Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 45. El nuevo orden de Xharum. #3
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45. El nuevo orden de Xharum. #3

Entonces el pueblo mantuvo sus ojos ciegos bajo el resplandor dorado de las vestiduras de mi padre.

Mi traje no brillaba para ellos a pesar de que estaba hecho de su propia libertad.

Sin embargo, rechazo y condeno la forma en la que él la usó.

Detesto el modo en el que su barbilla real se elevaba para sostener el peso de ese poder que causa ver a un vasallo inclinarse.

Si disfrutase de la imposición que él mismo manejaba, habría envenenado su copa de vino mientras retozaba con alguna de sus mujeres relegadas a entretenimiento para acabar con su ociosa existencia.

Tras su muerte, me habría sentado en ese alado trono con ejércitos de hadas armados.

No habría dado importancia a nada más que a mis propios deseos de justicia.

Y eso no me haría diferente a mi padre. Los guardias me mirarían con el mismo terror de quién teme suspirar y convertirse en enemigo.

Los súbditos murmullarían por las calles cómo su nueva reina no tuvo reparos en terminar con la vida de su padre.

No recordarían más que a un valeroso rey, no al villano que fue.

No deseo tomar un trono por la fuerza para establecer la justicia que yo deseo. No anhelo el de Eryas ni el de ningún otro reino.

—Tengo dos peticiones para vos, señor de la casa Valoth —sujeto las manos al frente antes de posar la mirada sobre Baron.

—Sois la reina de Xharum, mi señora —Baron se envuelve la cintura con la mano para dedicarme una reverencia—. Las reinas dictan órdenes, no hacen peticiones.

—Entonces, tengo dos órdenes para vos —sonrío.

—Me deleitáis, alteza —sonríe el elfo.

—Aceptaré vuestra propuesta de la cena, haremos una coronación en el gran salón —doy un paso al frente tras recibir un gesto de aprobación silencioso del príncipe—. Sólo si el pueblo está de acuerdo y Azohr toma el trono conmigo.

—Y, ¿vuestra segunda orden? —Baron emborrona la sonrisa.

—Si cada hada de Bahía Media Luna, cada enano de Cabo Cañón y cada brujo de Isla del Cuerno consienten sin excepción nuestro nombramiento, reuniremos al consejo para dictar un nuevo código de leyes de Xharum —la calma ahora blinda mi sonrisa.

—El pueblo no aceptará un nuevo código —Baron niega, su voz alertante no me asusta—. No de forma tan premeditada.

—Lo harán porque se beneficiarán de él —alzo la frente de forma autoritaria—. Decís que soy vuestra reina, entonces acatad mis órdenes sin discutir.

Baron tuerce el cuello, su nariz luce torcida mientras busca la mirada de Azohr.

Volteo. El príncipe solo encoge los hombros y guarda silencio.

Mis labios se aprietan al ver como el rey elfo muerde su labio inferior al llevar su barbilla al pecho para resoplar.

A lo postre, deja caer los brazos resignado antes de inclinarse.

—Como ordenéis, mi señora —se resigna Baron.

—¿Podemos marchar hacia Media Asta ahora? —arrugo los labios con algo de impaciencia—. La ceremonia comenzará en pocos minutos.

—Después de vos —Baron me ofrece la salida al pasillo con un gesto elegante.

—Gracias, mi señor —acepto su ofrecimiento con más amabilidad de la que mi cara muestra.

Levanto el vuelo del traje para caminar con mayor soltura.

Me manejo con más torpeza de la que me gustaría dentro de estos voluminosos vestidos, pero sé que Twig desearía ver como lo uso para esta ocasión.

Siempre insistió en que debía hacerlo por respeto a las almas que se despedían.

Cruzamos la sala para ingresar por uno de los pasillos que están a la derecha del trono.

Al menos, esta vez las vistas son más acogedoras y agradables que las que nos guiaron hasta el cuarto donde dormían los drakorios y serteras.

Incluso podría decir que triviales si tenemos en cuenta el brillo del oro del resto del castillo.

La ambientación del lugar no me parece sombría.

El palacio de mi padre no estaba bajo tierra, y tenía una atmósfera más densa de la que se respira entre estos pasillos.

Quizás se deba a que la mayoría de los elementos están hechos de ese metal que resplandece amarillento con cualquier llama de luz que incida sobre él.

Dejo caer el vestido al contemplar una sombra que comienza a definirse por segundos al fondo de la galería.

Bajo uno de esos palos de metal ardiente.

—¿Gandar? —Azohr parpadea al verlo de forma nítida.

—Querido teniente Bradosck —sonríe el hechicero con una expresión alegre que no podría fingir—. Y su amada señora… — asiente pícaro al verme a su lado.

No puedo evitar que mi comisura se alce al comprender que su presencia es real.

Nos despedimos de Gandar antes de partir hacia la falsa misión que inició Baron, pero al volver, no lo encontramos.

No estuvo en el castillo del príncipe Borin.

Pensamos que su carácter poco amable se había convertido en odio desmedido hacia nosotros porque ni siquiera fue a visitar a Azohr.

Aunque supo que fue herido. Qué agradable verlo…

Él no caerá en la pretensión de llamarnos su majestad ni dedicarnos una reverencia a tres metros por temor a incumplir el protocolo.

—Viejo amigo, habláis con el rey de Xharum —Baron se coloca a mi lado presto y sonriente.

