44. El fuego y el aire. #6
—De haber ido a Eryas —mi aliento se rompe—. A pesar de ahora sabes que el pecado me ha envuelto.
Siento como el tacto de Azohr se desliza lento. Se aparta para permitir que sus pupilas emitan un ritual sobre los mías, como si tratara de comprender qué hay bajo ellas. Esta vez, que su pecho decida llenarse de aire hace que mi pecho se infle.
—¿Cuál es tu culpa? —pregunta el príncipe sin apartar sus ojos de los míos—. Esa es su naturaleza, tú solo has sido víctima de ella.
—Sé cómo es Tien, pero… —mi entrecejo se une angustiado—. Yo deseo saber qué sientes ahora.
—Te querría incluso si hubieras decidido quedarte en Eryas as su lado —eleva la comisura izquierda—. Te amo más que a mis propios deseos porque todos son a tu lado.
—¿Más que al deseo de que las primeras horas de mañana arropen a la primera noche en nuestra nueva vida? —una risa baja se cuela entre nosotros mientras acerca sus labios a mi frente para besarla.
—Si no, ¿qué sentido tendría que amaneciese mañana? —musita.
—Quizás por eso anhelo luchar por mis sueños —sus ojos están tan cerca, que apenas puedo percibir como sus labios se deslizan hacia los míos—. Tú estás esperándome al final de todos ellos.
Dejo que mis dedos naveguen por cualquiera de las bahías de su cuerpo.
Mientras estaba encadenada a los muros del que fue mi hogar, me reclamaba por haber elegido solo dos días para estar junto a él antes de reunirme con la muerte.
Pensé tantas veces en qué haría si Evander no aparecía, qué sucedería si lo hubieran descubierto…
No habría podido escapar. Nunca más hubiese podido besar sus labios.
Mis manos tiemblan cuando se detienen sobre su cara porque el miedo me traiciona.
Invito a mi lengua a contarle cuánto lo ha echado en falta sin utilizar palabras, solo caricias que le cuenten a él las veces que conté los segundos entre las rocas para verlo.
Más de cuatrocientas veces dije su nombre.
—Hay algo que deseo antes de abandonar el castillo de Kioran —le confieso tras apoyar mi rostro sobre sus manos.
—Te escucho —siento como su barbilla se apoya en mí. Sus manos rodean mi cintura.
—Quiero vestir como una bruja de tu reino —sonrío solo cuando decide mirarme perplejo.
—Puede que no tengas alas, pero siempre serás un hada —me dirige una mirada de reconocimiento con la que solo él podría hacerme sentir bien—. No me malinterpretes, estarás hermosa, pero solo si comprendes lo que quiero decir.
—Solo usaré el color de tu magia y el de mi don. Los colores de Xharum —amplío la sonrisa—. Deseo que mi padre vea que las brujas no solo pueden nacer en Néferien.
—¿Por qué? —a pesar de que lo negaría, sé que sonríe de orgullo.
—¿No te parece algo hermoso? —mis ojos se pierden entre pensamientos que me hacen suspirar—. Él usaba el fuego para hacerlas desaparecer, y será el fuego de una bruja el que termine con su vida...
—¿Tú eres el fuego? —acaricia mi mejilla.
—Mi luz solo es fuego con tu magia —cierro los ojos ante su tacto. Acaricio la mano que se entrega la mía—. Y en ocasiones, el fuego necesita del aire para crecer.
—Cumpliré con mi promesa —musita Azohr cerca de mis labios—. Haremos que crezcas para acabar con el rey.
—Los dos encontraremos justicia —por fin beso sus labios—. Los brujos de magia negra, Hécate también…
—¿Unas últimas palabras a la noche de hoy? —sus besos se encuentran con los míos con más urgencia—. Mañana no nos sentiremos igual, estoy convencido.
—A usea hulia morie —musito en tindali, el idioma de los primeros hadas de Eryas.
—Pensé que elegirías palabras que pudiera entender —el príncipe eleva una ceja sin borrar esa sonrisa llena de ironía.
—El presente debe morir —trago saliva—. Desca a desea naste boa, nio vorthan —me inclino ligeramente hacia delante—. Porque el futuro comienza ahora, mi rey.
—¿Rey? —su expresión se alisa de inmediato—. ¿Tú ya asumiste que soy un rey?
—Aunque no queramos coronas, las llevamos a la fuerza —deslizo la lengua por los labios antes de dedicarle una sonrisa pícara—. Pero no necesitas lucir una para que mis instintos se arrodillen ante ti.
—Inquea xelta ira, mie zafireth —pronuncia Azohr con tono inquebrantable.
—Al menos, yo sé que hablas en Neferiano… —ruedo los ojos hacia la derecha.
—El futuro comienza ahora, mi reina —se inclina hacia delante para declararlo antes de un beso.
Apenas la noche se ha ocultado, y ya caminamos por los pasillos de Kioran.
Azohr sujeta la empuñadura de su espada de espinas a mi lado mientras yo aparto la capa de cristal de luna negro que me entregó Borin antes abandonar su propio castillo.
Llegó justo cuando hablaba con Efaris sobre los uniformes de vuelo de las hadas asegurando que, si quería reinarlos, debía llevar algo que representase a Bhulkahdur.
Acto seguido, nos guió hasta su cuarto. Me entregó una pequeña caja de un baúl que dijo que pertenecía a Sane.
Solo me pidió a cambio de entregármela, que la usase como una manera de honrar el trono que su querida esposa debería haber ocupado.
