Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 44. El fuego y el aire. #3
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44. El fuego y el aire. #3

Apresurada, se palpa algunas partes del traje en busca de su trozo de papel.

Shaqia desvela de un lugar bajo su manga un pequeño pergamino bien enrollado y envuelto con una cinta corta.

Negra. Aún conserva el lacre violáceo. Hasta Lynn, Mim, Maren y Lugh nos muestran las suyas.

Ebhan se acerca dando pisotones con su botas hasta la reina.

Contempla su papel con insistencia. Alterna las pupilas entre las letras negras de su carta y las de su hermana, vuelve a mirar a la suya.

Mueve el papel en algunas direcciones. Le da la vuelta, despliega los brazos para analizarlo de lejos.

Hasta que sus ojos se entrecierran cuando la distancia precisa muestra algo que parece interesarle.

Tanto, como para arrebatar el trozo de papel de la mano de Efaris y repetir el proceso con ambos unidos.

—Consigo ver algo —sonríe el príncipe de magia verde.

—¿Qué es? —Efaris se coloca a su lado. Estira los labios en una mueca de incredulidad.

—Un camino —revela Ebhan dedicándonos una mirada bajo el papel—. Y continúa en tu carta —voltea con los papeles en la mano—. Debe estar en todas.

—Hay algo más —Lugh observa el papel delante de la llama de una vela con la lengua fuera y un ojo cerrado—. Un escudo.

—Un lobo con ojos blancos y alas de fénix —Maren coloca los brazos en jarra tras él.

—También está en el sello —Shaqia muestra su pergamino con el lacre intacto.

—¿Es necesario una carta para serviros? —Borin interrumpe. Suelta la copa sobre la mesa.

—Tu compañía sería importante para mí —Azohr ladea el cuello y sonríe.

—Entonces los enanos partirán con vosotros mañana hacia vuestro reino —Borin estira su brazo tras dar un par de pasos al frente—. Forjaremos espadas a las nuevas leyes.

—Nuestro reino —le recuerdo a Borin.

El príncipe se acerca. Sujeta su mano para atraerlo y abrazarlo.

Tras un golpe sonoro en la mitad de la espalda, ambos se sonríen en silencio y no dicen nada más.

Aunque su gesto ha llamado la atención del príncipe Ebhan.

Empiezo a conocerlo lo suficiente como para ver que está pensativo, que su ceño sutilmente fruncido y la manera en la que analiza lo que sucede entre ellos es suficiente.

—Al menos, sabéis como los enfrentaréis, ¿verdad? —resopla el príncipe de magia verde mientras se acerca a ellos.

—No —niega Azohr. Amplia de manera inevitable su sonrisa tras un leve temblequeo.

—Bueno, imagino que para eso será necesario un consejo —golpea su hombro—. Mi señor —menciona con cierto retintín.

—Yo no pienso dejar que me des órdenes —Shaqia eleva las cejas—. Y quiero ser quién controle al ejército de brujos oscuros —por fin aleja esa tensión de su cuerpo.

—Pero —Mim abre los ojos. Nos dedica una mirada indignada—. Venga ya…

—¿Yo qué puedo hacer? —Maren sujeta sus manos al frente con las mejillas ruborizadas.

—No se me ocurre mejor espía que tú —sonrío. Sonrío a Mim tras elevar las cejas—. Además, si tú no eliges acompañarnos, no creo que él lo haga.

—Su majestad —Lugh se acerca a la reina Efaris—. ¿Os quedaréis aquí?

—No —niega. Se acerca a Lugh con las manos enlazadas a la altura del abdomen—. El deber de una reina siempre es aceptar lo correcto para su pueblo.

—Por eso yo siempre me he alegrado de no ser de la realeza —Lugh sonríe de forma nerviosa.

—¿Vendrás? —le dedico una mirada firme sobre el hombro.

—¿Qué hay de esa confianza en mí que decías haber perdido? —Lugh se cruza de brazos.

—¿Te ofrecería langostas y una silla a mi lado de no confiar en ti? —inclino la frente dedicarle una mirada desafiante y una sonrisa amplia.

—Qué le vamos a hacer, su alteza —Lugh deja caer los brazos sobre las piernas. Estira el cuello hacia la reina—. Me pierden las princesas.

—No solo a vos —ríe la reina. Señala al fondo de la estancia con la mirada.

La expresión de sarcasmo dibujada en mi cara se transforma en un gesto de desconcierto al ver como la reina sonríe al otro lado de la estancia.

Dirijo la mirada hacia allí. Serk sonríe en cuanto mis ojos determinan en él.

Asiento como muestra de aprobación al nuevo cinturón que porta, la espada que cuelga de él, o la armadura ligera de los brujos que ahora cubre su torso.

No he hablado con él desde que Néferien aún tenía castillos en pie.

Me gustaría agradecerle que intercediera con su magia por mi vida, aunque…

No sé si dar las gracias, será suficiente consuelo para quién decidió terminar con la vida de su propia hermana.

Mi sonrisa se vuelve fuerte al pasar junto a Azohr. Él sonríe y mi respiración se vuelve segura. Sujeto las manos al frente cuando los ojos intensos de los brujos que acompañan a Serk voltean a mirarme. Sus miradas feroces están a punto de volverse tan incómodas, como las del propio Serk.

—Majestad —se inclina el brujo al ver que me detengo frente a él.

El resto de sus acompañantes me dedican una reverencia antes de tomar un eco de distancia.

—Yo aún no soy vuestra reina —contengo una sonrisa entre los dientes.