—Para mí, solo se trata de un compañero de charlas y noches de vino —el hechicero sonríe.

—Te he buscado en el castillo de Kioran desde que pude levantarme de la cama —Azohr da un paso al frente aún lleno de asombro.

—No habéis buscado de forma eficiente, querido amigo —ríe Gandar—. O, quizás, me buscasteis en el lugar equivocado.

—¿Estabas aquí desde que llegamos? —Azohr arruga el entrecejo.

—Desde antes que las nuevas majestades llegasen con los pueblos —Gandar señala una puerta de madera grabada a su izquierda—. Soy el gran hechicero de Bastión de Oro.

—Gandar —anuncio. Mi cabeza se sacude de forma imperceptible—. Llevamos días aquí. No has acudido a las comidas o cenas…

—Antes de permanecer en este castillo de manera definitiva, el gran hechicero decía terminar ciertos asuntos en Isla del Cuerno —asiente respetuoso.

Su bastón, ese que siempre lo acompaña, atraviesa la puerta para asegurarse en sus manos después de que su brazo se haya estirado firme para llamarlo. Apoya la punta en el suelo con tanta ligereza que parece una ilusión. Deja caer con cuidado el peso en él para sostenerse sobre el pomo.

—Mi señora, mi presentación se debe a mi pena —se inclina Gandar—. Debo daros mis condolencias.

Su gesto me pilla tomando aire, pero ver como su espalda se dobla ante mí, me detiene el aliento.

—¿Os inclináis, gran hechicero? —mis ojos abiertos no puedes ocultar la sorpresa—. Nunca fui de vuestro agrado.

—Sandeces —Gandar convierte sus ojos en la expresión de la exasperación—. Rechazaba la idea de que el nuevo rey perdiese la cabeza por una princesa.

Azohr eleva el brazo para hablar hasta que Gandar coloca la punta de su vara al frente para hacerlo callar.

—Y sin embargo… —carraspea el hechicero—. Sabía que seríais mi reina desde antes siquiera de llegar a este castillo.

—Sí lo aseguras, ¿por qué me reverencias? —dejo caer los brazos sumida al encanto de su confesión.

—Porque habéis venido aquí tras lo ocurrido a pesar de tener una cabaña a la que huir. Porque no habéis reclamado una corona como líder soberna —Gandar parece resignado con la verdad—. Me inclino ante las reinas que encuentran en el deber, la necesidad que el resto hallamos en respirar.

—¿Eso pensáis? —mis comisuras se elevan juguetonas entre sus alabanzas—. Creéis que soy una buena reina…

—La historia dictamina a las buenas reinas, mi señora, yo solo estoy aquí para ayudaros a escribirla —afirma Gandar sin mover un ápice de su cuerpo.

—Pero, ¿si no estoy dispuesta? —sin borrar la sonrisa, hasta yo siento como algo en mi rostro se apaga—. O si son los súbditos quienes no desean que la escriba…

—El pueblo de Bhulkahdur salió de su montaña y os siguió tras el de Néferien. Hadas han batido sus alas tras la de los fénixes por primera vez solo porque escucharon tu verdad —Gandar recoge su bastón para darme la espalda—. Si no despiertas para ver lo que sucede, te pasarás tu reinado durmiendo.

—¿Veis oportuno tras sus palabras, que vaya a buscar la corona, mi señora? —pregunta Baron entre dientes con cierto tono irónico—. Parece que vuestros actos ya han hablado.

—¿Vendrás a la ceremonia? —Azohr estira el cuello al ver cómo Gandar se aleja.

—Es mi deber acompañar a mi reina en la ceremonia de despedida de su padre —sentencia Gandar mientras camina junto a Baron.

Azohr deja escapar una irónica sonrisa que suena lo suficiente, como para no pasar desapercibida.

—El muy infeliz no aceptó vivir en Brenshire cuando se lo pedimos —Azohr deja caer el labio aún perplejo por lo sucedido—. Dijo que los castillos de criaturas petulantes no eran de su agrado.

—Se ha inclinado… —trago saliva. Ladeo el cuello hacia él.

—No me sorprende que alguien se incline ante ti, pero sí verlo entre estos muros con tanta seguridad —estira los labios en una mueca de curiosidad—. M alegro de que nos acompañe.

—¿Habrá descubierto el jardín de nuestro cuarto? —sonrío al ver su figura como nunca antes caminando a lo lejos.

—Si le dices algo de eso, buscará la manera de no salir de ahí —suspira—. Espero que esto sea suficiente advertencia para que guardes silencio.

Baron y Gandar conversan alrededor de la fuente de la cámara de los caminos.

No he tenido oportunidad de observar en detalle esos grabados en la piedra blanca desde que llegamos aquí.

Tampoco las betas doradas entre sus granos…

Pero me sigue resultando fascinante el tallado de la figura.

La brújula de la consciencia. Solo fue necesario escuchar su nombre una vez para no olvidarlo.

Y eso que no pude concentrarme en otro punto distinto a las doradas constelaciones que nacen del ojo.

Nunca vi tan hermosa la brújula de Nóssurël, no pensé que podría verse como una pupila hasta ahora.

Se mojan la punta de los dedos con el agua que brota imitando a las lágrimas.

Una de las nueve puertas que rodea la piedra, esa cuyas hojas está conformada por rocas prominentes llenas de musgo en tonos tierra, se desliza liviana al viento cuando Gandar unta su frente con el agua de la fuente.