofrece a él.

—¡Mendaveris! —brama Azohr como líder—. Unid el féretro con la tierra.

Los brujos sanadores obedecen después de rendirle pleitesía con una reverencia.

Sus dientes se aprietan al levantar el féretro.

Lo sostienen a través de las barras de oro de la caja.

Lo posan con cuidado sobre la hierba verde aún húmeda y se apartan apenas cumplen con lo cometido como muestra eterna de respeto.

—Yo, sierva sin rostro, como símbolo de verdad y magia, os entrego el cuerpo de este viajero para que lo ayudéis a establecerse en su destino —Efaris despliega las manos en dirección a Twig.

Las mangas que cubren sus brazos comienzan a sacudirse.

Se ensanchan hasta que unas sombras blancas son liberadas de entre sus dedos.

El cristal se llena de escarcha inmaculada antes de ceder y fragmentarse en pedazos porque el suelo tiembla.

Los fénixes que aletean sobrecogidos por la pena descienden hasta rozar las copas de los árboles.

Lanzan chillidos estridentes al aire que hace al pueblo reverenciarse.

La tierra se desquebraja después de que cientos de rodillas la hayan tocado por Twig.

Raíces largas, prominentes, nacen de ella para envolver su cuerpo.

También sus muñecas y piernas. Lo arrastran a las profundidades marrones antes de que mis labios reaccionen a impedirlo.

Entrecierro los ojos al ver algo postrado sobre la tela de seda que había bajo él, una sombra oscura se levanta despacio hasta colocarse de pie frente a todos…

Mi vida se congela al comprobar que voltea para mirarme.

El poco juicio que guardaba se desvanece al ver sus rasgos tan nítidos como la última vez que los vi con claridad en la pasarela de Eryas.

Mi garganta traga el nombre de Twig a pesar de que quiero gritarlo.

Me espera. No tardo en aventurarme a darle esa cercanía que parece exigir, pero la mano de Shaqia me invita a volver a mi cruda realidad.

La sombra no lo hace. Ella camina entre los mendaveris y guardias, entre el propio pueblo mientras se desvanece cada vez un poco más.

Esa parte de mi alma que él era, se cierra cuando ya no hay rastro suyo.

Twig se ha ido para siempre.

—En cierto modo… —el susurro ligero de la voz de Ebhan me hace soltar el aliento contenido—, este se ha convertido en su legado.

—¿Su legado? —tras esa caricia sonora de sus labios, arrugo el entrecejo.

—Eladriel —Ebhan sujeta mi brazo. Su cara se planta frente a mi campo de visión—. Te preparó para este momento toda su vida. La muerte del rey deja un pueblo para su heredera.

Me detengo en la mirada de Ebhan y sonríe.

Debe causarle gracia que me esfuerce en mostrar que no me sorprende lo que dice, cuando hasta yo entiendo la cara que he puesto a su afirmación.

Debería de creerlo más que nadie. Era a él a quién veneraba como rey por sus actos.

No ocupaba salas ostentosas ni recibía reverencias, pero sí las gracias de los lacayos y criados que protegía de mi padre.

Escuchaba al pueblo en los paseos, en las reuniones.

Muchas veces entregaba los feérines que yo le daba a escondidas a madres viudas o ancianos enfermos que no podían trabajar para el rey.

Temía que perdieran sus tierras. Su bondad atravesó su miedo e intercedió por mí así recibiera latigazos o castigos públicos por desobediencia.

Cada día bajaba a las salas de esclavas que no podían salir para ofrecerles alimento, agua, toallas con aceites curativos…

Incluso se apiadaba de los condenados de forma injusta tratando de disuadir a los guardias de sus torturas.

Miro a cada una de las criaturas que aún continúan arrodilladas frente a nosotros.

Frente a mí. Recuerdo su voz mientras pienso qué haría él si estuviera de pie delante de una multitud que espera que salve sus vidas con sólo pronunciar un discurso.

Me abruma ser responsable de tantos alientos.

Veo las injusticias que sujetan entre los dientes, el coraje y rencor en sus ojos por los que hablan de promesas.

Todos ellos conocieron la cara oculta del honor y la palabra.

Sé que Twig cogería aliento, estiraría su librea y uniría sus manos al frente.

Mantendría su postura recta ante sus propias convenciones, como siempre hizo.

—Pueblos de Islas Hermanas —trago saliva. Observo como Ebhan sonríe al apartarse a un lado.

Esos cientos de ojos que contemplaban apenados la hierba hacen de mi figura el centro de su atención.

Un segundo de pánico se desliza a través de mi estómago como una serpiente venenosa.

Como las miradas, miles de nudos envuelven mi garganta.

Mi interés abandona la multitud cuando Azohr deja atrás su lugar, camina silencioso con la mano sobre la empuñadura de la espada.

Sin perder la sonrisa. Sin importar la expectación de los presentes.

Ladeo al cuello para contemplar su cercanía cuando toma el lugar a mi izquierda.

Sonrío después de que, en silencio, su brazo se estire al frente solo por mostrarme que confía en lo que tengo que decir más que yo.

Batallo contra el tiempo cuando mi voz busca al pueblo. Tomo aire para llenarme de fuerzas y lo expulso para que, retenerlo, no se convierta en excusa de silencio nunca más.

—Poneos en pie —les ordeno.

Hadas, enanos y brujos se levantan. Me recorren con el mismo brillo de extrañeza que yo a ellos.

—No os entregué tierras libres de normas de dioses y reyes para veros inclinados ante mí —elevo la frente—. Quiero escuchar vuestra voz.

—Mi señora —Baron se precipita al frente.

Sujeta su capa de forma torpe. Sacude los pies con menos destreza aún hasta llegar a mi lado.