Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 43. El filo de un corazón roto. #3
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43. El filo de un corazón roto. #3

—Tu visita dejará expuestos a todos los que te ayudan y protegen. Será más sencillo apresarlos y castigarlos ahora —el rey aparta la capa alrededor de la espada para mostrármela.

Chasquea los dedos en medio del silencio.

Los guardias realizan una silenciosa reverencia a su orden.

Uno de ellos tira del pomo para separar la hoja del marco.

El otro se abalanza sobre Twig. Lo alza en el aire apenas rodea sus brazos, lo arrastra a una esquina de la celda.

Mi espalda se tensa al ver como lo encaden a pesar de que opone resistencia.

Apresan sus brazos. Uno de ellos sujeta sus pies con bravura solo por detener las patadas que lanza al aire con el gesto arrugado por la ira. Levanta el brazo metálico de forma impune. Deja caer el puño sobre su cara sin piedad.

Mi pecho se vuelve dominante de mi poder.

Se calienta y sube. Y antes de que haya bajado, el guardia eleva el brazo de nuevo para apretar los dedos chirriantes.

Le propina otro golpe. Mi amado Twig lanza un quejido mientras doy pasos hacia él.

La lanza de un guardia se coloca delante para impedirme el paso.

Separo las fosas nasales al propinarle una mirada de desprecio según trato de continuar.

—¡Guardias! —exclama el rey.

Deja caer el brazo hacia delante para señalarme.

—Apresadla —indica mi padre con voz de justicia.

—Mi señor —el soldado que sostiene la lanza titubea.

—Si no eres capaz de seguir mis órdenes, no me sirves para nada —brama el rey recogiendo el puño.

El aire del calabozo silba cuando las pupilas de mi padre se tornan blancas.

El viento se mueve entre sus dedos como si fueran hilos de nube que moldear.

Esculpe una lanza. Se vuelve rígida cuando su mano envuelve presta y segura el asta.

Dobla el codo. Coloca la punta helada sobre la frente del soldado, también su mirada fría.

Su majestuosidad con el don del viento aún sigue causando temor en la mirada de sus súbditos.

Hasta de los que poseen armas con las que defenderse.

—Mi señor —otro de los guardias golpea la lanza contra el suelo—. Yo lo haré.

El poder del rey se desvanece en segundos.

Copos de nieve caen sobre el suelo rocoso mientras el viento se escapa como el humo de una chimenea en la mañana.

Deja una amplia sonrisa al pasar por su rostro.

Retrocede. Vigila a ese soldado que prometió cumplir sus indicaciones, asiente para recordarle que no debe tardar en comenzar.

Debería creer lo que ha visto. Puede que su cabeza ruede por las piedras antes de que piense una excusa con la que utilizar su arma.

Sus ojos cargados de culpa se mueven con agilidad sobre mis manos cuando le muestro los brazos para que los tome. No opongo resistencia si pretende colocarme junto a Twig. El rey piensa que encadenarme será suficiente para evitar que suponga un peligro, pero mi poder no se puede apresar y lo sabe.

—Puedo ordenar que Thaloriel venga para que inhiba tu don si es necesario —mi padre se despeja la frente como gesto de advertencia—. Todos los habitantes de Eryas, incluso si pertenecen a mi sangre, reciben un castigo por sus malas acciones.

—No cometí agravio alguno —rebato su afirmación sin que mi tono de voz tiemble. Mantengo su mirada desdeñosa.

—Eres más cínica, que puta —espeta el rey con las pupilas tan frías como cuando amenazaba al guardia—. Debería llevarte ante los dioses y no ser benevolente. Ellos te recordarían todos esos crímenes por los que mereces ser castigada.

—Deberías hacerlo, padre —tuerzo los labios en un gesto de orgullo. Sonrío—. Si esperáis que me redima ante vuestra ley, solo conseguiréis que os zumben los oídos por el soponcio del disgusto.

—Me pagarás por pecar antes de entregarte. Por haber arrastrado mi honor con ellos —se acerca en un par de trancos. Sacude la lengua furioso—. Has matado a mi heredero…

—Me alegra saber que sois capaz de preocuparos por hijos ajenos con mayor intensidad que a los vuestros propios —arrugo la nariz en memoria a Ilas.

Lo recorro con la mirada velada por el rencor que me envenena hace siglos.

—Al menos, esa pequeña criatura no perdió la vida por tus sombras —el amargor me escala la garganta.

—Lo buscas. Me desafías —el rey entrecierra su ojo izquierdo. Yergue el rostro—. Deseas que te dé muerte desde que puedes sentir la luz entre los dedos.

—Yo lo protegía. Trataba de evitar que su alma nos abandonase —el miedo de tenerlo cerca ya no pesa más que el remordimiento—. Y protegisteis a esa bestia hijo del cancilier.

—El cancilier… —asiente. Mi padre me muestra los dientes—. Siempre tuvo razón. Estás dispuesta a destruir tu moral solo por conseguir mi querido trono.

Alarga los dedos hasta que rozan mi hombro.

Hunde en él la punta de sus dedos. Camina y me arroja con fiereza contra las punzantes rocas del muro.

