Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 44. El fuego y el aire. #9
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44. El fuego y el aire. #9

Su fuego comenzará a derretirla hasta dejar la madera expuesta, y las manos de los guardias en carne viva.

Acerco la esfera a ella. Los vapores que salen arden incluso antes que las betas.

Un destello abrasador la convierte en antorcha antes de que la arroje contra su dueño de vuelta.

—¿Puedes encargarte de tu padre mientras distraigo a los tres que quedan? —pregunta Azohr al ver como el cuerpo arde—. Llegarán más soldados, lo sé.

—Los dos estamos llamando a nuestro poder —aclaro la garganta al ver como los brazos del rey se extiendes hacia los lados.

El rey sacude las manos. El aire que antes fluía frente a mis pupilas imperceptible, ahora comienza a ser visible porque adopta la forma de sus dedos afilados y finos.

Se convierten en garras que apuntan a mis ojos.

Avanza. Deja a un lado a los guardias lanzando estocadas contra Azohr.

Una neblina amarillenta y espesa me cubre justo cuando reclamo al fuego de los palos alumbrantes de madera.

Doy media vuelta. Inspecciono el campo de luz que me protege a modo de barrera justo cuando Lugh avanza por el pasillo con el ceño fruncido.

Sonrío. Hasta que el sonido del embate de las fauces contra su protección me hace tomar aliento, recordar que debo mirar a mi padre de frente.

Lugh corre con el brazo en alto para eliminar la barrera.

Para ese momento, lenguas de fuego lamen mis manos deseosas de crecer para expandirse ardientes.

Mi padre despliega las alas. De sus dedos salen cadenas de viento que se deslizan por el suelo numinosas, desea hacerme caer.

Envío la luz a través de ellas hasta que el calor se acerca a sus manos.

Desparecen como humo blanco bañado en luz hasta mezclase con el polvo del suelo tras leves estallidos que me hacen cerrar los ojos.

—¿Os agrada ver morir a otra criatura que lleva vuestra sangre? —mi garganta se baña en la sangre del recuerdo—. No debería sorprenderme que deseéis mi muerte después de saber lo que hicisteis con Ilas.

—¿Ilas? —el rey arruga el entrecejo, y no es por confusión.

Baja el escalón que le separaba del pasillo principal. Una blanca bruma le sigue.

—Esperaba que, al menos, hubieras decidido ponerle un nombre antes de abandonarla en el bosque ancestral —gruño cuando mi estómago no puede contener la repulsión.

—¿Acaso hablas de…? —su garganta se sacude.

La bruma que envuelve sus seguros pasos se arrastra tras comprobar su expresión de desconcierto.

—Vuestra heredera —el calor de los reproches me obliga a no callar nunca más—. La enviaste a morir a manos de esas criaturas cuando no había tomado un sorbo de leche. Ni siquiera le pusiste un nombre…

—Esa criatura no debió nacer —temblequea el pilar de los recuerdos de mi padre.

—Dime, querido padre —sonrío—. ¿Es eso lo que os hizo odiarme? —no puedo evitar que mi orgullo herido me haga levantar la frente—. ¿Qué no agradecí la compasión que mostrasteis al elegir mantenerme con vida a pesar de que yo también era una mujer?

—¿Me culpas a mí de la incompetencia de la reina para concebir hijos que sirvan? —su ceja sube tan condescendiente como su presencia—. El trono necesita un heredero.

—El pueblo no necesita un cancilier que ocupe el trono que su majestad no puede llenar —mis dedos se arquean con sutileza—. Ni un asiento real.

—El cancilier Drieden me convenció de que te dejara vivir —la nariz del rey se convierte en el reflejo de sus frustraciones al separar sus fosas nasales—. El pueblo comenzaría a preguntar después de dos hijos muertos, tal vez si no lo hubiera escuchado…

—Siempre supimos que no fue vuestra benevolencia y amor por mí los que intercedían por mi vida —trago saliva. Comienzo a llamar a la luz.

—¿Podría sentir benevolencia contra mi propio engendro? —su mirada se vuelve intensa. El rey entristece.

—¿Podría sentir amor por la némesis de mis respiraciones? —contengo el aliento.

—Te desprecio desde que volviste impura mi descendencia. Desde que supe que serías el fruto maldito de mi reinado —sus labios vibran por la furia que tanto ha guardado.

Las motas de luz se reúnen alrededor cuando sus palabras me invitan a elevar la mirada a su sinceridad. Él necesita hablar para hacerme daño, y yo dejar que lo haga para demostrarle que ya nunca más podrá.

—Repudio cada uno de los sonidos que salen de tu boca desde el día que naciste. Execro tu traidora presencia en mi mesa, me repugnan tus llantos y sensiblerías… —sus manos comienzan a volverse rígidas—. Y maldigo tu vida entre los muros de mi palacio y cerca de mi pueblo, tus ojos sobre mi trono...

—Os daré el agradable placer de morir con la dicha de sentiros correspondido por todo eso que sentís —asiento con una sonrisa tranquila.

Mi pecho no sube y baja con ira como desde años al estar en su presencia pese a que la bruma que crece tras él se vuelve más opaca.

Mi rostro se llena de paz. El suyo se enturbia.

No es ningún secreto que de haber podido terminar con mi vida antes de que hubiese dado el primer aliento de vida, lo hubiese hecho.

