44. El fuego y el aire.
(Eladriel)
La luz de las estrellas de la oscura noche me abraza a través de las cristaleras de Kioran.
Inciden sobre el reflejo de las llamas de la chimenea.
Después de tanto tiempo entre estas cortinas, observando el cielo, ahora no puedo permitirme apartar la vista de ellas.
Me perdería la forma en la que rinden homenaje a Twig desde las alturas.
Todos hablan desde hace horas mientras yo solo lloro a mi padre.
Caminan de un lado a otro, debaten sobre lo ocurrido y aquello que creen que sucederá a partir de ahora.
Como si tuvieran algo que decir. Como si importase de algo de eso…
Las palabras de Shaqia sobre mi traición a los brujos, que Ebhan y Efaris se esfuercen en llevarle la contraria tildándola de poco compasiva.
Ninguno de ellos estaba allí. Ellos no saben lo que duele dejar el alma donde pensabas encontrarla.
Ni siquiera recuerdo el camino hasta aquí.
Descendí de Hai en la puerta de la montaña del reino enano, y tras cruzar los pasillos con la capa del príncipe cubriendo mi apariencia desaliñada, estaba sentaba en el cuarto que Borin nos cedió días atrás.
Azohr curó mis heridas en silencio, su entrecejo no se arrugó ni una vez.
No escuché ni un solo reproche salir de sus labios, pero, por momentos, podía ver como dudaba de si callar era lo correcto.
Aparté la mirada mientras terminaba para rehuir esa conversación que él ansiaba por tener.
—¿Por qué nadie menciona a Godrick detrás de la palabra traición? —exclama Azohr. Señala a Shaqia con el dedo acusador.
—Porque él está muerto —recrimina la princesa oscura estirando el cuello en su acusación.
—¿Tú te arriesgaste a matarlo? —el tono del príncipe se vuelve tenso—. ¿Acabaste tú con la vida de Fiena?
A pesar de que no ignoro lo que sucede alrededor, solo puedo concentrarme en el nudo en la garganta que se me forma al contemplar las vistas.
El reflejo de la llamarada de la chimenea ha comenzado a desaparecer cuando aún es de noche sobre el reino que había dibujado en la ventana.
Las estrellas pierden el brillo al observar como la luz del fuego queda reducida a cenizas que ondean en la oscuridad.
Su baile homenajea que, el alma de Twig, acaba de abandonar la tierra material para pasar a una que jamás podríamos comprender los que todavía tenemos el poder de sentir el mundo.
—Es la hora de volver, tengo que recoger el cuerpo de Twig —pestañeo después de que la última estrella se haya apagado.
Mi voz apenas ha tenido fuerzas para salir, pero ha sido suficiente para que todos me presten su atención.
—¿Cómo has dicho? —Lugh entrecierra un ojo. Se cruza de brazos frente a la mesa principal.
—Robaré el cuerpo de Twig de Eryas —ladeo el cuello por dedicar una mirada a cada uno de ellos.
—Querido pétalo… —Maren carraspea. Su sonrisa vibra tensa al dar un paso al frente.
—No voy a permitir que ofrezcan su cuerpo como si fuera un vil traidor —aprieto la mandíbula, separo las fosas nasales.
—¿Qué vas a hacer con él? —Mim se muerde el labio inferior.
Sé que trata de ocultar la pena con la que me observa desde que me vio aparecer.
—No es agradable verlos cuando han pasado unos días —el teniente se aclara la garganta.
—Haré lo que cualquier brujo haría —el brillo de mis pupilas no tiembla ante la certeza—. Deseo enterrarlo para que esté siempre a mi lado.
—Los muertos deben encontrar paz, princesa Eladriel, nuestro deber como almas en pie es ayudarlos a ello —Efaris emerge de entre sus hermanos—. ¿Estás segura de que esa era su última voluntad?
—Paz… —Lugh toma un impulso para separarse de la madera—. Las hadas que mueren en Ravenbell nunca podrían encontrarla.
—Incluso si la conociese… —dirijo la mirada hacia la reina—. No puedo cumplirla.
—Al menos, no deberías ser tú quién tomase esa decisión —la barbilla de Shaqia me apunta rabiosa—. Esa alma dejó de existir por tu culpa.
—Él desearía permanecer en Eryas, estoy segura, pero no puedo enterrarlo en un suelo roto —me alejo de la ventana ahora que las estrellas han desaparecido del cielo.
—Eladriel… —Azohr susurra por encima del hombro.
—Ha llegado el momento de que cumpla con lo prometido a Baron —ruedo los ojos hacia el príncipe, mi tono sigue firme a pesar del suyo—. Es lo único que falta para poder marchar a Xharum.
—¿Qué fue lo que prometiste a Baron? —Lugh arquea una ceja. Acerca su rostro medio ladeado con curiosidad.
—¿Baron, dices? —Efaris arruga la frente asombrada.
—Todavía estás débil para eso —Azohr voltea. Cualquier distancia con él comienza a parecer demasiada.
—Las heridas que has visto sangran, pero te aseguro que las que no logras alcanzar con tu magia, arden como nunca en deseos de obedecerle —trago saliva. Acepto su mano para apretarla con suavidad entre la mía.
—Ojalá con eso fuese suficiente —suspira resignado.
—Lo es —insisto. Dejo caer esa lágrima que me acechaba hace rato—. Si estás dispuesto a cumplir esa promesa que me hiciste en el cuarto de la ciudadela.
