43. El filo de un corazón roto. #6
—Veo que podéis manteneos en pie —Thaloriel coloca las manos sobre mi cintura—. Pero Tien dijo que esperaba encontraros de rodillas.
—Volved a encadenarme a este palo si esos son sus propósitos —estiro la espada para que me suelte.
—No deseo eso, mi señora. Sin embargo… —sus yemas se funden en mi piel con más fuerza—. ¿Qué sucederá conmigo cuando no os encuentre todo lo débil que esperaba?
—¿Acaso intentáis proponerme algo? —detengo mi intentos torpes de alejarme. Le dedico una mirada de desprecio.
—No sé si debería confiar en vos —pero arruga su frente como si eso mismo fuera una sugerencia.
—Habla de una maldita vez —vocifero impacientada por su tacto y el dolor.
—El entrenador me aseguró que la recompensa por mis buenas acciones a la corona sería sublime —sus dedos me recorren en una caricia lenta—. Tendría como premio a su princesa.
Sus labios se abren en una sonrisa con la que me muestra los dientes.
—Podríamos solucionar el asunto entre nosotros si hacéis una oferta mayor —una risa sutil se escapa de entre ellos.
Su aliento se funde alrededor de mi cuello.
—No me agrada la idea de que otras manos os toquen el mismo día que lo haré yo —murmulla Thaloriel.
—¿Y qué sugieres cómo solución? —me tenso entre sus dedos.
—Podéis entregaros a mí de forma voluntaria ahora y ser libre antes de que llegue el hijo del cancilier —su frente se tensa—. O esperar a que el joven Tien y sus siervos abusen de vos después de que yo haya encontrado mi placer.
—Debéis delirar si esperáis que acepte eso —el propio asco que me produce me da el impulso para apartarme.
—Estáis sedienta de hombre entonces —desliza la lengua por su labio inferior mientras el mío se arruga despreciante—. Tal vez no debería esperar. Me uniré a las intenciones del señor Mémberin.
—No os preocupéis, mi señor, yo os guardaré el secreto sobre vuestras fantasías —esbozo una sonrisa tensa que frunce mi nariz.
—¿Mi secreto? —me dedica una mirada confusa.
—Los dos sabemos que, esa, es la única excusa que habéis encontrado para rodeado de hombres desnudos sin que se note vuestra vehemencia con tocarlos —elevo con burla la comisura izquierda.
—¡Cállate, zorra! —ruge esa bestia con túnica ahora que rompe el protocolo—. Recoge tus harapos y guarda silencio si deseas conservar el cuello.
Me agacho a recoger la camisa cuando los guardias ya se aproximan hacia mí.
Sacudo la tierra fina de la tela mojada, la aprieto entre mis manos por retirar el exceso de agua…
Los hilos líquidos esmeralda como el color de musgo caen.
El chasquido de los dedos de Thaloriel autoriza a los soldados a recoger la ropa que no he tomado del suelo.
Uno de ellos se abalanza sobre mí ahora que trataba de cubrirme, el otro entrega mis vestiduras al lago por ese hueco que abrieron los rayos de Emer.
El guardia me hace caer. Ni siquiera mi quejido perturba su trayectoria enfocada en los grilletes de la pared. Me arrastra como si fuese liviana.
—Brael. Avisa al hijo del cancilier de que la princesa ya está lista —anuncia Thaloriel.
—Sí, señor —asiente el guardia.
Su lanza golpea el fondo cuando atraviesa la fina capa de agua que cubre el suelo.
—Lemzo. Cubre la boca de la princesa —Thaloriel aprieta la mandíbula—. Así aprenderá que las mujeres solo deben hablar si tienen permiso para hacerlo.
Sigo el hilo de los números en el tiempo ahora que vuelvo a estar presa.
Observo la postura rígida de los soldados a pesar desde que me ataron a los muros.
Sujetan la lanza. Hace tiempo que han dejado de prestar atención a los paseos de alegre impaciencia del purificador alrededor de la estancia.
No sé qué esperan encontrar al detener la mirada sobre la puerta.
Parece que Thaloriel también le causa curiosidad.
En algunas ocasiones voltea y analiza los revestimientos de la madera solo por encontrar qué es lo interesante.
Se balancea de forma delicada sobre sus pies.
Recupera la marcha tras unos segundos de silencio.
Sus labios se agitan en un discurso silencioso que apoya con aspavientos de sus manos en el aire.
La hoja de la puerta toma distancia del marco sin previo aviso.
Golpea sin clemencia la pared. Las botas pesadas de Tien cruzan hacia las sombras y dejan atrás la luz del pasillo.
Sus pisotones preceden a los de Brael y otro soldados que lo acompañan.
Exhala complacido. Coloca las manos en la cadera y extiende una sonrisa al recorrer el lugar.
Aparta la capa para doblarse en una reverencia cuando me encuentra encadenada cerca de una esquina.
—Seguid mis instrucciones —indica Tien a los guardias. Ladea la cabeza para señalar la salida—. Solo el rey tiene permitida la entrada a este lugar a partir de ahora.
—A sus órdenes —Brael y el otro guardia se inclinan al unísono.
Cierran la puerta en un rugido seco. Es asombroso. Me resulta difícil de creer que hubiese un tiempo donde la compañía de este inepto con ínfulas de guerrero me resultase acogedora.
—Querido Thaloriel, os felicito —Tien separa los brazos. Camina hacia él—. ¿Hace mucho tiempo que esperáis por mí?
