Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 43. El filo de un corazón roto. #4
92%

43. El filo de un corazón roto. #4

—Os daría las gracias por terminar de mi vida si eso no fuera a aliviar vuestra consciencia —trato de tomar aire.

—¡Guardias! —brama el rey.

Me lanza contra la pared de un golpe seco.

—¡Cortad sus alas! —mi padre vocifera. Me señala.

—¡Nunca! —exclamo tras el ataque de tos por su caricia a mi cuello—. Eso no…

—Las brujas no tienen alas, princesa —sacude la capa para alejarse hacia la puerta.

—No permitiré que lo hagan —me apoyo contra la pared para levantarme—. No las mostraré.

Sus intenciones se tuercen. Muestra sus impolutas botas marrones al estirar las piernas para acercarse a un guardia de la estancia. Sé que me hará pagar por cada una de las afrentas que le hice.

—Llevadla ante Thaloriel. Utiliza la tortura de la tormenta hasta que despliegue las alas —el labio superior de mi padre labio oscila en medio de una sonrisa—. Y si cede y las muestra, arrancádselas.

—Siempre para serviros, majestad —el guardia se inclina presto.

—Alteza… —Twig gime desde la esquina.

—Asegúrate de que ese abominable engendro vea todo y usadlo como testigo de la justicia —asevera el rey tras apuntar con el dedo en su dirección—. Castigadlo por sus crímenes.

Twig calla. Se resigna solo porque mi mirada le suplica que lo haga.

Un par de guardias se apresuran a llegar a la puerta antes de que lo haga mi padre.

Se inclinan. Le ceden el paso. El sonido de estos grilletes es tan parecido al recuerdo que tengo de ese purificador…

Me desencadenan solo para después apresarme con más fiereza.

Un guardia me apoya los brazos contra la espalda.

Me hace caminar sobre la roca polvorienta del pasillo.

Mi cuerpo se destensa solo cuando traen a Twig tras de mí, recupero el aliento apenas lo veo.

Pestañeo para recuperar visión cuando la luz pesada de las antorchas incide sobre mis ojos después de horas en la oscuridad.

Me esfuerzo por no ladear el cuello. Solo me concentro en esa puerta abierta al fondo para no ver a los prisioneros encerrados en esas jaulas de metal.

La boca de mi estómago se agita ante la nueva estancia.

Thaloriel enarca una mirada autoritaria sujetándose las manos al frente.

Aguarda de pie ante la pica de madera y astillas dolorosas de mi último visita.

—¿Princesa Eladriel? —la voz de la profesora Emer me sobrecoge.

Dirijo una mirada a mis espaldas a pesar de que las manos del guardia me sostienen con firmeza.

—Profesora Emer… —dibujo una leve sonrisa.

Mis pies chapotean en el agua que cubre el suelo cuando el guardia tira de mí hacia el interior.

La humedad me recorre. Se hace dueña de mis respiraciones al caminar al centro.

Dedico una mirada escondida a Twig a través del rabillo del ojo.

Una de esas pesadillas que han estado acechándome por noches se ha convertido en una asfixiante realidad al verlo aquí conmigo.

La profesora sujeta su traje con cuidado para no mancharlo. Arruga el entrecejo al pasar junto a Twig. Puedo escuchar cómo se aclara la garganta al llegar al lado del purificador.

—Tengo una petición que haceros, profesora Emer —detengo las pupilas sobre su mirada compasiva.

—Os imaginaba muy lejos de estas tierras… —Emer deja caer las telas mientras su mandíbula se balancea asombrada.

—Lo estaba —lucho contra ese suspiro que quiere tomar mi pecho.

—Estoy ansiosa por escuchar esa petición —estira la mano para dar paso a lo que tengo que decir.

—Quiero recibir el castigo que se haya decretado para Twig —la quietud de mis pensamientos roza lo antinatural en este momento.

—Eso no es posible, Eladriel —Emer inclina la cabeza en un gesto suave.

—Lo es —afirmo sin mudar postura—. Ese es mi derecho como acusada que confiesa su delito contra el fuero.

—¿Lo hicisteis? —arquea las cejas con desconcierto.

—Me declaro culpable de todos los crímenes de los que se me acusan. Asumo en responsabilidad y como única culpable todos aquellos de los que se acusó a Twig —ladeo la mirada hacia Thaloriel—. Él solo cubría mis faltas.

El purificador estira los labios. Sonríe. Deja caer la barbilla en un gesto de aceptación.

—Seréis condenada por sus pecados, pero las órdenes del rey se cumplirán —la mirada fría de Thaloriel se pierdo adelanta el pie.

—¿Se le castigará? —mis brazos se tensan entre las manos del guardia.

—Nada hizo para merecerlo según vuestra confesión —Thaloriel deja atrás a la profesora. Sujeta sus manos a la espalda.

—Si no se le impondrá penitencia, no debería estar aquí —deslizo las pupilas sobre sus pasos.

—Su majestad lo nombró testigo de la justicia, mi señora —arruga la barbilla en un gesto de compasión fingida—. ¿Cómo podrá comunicar al pueblo que os condenaron, si no está presente durante la condena?

Ojalá la presencia de Twig solo fuese un anhelo, un delirio.

Él me contempla como si la mía le resultase pesada.

Como si esa última pregunta en el cenador pesase sobre su conciencia.

Suena a que, verme, ha sido peor que mi ausencia.

A que la necesidad que siente mi corazón de él, nunca ha sido correspondida con la misma lealtad.