—Quiero que sepáis, que ninguno de nosotros deseamos saber a qué os referís —Mim se coloca en el centro de los presentes con las cejas críticas y elevadas—. No nos importa que nuestras vidas dependan de ello.
Antes de salir de la tienda de Baron en el campamento, ya sabía que debía cumplir la orden.
Yo acepté esa propuesta. En el mundo de los tratos, me pareció un precio justo el que debía pagar; entregaba una vida a cambio de un lugar para salvar miles.
Pese a ello, dudaba en empuñar una espada contra el cuello de mi padre.
Si imaginarlo me resultaba difícil, qué sería de mí cuándo llegase el momento…
Mi corazón no latía con ese propósito. Y sin embargo ahora anhelaría estar sobre las rocas de la pasarela frente a mi padre o Tien, o cualquiera de los suyos y de los míos.
Tomé la decisión cuando vi a Twig desfallecer, y no me arrepentiré de ella.
Aunque sé que tras ello, el caos de ejecutar al miembro más importante de un reino se cernirá sobre esas tierras.
Mi padre nunca fue un buen rey, cualquier criatura con amor por su propia vida podría asegurarlo, pero utilizó su mezquina inteligencia para convencer a su propio pueblo de que ningún otro era mejor.
Presentarles a los súbditos su cabeza y una libertad manchada de sangre, no era lo que llevaba años esperando.
Pretendía que las palabras de los soldados de luz fueran suficiente para que todos ellos tomaran la decisión de salvarse.
Y mientras el tiempo no detenía su marcha por prudencia, como hice yo, el acero atravesó el abdomen de Azohr.
El filo de una espada me arrebató la compañía más preciada que jamás tuve, el amor más puro que jamás sentí. Se llevó a mi Twig.
Ahora que las estrellas de la ventana han dejado de brillar, mi único anhelo es encontrar la justicia que deposité en las criaturas de Ravenbell.
En quiénes decidan seguir el camino de los que se fueron de estas tierras arrancando las espinas por los futuros guerreros.
No podremos encontrarla hasta que Eryas y los servidores que todavía son leales a mi padre hayan desaparecido.
Alguien a quién quiero como a los inviernos, me dijo que así eran las rebeliones.
—No ocultamos nada —confieso al teniente—. Solo hablamos sobre el lugar al que vamos, y su antiguo rey.
—Algunos aquí necesitamos más explicaciones, Eladriel —Ebhan aparta la capa mientras adelanta al teniente. Descansa la mano sobre la cintura—. ¿Qué pide ese rey Baron?
—La cabeza de mi padre —afirmo sin pestañear, sin que mi voz suene perdida.
Mi semblante no tiembla por las palabras que acabo de pronunciar, pero eso arruga el ceño del príncipe de magia negra.
—No hay registros de esas tierras que habéis nombrado por ningún lado —interviene Borin desde la lejanía de la sala con una copa de vino en la mano.
—¿Os extraña, príncipe? —ríe Shaqia—. Hablamos del mismo Baron que fingió un problema de convergencia solar…
No discrepo en su afirmación. La forma en la que actuó no fue la correcta, pero consiguió su objetivo. Ese problema que fue motivo de unión y deslealtad entre los reinos, nos trajo a todos hasta el camino correcto. Podrán escuchar una explicación al llegar a ese lugar tal y como les prometimos.
—Gandar marchó con él pese a que me opuse a ello —la reina abandona el hueco entre sus hermanos para acercarse. —Recibí una misiva de su parte con pocas explicaciones.
—Nosotros también recibimos una —declara Azohr sin darle más importancia.
—Sé que ocultáis información. Nadie entregaría un reino así como así —la poca coherencia que a veces inunda la sesera del teniente le hace romper el silencio ahora.
—Tu dijiste que no podríamos confiar en él —Shaqia tira de la capa de Ebhan.
El príncipe de magia verde guarda silencio.
Su mirada se ha enfocado en analizar todo lo que he dicho, todo lo que hago.
Me mira como si lo que tuviese que decir o hacer ahora fuera decisivo.
Como si mis palabras fuesen lo más importante que va a escuchar en mucho tiempo.
Pero mis labios están tan sellados como los suyos.
—¿Lo harás? —Ebhan arruga el entrecejo con más compasión que felicidad—. ¿Cortarás su cabeza por salvarnos?
—Lo prometí —aprieto los labios, y entre ellos, una tímida sonrisa.
Al final, las premoniciones de mi padre y su séquito de canciliers han terminado siendo certeras. Voy a cortar su cabeza por el trono. Aunque no sé si la idea de que no sea por el suyo, de que vaya a entregárselo a Ilas, será más o menos de su agrado.
—¿Por qué? —Shaqia arquea una ceja con aire de condescendencia.
—Porque, a pesar de ser la hija del rey Eliot, él nunca ha sido mi padre —las comisuras de mis ojos se tensan cuando hundo la mirada en ella.
—¿Qué conseguirás tú haciendo ese acto? —su mirada cada vez es más altiva—. No poseo la inocencia de Ebhan ni Efaris.
—Como puedes observar, el rey Baron me concedió lo que pedí —los señalo a ellos, a todos—. Estáis a salvo. Los pueblos están a salvo.
—Y… —Ebhan nos observa desde las espaldas de Efaris—. ¿Qué esperáis que hagamos con la carta que hemos recibido?
Mis ojos viajan hacia la figura recta y firme de Azohr justo a mi lado.
Su mirada cede lenta a mi deseo de encontrarla, y en ella guarda el mismo desconcierto que yo siento.