Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 44. El fuego y el aire. #10
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44. El fuego y el aire. #10

—Ellos creen que ahora yo soy su reina —mi frente se arruga asombrada al ver la pasarela de Eryas llena de guardias arrodillados.

—Lo eres —Lugh estira los labios en una mueca de suficiencia—. Acabamos de conquistar Eryas.

—No, Lugh —sonrío al declararlo en voz alta al fin—. Acabamos de liberar Eryas.

—Pero Eryas tiene una heredera —Lugh tuerce el cuello con urgencia.

—No los obligaré a seguir bajo un reinado así conozcan la verdad —alzo la barbilla orgullosa.

Mis pies se mueven con inercia hacia la salida del palacio.

Los guardias comienzan a incorporarse al ver que camino entre ellos, me abren un perfecto camino al situarse a los lados de la pasarela.

Golpean sus lanzas para declarar su formación tal y como lo hacían cuando mi padre pasaba ante ellos.

Los centinelas abren las verjas sin arrojar incipiosas preguntas y sonrío al comprobar que Azohr decide detenerse sobre la pasarela.

Estiro mi mano para ofrecerme su compañía.

Antes de voltear al frente me da tiempo a ver como Lugh se encarga de recoger la cabeza de mi padre.

Los guardias se apresuran a ayudarlo cuando les hago una indicación silenciosa en la que señalo el interior.

Mi respiración se acelera. Detengo los pasos en el borde de la roca del palacio de Eryas para contemplar las orillas del lago repletas de hadas que se han reunido al ver como el palacio está rodeado de brujos.

De fénixes que han detenido su vuelo sobre las rocas de la muralla que lo rodea y la arena de las orillas.

—¿Qué vas a hacer ahora? —la voz de Azohr se escapa después de escuchar como trago saliva.

—Debo pedirles que vengan con nosotros —balbuceo sin poder apartar la vista de la multitud.

—¿Crees que acepten después de descubrir que hemos matado a su rey? —sus labios se sellan.

—Al menos, debo advertirles de que, si deciden quedarse aquí, deben protegerse para cuando la batalla llegue —endurezco la mirada al recorrer al pueblo—. Los dioses no van a protegerlos cuando llegue el momento. Los usarán como ejército y los convertirán en nuestros enemigos.

—Aún no sé dónde van a vivir… —Azohr ladea el cuello. Sus ojos me miran tan aterrados como yo siento que vibran los míos—. ¿Cómo vamos a proteger a tantas criaturas?

—No lo sé —su pregunta me encoge el pecho.

—Yo tampoco lo sé, princesa —asiente el príncipe después de destensar la mandíbula—. Pero lo sabremos —sonríe—. Adelante.

Antes de que Azohr pueda decir algo más, Lugh desciende a mi izquierda con la cabeza de mi padre entre sus manos.

Los guardias reales clavan la lanza con la que han atravesado su cuerpo, se asegura de que se mantenga en pie con rocas alrededor.

La escena levanta pequeños murmullos entre las hadas.

Ya no me eriza la piel esos gritos de horror o miedo.

No chillan al ver que un brujo y un ejército de fénixes que lanzan magia oscura ondea sobre su capital lanzando fuego. Lo hacen por curiosidad.

Todavía estoy enmudecida. La forma en la que mi corazón vibra ante este momento me impide pedirles el perdón que se merecen por el inmisericorde reinado de mi padre.

Por su falta de justicia, engaños y mentiras.

Aún me aprieta el estómago declarar que hay una vida diferente fuera de sus reglas.

Que solo cumplían con sus deseos porque vendaron sus ojos con palabras de consuelo.

No sé cómo explicarles que representan a unos dioses que separa a su pueblo porque hasta el amor representa una amenaza a su divino reinado.

Supongo que debo acogerme a eso que vibra desde hace tiempo en mí para libertarlos.

—Arrodillaos ante la nueva reina de Eryas —proclama el guardia que ayudaba a Lugh.

—No es necesario —intervengo a pesar de sentir la voz seca raspándome la garganta—. Yo no soy su reina.

Apenas he terminado de hablar, siento como su mirada escrutante se detiene sobre el discurso que aún no me he atrevido a proclamar.

—Habitantes del pueblo de Eryas y el reino de Ravenbell —tomo aire. Doy un paso al frente—. No hay un rey ejecutado como conquista a un trono. No tomé Eryas.

De a poco, me preocupo en analizar cada una de las caras que aguzan el oído en cuanto mis palabras han rozado el aire. Elevo la frente. Me obligo a convocar al tono más afable y confiado que me enseñaron en clases de protocolo.

—Este trono no me pertenece incluso si yo decidí ejecutar al rey, pero sí hay una heredera que desea conocer a su pueblo y guiarlo hacia un reinado de justicia —revelo entre gritos.

—¿Cómo sería eso posible? —una voz ajada del pueblo se deja llevar por la estupefacción—. No conocimos más hijos del rey que vos, mi señora.

—Nació una princesa. Una que fue enviada a morir al bosque ancestral como voluntad del rey Eliot —decreto en busca del anciano.

El pueblo se sume en un clamor de sorpresa. O de pena. O solo es un suspiro porque acaban de despertar.

—¿Entonces cómo es posible que aún conserve la vida? —pregunta de nuevo ese señor mayor.

—Un rey llamado Baron la salvó —sonrío—. El verdadero rey Aelfraed.

Entre la reticencia mostrada por esta voz llena de desconfianza a mi deseo de honestidad, varios murmullos clamando a los dioses interrumpen la tranquilidad del interés.

Algunos chismorreos entre mujeres que cubren sus bocas en busca de tapar sus comentarios aumentan el barullo entre la multitud.

Pero son peores aquellos hombres que en nombre de su justicia levantan el puño y escupen voces.

—¿El rey de los elfos? —pregunta una criatura con tono amable.

—El verdadero rey de los elfos —repito.

—¿Acaso el rey de los elfos que conocemos es producto de la imaginación de todo un pueblo? —la voz ajada se vuelve dueña de los comentarios.

—No, pero sí es producto del engaño —señalo el ejército de fénixes. —El verdadero rey de los elfos custodió y protegió a mi hermana, pero también cuidó del pueblo brujo que huyó para no morir encerrado en la fortaleza de Borh.

—Eso no es posible, señora mía —con aires de sabiduría, vuelvo a ser interrumpida—. Aelfraed jamás rompería sus alianzas con nuestro pueblo para unirse a esos brujos impuros.

—No el que conocéis, bestias sin juicio —Lugh irrumpe sacudiendo la cabeza en un gesto de negativa.