Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 45. El nuevo orden de Xharum. #4
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45. El nuevo orden de Xharum. #4

—No olvidéis mostrar a vuestra consciencia el destino elegido, o será complicado que el sello para volver se os muestre —Baron tuerce el cuello desde la puerta como advertencia.

Aunque no ignoro sus avisos, admito que apenas escucho las palabras que salen de su boca.

Estiro la mano despacio. Acaricio el agua y sonrío al sentir que puede verme, le agradezco que me permita resguardar a todos los pueblos que buscaran salvación.

Traslado mis pensamientos al recuerdo de las tierras de Isla del Cuerno.

A su verde intenso y esa humedad de los bosques espesos que ahora rodean a los brujos de magia verde en Media Asta.

Azohr espera en el marco de la puerta. Escucho como Serk sigue mis pasos de cerca.

Sujeto la mano del príncipe para atravesar el límite de la luz.

Tras esto, solo hay una profunda oscuridad que nos observa desde la lejanía gritando que no hay fin tras ella.

Es impensable que sea la encargada de llevarnos a nuestro destino.

A más de mil ochocientas leguas de Xharum y la percepción del tiempo, la gran isla de montañas pronunciadas y rocas puntiagudas ahora conocida como Isla del Cuerno nos espera.

Ebhan, Efaris y Shaqia nos reciben con postura elegante y manos sujetas a la espalda. Al menos, sus caras parecen estar a la altura de la situación. Mi aliento se detiene donde mis pupilas lo han hecho al cruzar la frontera de la conciencia.

—¿Qué es eso? —pregunto con el fino hilo de voz que me sale.

Elevo cuidadosa el dedo para señalar una caja de cristal colocada tras la reina de magia blanca y sus hermanos. Entrecierro los ojos para tratar de ver con claridad en su interior.

—Eso que ves es conocido como féretro —el príncipe dibuja una tímida sonrisa de alivio—. La caja del descanso eterno.

Trato de que el desconsuelo me pase por la garganta al reparar en el lugar donde el cuerpo de mi querido Twig descansa para siempre.

Ni siquiera sé cómo, pero entiendo que mis piernas se mueven atraídas por el anhelo de ver su pecho subir una última vez.

Mi labio inferior se deja caer ligero. Hasta yo soy consciente de cómo mi entrecejo se ha perturbado al deslizar los dedos por los marcos de oro negro…

Sus ojos se han cerrado para que los recuerdos de su vida no se escapen, y me han arrebatado el norte.

Poso la otra mano sobre la caja al ser testigo del amarillento tono que aqueja la piel de sus dedos entrelazados sobre el abdomen.

Una lágrima sonriente baña la comisura de mis labios.

Sus ropas lo hacen ver elegante, gallardo.

Siempre lo fue a pesar de no poseer vestiduras reales.

Mis ojos brillan al ver como su mortaja repleta de bordados oscuros glorifican su muerte. Es un verdadero rey.

El aire me rodea para contarme que todos los presentes han rendido su cabeza ante mis sollozos.

Han colocado un cuello alto alrededor de su garganta para impedir que se pueda observar cualquier rastro de ejecución.

Es como si aún fuera inmortal. No cambiaría nada si su muerte hubiera sido caliente en su mullida cama porque su corazón se despidió de la vida como el de un brujo.

Pero conciencia no gritaría. Yo sí recuerdo el rastro de sombras que se atrevieron a arrebatármelo.

—¿Qué sucederá con él ahora? —me aferro a la caja de vidrio hasta convencerme de que debe marcharse.

—Los mendaveris lo llevarán a Cuerno Alto —Shaqia quiebra el duelo para colocarse a mi lado.

Su mano se desliza hasta coronarme el hombro. Es un detalle que no esperaba de su parte.

—Marcharemos con él para acompañar sus últimos pasos —Ebhan convierte su voz en un hilo de consideración.

—Mis hermanos serán las guías de las estrellas para Twig —Efaris señala a Ebhan y a Shaqia.

Shaqia bordea el féretro hasta llegar a una piedra rodeada de hojarasca cercana.

Uno de los guardias se inclina ante ella con la mano en la empuñadura de la espada.

Dobla la espalda para tomar unas telas dobladas que hay sobre la superficie rocosa.

Entrega una a Ebhan y otra a la princesa antes de recuperar su postura oficial de soldado.

Hilos de plata como los que adornan la armadura ceremonial de Azohr recorren las capas.

Establecen constelaciones que Glimmer no nos enseñó en sus clases de historia.

O quizás también las ocultaron. Todos están uniformados de la misma forma para velar a Twig.

Efaris recoge una especie de máscara de madera de pino que reposa a los pies del féretro.

Se la coloca frente al altar con velas largas y flores oscuras.

Sus rasgos se pierden entre las betas cuando la corteza comienza a adaptarse a su piel hasta volverla oscura y uniforme.

Sus ojos, la nariz… Incluso los dos lunares marrones que bailan en el arco de una de sus cejas han desaparecido para dar lugar a una reina sin rostro.

—¿Pero qué…? —balbuceo.

—No puedo ser alguien ante la muerte —proclama Efaris. O lo que queda de ella—. No hay presencia sobre la tierra que pueda interceder por un alma que ya busca su descanso.

—¿Por qué solo el rostro? —una arruga pone en evidencia la expectación que ha tomado mi entrecejo.