—Desde que os pusisteis la corona de Xharum bajo Brenshire, sois nuestra reina —Serk eleva la barbilla. Su mirada se enreda en la mía mientras señala al resto—. Así lo sentimos.

—Me gustaría ofrecerte una disculpa sincera por no acercarme antes a conversar contigo —bajo la mirada con algo de pesar.

—Mi señora no debe guardar tristeza alguna —Serk me interrumpe con una seguridad arrolladora.

—Debí buscarte en cuanto llegué a este castillo, no pude agradecerte que salvaras mi vida —muerdo mi labio inferior en busca de la palabras correctas—. No puedo ofrecerte nada tan valioso como el gesto que has tenido.

—Ese era mi deber —asiente.

—No —niego—. No lo era.

—Soy vuestro soldado, trabajo para preservar vuestra vida —Serk elevas las cejas con asombro.

—Le ordené a mi soldado que no lo hiciera —alzo la mirada de inmediato hacia sus ojos. Los entrecierro.

—Pero, mi señora… —sus labios se traban en su propia confusión.

—De cualquier modo —carraspeo. Cierro los ojos un suspiro—. También debo agradecerte por la preocupación mostrada hacia Azohr.

—Ese era mi deber —asiente de nuevo.

—No —tomo aire para de paciencia—. No lo era.

—Él es el rey de Xharum —sus labios se cierran.

Y tal vez sea debido a que todavía no lo conozco lo suficiente, pero diría que sus ojos vibran con pesar tras nuestras palabras. Pensé que expresarle cuán agradecida estoy por su ayuda sería algo agradable para él. Está claro que diferimos en cuanto a obligaciones se refiere.

—El teniente Mim nos contó que te mantuviste en la puerta de nuestro cuarto hasta que lo abandonamos —inclino la cabeza hacia un lado—. ¿No es cierto lo que asegura?

—Lo es, mi señora —una leve sonrisa adorna el rostro de Serk.

—Bien, entonces permite que te recompense por eso —sonrío a su sonrisa, que cada vez se estira más segura—. Pediré al rey que te entregue monedas, te serán útiles para armas y para cubrir tus necesidades.

—No deseo monedas —Serk rechaza mi propuesta con esa forma profunda que tiene de mirarme.

—La preocupación que has mostrado por mí, por el rey, no es tu deber —despacio, mis brazos se dejan caer para hablarle con más cercanía.

—No deseo monedas —insiste.

—Entonces estás de acuerdo en ser retribuido, pero no con lo que te ofrezco… —arrugo el mentón al entregarme a los pensamientos—. Dime qué deseas.

—Quiero ser el guardia privado de su majestad la reina —Serk me dedica una reverencia.

—Nunca tuve uno. No necesito un guardia que siga mis pasos a dónde quiera que vaya —niego antes de que haya recuperado la postura.

—Debéis estar protegida. Aquí, y en Xharum —el tono del brujo se enturbia hasta sonar a aviso.

—¿De qué? —sus instancia comienza a despertar en mí intriga—. ¿O de quién?

—Hasta en los reinos ocultos hay enemigos, mi señora —admite Serk. Arque una ceja lo que dura un pestañeo.

—¿Conoces a alguien que desea hacerme daño en ese reino oculto? —ahora, mis cejas se han curvado con la misma inquietud que las suyas.

—No —sus ojos se quedan sujetos en el filo de mi mirada—. Solo conozco el deseo de protegeros de cualquiera que intente hacéroslo.

Mientras que mi aliento se queda recogido por las sospechas que ha conseguido inducirme a través de sus misteriosas frases, unas manos sobre mis hombros desarman mis pensamientos.

Se precipitan despacio, casi diría que es imperceptible, hasta que consiguen envolverse entre las mías.

Mis pupilas se expanden al sentir la forma en la que mi piel reacciona a lo que sucede.

En ciertas ocasiones, el hormigueo en el pecho es suficiente para saber quién está cerca.

—Mi señor —Serk se dobla en una reverencia.

—No —Azohr estira la mano entre ellos—. No lo hagas.

Serk ladea de inmediato sus ojos desconcertado, pero tan solo puedo asentir de forma disimulada para que acate su orden. Recupera la postura con labios sellados.

—Debo pedirte perdón —revela Azohr con ese tono entrecortado que pone cuando se siente avergonzado—. Por lo sucedido frente a la necrópolis…

—Seguramente dirá que era su deber —mi mirada se llena de burla.

—No, mi señora —Serk no puede evitar sonreír a pesar de que debería aferrarse al protocolo—. Pero un soldado jamás aceptaría unas disculpas de su rey.

—No me disculpo contigo como un rey, lo hago como un hermano brujo —interviene Azohr con tono elevado y seco—. Y por no haberte agradecido la preocupación que has mostrado por Eladriel.

—Eso es justo lo que trataba de hacerle entender —afirmo. Dejo salir el aire con cierta resignación.

—No puedo ofrecerte algo justo en compensación, no tengo nada tan valioso para mí como la vida de la princesa —Azohr sonríe mientras siento como sus dedos se deslizan entre los míos—. Pero puedes pedir lo que desees, trataré de ayudarte.

—Podéis ayudarme con mis deseos, mi señor —Serk se inclina a pesar de que Azohr no pone buena cara.

—Se deseas marcharte, no necesitas mi permiso para hacerlo —el tono del príncipe no sé si suena a recordatorio, o a ironía.

—Deseo ser el guardia privado de su alteza la reina —confiesa Serk aun sumido en la reverencia.

Aparte de callar, Azohr ha borrado la sonrisa para dedicarse a observar en silencio su espalda encorvada en la petición.