44. El fuego y el aire. #7
—Que el destino os encuentre bravos, y el peligro, sabios —Lugh nos dedica una reverencia desenvainando una sonrisa.
—Os cuidaréis, ¿cierto? —mis ojos se entornan inquietos al ver cómo nos miran con tristeza.
—Os cuidaremos —sonríe Mim.
—Siempre detrás, nunca lejos, teniente Mim —asiente Azohr.
—Siempre sombra, nunca ruido, mi señor —el teniente se dobla en una reverencia.
Shae chilla cuando Mim eleva el puño al cielo.
Lugh despliega las alas al ver como corre hacia su fénix para tomar impulso y saltar tras él.
Algunas hojas caídas alrededor de la entrada al reino de los enanos se deslizan por el aire del aleteo mientras el resto de brujos que todavía se preparan para montar.
Los fénixes si han contemplado el espectáculo.
Hai y Riexor nos esperan entre el tronco de dos árboles de roble centenario.
Bajo sus ramas, dejan de ser imponentes y se convierten en dos pequeños animales capaces de abrasar soldados si le dices la palabra correcta.
No podría enfrentarme a ellos ahora que los veo buscar cobijo.
Graznan cuando la tierra cruje bajo nuestros pies tan cerca ,que parece que hemos profanado su descanso.
—Hola, valiente Riexor —me detengo frente a él—. Voy a pedir tu ayuda.
Sus ojos pestañean analizándome con atención desde la distancia que nos impone la diferencia de altura.
Despacio, su cabeza comienza a descender.
Abre el pico lo justo para emitir un chillido agudo y pequeño.
Lo deja descansar sobre mi hombro. Rodeo su cuello, apoyo la frente en él para escuchar como algo dentro en su interior murmulla como si de un rugido se tratase.
Lo envuelvo con el otro brazo para ascender con su cuello cuando lo eleva.
Me agarro a él con las piernas para poder tomar asiento en la silla.
Envuelvo las riendas en las muñecas, las ajusto bajo mis dedos para evitar que se suelten…
Y mientras, observo al ejército. Después de recorrer las caras de cada uno de los presentes, miro al frente.
El miedo de arrancar el vuelo me hace tomar aire, pero la seguridad de ello me hace expulsarlo.
—¡Guardias! El acero sigue al trono —brama Serk tras asegurarse de que ambos estamos a lomos de los fénixes—. ¡Atención!
—¡Sí, mi comandante! —exclaman los soldados al unísono.
Azohr tira de las riendas. Para el momento en el que Riexor comienza a batir las alas, Hai ya se ha lanzado al vuelo.
—¡Marchen! —ordena Serk.
Solo me toma unos segundos alcanzarlo, pero ambos necesitamos silencio.
Lo sé por la forma en la que Hai ha dejado el suelo, sus patas lo han desgarrado como si sintieran urgencia por aferrarse a él.
El rey sonríe al ver mi compañía, pero sus ojos vuelven al frente escondidos bajo un ceño fruncido.
Su mirada siempre me habló. Quisiera agarrarme a la idea de que miran el horizonte con la misma convicción que podía distinguirse en ellos el día en que los vi por primera vez en la entrada a Brenshire.
Espero que comprenda que esta catarsis que siento llegó a su fin.
Que no habrá una negativa detrás de sus labios pidiéndome que nos marchemos.
Las trompetas de Ravenbell suenan cuando los guardias que vigilan desde los ojos de las estatuas las tocan por la llegada de los fénixes.
El murmullo de la figura de piedra pone en sobre aviso a los guardias que custodian la frontera, de que los enemigos llegan a sus tierras.
Las sombras de las aves se despliegan sobre los pueblos de Zor.a y Vokmer.
Los soldados reales de mi padre se pusieron en marcha al ver como los aleteos nos acercaban, pero por mucho que intenten impedirlo, es imposible que lleguen antes que nosotros a los ciudadanos.
—¿Enviaste los cuervo de sombra? —pregunto al príncipe al inclinar a Riexor sobre Hai.
—A cada pueblo de Ravenbell que mantiene alianza con el comendador Atria —vocifera Azohr sobre Hai.
—¿Quiénes contestaron? —arrugo el entrecejo.
—Nadie —confiesa.
—¡Serk! —ladeo el cuello en su búsqueda.
—Mi señora —asiente el brujo al colocarse a mi derecha.
La entrada de la cueva está llena de guardias replegados, así que el interior debe estar repleto de puntas afiladas y listas para pinchar y rajar abdómenes.
No creo que tengan permiso para abandonar su puesto incluso si no tomamos ese camino.
Pero si todo el ejército vuela tras nosotros…
Seremos un fácil objetivo nada más cruzar la montaña.
Desde que soplaron las trompetas, mi padre habrá tenido tiempo de ordenarle a sus hombres que custodien las orillas.
Basta una voz que retumbe por las paredes de la cueva y los oídos de los que esperan dentro para que nos rodeen.
Tal vez no sea mala idea hacerles creer que nuestras estrategias son tan pobres.
Podría enviar parte de las huestes a rodear el lomo de la piedra de la entrada y concentrar la fuerza allí.
La guardia de mi padre dará aviso al resto de guardias para que acudan a prestar ayuda, y dejarán el acceso al palacio vacío.
Cuando me haya asegurado de que no hay peligro en la pasarela, sería posible que otro grupo de brujos diese la vuelta para proteger al resto.
