Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 43. El filo de un corazón roto. #7
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43. El filo de un corazón roto. #7

Tira del lino con fuerza para que quede ajustado entre sus dientes.

Un nudo en la nuca le hace guardar silencio, pero no es lo único que lo hace callar.

—¡Guardias! —asevera Tien con mirada desdeñosa.

Mientras la hoja de la puerta cede a su llamado colérico, se inclina con ligereza sobre él.

—Te preparé una hermosa habitación —Tien sonríe—. Tiene velas y olorosas flores para que disfrutes de la noche con mi princesa —sacude las cejas—. No te preocupes, nadie os molestará.

Thaloriel se acoge al llanto entrecortado como deseo final cuando las manos de los guardias se posan sobre sus ropas.

No sé por qué pensó que su destino sería diferente.

Él conoce tan bien como yo la forma en la que los palacios se sostienen.

La loba solo observa a Tien. Contiene el movimiento hasta que el hijo del cancilier asiente, entonces sus patas se yerguen para obedecer.

Ellos se desvanecen mientras el hijo del cancilier concentra en la esquina en la que me encuentro.

Sus labios no esbozan mueca alguna, pero contemplas las cadenas que me vuelven indefensa ante él debe causarle una sensación de regocijo que no volveré gloriosa con lágrimas y silencios.

—¿Por qué lo hiciste? —a pesar del asco que siento por Thaloriel, su presencia me genera más repulsión.

—Ha sido divertido —Tien ríe. Dedica una mirada rápida a la puerta—. ¿Me dirás que sientes piedad por ese viejo zorro?

—Has tenido el trono entre tus manos —entrecierro los ojos sobre su sonrisa.

—Me negaba a hacerlo, pero comenzaré a considerarte ingenua tras esa afirmación —una risotada apenas perceptible abandona su cuerpo—. Ser el padre de Eseo no me acerca a la corona.

—Un hijo de primera sangre gobernaría, un cancilier daría las órdenes en la sombra —mi sonrisa brota en un golpe de certeza—. ¿Acaso no es así como funcionó el trono de Eryas desde su creación?

—¿Y crees que quiero vivir como mi padre? —niega. Apoya la mano sobre una espada nueva sujeta a su cadera—. No viviré a la sombra de una corona. No me conformaré con gobernar susurrándole al rey.

—Entonces solo puedes tomar el trono y revelarte contra mi padre —estiro los labios en una mueca de pesar fingido.

—¿Por qué me arriesgaría a ser apresado por traición? —envuelve la empuñadura de la espada para sacudirla.

El agua se desliza con más soltura sobre sus botas que bajo los pies de los guardias. Aparta la capa al llegar a mi altura. Desciende hasta que sus ojos están a la altura de los míos.

—Ahora que tú has llegado —el hijo del cancilier estira el dedo para elevarme el mentón—. Conseguiré ese trono celebrando nuestro esperado compromiso, querida.

—Una vez te dije que preferiría la muerte, antes que aceptar ese compromiso —mi mirada cae sobre la suya.

—No lo recordaba —ríe. Hunde la punta de su dedo en mi barbilla—. Pero ahora que lo mencionas de vuelta, cambiaré mi decisión y te complaceré.

—Yo nunca te necesité para complacerme —sacudo la cabeza para apartarla de su mano.

—Estarás vigilada, princesa. Te encadenaré hasta que llegue la fecha del enlace —Tien aprieta los dientes a pesar de que su mandíbula marca una sonrisa.

—¿Y cuándo llegue y debas soltarme de aquí, cómo lograrás retener mi furia? —afilo la mirada. Sonrío.

—En la noche de bodas te traeré aquí —musita. Sus ojos brillan al contemplar el lugar—. Beberé vino. Traeré guardias para que te torturen —destellan con más fuerza al llegar a mí—. Y antes de llegar al éxtasis, ordenaré que te arrebaten la vida para terminar de celebrar que soy el nuevo rey.

—Ruega porque las almas del palacio que aún se apiadan de mí no se pongan en tu contra —trago saliva, pero eso vuelve a mi sonrisa más dura.

—Y fuera del reino… —Tien se inclina hacia delante de forma leve—. El rey y yo estamos impacientes por recibir a tu amado príncipe.

—Él no vendrá —entonces me inclino hacia él.

—Pero que alma tan pura e inocente tienes —Tien arruga la nariz en una mueca de ternura. Se incorpora—. Ya sabemos que Lugh y el despreciable de Twig lo ayudaban.

—¿Lugh? —alzo la mirada de inmediato.

—La pobreza de su sesera delata su procedencia. Es tan estúpido que estaba convencido de que solo vigilábamos a Twig —se cruza de brazos.

—Sé que él no hará nada —no quiero ni parpadear para que no dude de mis palabras.

—Desde luego que no —arquea las cejas de forma fugaz—. Interceptamos los espías brujos escondidos en los barriles en cuanto llegaron al muelle del palacio. Requisamos las cajas que contenían el fuego sellado por la magia…

Sus brazos se separan. Un gran suspiro abandona su pecho.

—He de reconocer que solo sospeché porque la pintura de los barriles estaba fresca —Tien chasquea la lengua—. El escudo del reino de Rhysartyr en la misiva que acompañaba la carga parecía real. Nadie pensó que esa ofrenda de paz fuera en realidad una declaración de guerra.

—No tengo idea de nada de lo que mencionas —aparto la mirada confundida.

—Es una lástima que inicies una guerra solo para ser la zorra de un brujo, en vez de la mía —estira los labios en una mueca de molestia—. Él te trata como lo que eres, una mujer.