Mi alma se quiebra al sentir que mis pensamientos se han escapado a sus ojos.

Al entender que, quizás lo que hay en mi mente ahora no sea solo producto del miedo…

—Siempre os querré, mi pequeña princesa Eladriel —Twig se sacude entre los brazos de metal.

—¿Te despides? —mi aliento se detiene. Mis piernas ruegan por correr hacia él.

—Quería decíroslo. Quería que lo escuchaseis antes de tener que arrodillarme frente a vuestro cuerpo —se entrega al llanto. Sus hombros caen—. Antes de caer a vuestro lado.

—No van a hacerte daño, Twig —lucho contra el suelo para acortar nuestras distancias—. Nadie va a castigarte, confía en mí.

—Me matarán, mi amada princesa —solloza—. Lo harán cuando arrebaten los latidos de vuestro corazón de mis manos —sacude la cabeza—. El mío no tendrá propósitos para continuar haciéndolo.

Solo puedo pensar en salvar su esencia. Comprendo que lo único que no puedo hacer en esta estancia es dejar de latir. No ahora que sé que su vida depende de la mía.

—Entonces coge aliento, Twig —detengo mis sacudidas para confesar entre jadeos—. No apartes la mirada porque va a hacernos más fuerte que nunca —busco su mirada entre las lágrimas—. Vas a testificar como mi corazón se blinda para resistir por salvarte.

—Basta de palabrería —Thaloriel aparece a un costado para colarse entre nosotros—. Y más, cuando se trata de algo que no podéis asegurar, princesa.

Se hace dueño del aire que respiro. La punta de sus dedos recoge las cuerdas que aseguran mi corpiño. Desata las de la camisa. Eleva deleitosa una comisura. Expande la mirada al ver como el nudo al tirar de él.

—Os tranquilizará saber que me place volver a teneros cerca —Thaloriel deja caer mi corpiño—. No os guardo rencor.

—¿Os place ver sufrir a mujeres bajo el tacto de vuestras inmundas manos de villano con ínfulas de brujo? —pierdo la mirada al sentir el tacto de sus manos sobre mis costillas.

—Absoluto éxtasis —sus dedos se deslizan despacio por el cuerpo hasta acariciar el filo de la mandíbula—. Pero no es eso lo que me satisface de teneros aquí.

—¿Será cierto? —analizo el alrededor—. ¿Es que me habéis traído en esta ocasión para que os asee vuestra sala de torturas a falta de las esclavas que liberé?

—Me resulta admirar que todavía os animéis a hacer chanzas —ríe el purificador—. Imagino que debisteis reíros mucho cuando el hijo del cancilier os salvó de mi amenazas y las quedó vacías.

—Apenas podía respirar… —empujo al guardia que me sostiene hacia atrás cuando su respiración comienza a sentirse cerca.

—El rey me castigó por desobedecer sus órdenes —Thaloriel estira el rostro en una mueca airada y resentida—. Al joven solo le lanzó un par de proclamas intimidantes.

—Es encomiable que os hagáis vencedor sin saber con seguridad quién de los dos logrará sobrevivir en esta ocasión —estiro los labios tensos para regalarse una sonrisa.

—¿Deseáis averiguar por qué estoy tan complacido? —baja los dedos hasta acariciar las marcas que mi padre dejó alrededor de mi cuello.

—Estoy obligada a escucharlo —me esfuerzo por no borrar la sonrisa de la cara con tal de no alimentar su deleite.

—Esta vez nadie vendrá a cubriros con mantas cuando estéis bajo mi poder —susurra. Su sonrisa deja un desque apestoso.

Sus párpados ceden al reposo tras ceder al pecado.

Toma aire de mi alrededor como si pudiera darle el poder de llamarme suya.

Deja escapar un suspiro de deleite cerca de la clavícula.

Deshace con soltura el lazo que asegura mis pantalones, me golpea los tobillos para que le ayude a desvestirme.

Thaloriel dedica una mirada fugaz al guardia que me sostiene.

El soldado se aleja. Un gorgojeo sale de ese agujero parlante de la cara del purificador al retroceder con el cuello estirado a las vistas completas de mi desnudez.

—¿Cederéis? —la mirada de Thaloriel se pierde en partes que no debe—. ¿O preferís que yo mismo os lleve a la pica?

—Vuestra avanzada edad os pondría en aprietos si os cansáis demasiado —desvío la mirada hacia el palo de madera—. No le temo a ese palo.

—Las astillas son suaves en comparación con las agujas —este maldito purificador se ha aprendido hasta la sonrisa pérfida que esboza mi padre.

—Deberíais acogeros al consejo que me disteis antes y guardar silencio —la inquina consigue deformarme el semblante—. Más, cuando se trata de algo que no podéis asegurar.

—¿No estáis de acuerdo conmigo? —una arruga toma su ceño—. Los rayos las atravesarán hasta llegar a tu columna.

—Hay actos que duelen más que mil tormentas recorriendo los huesos —el brillo de mis ojos se vuelve tan peligroso como esas agujas que menciona.

—Bah… —deja caer la mano hacia delante con despotismo—. Esas sensiblerías siempre han diferenciado a hombres valientes de mujeres cobardes —sonríe—. A los que viven, de los que mueren.

—Me has castigado como princesa —endurezco la garganta—. Como mujer… —elevo la frente—. Pero todavía no has encontrado un pensamiento envuelto en tortura que sea capaz de castigar mi conciencia.

—Guardia —anuncia el purificador con gesto de aburrimiento—. Encadenadla.