Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 43. El filo de un corazón roto. #8
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43. El filo de un corazón roto. #8

—La princesa es vuestra prometida, mi señor cancilier —asiente el guardia con actitud reverente—. Todos fuimos testigos del anuncio del compromiso.

—Bien, Prescon. Qué ágil y acertado, no lo esperaba —Tien señala al guardia con el dedo en un par de ocasiones—. ¿Nos recordarías que quiere decir eso?

—Debéis reprenderle como cabeza de su honra —indica presto el guardia.

—Maravilloso —Tien celebra su obediencia—. Dile a mi lacayo que esta noche os lleve a una de las nuevas esclavas al cuarto, lo mereces.

—Gracias, mi señor —asiente Prescon antes de recuperar la postura.

—Vamos, sujetad sus piernas —el hijo del cancilier se aparta los pantalones.

Antes de pestañear, las metálicas manos de Prescon y el otro guardia envuelven mis piernas. Encajan la piel de los muslos entre las partes móviles de la armadura. Tiro de los grilletes cuando siento como esos mordiscos me arrancan la carne, un lamento me abandona el cuerpo.

Como premio a su obediencia, Tien les dedica una sonrisa de agradecimiento.

Ahora estoy tal y como él deseaba verme, sometida ante él.

Ante su deseo de dominarme como otras veces, no de quererme ni anhelar mi compañía entre sus brazos.

Aparto el rostro cuando su mano se eleva para acariciarlo.

Me castiga aferrándose a otro lugar. Sus dedos se clavan en uno de mis hombros cuando ya nada podría separarlo de mí.

Entonces se deja llevar por el desprecio para adentrarse en mí con tanta violencia como destilan sus pupilas.

Es tan evidente la inquina que le hace embestirme, como la dicha que le dan las lágrimas que ahora protegen mis recuerdos.

Él no se entristece al ver como sucumbo al llanto.

Sus manos no se estremecen al ver mi cuerpo luchar por apartarse a pesar de que los guardias me corten con el metal de sus dedos…

Ni siquiera se agita cuando ve como los guardias observan la escena con el mismo placer que siente. Y eso me repugna aún más.

—Decid —Tien se arquea entre jadeos. Apoya la mano en la pared—. ¿Qué diría tu príncipe si estuviese aquí? ¿Crees que le divertiría?

Acomodo la mirada en un lejano punto de la sala en el que todavía puede verse el reflejo de la luz sobre la arena de las paredes.

Me concentro en el brillo mientras el tiempo pasa y todo termina.

Aunque esa tierra haya estado oculta observando torturas durante milenios, cuando los rayos de sol la tocan, las aristas irregulares de los granos muestran su perfección. Su naturaleza no pudo cambiar.

Tampoco la de las rocas oscuras. Ese negro es mucho más intenso si es tocado por el sol.

Ni de las sombras de las manos del hijo del cancilier acariciándome bajo la tela húmeda y sucia de lo único que me cubre.

Su maldad se vuelve más peligrosa que nunca.

Arquea los dedos, la yema de sus dedos se hunde en la piel de mis mejillas.

Voltea mi rostro para que lo mire a los ojos.

Contengo el aliento cuando me golpea al ver que pongo resistencia.

Mis ojos ceden a sus deseos, aunque mis lágrimas caen.

Vibran por el odio que ha convertido mi virtud en ruinas cuando se deslizan en una caricia lenta hacia el pecho.

Carraspeo. Tomo impulso para lanzarle un escupitajo al centro de la cara.

—¡Eres una maldita...! —Tien levanta el brazo para golpearme la cara.

—Querido —la voz plácida y serena de mi padre al fondo le hace abrir sus ojos—. Veo que estáis entretenido.

Tien se detiene de inmediato. Los guardias dejan caer mis piernas al suelo por el que contengo un quejido.

Se inclinan en una reverencia ante el rey mientras él se recoge las intimidades entre los ropajes para dedicarle una reverencia.

Mi padre entra cabeza en alto y mirada analizante.

Contempla con las comisuras estiradas hacia abajo el hueco que la profesora Emer hizo en la pared al atraer los rayos, y estira la boca en un gesto de suficiencia cuando sus ojos me encuentra desaliñada y herida.

Aparte de encadenada. Sus cejas se alzan en un segundo.

Esta vez, hay algo en su mirada que le brilla diferente, he mirado a esos ojos demasiadas veces como para no darme cuenta de ello.

Hay algo que no esperaba sentir al verlo.

Esa arruga a un lado del entrecejo como si quisiera compadecerse…

—Su majestad —Tien termina de ajustarse los pantalones.

—Tómate el tiempo que necesites, chico —resopla mi padre con cierto sarcasmo.

—¿Ocurre algo? —Tien se apresura a abrocharse el cinturón. Contempla el trayecto de su majestad mientras tanto.

Como si lo que sucedía no fuese suficiente motivo para que el rey nos visitase…

—Recibí las quejas de la profesora Emer —asiente mi padre. Sujeta sus manos a la espada al llegar junto a él—. Vine a comprobar que todo continúa como lo hemos planeado.

—Podéis comprobarlo, mi señor —una sutil sonrisa aparece en sus labios.

El rey camina. Sus pies se mueven uno delante del otro para unirse a Tien.

—¿Dónde se encuentra Thaloriel? —el rey examina el alrededor con el semblante lleno de sospecha.

—Yo decidí que se marchase —Tien aprieta la mandíbula con angustia—. Estos guardias fueron suficientes para manejas a la princesa.