—Me asquea darte la razón en lo último que afirmas, pero… —una inspiración profunda calma el fuego de dentro—. La diferencia entre vosotros no está en la corona, sino en una verdad que solo yo conozco.

—Tú nunca dices la verdad —espeta Tien con un alivio que casi duele—. Eres una mentirosa.

—Solo yo sé que tu hombría no es ni la mitad que la suya —creo que hasta mi mirada evoca lo que me corre por dentro—. Supongo que, por eso, solo necesité verlo.

—Si es un hombre como dices, vendrá. No te dejará aquí —voltea hasta que su mirada herida desaparece.

—No es un hombre por blandir una espada contra mis enemigos. Nunca necesité uno que lo hiciera para sobrevivir —niego.

Apoyo la cabeza sobre la pared por su inocencia. Por el recuerdo del príncipe.

—Él es un hombre porque cualquiera de sus pensamientos es más ilustre cuando sueña, que uno de los tuyos cuando tus párpados están separados al sol —asiento.

—Y, sin embargo, soy yo quién tiene a su princesa —declara el hijo del cancilier al lanzarse a pasear por el alrededor.

—Yo soy prisionera de mi padre, no tuya, y solo estoy aquí porque yo me dejé apresar —no puedo evitar reír—. Yo tengo más gallardía que tú.

—Sin embargo, recuerdo haberme perdido entre tus piernas porque eres una mujer y no uno de los soldados del palacio —Tien dibuja media sonrisa.

—Si nos dejamos guiar por esa condenada obsesión de unir agallas y verga, la guardia de Eryas estaría repleta de hombres con armadura y peluca —rodeo con fuerza las cadenas que envuelven mis manos para tirar de ella.

—Reconoce que tu estadía con los brujos te ha vuelto un tanto soez —pero él sonríe deleitado.

Él no puede imaginarse cuánto disfruto yo.

—¿Deseáis que me acoja al protocolo? —elevo las cejas en un golpe de sarcasmo.

Estiro las comisuras en una sonrisa de satisfacción.

—Está bien —asiento.

Le dedico una reverencia.

—Mi señor —me aclaro la garganta y afino la voz de princesa—. ¿Cómo habría de llamaros a vos, que no tenéis ni agallas, ni verga?

Su ceño ya no se arruga por placer. Sus ojos han convertido en la antesala del mezquino deseo de demostrar porqué su poder le hace hombre.

Usará su nuevo título y espada para respaldarse en él, lo sé.

No niego que siempre fue atractivo, más, con su nueva capa de señor de las tierras de nadie que le ha cedido mi padre.

Pero cada paso que da lo recude a un ser feo y malnacido que anhelo alejar lo más rápido posible.

Mi pecho late enfurecido al ver como mi sufrimiento cada vez vuelve más vasto la veneración que siente hacia el trono. O mejor dicho, hacia él mismo.

Si no fuera porque me han encadenado a estos malditos eslabones que controlan mi albedrío, no esperaría ni un segundo para que mi poder actuase.

Haría desaparecer ese despreciable encanto con una flecha de luz.

Tenerlo presente, regodeándose… es como verlo dos lunas atrás.

Es volver al olor de las ruinas de Néferien, a la espada de Godrick atravesando el torso del príncipe.

—Yo también me acogeré al protocolo, princesa —el hijo del cancilier dibuja una sonrisa temblequeante.

—No encontrarás palabra que pueda ofenderme —dejo caer la cabeza bajo una sonrisa—. Mi querido padre ya pronunció todas.

—No usaré palabras, mi querida princesa —sacude la tela pesada que cae de sus hombros para apartarla.

—¿Crees que tus acciones cambiarán lo que pienso sobre ti? —contemplo esa sonrisa malévola que ha dibujo al dejarla caer—. Insistes en demostrarme que mi razón es la única.

—Nunca me ha importado lo que pensases sobre mí, Eladriel —sus dedos se concentran en desatar el cinturón según camina—. Pero eso es algo que ambos sabemos desde hace mucho tiempo.

—Si así hubiera sido, no estaría frente a ti —me obligo a callar por un segundo—. Es una lástima que no hayas tomado en serio mis avisos.

—¿Cortarás mi cuello? ¿O esperas que lo haga uno de esos brujos a los que proteges? —eleva la cabeza con aire desafiante cuando el cuero entre sus dedos cede y se separa.

—Aprendí que mis manos matan con más fiereza, que cualquier espada de la que envainas —mi voz se tensa ante sus intenciones—. Por eso no me dejas usarlas.

—En ese caso, veamos que hacen vuestras manos mientras os muestro que no son mis ropas ni mi espada, ni siquiera mi presencia, lo que me hace un hombre frente a ti —promete Tien.

Aparta las tiras de cuero que aseguran su peto metálico al cuerpo. Lo deja descansar sobre el lecho acuoso del suelo.

—Sujetad sus piernas —dictamina el hijo del cancilier con un movimiento firme de pupilas.

Solo golpean sus lanzas.

—Si te atreves a… —la aversión feroz me toma la garganta—. Si rompes el último pilar que sustenta mi moral, quebrarás mucho más que el odio que siento hacia ti.

Y no miento. No es una amenaza de princesa brava. Hace tiempo que siento que el odio no tiene significado al lado de lo que siento por él.

—Tengo el permiso de su majestad, de las leyes y de los dioses —Tien arrastra las pupilas repletas de condescendencia hacia uno de los guardias a mi costado—. ¿Qué pensáis vos sobre lo que digo?