45. El nuevo orden de Xharum. #2
—No necesito utilizar la magia para verlo, Eladriel —el príncipe me besa la frente—. Veo cómo te observa de esa misma forma en la que te observo yo.
—Eso no es cierto… —envuelvo mi rostro en una negativa.
—Solo digo la verdad —sus pupilas se detienen inmóviles sobre mí.
—Nadie podría mirarme de esa forma en la que tú lo haces —tiro del cuello de su armadura para besarlo.
—No pretendo impedir que suceda —Azohr se confiesa entre mis besos—. Comprendo que no puedo evitar que alguien más vea lo que yo veo.
Cuela su dedo entre mis manos para colocarlo bajo mi barbilla y detenerme.
—Lo único que a mí me importa es eso que tú desees —veo como el príncipe sacude la garganta.
—¿A qué te refieres? —entorno los ojos ante el silencio de su mirada sobre la mía.
—¿Tú deseas que él lo haga? —sella los labios—. Que él te mire…
—¿Te atreves a dudar de mis deseos, príncipe Bradosck? —aparto la cabeza para elevar la mirada hasta hacerme más grande que él.
—Temo que tus anhelos se transformen —ni siquiera tiembla ante esa pregunta—. O se desvanezcan.
No tengo dudas de que es sincero. Que sus ojos no pestañeen al decirlo me parece un motivo suficiente para sonreírle a su confianza. Para acariciar su vulnerabilidad con un beso de agradecimiento. Si él supiera que desde que sus ojos me miraron ya no pude dejar de verlos…
—Deseo que ese guardia vigile la puerta de nuestros aposentos mientras tú te encargas de mirarme a mí —sujeto su mano para apoyarla sobre mi cintura.
—Ojalá solo pudiera mirarte entre estas paredes —la punta de sus dedos se hunde en mi espalda baja.
—Lo sé —mis yemas abrazan fieras los hilos plateados entre el cuero de su armadura—. Pero entre estos muros, esos ojos solo me pertenecen a mí.
El pulso de mi aliento me une al suyo. Se alimentan.
Cedo al anhelo de cerrar los ojos ante sus besos y la forma en la que busca que nunca me aleje.
Sus brazos me envuelven para que mis pies ya no toquen el suelo, como mi mente.
Con él no puedo olvidar cómo se siente volar.
Mis manos se precipitan sobre su pelo, envuelvo mechones entre los dedos para mostrarle lo que mi cuerpo siente bajo el tacto de su devoción.
Dejo que mis labios les cuenten a las caricias de su lengua de esa fe que ahora me sostiene.
Le prometo a la poca distancia que nos separa que hice un pacto con el aire para que reverencie nuestra cercanía.
Construyo un templo a su jadeos como mis dioses para rogarle que deje de contar siglos y milenios entre estas paredes.
Los segundos del tiempo. Como plegaria, estoy dispuesta a confesarle a su mirada que su nombre es dogma de mi religión y no el de los dioses.
Le confío que ya no es un simple príncipe sometido a los deseos de mi piel. Este deseo pertenece al alma.
Su frente se ha unido a la mía en un baile libre que se guía por el simple compás de un instante.
Aprecio la calidez de su mano deslizándose por mi pierna.
Como se pierde en ella hasta que consigue que se sostenga sobre su cadera.
El intenso color de sus ojos se asoma al límite de mi clavícula, a la oscuridad.
Contengo el aliento al ver como ordena a sus labios recorrer ese precipicio de mi cuello hasta el abismo del pecho.
Y entonces, el pulso del presente se detiene cuando entre sus dedos se contiene mi ropa de luto.
—No puedo —arrugo el entrecejo. Recorro sus oscuras ropas con las pupilas—. No ahora.
Sus labios se cierran cuando hago silencio. Sus párpados se estiran al ver que besaba y acariciaba la ropa de luto que me cubre y tan solo asiente. Aparta la mirada al dejarme en el suelo. Esa curva tímida que había dibujada en él se pierde.
—Lo siento —Azohr se aleja un par de pasos mientras me adecento.
—Lo deseo, pero no es el momento —bajo la mirada—. Siento culpa.
—No te lamentes ahora —carraspea. Estira la mano para ofrecer la salida—. Será peor hacerlo por haber llegado tarde al ritual.
Suspiro mientras él ya golpea la puerta.
Los guardias sujetan los pomos con la espalda curvada ante la presencia del que llaman rey, algo que mantienen al darme paso.
Serk recupera la postura al fondo del pasillo.
Sus esfuerzos están centrados en no perder de vista nuestros pasos, y en apresurarse para no caminar demasiado lejos.
La entrada al cuarto de Hécate sigue con vigilancia.
Ninguno nos hemos atrevido a hacer preguntas al respecto, pero supongo que al estar en el ala de los aposentos reales…
Tomamos la izquierda para cruzar el pasillo que conduce a la gran sala del trono.
Tal y como estos últimos días pasados en las horas de la mañana, Baron nos espera frente a los dos tronos de piedra gris.
No puedo evitar poner los ojos en blanco al comprobar que las coronas aún siguen descansando sobre los asientos.
El rey elfo ladea el cuello cuando nuestros pasos se vuelven sonido de cercanía.
Nos saluda con una amplia sonrisa. Ese nuevo estilo me parece más propio de un castillo como este.
A diferencia del campamento, se ha recogido la media melena en una pequeña trenza que cae sobre la nuca.
Entrelaza las manos escondiéndolas entre las mangas de una corta túnica de lino oscuro.