—Envía tres brujos a la entrada de la cueva —señalo la formación de un golpe firme de cabeza.
—¿Tres? —Serk junta el ceño desconcertado.
—Solo queremos llamar su atención. Ordénales que escupan el fuego hasta que los guardias de Eryas hayan dado el aviso de vuestra presencia —asiento, inclino la cabeza para hundir una mirada que sello sujetando las plumas con fuerza.
—Caerán apenas comiencen a llegar guardias —Serk desliza la mirada sobre el resto de brujos confuso.
—Envía entonces otros brujos que vigilen desde la lejanía por si deben intervenir —aprieto los labios. Sacudo la cabeza en una negativa—. La guardia real de las hadas debe concentrarse en esa cueva.
—¿Para qué? —Azohr ladea apenas me escucha.
—Porque una sola llamarada de fénix atravesándola será suficiente para quemarlos a todos —dirijo la mirada a la base de piedra que se comienza a ver a lo lejos.
—A sus órdenes, mi señora —se inclina Serk.
Apenas mis palabras han desaparecido en el aire, el brujo ya se dirige a cumplir con lo ordenado.
La parte oeste del pico se hace cada vez más grande.
De reojo contemplo como una formación de fénixes abandona las filas para seguir a Serk.
Dejamos de verlos cuando el palacio se vuelve visible.
Hoy, hasta el sonido de las cataratas se escucha fiero al golpear el fondo del lago, el agua tiembla porque comprende que nunca más tendrá calma.
Las miradas de los soldados que custodian la orilla se alzan al cielo cuando la sombra que el sol proyecta de los fénixes oscurece su posición.
Se dividen. Algunos despliegan las alas para lanzarse al aire, nos persiguen con las lanzas estiradas bajo el brazo.
Otros han roto la formación para combatir contra ellos mismos.
Supongo que debe haberles impactado ver cientos de fénixes volando sobre estas tierras, pero a mi padre...
A él debe haberle aterrado que su mayor miedo se haga realidad.
Riexor posa las patas sobre el cenador del otoño, Hai sortea arbustos cercanos cuando los guardias los atraviesan amenazantes.
—Asciende —le ordeno a Riexor cerca del oído—. Asciende y quema a toda hada que quiera herirte, a todo guardia que apunte a uno de los nuestros.
—Mi reina —chilla el fénix—. Déjame el cuerpo del entrenador en medio de la pasarela…
—¡Eladriel! —el grito de Azohr me hace voltear—. ¡Vamos!
—Trataré de hacerlo —sonrío a Riexor mientras mis pies tocan el suelo.
Corro entre los arbustos que separan los cenadores para alcanzarlo.
Desenvaino la daga al llegar a su lado y ver como la pasarela del jardín se ha llenado de guardias.
Una llamarada de fuego impacta sobre los primeros cuatro.
Hai chilla desde el aire. Su silueta alada recorre el resto de los guardias mientras se prepara para abrir el pico de nuevo.
Una segunda oleada de calor desciende desde el pico de Riexor a un costado al volar sobre los guardias que bajaban a prisa por los escalones de palacio.
Su rumbo ha cambiado hacia la hierba fresca del cenador de la primavera.
Los más listos han decidido correr hasta el invierno para buscar consuelo en el frío de la nieve, pero, por desgracia, ella se vuelve líquida bajo el metal fundido que ahora es su piel.
No tiene magia que impida que se conviertan en estatuas de metal.
El fuego impacta contra la puerta principal.
Apunto al frente cuando escucho como Azohr desenvaina su espada y las espinas florecen apenas el tacto de su piel las llama, justo al momento en el que el filo roza la violencia del aire.
Su rostro se ha convertido en el réquiem de la justicia.
Su mandíbula se ha tensado al reconocer una figura entre los hilos de humo que envuelve Eryas y ondean alrededor de la puerta.
Mi pecho reconocería la sensación al estar cerca de Tien incluso si la tierra se hubiera desquebrajado y me hubiera tragado a su centro.
Distinguiría el sonido de su espada desenvainándose en la oscuridad.
Puedo imaginar esa comisura elevada en regodeo de una virilidad que es capaz de causarme más gracia que daño.
—Quién diría que os iba a gustar tanto visitarnos —declara Tien desde lo alto de la escalera de entrada al palacio.
El tono de su voz lacera mis oídos hasta hacerlos sangrar.
Aprieto los dientes al sentir que mi pecho se abre cuando sus pies danzan sobre los escalones por ansias de dominar la distancia que nos separa.
Mis deseos hacen oídos sordos a la conciencia porque a su alrededor no hay aire libre de veneno que respirar.
Busco la punta de la daga con los dedos cuando su sonrisa consigue estrangular mi tráquea hasta dejarme sin aliento, la sujeto con fuerza mientras busco como objetivo el centro de su cara.
Tien separa los párpados al percibir que viaja hacia él.
Se aparta hábil y ahora se permite que su expresión sea el reflejo de la ironía y la burla.
—Estás enfadada, y debo decir que me parece injusto —Tien sonríe, pero su labio no puede evitar temblequear.
—Has matado a Twig —mi ira centellea en las lágrimas de impotencia que abandonan mis ojos.
Aprieto los puños cuando un chillido de rabia por tener que contemplar su cuello tan rígido encima de sus hombros, me dobla por la mitad. Mis hombros se vuelven tensos. Me entrego al anhelo por sentir mi don.