Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 44. El fuego y el aire. #8
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44. El fuego y el aire. #8

—¿Por eso me guardas rencor? —el hijo del cancilier eleva las cejas como si mi reacción fuera desorbitada.

—¿Rencor? —la voz escala ansiosa mi garganta—. Ojalá me hubieras hecho sentir algo tan liviano como el rencor.

—Pensé que me buscabas porque no quedaste conforme en tu última visita —aprieta los labios, suspira. —Tuvo que molestarte tanto que ese viejo de Evander nos interrumpiera mientras gemías…

—Cállate, o tendrás que comerte la ostentosa cena de perro cortesano que te ceda como última potestad, sin dientes —Azohr aprieta tanto la mandíbula, que su voz sale con trabajo.

—Que alegría recibirte, querido Bradosck —Tien dirige una mirada llena de sorna hacia él—. Me satisface ver que, en esta ocasión, te has animado a venir con ella…

Mi pie se adelanta presto. Mis labios se han estirado desbordados por la ira de permitir que los suyos sigan emitiendo esos molestos sonidos.

Arqueo los dedos para llamar a la luz de fuego que se oculta en la tierra de Eryas.

Su voluntad tiene la potestad de responder a mis peticiones sin cuestionar el porqué, obedece a mi don sin traicionarme.

—Aunque está claro que el hombre de la relación no eres tú —el hijo del cancilier arruga la frente, pero ni se inmuta.

—¿Tan débil es tu orgullo, que el arrojo de una mujer te intimida? —Azohr se encoge de hombros—. A mí me gusta eso que a ti te asusta.

—¿Crees que a mí me intimida? —la barbilla de Tien se eleva digna y risueña—. Eres tú el que deja que su sibilina mente le domine.

—Si llamas dominación al placer de perderte en ella, soy un esclavo de su mente —la mirada de Azohr se endurece—. Pero también de la mía.

—No me asustan tus ideas, he visto la debilidad que hay en ellas —el hijo del cancilier sonríe de medio lado—. Sigo vivo.

—Mis debilidades tienen el nombre de Eladriel, ¿piensas que tendrán piedad después de destrozarlo por completo? —los dedos del príncipe se ajustan a la empuñadura, su brazo se inclina ligeramente.

—¿Estás molesto por el último incidente ocurrido? —Tien arquea la ceja. Chasquea la lengua—. Si hubiera sabido que te disgustaría, te hubiera invitado a contemplar lo que hacía con tu adorada mujercita.

La empuñadura de la espada del príncipe viaja presta hasta golpear el centro de la cara del hijo del cancilier.

Tien se sacude. Sus manos se elevan para tapar su nariz y la sangre que brota de ella.

La hoja de acero cae, pero su sonido se opaca.

Azohr estira los brazos para sujetarlo, agarra entre sus dedos el uniforme azul de cuero que siempre lo viste.

Se impulsa sobre él para reducirlo a una figura quejicosa y temblequeante.

Sus nudillos se precipitan contra partes de su rostro sin determinar qué dañar.

La cabeza del entrenador golpea el suelo con cada impacto que recibe, sus brazos se sacuden apoyando los codos para poder incorporarse a pesar de que resbala sin suerte.

Un par de guardias acuden al sonido de los golpes.

A los bramidos de rabia de Azohr y los alaridos ensangrentados de Tien.

Cierro los ojos para adentrarme en mi luz.

En apenas segundos, mis manos están rodeadas de un brillo esférico que quema.

Mi expresión se vuelve el rictus de la certeza al despegar los párpados.

Levanto los brazos para enviarlas hacia el cuerpo metálico de los soldados.

El resplandor de los guardias huyendo detiene a Azohr.

Entre jadeos de desprecio y rabia, se asegura de amarrar con fiereza la ropa del entrenador para levantarlo del suelo.

Despacio, su cuerpo se vuelve recto. Sus brazos bailan a cada uno de sus costados mientras el príncipe trata de que se mantenga firme sobre sus propios pies.

Mis dedos vuelven a arquearse ahora que tengo su cuerpo fijo delante en espera de poder terminar con él.

Su cabeza todavía apunta hacia abajo. La sangre cae como si fuera agua atravesando la madera, apenas consigue sostener su frente en alto.

Se la eleva a pesar de que sus ojos apenas pueden reconocerse.

Su arrogancia es tan fuerte, que alza la cabeza a pesar de que sus ojos no podrías reconocerse. Arrugo la nariz para dedicarle una última mirada de desprecio. Azohr recoge su espada del suelo para apartarse. Su balanceo hace difícil apuntarle, ni siquiera parece que aguantará así mucho más tiempo.

—Intenta que su cabeza quede intacta, debo cumplir con la advertencia que le hice a este malnacido —Azohr apoya la punta de la espada en el suelo al llegar a mi lado.

La esfera se desliza por el aire mientras mis labios se arrugan en una mueca de odio.

El fuego se desprende de la bola cuando toca su uniforme, se expande con rapidez.

Azohr alza la espada. Por primera vez, no encuentro en sus ojos ni una gota de serenidad, solo resplandecen oscuros sobre el lateral del cuello de Tien.

Todavía hay restos de desprecio y esa ira que te desgarra.

De una estocada firme, secciona su cuello antes de que el fuego se lo trague por completo.

Su cabeza todavía rebota contra el suelo cuando Azohr se acerca a por una de las lanza de los guardias.