Hasta su arma se ve diferente. Una espada con hoja bifurcada cuelga de un nuevo cinturón de cuero y metal que se ajusta a su cadera.
—Buenos días, queridas majestades —sonriente, Baron nos dedica una reverencia.
—¿Lo son? —Azohr arquea una ceja por su énfasis mañanero.
—Os daré la razón en eso de que, un entierro, no es la mejor manera de comenzar un nuevo día —el rey elfo chasquea la lengua antes de sonreír de nuevo—. Pero reconoced que, tras eso, solo puede mejorar.
—Imagino que vuestra confianza es porque habláis desde el conocimiento —el príncipe entrecierra los ojos.
—Esta noche, el castillo de Xharum acogerá por primera vez a los consejeros para establecer los reinados de forma definitiva —Baron coloca sus pupilas sobre mí—. Espero que para ese momento, las coronas de los tronos descansen sobre vuestras cabezas.
—¿Veis necesario usarla? Sabrán distinguirnos cuando vean como todos aquí nos dedican reverencias y nos llaman sus majestades —me cruzo de brazos.
Desde que llegamos a este castillo, no ha dejado de persistir en la idea de usar coronas. Habló sobre la importancia de mostrar autoridad desde bastión de oro. Pero yo no veo cómo una simple joya elegante podría conseguir tal cosa.
—Una corona no solo representa poder, también es distinción y emblema —Baron transforma su expresión. La molestia la tiñe.
—No necesito emblemas ni distinciones —dibujo una sonrisa tensa.
—Os recuerdo que vuestros nuevos consejeros son reyes y príncipes. Ellos no dudarán en lucir sus nuevas coronas en la velada de esta noche —la frente del rey elfo se inclina con advertencia.
—Si ese es el caso, ¿qué me diferenciará de ellos? —inclino la cabeza hacia delante. Curvo las cejas—. Si debo gobernar, lo haré sin corona.
—Que gesto tan loable por vuestra parte, mi señora —Baron apoya el dedo sobre la barbilla antes de echarse a caminar—. Pero no usar corona no os hará ser mejor reina.
—¿Sentarme en un trono y usar un aro de metal lo hará? —muestro las manos como gesto de desconcierto.
—Bien. No hagáis uso de tronos ni coronas si eso os hace pensar que algo cambiará —el rey elfo deja caer el brazo para mirarme de medio lado—. Ante el pueblo, seréis como cualquier otra petulante reina.
—No puedo creeros mi señor —niego—. El pueblo no está tan dormido como pensáis.
—¿No lo creéis, mi señora? —la carcajada del rey elfo es tan ostentosa como su castillo—. Dormís en un castillo.
Eleva un pie para dar una gran zancada que le permita pasear por la estancia regodeándose en el sentimiento de superioridad que siente por lo que acabo de decir.
—Vuestros aposentos distan mucho de los que cualquiera de esas criaturas de fuera se atrevería a soñar —Baron eleva la frente—. No seréis mejor por no usarla, y tampoco peor si decidís llevarla.
—No llevaré la corona de un trono que no me pertenece —cerrar los puños me endurece el tono—. Si ellos se inclinan ante mí, lo harán por actos, no por metal.
—Querida —Baron eleva el tono de voz—. En la ley de los dioses que conocemos, los tronos nunca se han heredado, se han conquistado.
—Os equivocáis —Azohr interviene.
—¿Aseguráis que la reina Aranel estará dispuesta a devolver mi trono sin oposiciones ni luchas? ¿Lo hará solo porque es mío? —Baron tuerce el cuello hacia el príncipe con la frente arrugada—. ¿A qué esperamos si es así?
—El pueblo puede votar por su rey como los brujos han hecho durante milenios —Azohr se toma un segundo para tomar aliento y guardar paciencia.
—Esa designación por consenso siempre me pareció injusto, he de decir —Baron voltea. Tuerce la capa con elegancia.
—¿Os parece injusto, un justo reinado? —el mentón del príncipe se ladea con reproche.
—Es curioso cómo, tras mi querida Hécate, ese reinado justo del que hablas siempre haya estado gobernado por una sola dinastía —Baron arquea las cejas en un gesto de suficiencia—. La del apellido de tu familia.
—Esa no fue nuestra elección, sino la elección del pueblo —Azohr tensa los hombros. Los mueve con sutileza.
—¿Acaso hablamos del mismo reino? —el rey elfo reanuda el paso para enfatizar su condescendiente tono—. ¿O habéis olvidado que el pueblo de magia oscura lleva milenios encerrado?
—Esa decisión tampoco fue tomada por reyes de Néferien, mi señor —el príncipe estira el cuello con la voz tomada por la verdad.
—Desde luego que no, majestad —Baron sonríe. Cierta sorna le hace inclinarse—. Aunque… —recupera la postura—. ¿Hay justicia si una parte del pueblo no puede ofrecer su voto?
Al unísono de su charleta, dejo que mis ojos observen la corona a través del rabillo del ojo.
Aún no he conseguido sentir algo diferente a lo que percibí de este lugar el primer día.
Entiendo a Baron y su necesidad más de lo que me gustaría.
La señorita Charmglow solía decirme con frecuencia que el poder de la justicia está vestido de oro.
Tomé sus palabras a la ligera hasta que descubrí que mis ropas pobres no prometían castillos donde ocuparía una silla importante, ni poderosos ejércitos que luchasen por infinitas tierras de paz.