Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 44. El fuego y el aire. #2
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44. El fuego y el aire. #2

Creo que ninguno entendemos a qué se refiere.

Hemos decidido ocultar cierta información para evitar que haya cualquier traición entre nosotros, podríamos haber recibido la visita inesperada de enemigos si hubiéramos confiado en todos.

Estira el brazo. Su mano está tan cerca, que me resulta un pecado no aceptarla.

—No puedo decirte que hacer con lo que has recibido —el príncipe levanta la mirada hacia la reina y Ebhan—. Pero tú sabes cuál es mi deber.

—Yo estoy dispuesto a ser el consejero de la corona de Xharum —Mim dibuja media sonrisa mientras levanta la mano.

Su entrecejo se nubla al ver que todos le dedicamos una mirada confundida.

—Yo también recibí una —el teniente inclina ligeramente la cabeza.

—¿Todos la recibisteis? —Azohr estira el cuello en busca de más confesiones.

—Yo —Lugh busca entre sus ropas con torpeza—. Pensé que era una broma de la llama portátil —señala a Mim con un movimiento ágil de cabeza.

—Parece que a todos nos han ofrecido asiento en el consejo de Xharum —asiente Efaris con tono elegante—. Como vuestros consejeros —eleva las cejas.

—Así que, ahora pretendéis ser nuestros reyes —Shaqia sonríe.

Puedo ver como su tórcida ironía asoma en su tono de voz. Ahora comprendo por qué asegura con tanta confianza que he traicionado a los brujos.

—Princesa Shaqia —enuncio con tono elevado.

A pesar de que me mira, ni una palabra sale de su boca.

—Vuestros pueblos seguirán necesitando vuestro trono, porque los reinados se mantendrán tal y como están establecidos aquí —confieso tras inclinar el mentón hacia abajo con suavidad.

—¿Cómo es posible, si la carta afirma lo contrario? —Ebhan me mira con pesar.

—No pienso tomar la corona de Xharum, solo deseo sus tierras —sonrío solo porque Ebhan comienza a dibujar una sonrisa—. Las necesitáis para los brujos, y yo para las hadas.

Cuando el cuerpo de Twig esté a lomos de Riexor, y la cabeza de mi padre en una caja para ser entregada, derrumbaré ese maldito palacio de Eryas.

Dejará de existir para siempre. Y con él, su trono.

No volverá a haber un rey en esas tierras.

Contaré al pueblo la verdad sobre Ilas, les revelaré que su verdadera reina los espera para mostrarles contra quién debemos blandir las espadas a partir de ahora.

Ravenbell dejará de ser nuestra. Aquellos que decidan quedarse, se convertirán en nuestros enemigos, estoy segura.

Después de esto, los dioses nos buscarán y enviarán a nuestros hermanos para capturarnos.

Les ordenarán ejecutarnos por traidores después de que sus palabras consigan corromper del todo la mente de los súbditos sujetando el puñal del mandato divino.

El pueblo elfo se revelará contra nosotros.

No dudará en prestar su ayuda a los creadores o su ejército de ángeles, son sus más fieles seguidores.

Algunos lo harán por venganza. Aunque Aranel luchará por su venganza y se aprovechará del don del temor que Aphaea les dio para impedir que actúen contra ellos. Incluso si su moral así lo exigiese.

—¿Qué hará el pueblo enano? —ladeo el cuello hacia Borin.

El príncipe enano solo observa desde una esquina mientras sorbe.

—Yo no recibí carta alguna —el ceño de Borin se frunce sobre el borde del metal.

—No es posible —ladeo la cabeza en una seña de negativa—. No podéis quedaros aquí.

—¿Por qué? —las cejas de Borin se arquean de forma fugaz.

—Porque, cuando los dioses vean que las hadas y los brujos nos hemos revelado, obligarán a los enanos a luchar por su causa —mi silencio hace que el príncipe enano estire el rostro—. Vuestro pueblo fue creado para llenar sus arsenales de armas.

—Es admirable que conozcáis cosas sobre el pueblo enano —la silla de madera donde se sienta el rey Borin cruje cuando se levanta.

—También sé que no guardáis lealtad a las hadas. Pero no he olvidado que, una vez, vuestro padre se la juró a mi madre —entorno los ojos con nostalgia por ese regalo que me hizo apenas llegué.

—Mi pueblo siempre ha vivido en concordia con el resto de los reinos, mi señora, más no así vuestro rey —entiendo esa desconfianza de Borin más de lo que me gustaría.

—El rey Eliot no estará en Xharum, su alteza —me inclino ante él—. Tenéis mi palabra de que el pueblo enano solo guardará lealtad a su rey y a quién él decida, pero debéis escoger de forma sabia.

—¿Qué queréis decir con eso? —Borin arruga la barbilla.

—Vuestra lealtad está caminando sobre un noble y delicado filo que en cualquier momento caerá hacia un lado, y sabéis que habrá sangre en Bhulkahdur —estiro los párpados con advertencia.

—¿Acaso debo pensar que tratáis de conminarme a algo, princesa Eladriel? —Borin sonríe tenso.

—Yo no tengo potestad sobre vuestro pueblo, incluso si intentase comprar la vuestra —le devuelvo la sonrisa—. Solo depende de vos elegir si caéis de nuestro lado, o si, por el contrario, el viento ha inclinado vuestra lealtad hacia el lado de los dioses a los que vamos a enfrentar.

—¿Los dioses? —el teniente interviene con una sonrisa nerviosa—. ¿Establecer nuestros ejércitos contra los dioses, dices?

