43. El filo de un corazón roto. #5
Esquivo el metal de las manos del guardia antes de que pueda rozarme la piel.
Camino hacia el poste. Me siguen hasta que comprueban que, en efecto, aprieto la madera astillada contra el pecho.
Elevo los brazos. El frío de las cadenas rodea mis brazos, estiro las piernas para que me apresen los tobillos.
Arqueo el abdomen al sentir las puntas finas clavándose en él cuando tiran de los eslabones para ajustarlos.
Thaloriel camina. Recoge agujas largas de acero de luna de la superficie de una roca prominente.
Desdobla los codos para examinarla. La mueve contra la luz, entrecierra los ojos al examinar si tiene la rectitud necesaria. Sonríe.
A veces, subestimo al rey. Los dioses nos cedieron esos punzones para los entrenamientos de viento…
Las mueve con soltura entre sus manos antes colocarse a mis espaldas. Me estremezco al ver como el guardia se aparta. Toma un lugar junto al guardia que sostiene en alto la barbilla de Twig para que no se le desvanezcan los detalles.
Siento el tacto delicado de la piel recorriendo las imperfecciones de mi espalda.
Thaloriel hunde la punta del dedo en algunos puntos, busca con insistencia el hueco indicado para clavar el primer pincho afilado.
Se detiene en el centro. Presiona en un par de ocasiones mientras chasquea la lengua.
Envuelve mi cadera. Me curva la espalda.
Coloca la yema en el mismo punto que hace un instante hasta que la sensación se vuelve un martirio.
Siento como esa punta gruesa desgarra mi garganta en un grito.
—No temáis —chista Thaloriel. Se inclina con ligereza sobre mi oído—. Solo quedan tres.
Cierro los ojos con fuerza. Me rindo a la obligación de no pestañear para encontrar la oscuridad que siempre me ha sostenido.
Apoyo el hombro en el palo para descansar la tensión del cuerpo ahora que mi estómago lucha por no darse la vuelta.
Se regocija en su propio desprecio. El tiempo corre cuando yo solo deseo que inserte la siguiente aguja y que esto termine.
El ardor del dolor alcanza cualquier parte de mi cuerpo, el sudor frío recorre mi frente al aferrarme a la madera.
Dejo escapar el aliento. Las lágrimas.
Un momento de vacío intensifica el sonido de mis agónicos suspiros.
El aire se queda suspendido entre mis dientes al escuchar como el ruido de alrededor se transforma en un agudo murmullo.
Thaloriel sacude la aguja hacia los lados.
Una lágrima escarlata debe recorrer mi espalda ahora que arqueo la espalda al sentir que la siguiente se hunde cerca.
Dos golpes más que casi unen mis rodillas al suelo.
—Me parece una buena profundidad —manifiesta el purificador—. Está bien sujeta entre los huesos de la columna y resistirá los impactos de los rayos.
Zarandea cada una de ella hasta quedar conforme con sus palabras.
—No comprendo qué hicisteis para que el rey ordenase este castigo, princesa —Emer se acomoda su tono nervioso de voz.
—No os perdáis en tibiezas, profesora, debéis comprender por qué estoy aquí —mi voz tiembla en un hilo fino—. Y en por qué no me arrepiento de esta condena.
Emer adelanta el pie. Escucho un suspiro de resignación elegante antes de que el aire comience a silbar como lo hace entre los dedos de mi padre.
Cojo aire. Separo los párpados para saber qué sucederá ahora.
Veo como el polvo comienza a transformarse en pequeños torbellinos que saltan curiosos por la estancia.
La luz natural se marcha. Deja paso a la oscuridad propia de un día nublado.
El agua del lago ruge en el exterior cuando el aire que se filtra por las uniones de las rocas se une a ese sonido estremecedor.
Un destello claro atraviesa las duras rocas tratando de encontrar destino en mi espalda.
Ejerzo resistencia sobre mis pestañas cuando están dispuestos a otorgar intimidad a mi sufrimiento.
Concentro toda la energía que me queda en mantenerme despierta.
Abandoné el control sobre el resto del cuerpo a la electricidad del rayo solo porque tengo el objetico de que no llegue al corazón.
Fijo los pies al suelo. Este plasma no es como el de la luz de mi poder.
Vaga por mi sangre, inhibe mis acciones y controla lo que toca con intenciones de sacudirme por dentro.
Un soldado empuña la espalda en espera de que mis alas emerjan.
—Estoy obligada a enviar rayos hasta que mostréis las alas —vocifera Emer en medio del estruendo de la tormenta.
La escucho, pero me derrotaría responderle.
—¡Eladriel! —brama la profesora por mi silencio.
—Lucharé por mis alas hasta que mi cuerpo no resista —aprieto el abdomen para poder gritar.
Dos rayos cruzan la sala. El tercero impacta con más fuerza y su fuego congela mi pecho. Dejo escapar el aire al recibir una nueva onda, me recorre por dentro.
Separo los labios para tomar aliento. Me vuelve la conciencia.
Por un segundo, percibía como mi corazón se movía débil entre la tempestad.
Emer se prepara para otro doloroso golpe de luz.
Este rompe el cielo, hace que la arenisca de la tierra se sacuda ante su propósito. Romperá la pared como lo hará conmigo.