Aunque nunca utilizó palabras tan exactas para definir su odio.

Escucharlo me libera del castigo pesado que me impuso.

Ha sido capaz de otorgarme más paz con su intento de romperme, de la que hubiera sido capaz de ofrecerme si su intención hubiera sido hacerme sonreír.

Incluso debo admitir que me sorprende. Ya sabía lo que el rey sentía, pero no terminaba de aceptar lo que siento yo.

Las manos de su majestad reaccionan a los aros afilados de fuego que sostengo, apunta con ellas al techo rocoso del palacio.

La niebla se eleva, de un solo soplo de sus labios se vuelve líquida.

Carraspeo al ver como pequeños hilos caen.

Como un leve vaivén en sus dedos los hiela hasta convertirlos en pinchos largos y puntiagudos que ceden a su chasquido.

Caen. Se precipitan mientras lanzo un círculo contra su brazo.

Me arrojo a un costado. Un par de puntas heladas se clavan entre las uniones de las rocas sobre las que me encontraba, mis párpados se separan al comprobar el grosor de la punta clavada y la grieta alrededor de ella.

Elevo la vista para tratar de discernir el lugar del que debo alejarme cuando el tacto gélido de unos finos dedos me estremece.

—Discúlpate ante tu rey y expía tus pecados antes de morir —la mirada de mi padre al soltar su recomendación luce gloriosa.

—Jamás me disculparía con un ser que mató a mi padre —sostengo mi verdad ante sus amenazas.

—¡Yo soy tu padre! —brama el rey.

—Vos nunca fuisteis mi padre, nunca fuisteis mi rey —inmóvil entre sus manos, le confieso lo que siempre he guardado en mí—. Vos solo sois un mal que hay que eliminar.

—Voy a poner tu cuerpo en el centro de las orillas para contemplar como los cuervos disfrutan de él, y brindaré desde mi trono mientras te pudres —su majestad desliza la mano hasta rodearme el cuello.

Sus uñas se hunden. Hacen surcos en mi piel cuando la tempestad de su sangre baña su mirada penetrante.

Pestañeo ante la sensación de asfixia. Al volver a encontrarlo.

Ese punto marrón con matices miel que colorea sus pupilas se transforma en la oscuridad más profunda.

El negro azabache se ha apoderado de ellos.

La saña con la que envuelve mi vida empieza a perder intensidad, sus dedos se han petrificado alrededor de mi garganta en esa forma.

De forma lenta se aleja. Una sombra comienza a posarse sobre él y su cuerpo comienza a responder a su llamada.

Mis pupilas se detienen sobre Azohr imponente a sus espaldas.

Sobre la forma en la que su mano envuelve la nuca de mi padre bajo las órdenes de la magia negra que ha tomado sus ojos.

Lo ha puesto a su servicio.

Las rodillas de mi padre se unen con el suelo.

Aún no he podido tomar aire cuando contemplo como su espalda se encorva, su cabeza está a la altura de mis rodillas.

Tuerzo el cuello al jadeo de Lugh a un costado.

Observa como el rey está arrodillado ante mí sin que sus labios puedan lanzar objeciones. Sin que pueda oponerse a ello.

—Te prometí que lo inclinaría ante ti —la mirada de Azohr se encuentra con la mía tan segura como esa noche del cuarto de la ciudadela—. Tú decides si tomas la espada o perdonas su vida.

Dejo que mi labio inferior se precipite con mi respiración.

No puedo evitar ver de reojo como Lugh se agacha para tomar la espada del teniente tendida sobre el suelo.

Estira los brazos. Me la ofrece con una mirada que mezcla tantas cosas, que analizarla me haría perder el sentido.

Mi pecho hormiguea para invadir mi mente y apartar el ruido.

Sus voces. Recorro la estructura de la espada con las pupilas mientras mi cuerpo se vuelve pesado.

La tensión es capaz de arañarme por dentro al empuñarla.

Me permito cerrar los ojos al unir la otra mano a la empuñadura para colocarme en la posición correcta, tomo aire porque deseo mantener la consciencia cuando los abra.

Lo dejo escapar para que no me haga pensar y separo las pupilas cuando ya he alzado la hoja como presagio de mi promesa.

La mano del príncipe se aparta toma la capa del rey para impedir que se levante apenas un instante antes de que el filo desgarre su piel y atraviese su carne.

En el instante en el que golpea el suelo, me ahogo con mi propia contradicción.

El corazón me deja de latir por un segundo al sentir temblequeante todavía el movimiento de mis manos por hacer descender la espada.

El silencio sobrecoge al palacio tras el sonido de la corona impactando contra la roca.

Dejo caer una lágrima al mirarla, al ver que sus ojos están abiertos y han recuperado su color natural mientras me miran.

—Mi señora —un guardia en la puerta principal se inclina.

Estiro el brazo para detener a Lugh cuando llama a la luz.

Mis cejas se elevan al observar como él y todos los guardias que están a su espalda, hunden la rodilla en el suelo ahora que la cabeza del rey está en el suelo bajo mi mano.

Dejo caer la espada. Ladeo el cuello para detenerme en los ojos de Azohr.

En como percibo su apoyo al dejar caer el cuerpo de mi padre con más respeto del que merece para colocarse justo a mi lado.

—¿Nos dejarán sacar su cabeza sin tener que luchar más? —pregunta el príncipe con una ceja arqueada.