Esa idea le resultó emocionante a Efaris, que no dudó ni un segundo en desprenderse del broche de reina de brujos que llevaba en su traje. Empezaremos una nueva tradición, dijo.
En otras circunstancias, solo las alas hubieran bastado para representar a mi pueblo.
Pero después de perderlas me he visto obligada a pedir a los sastres que ajustasen una vieja armadura de cuero con colores de la luz.
Hubo que cortar las mangas para que me sirviese, pero entonces Shaqia decidió descolocarme y regalarme sus viejos brazales.
Serk nos espera en la puerta del reino enano en compañía de su nuevo fénix.
Tras abandonar el comedor, Azohr le ordenó que reuniese a brujos de magia negra para formar un ejército con el que acudir a Eryas.
Más de seiscientas criaturas con esa magia estaban encerradas, otras quinientas vivían bajo la protección de Baron en el campamento del bosque ancestral.
Los seres abandonados que habitan esos bosques tuvieron más compasión que sus propios dioses.
Las arpías de los vientos siempre son buenas con quiénes son despreciados por sus creadores, aseguró el rey cuando nos contaba la historia.
—Mi señor —se inclina Serk—. Mi señora.
—Dime, Serk —Azohr recorre a los brujos tras el guardia—. ¿Cuántos brujos aceptaron?
—Todos, majestad —el brujo se mantiene inmóvil, pero sonriente—. Casi ochocientos brujos de magia negra os respaldarán.
—¿Ochocientos? —mi voz se desmorona.
—El resto de ellos se quedaron en las tierras de Néferien la noche que la visitaron los muertos —noto en como Serk carraspea, que esta afligido por ello.
—Muchos de los que están aquí vivían en la fortaleza y apenas sabrán como defenderse —Azohr pliega su ceño pensativo—. Esos abandonarán las huestes ahora. Buscarán a la reina para unirse a ellos en el camino a Xharum.
—Mi señor —Serk ladea la cabeza ligeramente—. Ellos quieren luchar por la magia y aceptar esa orden hará que el número de soldados se vea reducido de forma significativa.
—Ahora no es el momento —niega Azohr con firmeza—. Primero necesitan formarse y aprender a manejar su magia.
—No aceptarán marcharse, alteza. Muchos habían jurado luchar por vuestras coronas desde antes que llegaseis —Serk insiste en oponerse a su orden dando un paso al frente—. Tienen que vengar su magia.
—Escúchame, Serk. Yo nunca he sido rey, pero sé que uno que se preocupa por los suyos, no los enviaría a luchar contra la insidiosa mente del rey Eliot —el príncipe le desafía dando otro paso con la frente en alto.
—Podemos contra… —la mandíbula de Serk se tensa.
—¿Es suficiente con que yo dé la orden, o sería más de tu agrado que saliese de la boca de la reina para inclinarte de una vez? —espeta Azohr en un bramido.
Serk traga saliva mientras baja la mirada.
—A sus órdenes, mi señor —el brujo le dedica una reverencia.
—Serk —me aclaro la garganta—. ¿Dónde se encuentran Lugh y el teniente Mim?
—Tras de vos, mi señora —se inclina Serk antes de darse la vuelta.
Sus pasos alejándose se confunden con esos que pisan sobre la tierra seca a mis espaldas.
—Hola, su alteza —se inclina Mim con esa sonrisa de sorna que siempre lleva pegada—. Azohr —se cruza de brazos.
—Pequeña criatura asquerosa —Lugh me dedica una reverencia. Ladea la mirada hacia el príncipe—. Ni de broma…
—¿Estás seguro? —dejo caer la frente para hundir en él la mirada.
—Mi querido señor y protector de arpías… —Lugh se inclina finalmente ante Azohr.
—¿Es necesario recordarte algo de lo que hablamos anoche? —me llevo las manos a la cadera—. Volaréis por la ruta corta de Rhysartyr. Rodearéis Ravenbell para acceder a ella por la parte del lago Cove mientras el ejército está distraído con nosotros por la frontera con el bosque ancestral.
—Sí —suspira Lugh tras poner los ojos en blanco—. Y cuando hayamos llegado al bosque de las orillas, accederemos al interior del palacio por la sala de asambleas.
—No olvidéis que… —elevo el dedo índice para lanzarle una advertencia.
—Debemos tener cuidado de no herirnos con nuestras propias espadas, porque podríamos envenenarnos y él no tiene magia que me sane —resopla Mim.
—Iba a decir que recordéis girar a la izquierda cuando abandonéis el pasillo de los guardias. Después sólo tendréis que sortear a los soldados de la entrada para cruzar hacia el pasillo de lacayos —arrugo la frente sonriente.
—Debería enviarlos a ellos también con Efaris —Azohr frunce el ceño en un gesto irónico.
—Confiaba en ellos hasta que ha mencionado lo de las espadas —golpeo el brazo del príncipe de forma suave—. ¿Te parece una probabilidad?
—Son Mim y Lugh —ríe el príncipe—. Ellos no entienden de eso.
—Su majestad —anuncia Serk desde los lomos de su fénix—. La guardia de Xharum está lista para despegar.
—Marcharos al castillo oculto cuando tengáis el cuerpo de Twig —ordena Azohr al teniente según nos alejamos.
—Esperaremos a que lleguéis, pero si oscurece y los vigilantes del bosque ancestral no os ven aparecer… —Mim aprieta los labios con algo de rechazo.
—Nos verán llegar, no hay otra opción —afirmo sin vacilar.