Me abandono ante él. Me consagro solo en la mirada de Twig cuando mis alas nacen a pesar de que les ordeno que se detengan.
Ellas tienen miedo de no poder verlo nunca más.
Sus ojos se llenan de vacío. Escucho el sonido del metal afilado deslizándose por la vaina mientras observo al guardia sacudir los brazos, arruga los labios a través del casco de hierro…
Las sombras de sus movimientos se acercan rápidas.
Puedo sentir como el bisel de la espada choca contra las cadenas de mis tobillos.
Mis alas caen mientras Twig y yo nos sostenemos.
No importa cuándo pueda lacerarme el dolor de percibir el sonido que hacen al golpear el suelo.
Ni la sangre que brote de mis nuevas heridas.
El rey espera que arrebatármelas sea suficiente, pero olvidó que hay alas que él nunca podrá cortar, y esas todavía pueden tomar venganza.
Las brujas también pueden surcar los cielos.
Pero ha olvidado que hay alas que él nunca podrá cortar, y esas todavía pueden tomar venganza. Las brujas también pueden surcar los cielos.
—Marchaos —dispone Thaloriel con postura elegante—. El joven Mémberin indicó que se ocuparía de su prometida una vez se hubiese ejecutado la orden del rey.
Deslizo el cuello estirando los labios por el dolor en la base rota mis alas. Este despreciable hada siervo de mala ley es capaz de abrir la tierra y entregarme al dios de bajo mundo con sus propias manos si así se cobrase su venganza.
—¿Se cedieron a sus deseos? —Emer eleva su vestido para adelantar la pierna con soltura.
—¿Quién es este humilde siervo del reino para contradecir al rey? —Thaloriel arquea una ceja al convertir a la profesora en el objetivo de su mirada de reojo.
—Se castigó a la princesa por los crímenes confesados —la profesora sacude la cabeza confundida al llegar a mi altura.
—Su majestad estableció un juicio privado para la princesa y el joven entrenador —el purificador solo sujeta sus manos a la altura del abdomen.
—No hay juicios privados en Eryas, mi señor —Emer posa la mano sobre mi hombro. Ladea la pierna para acercarse a mí.
—Marchad a recordárselo a nuestro señor —Thaloriel se desliza por el suelo con esa túnica como si apenas caminara—. Seguro que se apresura a tomar en cuenta las sugerencias de una mujerzuela con ínfulas de sabia.
—La princesa no es una acusada cualquiera —las ropas de Emer se estiran por cubrirme las vergüenzas—. Es vuestra princesa.
—Juré lealtad al reino de las hadas y ella es la ramera de un brujo —Thaloriel voltea con una calma que inquieta más que un rayo atravesando los muros—. La piedad de nuestro señor al no entregarla a los dioses por su pecado es digna de admirar.
—¿Desde cuándo, en el reino al que guardas lealtad, el hijo de un cancilier enjuicia este tipo de pecados? —la voz de la profesora abandona imponente su cuerpo—. El rey ya estableció su sentencia suprema.
—¿Os debo recordar vuestra ley? —brama Thaloriel.
Sus movimientos armoniosos se transforman en pasos desordenados que consiguen hacer vibrar a mi estómago. Se acerca demasiado a la profesora.
—Las normas de Eryas son claras, profesora —la cercanía del purificador apenas permite que Emer pueda reaccionar—. Si una mujer incumple las normas de matrimonio y familia, su prometido tiene derecho a establecer un castigo.
Sonríe sobre el rostro de la profesora.
—Como su prometido, el entrenador debe castigar su falta de fe —Thaloriel expande los párpados por dejarle caer una mirada insidiosa.
—Iré a buscar a su majestad —la profesora da un paso hacia atrás. Me dedica una última mirada—. Ordenará que os apresen.
Emer deja caer los brazos con firmeza sobre la tela de su traje para levantarlo con firmeza. Chapotea por las zancadas apresuradas hasta la puerta.
—Profesora Emer —enuncia el purificador mientras observa cómo se aleja—. Que lacayo os acompañe y cumpla con lo que le ordenaron.
La profesora detiene sus pasos. Su melena se sacude con fuerza al dedicar una mirada colérica sobre el hombro a este ser despreciable que mi padre protege.
Si él supiese como hierve mi fuego. Si vuelve a decirle lacayo…
Mi aliento solo se ve aliviado al ver como Twig recupera la libertad.
Confío en que Emer diga la verdad al rey e impida que lo dañen ahora no hay culpas sobre él.
Pero la intimad que acoge su salida me sobrecoge. Incluso apresado, su presencia era lo único que le daba sentido a que estuviese en este lugar. Thaloriel se reúne a un lado con los guardias. Apenas unos susurros después, hasta las espadas han despertado para convertirme en el centro de su atención.
—Vuestro don con la luz es más fiero de lo que esperaba, mi señora —Thaloriel sujeta las manos en su espalda mientras se aleja de ellos.
Me muerdo el labio inferior para desahogar el dolor de esos pinchos abandonando mi espalda.
Mis brazos caen pesados al verse liberados de esas cadenas.
Ese guardia que fin a mi prisión se aclara la garganta al doblar las rodillas para retirar la de mis tobillos.
Hace rato que aparta la mirada de los restos de astillas adheridos a mi cuerpo.
Ahora que han conseguido dañarme, me dedican una reverencia mientras me sujeto al poste para no caer.