43. El filo de un corazón roto. #10
Se alejan, pero los guardias de la puerta nunca aceptarían mis planes.
Sus lanzas se enfrentan a ellos. Es una pena que no hayan visto las dagas de luz que formé mientras las levantaban.
Ni cómo las sujeto con el puño cerrado y el mismo desprecio que descargo en la mirada.
Olvido el dolor de cualquier parte de mi cuerpo para correr.
Me lanzo sobre uno de ellos, hundo la punta de llama hirviente con precisión en un lateral de su cuello.
El fuego se adueña de su garganta e inicia el recorrido hacia el interior de su cuerpo.
La mirada suplicante del otro guardia me invita a detenerme.
Tomo aliento porque su aspecto es tan parecido al de Mylo…
Parece joven, inocente tal vez, pero hace un segundo estaba dispuesto a terminar con Twig.
No le vi dispuesto a colaborar en su salvación.
Ojalá mis ojos le mintiesen, le ocultasen que no deseo matarlo.
No hacerlo es arriesgarme a que su lanza me desgarre por la espalda al voltear.
Se mantiene inmóvil ante mí. Su arma descansa en el suelo como si hubiese aceptado que este es su destino.
Intento apartar la mirada aun si hacerlo es más cruel que mirarlo de frente.
El fuego sale a través de sus ojos cuando clavo la daga. Sus piernas ceden a la muerte y se doblan para caer. Me apresuro a sujetarlo para dejarlo descansar contra la pared, para que caiga con algo más de dignidad que el resto de sus compañeros.
—¡Tenéis que salir ya! —me grita Evander desde la puerta.
Ladeo la vista hacia el extremo del pasillo.
Un grupo de guardias avanzan bajo el mando de Tien y su afilada espada desenvainada.
Inclino la frente para mirarlo. Arrugo la nariz cuando mis manos se llenan del odio que siento hacia él…
Hasta que el tacto cálido de Twig acariciando uno de mis pensamientos me hace recordarlo.
Mi estómago me pide que el hijo del cancilier desaparezca.
Sin embargo, mi corazón grita que, matarlo a él ahora, implicaría luchar contra los que están a su lado y los que lleguen en su ayuda.
No salvar al resto. Dejo que las partículas de luz me abandonen para correr.
—Salid en primer lugar —le indico al cancilier—. ¡Vamos! No hay guardias…
—¿Qué haremos cuando crucemos la pasarela del jardín? —Evander jadea al iniciar la carrera por las escaleras de la puerta principal.
—Volar —declaro sin pensar.
—Mi princesa —el tono entrecortado de Twig me hace ladear la mirada hacia él—. No tenéis alas.
Su confesión me devuelve a mi nueva realidad.
Hasta ahora, sin contar con la visita del inútil de Tien, todo estaba saliendo como mi plan indicaba.
Aunque no pretendía matar guardias hoy. Lynn buscaría al cancilier Evander para entregarle el collar y transmitirle lo que debía hacer, partiría solo al ver que se cumplía con su misión.
Él bajaría a las mazmorras con la apariencia del rey, y entonces nadie haría preguntas.
Buscar a Twig antes de abandonar el palacio era sencillo siguiendo esos pasos, luego debíamos volar para salir de aquí.
Pero, no tuve en cuenta que perder las alas en esta visita sería una posibilidad.
La oportunidad de salvarme se ha quedado con ellas en el suelo de la sala de purificaciones.
No es la propia inercia la que me hace seguir corriendo. La opresión caliente de hace unos instantes comienza a transformarse en calma al rememorar qué me trajo aquí. Vine a salvar la vida de Twig, y él sí puede escapar.
—Vosotros volaréis —afirmo sin dejar que la falta de aire me enturbie la voz—. Iros a Bhulkahdur.
—Eso nunca, pequeña Eladriel —el tono cansado de Twig suena a que no aguantará mucho más corriendo.
—Yo no puedo escapar de aquí, Twig —lo miro con ojos llenos de fiereza implacable—. ¿Permitirás que corten mi cuello para nada?
—No desplegaré las alas hasta que estéis a salvo —Twig se niega y a mí me condena.
—Ahora sois traidores del reino, no podéis permanecer aquí —vocifero con autoridad.
—Nos apresarán antes de poder hacerlo, casi han tomado al cancilier —asegura Twig. Sacude los brazos con más energía.
—Quiero que corras —le ordeno bajo un bramido de autoridad desesperada—. No voltees a ver lo que sucede con él.
—¿Cómo no hacerlo, mi señora? —la voz de Twig se queja culposa—. Será ejecutado.
Muestro las manos al cielo para atraer la luz de los rayos del sol y volteo cuando las partículas rodean mis dedos.
Mis pupilas danzan nerviosas sobre los soldados en carrera.
Las motas no se ajustan a ninguna forma porque solo escucho el miedo de Twig abandonando su cuerpo.
Lanzo el fuego antes de girar para continuar de frente. Apenas roza a uno de los guardias.
—Ver como muere no impedirá que lo haga, pero correr salvará tu vida —trago saliva.
Cierro los ojos para dedicar un pensamiento al alma de Evander.
No vacila en seguir mis indicaciones. La culpa arquea sus cejas, supongo entonces que sus pies se mueven porque los míos lo hacen.
Los gritos de ayuda del cancilier empañan mis ojos.
Me obligan a correr con fuerza para alejarlos e impedir que el remordimiento me alcance como hizo con mi querido Twig.
El sonido del filo al separarse de su funda me estremece.
El de los pasos deteniéndose para ejecutar me sobrecoge. Hasta que…
Mi aliento y la incesante carrera lo detiene el chillido de un fénix.
Lo escucho vibrar al lado este de la montaña.
Alzo la vista al cielo. Las alas de Hai baten el aire, bocanadas de fuego abandonan su pico sobre las piedras de la ladera.