Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 45. El nuevo orden de Xharum.
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45. El nuevo orden de Xharum.

(Eladriel)

Anudo las cuerdas de la capa oscura al cuello, Azohr ajusta los brocales azabache de su armadura ceremonial.

Hace días que Mim trasladó el cuerpo de Twig hasta Media Asta, el nuevo hogar de los brujos de magia verde.

Dijeron que desde allí haríamos el ritual de la muerte al que llaman el abrazo de los mundos.

Lo vi. Pude volver a estar junto a él, y sus labios ya no proclamaban palabras de consuelo que pudieran poner fin a mi sufrimiento.

No pude evitarlo. Tenía que asegurarme de que era él, que no seguía en alguna parte de Eryas esperándome.

Al menos, serán las raíces y estrellas las encargadas de guiarlo al lugar al que pertenece.

Capto en el reflejo del espejo como el príncipe me observa desde la cercanía sentada sobre la silla de metal y terciopelo del tocador.

Trata de asegurarse de que todas sus dagas lo acompañan.

He podido ver su sonrisa en pocas ocasiones durante la mañana, pero no puede engañarme incluso si se esfuerza con fervencia.

No puede ocultar cuán feliz se siente de estar oculto en este castillo.

Lo sé porque olvida un par de sus armas a los pies de la cama.

Sus ojos se posan sobre los míos a través de la imagen del espejo. Apoya las manos sobre el respaldo de mi asiento, se inclina hacia delante. Hasta puedo sentir como me acaricia el aire cuando aparta de un soplido esos mechones de su frente.

—¿Sigues convencida de que enterrar el cuerpo de Twig en bahía Media Luna no es lo conveniente? —Azohr me besa un lado del rostro con suavidad.

—¿Por qué crees que te daría una respuesta diferente justo ahora? —miro su reflejo mientras preparo mechones para trenzarlos.

—Porque tomaste la decisión cuando no teníamos un lugar a donde ir, pero ahora dispones de un sitio donde poder enterrarlo —sus pupilas se desplazan con mis movimientos.

—No encuentro adecuado para él ningún otro lugar —mis comisuras se mueven para hacer una mueca de poca importancia.

—Tu hermana es la reina de las hadas y de Media Luna. Él es uno de los vuestros —Azohr arquea una ceja a modo burla.

—Twig no conocía a Ilas —devuelvo la mirada a mi reflejo. Mi tono, sin quererlo, se ha vuelto cortante—. Él debe permanecer conmigo.

—Entonces tráelo a Bastión de Oro, no a Cuerno Ato —arruga la frente—. No veo nada de ventaja en que la reina de ese lugar sea Shaqia.

—Shaqia está a tus órdenes —dibujo media sonrisa.

—No son mis órdenes, son nuestras —toma impulso para rodear la silla. Se apoya contra la mesa del tocador—. E Ilas, también lo está.

—Tu hermana me inspira más confianza, la encuentro más cariñosa y sonriente… —la ironía me alza las cejas por un momento—. Ella no envió hombres a prenderme al descubrir que el palacio de Eryas ya no estaba en pie.

—Pidió tus disculpas horas más tarde —aprieta los labios a modo de crítica.

—Y yo las acepté —pero sé que esto no servirá como última consigna para el príncipe.

En la carta que Azohr y yo recibimos del castillo de Xharum, Baron nos informaba de los nuevos cambios.

Dijo que nos recibiría justo a Ilas en el trono de los cielos.

Él le entregaría el castillo a mi hermana para que pudiera reinar sobre el pueblo hada que decidiera seguirnos.

De ese modo, yo tendría la dicha de ver a mi pueblo tan libre de la tiranía de mi padre como el resto.

Todos alcanzaríamos nuestro propósito y sonaba prometedor.

Ella bajó el camino a la bahía y encontró a cada uno de los habitantes de Eryas que decidieron seguirme inclinados ante su presencia y sus alas desplegadas.

Tardó un segundo en izar una sonrisa de victoria.

Su frente se hizo una con su arrogancia, y la elevó para sostener una mirada que sonó satisfecha.

Pero nunca de recibimiento. Su nueva corona se tambaleó frente a mis ojos cuando descubrió que en Ravenbell ya no hay palacio ni trono.

Su gesto se enturbió tanto, que tras un pestañeo había estirado el dedo a dos de sus guardias ordenándoles a voces que me arrastraran al pozo de los castigos del que impuse como su nuevo hogar. Ni siquiera pretendía escucharme.

La manera en la que se comportó cuando hubo rodillas postradas ante ella me recordó al control absoluto del rey Eliot. Me estremece solo pensarlo. A parte de la naturaleza del pelo, veo más en ella de nuestro padre de lo que su ausencia en el palacio durante su vida podría explicar.

—Ya escuchaste a Baron —Azohr posa la mano sobre mi pierna—. Para ella, Eryas era algo más importante que una venganza —asiente con labios fruncidos—. Es un hogar arrebatado.

—Eso que afirmas es justo lo que me angustia —tomo aire. Suelto el cepillo en el tocador—. Me acusó de traición. Ella dijo que le arrebaté la oportunidad de cumplir con su deber de gobernar Eryas.

—No deberías preocuparte porque desee reinar, todas las criaturas que conocemos en este mundo lo anhelan —una arruga curiosa toma su entrecejo.

—Mi rey, Eryas no era más que roca cubierta de recuerdos, el verdadero está en esa isla —ato el final de la trenza con la tira de cuero—. Temo que su reinado sea como el de mi padre.

