44. El fuego y el aire. #5
—Incluso, si alguna vez el rey Eliot hubiese conquistado tu corazón con su cariño —Maren golpea el dorso de mi mano con la misma firmeza que se escapa en su tono.
No reconoceré ante ella que necesitaba ese abrazo y su fascinante positividad, más que todas las reverencias que juren hacerme hasta el día de mi muerte.
Este instante. La calma silenciosa que me acoge antes de ese ruido que siempre estará dentro de mí…
Llena de un calor que no sé describir cada una de las decisiones que he tomado.
Ya no pesan en mi alma de la misma manera que hace un pensamiento.
Es como si en ella hubiera más que magia, porque se ha llevado algo que dolía en mi espalda para clavárselo ella.
En medio de su compasión sincera hacia mi alma, suenan los pasos de Azohr y el teniente.
La mirada de Maren vibra con más pasión que nunca mientras aleja sus manos de las mías.
Acepta el ofrecimiento de Mim de ser su compañía.
Abre los ojos complacida al ver que trae una copa de vino en la mano, y se la entrega con una mirada profunda.
Verlos ser refugio compensa la pérdida de moral.
Hace que la idea de resistir por todos esos propósitos que siempre contuve, suene con más clamor que en todas esas ocasiones en las que traté de convencerme a mí misma de que revelarme era no lo correcto.
Una vez más, me despido de los ojos de Serk cuando cierra la puerta.
—¿Pediste a Mim que se marcharan? —dirijo una mirada sonriente al príncipe.
Sigo sus movimientos. Contemplo como toma asiento en el sofá.
—Lo hubiera hecho si él no deseara irse más de lo que yo deseaba echarlo —eleva una ceja al contemplarme en pie. Toma un sorbo.
Señala una copa sobre la mesa a modo de ofrenda. Acepto. Mi sonrisa se vuelve sutil justo cuando su mano se extiende sobre el sofá para pedir mi compañía. Pero yo sé que necesita más que eso.
—Yo también deseaba que nos dejaran a solas —tomo la copa de vino de la mesa.
La llevo a mi boca, cierro a los ojos para apartar el sabor amargo.
Observo el contenido al apoyar las manos sobre el regazo.
Me estremezco cuando el líquido ya ha embriagado mis papilas.
Entonces, su sabor tiene el poder de erizar mi piel como los recuerdos.
De la misma forma que el silencio en este instante.
—Sé que esperas hablar sobre lo sucedido en Eryas —estiro el brazo para colocar la copa frente a él solo para que la vuelva a llenar.
—Si estuviera en tu lugar, te pediría que no te llevases la botella —Azohr intenta sonreír, pero ambos sabemos que no es sincero.
—No sé cómo pedirte disculpas —bajo la mirada hacia la copa para no sentir su mirada condenatoria mientras me sirve—. Hice que Néferien desapareciera solo para hacerles creer que todos habíamos desaparecido.
—Pero no era verdad, tú no lo habías hecho. Ni Twig —aprieta los labios mientras posa la botella sobre su pierna.
—Ni vosotros —doy un sorbo rápido para interrumpirme.
—Sé que todos estaremos bien —Azohr arquea una ceja al dedicarme una mirada de reojo—. ¿Tú conseguirás estarlo?
Sé que estaré. Me prometí que su corazón no dejaría de latir por culpa del mío, y voy a cumplir mi palabra.
Porque si ahora lo dejo desvanecer, sería tanto como decirle a Twig que cortaron su cuello para ver cómo me he rendido ante el miedo.
Su alma, su sangre, habrían manchado el suelo en vano.
Pero ya nunca podré estar bien. El dolor de su ausencia no podrá llenarse ni con el amor más profundo e intenso que Azohr pueda darme.
Tampoco con las carcajadas de esos niños que aseguraba que llegarían para hacerme olvidar nuestra distancia.
Sus risas nunca podrán reducir el abismo entre la vida y la muerte.
—El cancilier Evander tenía razón —noto como mi barbilla comienza a temblequear amenazando con iniciar el llanto—. No debería de haberlo buscado.
—Eladriel… —el tono de Azohr oscila entre la comprensión y el aviso.
—Si hubiese aceptado su ausencia, tal vez estaría vivo —mi frente baja para que mis lágrimas no se aprecien tan dolorosas.
—Estoy seguro de que el cancilier Evander no sabe lo que el amor puede obligarte a hacer —confiesa Azohr tras dejar la botella de un golpe seco sobre la mesa.
—Yo soñé que moriría, que no podría salvarlo —niego mientras cedo a la insistencia de la culpa por quebrarme.
—Nada hubiera cambiado, mi princesa —Azohr acaricia mi mano—. Hubieran cortado su cabeza al ver que no cumplías con sus deseos.
—No es cierto —vuelvo a negar.
—Entonces, ¿qué hubieras hecho por alejar tus miedos? —su entrecejo se arruga—. Permanecer a su lado en Eryas significaba renunciar a Xharum.
—Jamás —elevo la mirada empapada con urgencia. Aferro su mano entre las mías—. El amor que siento por Twig no puede explicarse, pero Xharum eres tú. Y tú eres todo lo que yo quiero.
—Dime, ¿qué hubiera pasado si aún estuviese vivo? ¿Si te viese llegar a ejecutar al rey? —Azohr suspira entristecido—. Los dos sabemos que encontraría el mismo final.
—Podría haberlo convencido de guardar silencio. Pedirle que se marchara hasta que todo terminase, quizás —mis pupilas necesitan de las suyas en este momento más que nunca—. Al menos, pude liberarlo de su castigo.