—Son rostro, solo somos cuerpo —la reina une las manos al frente.

—Esa que ves ya no es la reina —Ebhan termina de ajustarse la capa al cuello—. La que está frente a ti es la portadora del último camino.

—Hace milenios que los brujos comprendemos que ninguna criatura puede escapar al deseo de la muerte —Shaqia se sitúa junto al príncipe de magia verde con la capucha sobre la cabeza.

—Ella nos encomendó a los reyes guiar a los pueblos cuando llegase el momento de encontrarla —Efaris se coloca la corona.

—Un alma viva no puede encontrar la muerte, ¿no es cierto? —Ebhan arquea una ceja.

—Lo es, pero… —sello los labios.

—Bajo esta máscara dejo de ser un alma con vida para convertirme en su voluntad —el tono de la reina se vuelve litúrgico para no tener expresión ni alma.

La princesa de magia oscura ocupa en compañía de Ebhan el espacio más cercano al féretro.

Efaris toma el frente de la comitiva entristecida.

Los mendaveris se inclinan antes de cargarse la caja cristalina sobre los hombros ahora que me he alejado lo suficiente de Twig. Pequeños rugidos acompañan sus pasos.

—¡Nexái! —braman los brujos.

Sus puños cerrados impactan contra su abdomen cada vez que exclaman.

Sus alaridos toman el cielo al dejar atrás el grupo de árboles llorones que salvaguardaba a mi padre.

Sus voces se han rasgado en lamentos. La reina desaparece apenas damos los primeros pasos, Ebhan y Shaqia encabezan a los mendaveris con capas estiradas.

La poca luz del día nublado se cuela sobre las fibras de plata para formar un dibujo sobre el camino que sirve de guía a la reina.

El resto de guardias de magia verde y negra custodian la retaguardia.

Baron camina junto a Gandar en un puesto cercano a Serk.

Puedo verlos con claridad, pero tampoco todo lo cerca que desearía encontrar al gran hechicero ahora que se ha atrevido a aparecer.

El muy condenado. El ciego que puede ver se ha librado de toda la batalla y camina como si fuera el causante de la victoria. Sonrío.

—¿Por qué no ponen fin a esos alaridos? —me inclino sobre Azohr para poder susurrar.

—Llaman al dios Moran —sonríe el príncipe.

—¿Vendrá? —dirijo una mirada a la reina de inmediato—. Nos descubrirá si la reina continúa llamándolo.

—Solo el alma de Twig puede encontrar con él —su mano roza la mía de forma reconfortante—. Efaris solo va a hacerle saber que debe abrir la puerta entre los mundos.

Incluso si es a ojos de todos.

—¿Y después? ¿Qué sucederá? —la curiosidad me impulsa a ser poco respetuosa con el momento.

—Espero poder contártelo algún día, mi princesa —deja escapar un suspiro largo—. Significaría que me encontré con la muerte antes que tú.

Los rayos del sol que aparece entre las nubes inciden sobre la hierba y las hojas en movimiento.

El sonido del metal de las espadas me sobrecoge.

Veo resplandecer filos de acero a través del rabillo del ojo.

La mano de Azohr se apoya en mi hombro cuando yo solo pienso en mirar alrededor y comprender qué sucede.

Contemplo entre las armaduras de los soldados ambos lados repletos de criaturas.

Alas de hada desplegadas entre muchos de ellos, seres tan altos como Maren con ojos de luto y ropas de enano…

El trayecto se ensancha bajo ecos de tristeza.

Las criaturas lloran firmes nuestro paso.

Me despido de las antorchas de luz blanca engastadas a lo largo del recorrido que se apagan entre mis pestañeos tras haber cumplido con su cometido.

Los brujos aseguran que solo una luz pura puede indicar el camino de un viajero entre los mundos.

Dicen que nosotros, los que aún no visitamos el intersticio de la vida, no podemos apreciar su serena y envolvente belleza.

Las nubes responden de nuevo al evento. No lloran, pero su fiereza envuelve las casas y el castillo de Cuerno Alto con más fiereza que a primera hora de la mañana.

El ejército de fénixes que vuela entre ellas lanzando graznidos es eclipsado por el sedoso algodón celestial.

Hai y Riexor cerraron las alas al posarse sobre un edificio de piedra negra cuya puerta de madera roja está abierta para dejar ese umbral rendido a nosotros.

La marcha se detiene cuando la reina desplaza su aterciopelada capa roja.

Voltea al comprobar que los mendaveris que transportan el cuerpo de Twig la esperan.

El sonido de pisadas resecas a nuestras espaldas no solo llama la atención de los guardias, dedico una mirada intrigada sobre mi hombro para comprobar como todos los pueblos se han acercado.

Los soldados se repliegan sobre los súbditos tratando de no enturbiar el momento.

Mis párpados se separan cuando, al desplegarse, la altura me permite capturar como no hay una sola piedra libre de ser pisada hasta donde mi vista alcanza. No podría contar cuántas criaturas hay.

—Traemos a este viajero al mausoleo del último nombre —manifiesta Efaris.

Eleva la voz y los brazos a los presentes.

—Sois la encargada de darle tal título como señora de los reinos —Gandar susurra.

Volteo de forma apresurada al sentir que su voz puede rozarme el cuello, pero sigue a la misma distancia que antes.

—¿Qué debo hacer? —murmullo obediente.

—Piensa en las partes en las que se divide la esencia —afirma.