45. El nuevo orden de Xharum. #9
—Deberán acostumbrarse a su presencia, porque no voy a revocar la decisión —asiento. Eso hace que las arrugas de la frente se alcen aún más.
—Será a mí a quien pidan explicaciones —Ilas inclina la cabeza hacia un lado.
—En las puertas de la cámara del último nombre, aseguré al pueblo que prohibiría las distinciones entre razas que padre fomentó —uno las manos sobre el abdomen mientras apoyo la espalda en el respaldo—. Dije que no revocaré mi decisión —dicto.
—Nosotros vivimos en esas tierras, deberíamos poder decidir —Ilas persiste en la idea de no permitirlo.
—Esas tierras pertenecen a mi corona, Ilas, no a la tuya, y serán usadas para que enanos, hadas y brujos se reúnan en ellas para celebrar los eventos del reino —mi tono se vuelve categórico mientras le hundo la mirada. —Todos los eventos del reino.
—¿Qué código de Xharum me obliga a aceptar tal petición? —Ilas arquea la ceja izquierda como gesto de provocación.
—Entonces, reformaré ese código antes de que llegue el día de la coronación —dejo caer los brazos sobre el asiento para impulsarme hacia delante—. Esa, y todas las que sean necesarias para impedir que se cometan injusticias.
—Eso llevará mucho más de una semana, alteza —Baron alza la mano para soltar su apunte.
—Entonces, tendrás que mover la pluma sin descanso, mi señor —ladeo la mirada hacia Baron.
—¿Vuestra firmeza viene del conocimiento? —suspira Ilas—. El rey Eliot no se caracterizaba por establecer códigos justos y fuisteis su aprendiz.
—Mi convencimiento viene de su injusticia —su insolencia comienza a impacientarme—. No permitiré que se secuestren mujeres para esclavizarlas, ni que bastardos nazcan de meretrices sin ser reconocidos.
Me entrego a la mirada del rey elfo.
—Estoy segura de que esa es la justicia que Hécate deseaba —le recuerdo.
—No puede haber justicia mientras uno de los reinos esté contra nosotros —Baron estira los labios en una mueca de desaprobación.
—Si tan solo fuera uno… —masculla Azohr.
—Intentamos que el pueblo elfo tuviera voz, pero tanto la reina Efaris como Lugh fracasaron en sus negociaciones —mis hombros se vencen resignados.
—Volveré a intentarlo, mi señora, porque vos sabéis lo que es una promesa —sonríe Baron—. Lo haremos mientras los ejércitos de Xharum y los reinos toman fuerza.
—¿Cómo? —Azohr niega—. Los tratados con la reina de los elfos no serán fáciles de conseguir, y si así fuera, no podríamos fiarnos de ella.
—Puede que nosotros no conozcamos a la reina elfa lo suficiente, cómo para hallar sus debilidades —Baron chasquea la lengua.
—Aranel no tiene debilidades —río con ironía—. Pensé que una sentada a dos sitios de ti lo era, pero apenas salió con vida de su palacio.
—No todos encuentran la satisfacción del poder en el amor —Baron se sacude en la silla hasta encontrar la postura—. Consideraos, al igual que yo me considero, alguien especial.
—Eso quiere decir que vos tampoco la conocéis —mi sonrisa se amplía.
—No, claro que no —Baron asiente risueño.
—Yo tengo la fortuna de apenas conocerla, pero no creo que esté dispuesta a sentarse y conversar en profundidad tras lo sucedido —me recuesto sobre el asiento tras resoplar—. Quemó a su propio pueblo para impedir que estuviera cerca de mí.
—Tenéis más fortuna de lo que creéis, porque puedo aseguraros de que eso no será necesario —asiente Baron antes de tomar impulso para alejar la silla.
—¿A qué os referís? —arrugo la frente al ver que marcha a la puerta.
Baron golpea la hoja. Los guardias que la custodian abren bajo una reverencia.
La poca luz que sale de las antorchas recae sobre una dorada cabellera repleta de ondas y trenzas que apartan los mechones más finos de su rostro.
Camina sacudiendo su túnica larga y blanca.
Sus ojos marrones me recuerdan… Pero hay arrugas alrededor, no es posible que sea ella.
—Mi amada señora —se inclina Baron con una sonrisa que muestra sus dientes—. Esperaba con impaciencia por vuestra llegada.
—Querido —la mujer de cabello dorado sonríe.
—Deseaba presentaros a otra de nuestros miembros —el rey elfo toma su mano—. La madre reina de los elfos.
—Pero… —me levanto apenas puedo verla a luz completa—. ¿Cómo es posible?
Todos nos levantamos ante ella.
—La reina Aerendyl fue exiliada a Draenith antes de que revelase al pueblo la verdad —señala Baron mientras la acerca al tablero—. Apenas tuvo tiempo de poner mis cosas a recaudo antes de que el falso Aelfraed y Aranel la delataran a los dioses.
—En Draenith, varios elfos que envié a pagar sus crímenes iban a ejecutarme —sonríe Aerendyl—. Los brujos de Baron llegaron antes de que pudieran hacerlo.
—Esperábamos que la reina Olet actuase al recibir las instrucciones de Aerendyl, pero nunca quebró su lealtad —Baron busca a su hija entre los asistentes—. A pesar de poner en su conocimiento que Ilas se encontraba a nuestro lado.
—Majestad —se inclina Aerendyl con las manos sujetas al frente después de asestarme una mirada repleta de venganza.
—Reina Aerendyl… —apenas puedo pronunciar su nombre.
—Conozco el reino elfo mejor que mi hija, y a ella mejor que a esas tierras —sentencia la reina—. Deseo encontrar la manera de que pague sus injusticias.