Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 44. El fuego y el aire. #11
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44. El fuego y el aire. #11

—Os abogo a tener cuidado de ahora en adelante —entrecierro los ojos sobre ese señor que ha tomado la palabra en nombre del pueblo—. No permitiré que la lucha de los brujos de magia negra por vuestra libertad sea ensuciada con falsas acusaciones, y menos, el honor de mi esposo.

—El príncipe de los brujos luchó con nosotros para derrotar al rey Eliot y liberaros a todos vosotros —Lugh se cruza de brazos como si fuera el guardia del príncipe.

—¿Qué será de nosotros ahora? —una mujer alza la voz—. ¿Es que acaso las hadas debían ser condenadas al abandono?

—Había que acabar con los trabajos forzados a las hadas, con las mujeres sometidas a las normas y canciliers de mi padre, la represión de los dioses… —hasta mi alma se acoge al hormigueo por poder hablar—. De sus normas.

—El pueblo cree en los dioses —gritan unos cuantos.

—Queremos que nos guíen —ensalzan la voz con autoridad otros tantos.

—¿Aún después de conocer que nos abandonaron? ¿Tras conocer que olvidaron a las primeras criaturas en ese bosque ancestral? —tenso el cuello—. ¿Aún si no fueron objeto de su piedad por no pertenecer a esa hermosa creación que deseaban?

Los gritos de hace un segundo se transforman en bajos murmullos.

—Esos dioses que adoráis levantaron un falso rey de los elfos para ocultar el asesinato de una reina de magia negra —mis dedos se contraen para hacerme sentir mi propia rabia.

—Encerraron a un pueblo porque las tierras no arrebataran su poder, y esa justicia nace de sus propios deseos como la magia negra.

Sujeto las manos al frente mientras muevo los ojos entre todos ellos. Me adelanto a la punta del silencio dando el último paso al frente que podría dar sin aventurarme al lago.

—La magia negra es la única fuerza que no está al servicio de sus anhelos. Esa fue la única razón por las que brujos fueron encerrados en la fortaleza —entrego la mirada a sus almas—. Solo puedo garantizaros la protección. Mantenernos unidos impedirá que nos enfrentemos en una batalla más grande.

Y deben marcharse de aquí, porque a pesar de que no quieran volar tras nosotros, Eryas va a desaparecer.

—El pueblo es libre desde que la cabeza de mi padre cayó —asiento con firmeza—. Los que se queden deben saber que no permitiré que haya rey ni trono en este lugar. Aquellos que decidan seguirnos, se unirán al pueblo brujo y el enano hasta que llegue el momento de luchar por nuestra libertad.

—Pero… ¿Ilas? —Azohr se dirige a mí comprendo que movido por la curiosidad.

—Ilas, la verdadera heredera de Eryas, gobernará a quienes decidan estar bajo su protección cuando lleguemos a nuestras nuevas tierras —me dirijo el pueblo alzando la voz aún más.

Levanto el puño para llamar a Riexor. Azohr lo hace por Hai.

—Uno de los consejeros del nuevo reino, Lugh, os indicará ahora a quiénes debéis seguir —me inclino ante el pueblo—. Iremos por grupos, y por distintos caminos. Trataremos de evitar que dioses o elfos nos impidan avanzar.

Riexor apoya el ala en el borde del precipicio.

Camino sobre ella hasta colocarme en la silla, ajusto las riendas en las muñecas.

Antes de ordenarle que vuele, me aseguro de que Azohr está sentado sobre el lomo de Hai, de que sonríe al estar preparado.

Tiro de las cuerdas de cuero para sobrevolar el palacio.

Lugh desciende para acercarse a los súbditos mientras los soldados recogen la cabeza de mi padre para guardarla en un cofre.

El aleteo de los fénixes se reduce al llegar a la parte trasera del palacio. Frente a ese árbol que la magia de Vémtix baña para que pueda sostener este palacio y su poder. Dirijo una mirada de intención hacia el príncipe.

—No llevamos las coronas como en la batalla —sonríe Azohr.

—Nosotros despertamos esa magia —mis pupilas se expanden sobre las suyas.

Mis manos se arquean, las suyas se estiran.

Luces y sombras viajan hasta el árbol atacando de forma plena a su corona.

Las hojas se llenan de fuego oscuro, la magia negra tintinea movida por la luz entre las ramas hasta abordar el tronco.

Caen chispas anaranjadas que consumen la hierba en el crepúsculo de un destello.

El palacio tiembla, la roca bajo él. Se sacude con la fuerza del que sabe que ya no podrá mantenerse en pie por más tiempo.

El agua del lago oscila furiosa y se escapa al sentir como las rocas blancas de la imponente estructura caen sobre ella.

Los muros de este palacio se quiebran. El rugido de las grietas hace temblar a la montaña cuando las cataratas rugen avisando al pueblo de que deben lanzarse al vuelo.

El palacio se derrumba. Su trozos caen bajo la alianza de brujos y hadas.

Riexor y Hai escapan de la polvareda sacudiendo las alas con más precisión que nunca. En el cielo, Lugh lidera una gran fila de hadas mientras Serk comanda algunos fénixes a la derecha.

—¿Twig? —frunzo el ceño al llegar a él.

—Mim y Shae lo llevan hacia Xharum —asiente Lugh con labios rectos.

—Lo enterraremos una vez que hayamos enviado a los pueblos a su nuevo hogar —hago fuerza para no ladear la mirada y ver a todas las criaturas que nos siguen.

—Baron ya debe saber lo que ha sucedido —sonríe Azohr. Alza las cejas para señalar el búho blanco que observa todo desde uno de los árboles altos.

—Vamos a darle lo que quiere —afirmo elevando la comisura izquierda.