—Así es —afirmo sin darle mayor relevancia a sus preguntas.

—No pienso luchar contra los dioses —la sonrisa de Mim se evapora.

—No te ordenaré lo que debes hacer —ladeo las pupilas hacia las suyas—. Pero si te recordaré, como a Borin, que si decides quedarte aquí tendrás que luchar contra nosotros.

—Escúchame, princesa desobediente —Mim arquea la ceja izquierda—. Si Vémtix chasquea los dedos, mi magia desaparece. La magia de cada uno de los brujos desaparece.

—Los dioses nunca han necesitado chasquear dedos ni hacer desaparecer magia para librarse del pueblo brujo —Azohr habla envolviendo su voz en el peligro—. Ellos solo necesitan encerrarnos en fortalezas o abandonarnos en bosques ancestrales.

—Pongámoselo fácil en ese caso. Seguro que si todos vamos, les ahorramos el esfuerzo —sonríe el teniente con sarcasmo.

—Durante milenios han encerrados a los brujos de magia negra sin necesidad de que otros brujos montaran asedios en las puertas de los reinos de Órianth —el tono del príncipe se eleva a medida que su mandíbula se tensa.

—Me cae fatal el pelirrojo musculoso, de verdad —Lugh se acerca en pasos seguros. Su cara se ha cubierto con pena fingida por llevarme la contraria—. Pero tiene razón en admitir que son enemigos mayores.

—No hay dagas que os obliguen a aceptar, pero tampoco habrá súplicas —Azohr gira el cuello a la derecha del teniente—. ¿Maren?

—Maren no irá —el tono serio de Mim capta la atención de las pupilas del príncipe.

—Tu cara no parece ser la de Maren —le recrimina Azohr con retintín.

—¿Pretendéis que se enfrente a los dioses hablando con los crisantemos? —las fosas nasales del teniente se estiran.

—Que se quede aquí tampoco es seguro para ella —estiro los brazos para mediar con el teniente.

—Estará bajo mi protección —Mim me dirige una mirada firme y segura. Algo molesta diría.

—No es tu decisión —le recuerdo con la mirada fija en la suya—. No deberías pronunciarte al respecto.

—¿De qué protección hablas? —niega Azohr tras una carcajada irónica—. Hace unas horas te daba miedo…

—Ya no —asegura Mim ensartándole una mirada incendiada.

—Néferien desapareció. Ya no cuentas con la protección del reino ni de sus ejércitos —le comunica Azohr al perder la compasión—. Si os descubren, os van a torturar hasta que reveléis porqué estáis vivos. Os harán revelar el lugar del resto.

—Nunca lo haría —Mim une los labios. Sacude la cabeza convencido.

—¿No? —las cejas de Azohr se juntan coléricas—. ¿Ni siquiera si te amenazan con dañar a Maren por tu silencio?

El teniente calla. Creo que todos lo haríamos en su situación…

—Maren será ejecutada si os descubren juntos —una arruga triste toma mi entrecejo—. También tú y Aranel —dirijo la mirada a Lugh.

—Todos os habéis revelado contra los dioses —el príncipe se encoje de hombros.

—Sé que el miedo se inclina ante la desobediencia, pero debe hacerlo ante la coherencia —sujeto las manos al frente.

—Shaqia —Azohr la mira con ojos de complacencia, aunque sea por un segundo—. ¿Deseas saber cuál fue el crimen cometido por los brujos de magia negra?

—No —Shaqia desvía la mirada.

—Tú siempre tuviste razón, Hécate no fue solo una visión —el príncipe se acerca a ella a pesar de que a ella no parece apetecerle—. Su magia era tan justa, que no podía gobernar bajo las normas de los dioses.

La mirada de la princesa de magia negra se transforma. Eleva despacio la mano para retirar el mechón rizado de pelo que siempre cae sobre uno de sus ojos, se centra en atender a Azohr con un gesto de atención disimulada.

—Xharum fue su obra —sonrío de forma sutil—. Vuestra herencia.

—Lo creó para la magia negra y Baron lo guardó para nosotros —pero Azohr. Él sonríe con intensidad—. Es la venganza que la magia negra, nuestra magia, siempre ha estado esperando.

Shaqia se detiene a analizar al príncipe.

Ladea la mirada rápido al ver cómo me acerco a ella a pesar de que soy pasos lentos.

Me detengo cuando sus pupilas cesan el viaje sobre mis manos, sobre la forma en que se acercan a tomar las suyas.

Su expresión sigue siendo tan dura como hace unos instantes.

Al menos, no se ha apartado al sentir el tacto.

—Te prometí frente a la necrópolis que Néferien resurgiría. Esos brujos de magia negra de la fortaleza y los enviados por Baron necesitarán quién les guíe —inclino la frente hacia delante. Estiro las comisuras en una sonrisa—. Y el rey Draegor no confiaría en nadie más para gobernarlos con libertad.

—¿Y Azohr? —Shaqia arquea las cejas. Su labios se estiran con intriga—. Él es el verdadero heredero de la magia de Émaxor.

—Esa ya no es mi magia —Azohr inclina la cabeza en una señal respetuosa—. Además, Baron decidió contar con tu magia al enviarte una misiva.

—Tu voz en el consejo debe ser importante si te solicitó —le indico, lanzándole una sugerente mirada.

—¿No fue Gandar? —Efaris me convierte en el centro de su interés—. ¿No envió él las cartas?

—No —niego de inmediato.

—Entonces… —Ebhan saca un papel de su bolsillo.

Efaris observa lo que hace su hermano con la frente estirada por el asombro.