—Solo el tiempo necesario, joven Mémberin —Thaloriel le dedica una reverencia. Sus ojos apenas se ven por la sonrisa emocionada que le dedica.
—Maravilloso —ríe Tien—. No debe hacerse esperar a una princesa.
—No creo que pueda oponer resistencia, señor —la mano del purificador viaja despacio hasta quedar abierta frente a mí.
Y el semblante de Tien cambia. Él sonríe, sí, pero deja que el aire se le escape pesado. Su frente cae hacia delante.
—Confieso que admiro que esté en silencio, pero… —el hijo del cancilier solo levanta las pupilas para mirarlo—. ¿Quién eres tú para aplicarle castigos sin recibir una orden?
—Mi señor, vos disteis órdenes… —la mano del purificador cae. Ha sido vencida por el miedo al hijo del cancilier.
—Dices que me equivoco, entonces —la frente de Tien se arruga en un gesto de reproche. Deja caer las botas con fuerza al adelantar el pie.
—Jamás, cancilier Mémberin –Thaloriel dobla la espalda para rendirle pleitesía—. Disculpadme.
¿Cancilier Mémberin?
—Vamos —un paso más acerca a Tien con el purificador—. Ordena a tu guardia que retire la tela de su boca y la traiga aquí.
Thaloriel se acoge a su derecho a la negación.
Aunque solo sea por demostrarle por un segundo que tiene más poder que miedo.
Pero, hasta su guardia es consciente de que, bajo sus pantalones, sus calzones ya no están limpio.
Asiente. Se voltea con las cejas fruncidas por la molestia para espetar una mirada fina al soldado.
—Uriol —enuncia Thaloriel. Le ofrece él la mirada de desprecio que no puede ofrecerle a Tien—. Retira la mordaza de la princesa y tráela.
La tela entre mis labios cede cuando el guardia desata el nudo. Se acerca con celeridad hacia Tien para entregárselo. Le dedica una reverencia al nuevo cancilier antes de ofrecérselo.
—Arrodíllate —ordena Tien tras dar media vuelta hacia el purificador.
—¿Qué haréis, mi querido cancilier? —los nervios cortan la voz de Thaloriel.
—Desconocía que debo darte explicaciones antes de ejecutar mis órdenes —Tien estira la tela entre sus manos según hace desaparecer la distancia entre ellos.
—No merezco castigo, mi señor. Cumplí todas vuestras peticiones con lealtad, lo juro —aun con las piernas oscilando en sus ínfulas de valentía, insiste en proclamar su inocencia.
—¿Castigarte? —una sonrisa rompe el gesto de autoridad del hijo del cancilier—. ¿Quién ha dicho que os castigaré?
Tien apoya con suavidad la punta de los dedos sobre el hombro del purificador. Lento, Thaloriel sigue sus indicaciones y se arrodilla.
—Voy a darte aquello que te prometí —asiente Tien sonriente.
—Perdonadme, mi señor, pero no logro comprenderlo —Thaloriel sacude las pupilas sobre él.
—Pediste una noche con mi princesa a cambio de tu lealtad, ¿no es cierto? —Tien dibuja una sonrisa traviesa mientras me señala.
—Así es —afirma Thaloriel.
—Te prometí que si cumplías con mis pedidos, te permitiría tener entre tus brazos a mi princesa —confiesa Tien.
Detiene los pies a un par de pasos de las rodillas del purificador.
—¡Guardias! —clama Tien—. ¡Traed a mi princesa!
—¿Mi señor? —Thaloriel alza la cabeza en un segundo.
El aullido de un lobo eriza la piel del purificador.
Tien ni siquiera pestañea. Por una vez agradezco que su don para entrenar animales y esa infinita imaginación para torturar ejecuten la justicia.
El animal camina hasta detenerse a su lado.
Estira las fauces sacudiendo la nariz. Si no fuera porque el hijo del cancilier se ha inclinado para sujetar la cuerda que rodea el cuello del animal…
Y solo con soltarla habrá tomado la decisión de terminar con su vida.
—Te presento a princesa, una de las lobas más fuertes y feroces de la camada. Siempre está conmigo —Tien hunde los dedos entre el pelaje denso y claro del animal—. Es mi princesa.
Princesa se disputa su autoridad mostrándole los colmillos. Se lame el hocico. Reprimo una sonrisa al ver como la garganta del purificador se mueve porque el miedo no le cabe en el cuerpo .
—¿Acaso pensaste que dejaría que un súbdito lleno de mierda como tú, tocase lo que es mío? —Tien chasque la lengua con pesar—. Esta es la única princesa a la que un sirviente como tú puedes aspirar.
—Siempre fui leal a la corona, mi señor —las manos del purificador se unen en un gesto de súplica.
Le pide por su vida como si Tien fuera un dios que pudiera salvarlo, y no aquel que desea destruirlo.
—No lo hagáis, por favor —solloza Thaloriel.
Y su castigo es que no tiene compasión.
—¿Vas a volverte en su contra a las puertas de la muerte? —Tien le dedica una mirada de injuria.
—Jamás traicionaría a su majestad —Thaloriel agacha la cabeza preso de su honor.
—Entonces cállate —Tien deja caer los puños con ira—. Cumple mis órdenes o no me quedará más remedio que rajar tu garganta para inclinarte.
—¿Cuál será mi destino, cancilier? —inquiere el purificador.
Bajo un gesto del hijo del cancilier, la tela se estira.
Se coloca tras el purificador en silencio.
Sé que a Tien no le interesa en lo absoluto el respeto y la obediencia que acaba de ofrecerle, incluso si la mirada del purificador está sobre el suelo.