43. El filo de un corazón roto. #9
—Si él no puede bajar, entonces no nos quedará más remedio que subir a buscarlo —retiro el brazo para frustrar su intento.
—Eso pondría vuestra vida en peligro —Evander da otro paso al frente—. Su majestad, el rey, os traerá de nuevo aquí y el castigo será aún más severo.
—Me traerán, y volveré a escapar —doy un paso hacia atrás para alejarlo—. Y si vuelven a atraparme… —elevo la barbilla—. Volveré a escaparme para encontrarlo para llevármelo de este lugar.
—Haré lo que ordenéis, mi señora —Evander se detiene. Asiente con los labios estirados—. Pero, permitidme una sola recomendación…
—Adelante, cancilier —afirmo.
—Vuestro amor hacia Twig es admirable, verdaderamente único, pero muy peligroso —aprieta los labios. Su barbilla vibra por un gesto de tristeza—. Vuestra intención de salvarlo puede traer la muerte a los dos.
—Decidme algo, cancilier Tons —miro al suelo un instante para tomar aire—. Si Twig permanece en este palacio, ¿seréis vos quien interceda por su vida cuando el rey lo tenga entre sus manos?
—Os prometo que daría mi vida por mantenerlo a salvo —Evander asiente como si eso fuera suficiente.
—No tenéis permitido intentarlo, cancilier —aprieto los labios—. Si Twig permanece aquí, vos tendríais que dormir despierto, porque de fallarme y dejarlo morir… —niego—. Os aseguro que no encontraríais hueco entre las tierras de Órianth ni barcos sobre el mar, que pudiera ocultaros de mi ira.
—Si nos descubren, los guardias nos apresarán y moriremos ejecutados —el tono ajado del cancilier comienza a traicionarle y muestra su verdadero temor—. Librarme de vuestra ira no me librará de la muerte.
—Entonces, moriréis como cualquier cancilier y soldado que juró lealtad hacia Ravenbell desea, cumpliendo las palabras de honor que pronunció ante su corona —mantengo la frente en alto de forma autoritaria.
—Mi señora, mi mayor miedo no es mi propia muerte, sino la vuestra —asesta el cancilier con tono de ofensa—. Si os matan, el pueblo habrá perdido.
Me dirijo a la puerta mientras pierde el tiempo en dedicarme una reverencia.
Coloco la oreja sobre ella para escuchar con claridad qué hay detrás, pero no hay sonidos de metal danzante ni armas.
El cancilier llega. Su figura arrugada se transforma en cuestión de segundos en la de mi padre.
Hasta su regia y malvada mirada se ha instaurado en su mirada en esta ocasión.
—Recordad que sois el rey y yo vuestra princesa, debéis tratarme como él lo haría —le recuerdo antes de abandonar la celda.
Le ofrezco mi brazo para que lo vuelva insidioso entre sus dedos. Para que me arrastre por los pasillos sin piedad.
—Disculpadme, princesa, de ahora en adelante puede que lo que diga os ofenda —Evander acepta. Rodea mi antebrazo con fuerza.
—No es preciso que os disculpéis, cancilier Tons, deja de ofender después de milenios —sonrío.
Gira el pomo sin haberse detenido a comprobar si los pasillos están despejados de los sonoras ropajes de metal.
La seguridad que demuestra es la de un rey.
Sus piernas se separan con zancadas precipitadas en la urgencia del castigo.
La mano que se agita contra el aire se apoya en la espada que cuelga de su cadera.
Su capa pesada se eleva solemne tras él.
Arruga el ceño. Hunde la mirada tal y como mi padre haría cuando siente relámpagos de rabia.
Sus uñas se clavaron en mi brazo cuando empezó a arrastrarme por las curvas de los pasillos que conducen al exterior de las mazmorras, pero exagera su actuación frente a los prisioneros que observan sujetos a los barrotes de hierro oxidado.
Intento sortear la prisa con la que me arrastra para no caer al subir las escaleras, pero no lo consigo.
Apenas tengo tiempo de apoyar la mano en el escalón.
El cancilier me levanta de una sacudida ágil, une mi espalda contra las rocas mientras de su boca se escapan amenazas, improperios.
Sus gotas de saliva se vuelven tan testigo de lo que sucede, como quiénes todavía se muestran curiosos.
Sus dedos envuelven mi nuca, me empuja hacia delante.
Subo los escalones acatando su pedido. Su mirada se vuelve suplicante de perdón en el hueco íntimo de la salida, justo antes de transformarla de nuevo en la de una bestia desalmada que se vuelve violenta bajo los rayos de sol que bañan el patio.
—Una vez que accedamos al pasillo principal, no podemos desviarnos de él —murmulla Evander.
—A los guardias no les sorprenderá que mi padre quiera arrastrarme hasta la sala del trono, y menos, tras haberme mantenido encerrada —repaso mi camisa sucia con la mirada.
—No me preocupa la dirección que deseáis tomar, pero sí, que Twig no se encuentre en ese lugar —declara Evander al acentuar una mueca de desprecio mientras habla en un hilo de voz.
—Twig estará donde pueda encontrarme, estoy segura —mi respiración se acelera nerviosa al ver el pasillo cerca.
Evander se resigna tras un suspiro que a mis oídos suena como gloria.
Levanta el polvo del suelo del patio al ver como la puerta de acceso se acerca.
La luz del sol ha perdido sus tonos vivos, y los cálidos y amarillentos indican que ha pasado el mediodía.