—Quizás, volver a ese palacio era una manera de vengar su nombre —inclina la cabeza de forma ligera para romper el peso de lo que conversamos.

—No sabían de su existencia y la convertí en reina de las hadas —separo los labios sorprendida—. Un reino se arrodilló ante ella después de que cortara la cabeza de mi padre —niego—. ¿Cuánto más será necesario para ejecutar su venganza?

—Eladriel —carraspea el príncipe según desvía la mirada—. El rey Eliot la envió a morir al bosque ancestral cuando se encontró con la vida sin determinar que aún era un bebé.

—¿Acaso necesitas que te recuerde cómo hubiera sido su vida de permanecer a su lado? —apoyo la mano en el tocados. Ladeo el cuello hacia él—. La elección que el rey tomó al tenerme entre sus brazos no fue misericordiosa.

—Pero tuviste una familia… —me recuerda con el rostro enturbiado.

—¿Una familia, dices? —trago saliva. Me detengo a analizar su gesto de pesar.

—Twig lo fue —apenas separa los labios para afirmarlo.

—¿Y qué fue Baron para Ilas? —tenso la mandíbula.

—¿Qué quieres decir? —Azohr ladea el mentón a un lado hasta encontrar su mirada con la mía.

—La gracia divina nos otorgó lo mismos padres, pero Ilas y yo tenemos otra cosa en común más importante que esa —acepto la insistencia de sus ojos—. Las dos sobrevivimos gracias a la piedad de un corazón que no late nuestra sangre.

—No puedo considerar misericordia lo que tu padre mencionó en tu palacio —confiesa tras aclararse la garganta—. Si no te mantenía con vida, Drieden no podría unirte a su hijo…

—No hablo de los intereses del cancilier, sino de la benevolencia de Baron y Twig —me pongo en pie. Estiro el corpiño del vestido de luto—. El rey elfo fue un padre para Ilas como Twig lo fue para mí

Dejo caer los brazos tras atusarme los ropajes sumida en su intensa mirada.

—Si es a esa a la familia que te referías hace un instante, claro —sujeto las manos al frente.

—Tú vivías en el palacio junto a vuestros padres —una chispa de remordimiento baña su mirada antes de bajarla.

—Lo hice, es cierto. Vi como mi padre golpeó a mi madre, como me amenazó cada día con encerrarme en una celda y permitir que su guardia abusase de mi honor si no colocaba el tenedor en la forma correcta —me cruzo de brazos.

—Entiendo qué… —Azohr separa los labios apurado.

—Mi hogar era una cárcel llena de cortinas de terciopelo y reverencias —inclino la frente hacia delante. Arrugo el entrecejo—. ¿Qué sabes del suyo?

Azohr me observa de nuevo lleno de silencio, pero perdió ese brillo en los ojos tras esa última pregunta. Un toque enérgico en la madera de la puerta me hace acogerme al mutismo que le invade. Estira la mano para alcanza la mía. La besa mientras me atrae hacia él para envolverme con los brazos.

—Adelante —autoriza el príncipe tras besarme el hombro.

La hoja de la puerta se desplaza lenta. Serk se detiene entre los marcos antes de sujetar sus manos al frente. Su mirada se fija en los huecos del suelo antes de avanzar.

—Mi señor —asiente Serk—. Mi señora.

—¿Qué ocurre, Serk? —Azohr apenas levanta la mirada.

—Baron me envía a deciros que os espera en la sala del trono para partir hasta Media Asta —declara el brujo.

El aliento susurrante del príncipe me hace cerrar los ojos.

—¿Estamos listos para hacerlo? —musita Azohr acercándose a mi oído.

—Ya esperamos demasiados días —asiento.

—Retírate, Serk —ordena Azohr—. Mantente fuera porque vendrás con nosotros.

—Su majestad —el guardia le dedica una reverencia.

Tras acatar la orden de forma eficiente, Serk abandona la habitación. Tomo impulso para voltear. Tomo su mano con más torpeza de la que me gustaría en un intento de ponerlo en pie. Acaricio los detalles del cuero de su armadura ahora que puedo observarlos frente a mis ojos.

—Tengo la sensación de que ciertas cosas te perturban —de forma leve, dejo que mis comisuras se eleven.

—¿Se puede escapar de tus sensaciones? —niega el príncipe con una sonrisa de chanza.

—Dime, ¿por qué consideras oportuno que Serk nos acompañe? —ladeo la cabeza hasta contemplar esa curva alegre que me fascina.

—Saldrás del castillo oculto, Islas Hermanas está lejos de aquí… —sus ojos se llenan de esa picardía que no puede evitar expresar—. Y es tu guardia personal. Sospecharían si no hace honor a su título.

—No lo necesito, tú me acompañarás —estiro los labios en una mueca de desafío.

—Lo es —sonríe—. De otro modo, no le concedería el placer de estar tan cerca.

—¿Acaso te asusta su amabilidad? —arqueo las cejas. Dibujo media sonrisa.

—Cómo puedo negarte lo evidente… —deja escapar el aire antes de sonreír—. Tú sabes que si se trata de ti, Serk busca ser algo más que amable.

—Yo sé que es leal —estiro los pies para alzarme sobre ellos y acercarme a sus labios. Arrugo la frente—. Y nada más.

—Lo es —asiente—. Es leal a ti porque serlo es guardarse lealtad a él mismo —me acaricia las mejillas—. Y esa es la forma en la que siente un brujo de magia oscura cuando ama.

—¿Qué conjuro de magia has utilizado para hurgar en su mente y averiguar eso? —aprieto los labios para no dejar salir la risa.