—Eso es lo que me preocupa —Azohr aparta la mirada a la copa antes de tomar un trago—. ¿Cuál es el precio que pagaste para ello?
—No recibí recompensa por confesar, pero tampoco un castigo adicional por hacerlo —alejo mi mano de la suya en un instante.
—Abusaron de ti, princesa —nunca vi una mirada tan dolorosa coronar su rostro.
—No lo hicieron —niego a pesar de que no sé mentirles a sus ojos.
Finjo interés por la burbuja que viaja en el vino como excusa para no seguir sintiendo como mi propio remordimiento me mira a través de ellos.
—Yo he curado tus heridas —Azohr endurece la expresión de su rostro. Su tono se vuelve rígido—. Todas ellas.
—No es la primera vez que curas mi cuerpo después de estar sometida a las torturas de Thaloriel —doblo el codo para beber.
—Vi las marcas de la aguja en la espalda —Azohr calla—. Tus alas acaban en la base —hunde los labios entre los dientes—. ¿De qué eran las de las piernas?
—Látigos con púas de erizo —manifiesto aún con la copa entre los labios—. Tienen facilidad para desgarrar la piel si tiras con la suficiente fuerza.
Azohr se aparta. Apoya la copa sobre la superficie lisa de mármol que forma la mesa. Desliza suave la lengua por sus labios mientras reposa los codos en las piernas, la frente sobre sus manos unidas. Deja escapar el soplido de quién desea continuar envuelto en entereza.
Después de ser testigo de cómo la burbuja se desvanecía sobre el líquido, me encargo de observar temiendo enturbiar este momento, como su silencio se ha quedado colgado en los adornos de la parte baja de la madera que conforma la mesa.
—¿Fue Tien? —esta vez, la voz del príncipe no se permite titubear.
—No hay a quién culpar —esta vez, llevo la copa a la boca para disimular el nudo en medio de la garganta que me impide continuar.
—Curé esas heridas más veces de las que te hubiera gustado en este momento —su voz se tensa ansiosa—. ¿Fue él?
—Sí —susurro, pero el metal de la copa expande el sonido hasta que se convierte en vestigio dentro de mí.
Deja caer las mano. Una de ellas se posa sobre mi pierna con tanta firmeza, como hacen sus ojos por contener el llanto.
Aunque se vuelvan rojos. Sé que no siente pena por mí, no entiendo su esencia como eso…
Ni siquiera puedo pensar que su dolor se debe a que han ultrajado mi consentimiento o humillado mi cuerpo.
Él no sabe que eso todavía me hace sentir escoria.
Enmudece solo porque sus mandíbulas se han tensado, y en su lugar me frustraría estar lejos del cuello de quién lo hubiese herido.
Yo también recuerdo su amenaza. Yo también tuve la oportunidad de recordar el templo de los dioses y como, en Eryas, no pudo evitar que sucediera. Y vi como Tien se regodeaba de ello.
Nadie más que yo, sabe cuánto duele.
—Esperé a que tú tomaras una decisión sobre la vida de ese maldito bastardo —la respiración de Azohr suena tan alto como su voz. La punta de sus dedos se hunde sobre mi piel—. Pero no me pidas que guarde silencio ahora. No me pidas que guarde la espada.
Dejo la copa sobre la mesa para arrodillarme frente a él.
—Tomé la decisión apenas tus rodillas tocaron el suelo de Brenshire —me cuelo bajo su frente para encontrar su mirada perdida—. Quiero que muera.
—¿Podrás hacerlo tú? —sus fosas nasales se separan mientras me entrega una mirada furiosa—. Porque no puedo prometerte que acataré la decisión de perdonar su vida así me lo ordenes con tanta intensas como hiciste con Serk.
—Él usó a Godrick para hacerte daño. Fue quién blandió la espada que me arrebató la vida de Twig mientras me miraba a los ojos —deslizo las manos por sus brazos solo por aferrarme a él—. Yo debo hacerlo.
—Eladriel —Azohr me entrega su desconsuelo con una mirada intensa—. Él destruyó mi pueblo, pero eso no me duele tanto como saber que consiguió dañarte.
—Soy tu esposa. Soy tu mujer —escalo hasta recoger su rostro entre los dedos—. Pero mi cuerpo no es tu pertenencia, no lo puedes vengar.
—Hasta en este momento, eres incapaz de comprender que cuando trato de protegerte, no lo hago porque seas mi mujer —cierra los ojos ante el tacto de mis dedos acariciando su mejilla—. No porque seas débil.
—Dime. Si no lo fuera… —mis cejas se alzan en busca de su sinceridad—. ¿Te involucrarías de la misma forma si no fuese tu mujer?
—Claro que me perturba imaginar que te tocan. Incluso si tú lo deseases, mi corazón estallaría —deja escapar un resoplido irónico de los suyos, pero suena tan herido—. Y aun así, no es nada de eso lo que gritaba en mi mente cuando veía lo que esas armaduras hicieron en tus piernas.
—Entonces qué fue —lo miro con ansia, por eso mis pupilas tiemblan.
—Aullidos de dolor —Azohr une su frente a la mía—. Porque no te han respetado como mereces. Esa herida que han hecho en ti no podré curarla a pesar de tener la magia más poderosa de Órianth.
—¿Tú me amas a pesar de ello? —contengo la respiración con fuerza.
—¿A pesar de qué? —su aliento cálido susurrante es tan cercano y reconfortante…