Elije una que aún conserva su metálica y refulgente punta intacta.

Inspecciona con pequeños toques que es fuerte, que resistirá sus ideas.

Entonces camina entre el humo y el fuego de la pasarela.

Busca el lugar en el que la cabeza de Tien ha encontrado reposo para clavarla en el arma.

—¿Cómo se dice abusador en tindali? —la voz de Azohr suena tan perdida como su mirada.

—Nieran —trago saliva.

Moja su dedo índice en la sangre que aún brota de él.

Una a una, dibuja las letras de esa palabra en su frente y se limpia al terminar con una calma espeluznante.

Le dedica una mirada ahora que sujeta su muerte entre las manos.

Camina sobre la pasarela para hundir el palo de madera de la lanza en la tierra fresca del cenador de verano.

El color del sol de esa estación favorece su apariencia, se perciben mejor sus rasgos.

—¿No es así como hacéis justicia en tu reino? —exclama Azohr al ver mi silencio.

—Estoy segura de que, mi padre, estaría orgulloso de ti como yerno si hubiera podido verte —mi pecho crece. Mi sonrisa se estira orgullosa.

El roce chirriante de armaduras que nace del fondo me alerta.

De la puerta del patio de armas emerge un grupo de soldados que grita al compás de los que sortean los escalones del torreón de mi padre.

Muevo las pupilas con rapidez para contar.

Hay al menos diez guardias, pero creo que los que tienen lanzas cuentan con más ventaja que el resto.

Quizás sea mejor terminar con ellos primero.

—No puedo usar mi magia negra si vas a utilizar la luz, el fuego podría expandirse como en Xharum y enterrarnos aquí —Azohr sujeta la espada con las dos manos-. Así que confío en que podrás esquivarme.

—¿Cómo puedes tenerlo tan claro? —mis ojos se abren mientras sostengo una esfera de luz entre las manos.

—Porque confío en ti, y en que ansías convencerme de retomar esas clases de espada que empezamos antes de la misión —me dedica una fugaz sonrisa antes de correr hacia ellos.

Algunos de los guardias reales tienen don, pero son demasiado difíciles de manejar debajo del metal. Los pocos que tienen capacidad de controlarlo son enviados a luchar para los dioses. Esos pobres inocentes están convencidos de que han sido elegidos por su gracia para destacar sobre el resto.

Catapulto las esferas de luz contra ese que apunta su lanza amenazante hacia mí.

Mis manos vuelven a la posición de ataque mientras la llama se lo come con vehemencia.

Azohr utiliza la espada para luchar contra un par que mueve las suyas con bravío.

Formo una lanza con las motas de luz que vibran entre mis dedos.

Analizo el grupo de cuerpos que luchan, pero mi interés lo capta uno de los que blande el arma más cerca de la cabeza del príncipe.

La punta de luz se desvanece en la pared cuando trato de eliminarlo para alejarlo de él.

—Necesito que corras —le ordeno al príncipe mientras aprieto el puño lleno de partículas.

—¿Qué sucede si los muros ceden a tu don? —Azohr me dedica una mirada atónito.

—No lo harán —insisto en un bramido.

Azohr se aferra a su espada y corre en la otra dirección. Los guardias apresuran sus malintencionados pasos hasta cruzar la puerta del salón. Envío las esferas de luz contra sus capas. Se sacuden prestas entre sus manos cuando tratan de apartar el fuego que trepa por ella.

—¡Guardias! —exclama la voz de mi padre.

Volteo de inmediato a su tono solemne. La mirada impasible de mi padre desde el escalón final de su torreón está centrada en la mía.

—Ofrezco la libertad a quién ponga sus cabezas bajo mis pies —propone el rey colocando su capa con honor.

Es demasiado inteligente, sabe que esa es la única arma contra la que no puedo luchar. Él conoce que deseo liberarlos. Si se la ofrece primera me deja sin la posibilidad de brindarles una propuesta de lucha.

Aún hay cuatro guardias que apuntan con las lanzas y cubren el frente de mi padre tras su apetitosa mentira.

Si fuera un pobre esclavo al que ofrecen salvación a cambio de cumplir una última orden, no dudaría en confiar en mi verdugo.

Yo tampoco tengo dudas. Solo soy una pobre princesa cuya libertad depende de que un conjunto de soldados tenga misericordia y me dejen cumplir con mi objetivo.

El rey les ha robado la posibilidad de intentarlo.

Mis dedos se cierran frente a la llama de la antorcha a mi derecha.

Las motas de la luz del fuego cruzan surcando el aire los pocos metros que hay entre mis manos y ellas.

Dejo que su resplandor se contagie a mis ojos.

Los soldados apuntan a la orbe de mi mano con sus armas, sus miradas centellean mientras tanto…

Uno de ellos, el más atrevido, envía su lanza contra mí, pero cae al suelo pocos metros antes de llegar.

Se desliza hasta detenerse frente a mis pies.

Me inclino a recoger el asta de madera pulida.

A diferencia de la pica de Thaloriel, no hay astillas florecientes que dañen las manos.

La rodeo mientras recuerdo como mi padre ordenó a sus guardias untarlas en cera de abeja para añadir brillo, cree que un arma que no resplandece no intimida.

Siempre pensé que eso sería un error en una batalla contra la luz o contra un fénix.