Todavía veo los mismos trabajadores en sus puestos, aunque esta vez solo se escucha el repiqueteo de la rutina al verme sucia y destruida en manos de mi padre.
Tal vez, estén sorprendidos por verme con vida.
Cada uno de los guardias que encontramos en el camino se desvive en una reverencia ahora que camino con la autoridad.
Mi corazón comienza a temblar al verlos.
Solo consigue calmarse cuando, al pasar, recuerdo que Evander no lleva su túnica ni su apariencia.
Todavía rompe la calma conmigo por el pasillo.
No hace falta entrar en puntos recónditos y perdidos ni en salas secretas, Twig está a solo tres pasos de la puerta del patio con las manos unidas sobre sus labios.
Sus ojos se abren al girar y toparse con mi presurosa figura.
Me preparo para impedir que sus brazos me reciban a pesar de que es lo que más deseo.
—No puedo aceptar ese abrazo, mi querido Twig, hacerlo ahora nos impediría salir de este palacio —mis manos se estiran frente a él mientras las palabras se me escapan entre dientes.
—Mi amada princesa —Twig llena sus ojos de lágrimas.
—Yo estoy bien —sonrío. Mis pupilas bailan sobre su cuerpo libre de heridas—. ¿Tú estás bien?
—Os veo, me habláis, mi corazón aun late —confirma Twig tras colocar la mano sobre su pecho.
—Twig —contemplo el alrededor de reojo antes de dar un paso hacia él—. ¿Sabes qué me ha hecho salir de esas mazmorras?
—Lo sé, mi señora —su tímida sonrisa es capaz de alimentarme el alma sin que él pueda sentirlo—. Pero…
—Detesto lo que viene detrás de un pero… —su insistencia me hace suspirar.
—Marcharme con vos es poner vuestra vida en peligro —asiente. Da un leve paso hacia mis manos—. Eso mismo le dije al príncipe cuando vino a buscarme.
—No dejaré de venir aquí mientras tú estés —mis manos se mueven impulsivas hacia las suyas.
—Debéis salvaguardar vuestra vida, ir sin mí es la única opción para escapar de aquí —besa mis manos.
—Que vengas conmigo ahora la única opción posible —sacudo la cabeza en un gesto de confusión al ver su seguridad—. Sólo tú puedes salvarme a mí.
Al eco de mis anhelos más profundos siendo revelados, la armadura de un guardia con el ceño fruncido a través del yelmo me hace carraspear para guardar silencio.
Se inclina. Su lanza emite un sonido ligero.
Se detiene frente al cancilier ataviado con la cara del rey y ladea el cuello para observar mi apariencia.
—¿Está todo bien, mi señor? —pregunta el guardia.
—¿Quién sois, acaso, para participar en mis asuntos sin previa invitación? —brama el cancilier con el tono autoritario de mi padre—. Solo tengo bastardos inútiles por guardias…
—Pensé que habíais ordenado apresar a la princesa en las mazmorras —el soldado baja la barbilla.
—¿Debo informarte cuando cambie mis órdenes? —exclama Evander con el puño amenazante y en alto.
—Jamás, mi amado señor. Solo deseaba serviros —se inclina el guardia.
—El día que necesite un perro, te llamaré —declara el cancilier tras un carraspeo—. Fuera de mi vista.
—A sus órdenes, su majestad —la frente del guardia se estira según se inclina.
Su lanza se detiene para colocarse recta antes de terminar la reverencia.
Sus párpados se separan al encontrarse de nuevo con el cancilier.
Tuerzo el cuello para comprobar qué es eso que ha conseguido llamar su atención tanto, como para incumplir una inclinación a su rey.
La figura de mi padre oscila por segundos sobre la del cancilier.
Las barbas canas de su majestad desparecen y dejan lugar al abundante pelaje castaño de Evander.
La corona se coloca sobre su melena otra vez.
Las puntas vibran antes de que la magia se evapore y la cuerda de la cintura sustituye al cinturón con espada. El collar deja de hacer su trabajo.
Los deseos del cancilier no han sido suficientes para mantener la figura del rey sin que la magia se rompa. Ahora, somos objetivo de cada uno de los guardias del pasillo.
Empujo a Evander con fuerza para apartarlo del frente del soldado.
Estiro el brazo para atraer luz de una de las antorchas tras él.
Guardo la respiración para concentrarme en mover los dedos y formar una flecha.
Desdoblo el codo y utilizo una pupila para analizar la garganta del guardia, lanzo cuando encuentro su centro.
Se deshace en pequeñas llamas al atravesarla.
Cae. Sus rodillas tocan el suelo, pero no pienso apiadarme de su alma en este momento.
Volteo buscando luz con ambas manos. La moldero para dar forma a un par de lanzas que sostengo entre los dedos mientras decido a quién debo enviárselas.
Si las utilizo para atacar los extremos, defenderme con las dagas de los que ocupan el centro será fácil.
La punta ígnea de la lanza estalla al golpear la pared tras rozar el yelmo de uno de ellos. Desaparece en motas abrasadoras. Convoco a la luz. Moldeo una flecha para lanzarla al que está al otro extremo porque es el más rápido, aunque los demás no se mueven con lentitud.
—Salid de aquí —ordeno a Twig y Evander en un bramido. Atraigo nuevas partículas de otra antorcha—. No os debo recordar que no es momento para rebatirme indicaciones.