—Me alegra —mi padre sonríe convencido—. No sería bueno para tu reputación como nuevo príncipe que haya demasiados testigos de tus fantasías…

El rey adelanta el pie según me observa de reojo.

—El pueblo podría descubrirlo —le advierte su majestad.

—Mi señor, yo… —Tien separa los labios confuso.

—¿Por ventura te asustas? —ríe mi padre. Me señala con poca gana—. ¿Crees que me importa lo que le suceda?

—Lo único que me importa es complaceros, majestad —Tien asiente en una muestra de respeto.

—Lo has hecho bien —el rey golpea su hombro en un gesto amable—. Tan solo deseo hablar con esta ramera antes de que se la folle toda la guardia.

El sonido de los guardias tragando saliva es lo único que se escucha tras sus decorosas palabras.

Hasta la mandíbula de Tien se ha vencido a esa afirmación.

Su boca se tuerce con desagrado, pero aún sigue siendo un cobarde y no se atrevería a rebatir una de sus órdenes. Incluso si él es quién las da.

—Vamos —exclama mi padre. Deja caer las botas negras y pesadas contra la tierra al dar pasos hacia mí—. Marchas hasta que recibáis nuevas órdenes.

—Majestad —Tien al fin le rinde una reverencia.

Mujeres…

Chasquea los dedos a los guardias y señala su armadura y la capa mojada sobre el suelo para que la recojan antes de abandonar la sala.

Él camina hacia el exterior de la celda, nadie encadena sus pecados.

Lo siguen como si fuera digno de ello. Toma el pomo de forma súbita y la hoja de madera de la puerta tiembla por el estruendo que hace al cerrarse.

El rey me acoge junto a la intimidad. También el silencio. Su forma de reaccionar no parece propia de mi padre, si él pudiera tenerme humillada y desprestigiada por Tien frente a él… Ladea la capa con suavidad.

—Disculpadme, princesa —la voz de su majestad se vuelve áspera hasta toser—. ¿Os encontráis bien?

—Esa es una actitud que mi padre jamás tomaría —sonrío de forma genuina al ver cómo me dedica una reverencia—. Pero admito que tu interpretación fue fantástica, cancilier.

—Gracias, alteza —la imagen de Evander aparece cuando aparta el collar de su cuello.

—¿Viste a Lynn? ¿Está bien? —me apuro a preguntarle mientras lo pone a recaudo entre sus ropas—. ¿Y Twig? ¿Viste A Twig después de abandonase las mazmorras?

—Lynn acató vuestra orden y vuela a Bhulkahdur como le ordenasteis —Evander toma los grilletes que me amarran a la pared—. Y Twig… —guarda silencio—. Abandonó la sala del trono poco antes de que yo tomase la apariencia del rey.

—Lo que dices me devuelve la respiración —mis ojos se bañan.

Descargo el peso de los brazos sobre el resto del cuerpo ahora que por fin están libres.

—Debemos salir de aquí cuánto antes —advierte Evander—. Elegí venir en este momento porque vi al rey retirarse a sus aposentos, pero no sé cuánto tiempo permanecerá ahí.

—¿Cuántos guardias visteis en el pasillo? —acaricio los brazos al sentirlos libre. Mi labio superior se eleva en una queja silenciosa.

—Iréis en la compañía de vuestro padre, princesa, no necesitáis preocuparos por eso —asegura el cancilier mientras desvía la mirada a las rocas húmedas del suelo.

—¿Quién más fue testigo de cómo mi padre se retiraba a sus aposentos? —arrugo el entrecejo al observar su gesto. Me inclino hacia delante para comprobar si se encuentra bien. —¿Cancilier Evander?

—Nadie, mi señora, yo esperé lo suficiente para asegurarme de ello —afirma. Se humedece los labios.

—No creo que podáis prestarme vuestra ayuda, si apenas podéis mirarme a la cara —sacudo la cabeza en un gesto de negativa.

—Estáis… —carraspea.

—¿En paños menores? —elevo las cejas. Aparto los brazos para mostrarme—. Si esto os incomoda, tendréis que lanzaros al agua por ese agujero para buscar mi ropa.

—No puedo sacaros del palacio sin que nada os cubra esa camisa mojada que lleváis. Vuestro cuerpo se transparenta y es indecente —insiste el cancilier.

Despacio, mis pupilas viajan sobre su cuerpo.

Lleva una túnica blanca preciosa, hasta puso de complemento ese cinturón de cuerdas que lo ciñe.

Si me la pusiera sobraría tela en cada hueco que debiera ajustarse, pero estoy segura de que calmaría su vergüenza y no tengo dudas de que me cubriría más de lo que llevo ahora encima.

Al menos, la tela se sentiría más confortable y agradable estando seca.

Tan solo encuentro un problema, tal vez el cancilier Evander no esté de acuerdo en la idea de intercambiar ropajes.

—Salvo esto que llevo, lo único que puede cubrirme la decencia es lo que lleváis sobre vos —sonrío—. ¿Estáis dispuesto a pasearos por palacio con una camisa raída de prisionera?

—Si ese es vuestro deseo, su majestad… —proclama Evander balbuceante.

—Mi único deseo es abandonar este lugar —por un momento, hasta la nostalgia se siente más dolorosa que reconfortante.

—Debemos salir por las mazmorras —el cancilier sacude el cuerpo obediente.

—Esa opción solo será posible si Twig se encuentra en las mazmorras esperándonos —mis ojos se sacuden sobre los suyos.

—Él no tiene permitido bajar mientras vos os encontréis aquí, y a vos no pueden veros arriba —trata de tomarme.