Sus rugosidades laceran menos la piel de mi espalda, que esa curvatura de malicia que tiene dibujada en la cara al ver que mi pelo acaricia las prominencias de las piedras.

Querido. Solo le escuché mencionar esa palabra cuando acompañaba nombre de mi madre.

Qué curiosa forma de dirigirse a la reina.

Creo que ella nunca se sintió tan preciada como ese trono bajo las caricias de mi padre. Y yo tampoco.

—No. No quise un trono —mi tono de seguridad se tambalea solo por un momento—. Mi alma necesitaba comprender por qué me amabais menos que a ese condenado asiento.

Arruga el entrecejo mientras los guardias me encadenan a la pared. Siguen sus indicaciones, pero él solo aparta la mirada. Se coloca de medio lado, como si necesitase alejarse de mí…

—Por eso decidí separarte de tu madre, repites las mismas estupideces que ella decía en su juventud —bufa el rey bajo un gesto de repugnancia.

—¿Qué ocurre, padre? —estiro los labios por la ira—. ¿Os asusta más confesarme la verdad de lo que sentís, que perder ese querido trono?

—Las mujeres no fueron creadas para ser amadas —sentencia.

No duda en mirarme para revelar por fin que oculta su sesera. O su alma.

—Sois seres frágiles de ánimo —mi padre estira la frente. Apoya la mano sobre su espada—. Vuestras voces traen desorden, pecáis… —inclina la cabeza a un lado—. Hay que guardaros e instruiros con firmeza para impedir que el mundo sucumba al mal.

—Os equivocáis, majestad —sonrío con más ímpetu que nunca—. Las manos del príncipe Bradosck fueron creadas para amarme.

Sus párpados se abren respondiendo a la furia. Contiene el aire como si hubiese ofendido a su propio honor al afirmar que delira. Lo haré desfallecer si continúo hablando…

—Vuestras palabras carecen de sentido cuando me siento entre ellas —afilo el surco de los labios con placer—. No sois nadie cuando empuño espadas y rechazo reverencias.

—Si lo has convertido a él en tu mayor recompensa, verlo morir cuando en tu búsqueda se convertirá en la mayor de mis victorias —mi padre carcajea. Uno de sus golpes de risa impacta de lleno contra mi cara.

—El ego de vuestro poder os cegó, padre —me inclino hacia delante hasta que las cadenas me impiden continuar—. Habéis perdido el juicio si pensáis que haréis conmigo lo mismo que hicisteis con Baron.

Los eslabones pesados me detienen a un palmo de mi padre. Tiene miedo. Nunca había podido contemplar el brillo de terror en sus ojos.

—¿Qué dijiste? —mi padre sisea. Su voz imponente desaparece.

—No seré el dragón, mi señor. No haréis al príncipe serpiente —envuelvo el hierro entre mis manos—. Yo no soy tan cobarde como Tien.

—¿Tú…? —vacila. Contempla perdido como el brío sostiene mis pupilas fijas sobre él—. ¿Tú qué sabes acerca de…?

—Fue Baron —irrumpo su cavilaciones perdidas con el mentón en alto—. Quiere mataros. Quiere que yo os corte la cabeza.

—No me equivoqué contigo, naciste torcida—sus pupilas se hunden odiosas sobre las mías—. Eres insidiosa y malévola.

—Entonces, querido padre, puede que siempre haya sido una bruja —mi sonrisa tiembla por mantenerse firme.

Sus ojos se opacan de ira al escuchar como desprecio pertenecer a su corona.

A su reino e incluso a mi propia raza. Él siempre pensó que los brujos eran criaturas despreciables.

Mascaba cortero ataviado con ropajes calientes mientras la chimenea le calentaba la tripa en los duros inviernos del pueblo, que las brujas utilizaban sus poderes para corromper el mundo.

La tierra. Reiteraba que sus hechizos podrían encandilar al hombre más fuerte hasta obligarlo a sucumbir a los deseos de Beliel.

Hasta que sus pecados fuesen tantos, que las profundidades lo rechazasen.

Cualquiera diría que roza, si quiera la experiencia con esos alegatos.

Mi padre siempre re refirió a ellos como repugnantes seres, paganos.

Criaturas que hay que eliminar antes de que nos gobiernen a todos.

Pero yo… Siempre pensé que su visión del mundo estaba errada.

Yo sabía que nada en ellos era digno de ser despreciado.

Nunca imaginé que sus magias fueran creadas con el fin de pudrir el mundo porque vi como sus poderes lo vuelven aún más hermoso.

Al menos, no el que mi padre creó a golpe de decreto y espada.

Me imaginaba a esas brujas que mencionaba valientes mientras observaba los trozos de cordero sobresalir de entre sus dientes.

Imaginaba que podrían derrotar ejércitos hada solo con una mirada profunda.

Después, los llevarían ante las reglas del dios del bajo mundo y nunca más cederían a los deseos de los dioses.

Los haría sus enemigos. Yo me refiero a esas criaturas como seres inteligentes y feroces que han convertido sus plegarias en decisiones propias.

Sería un honor para mí ser una de ellos.

—¿Ese es vuestro deseo? —la tela de la chaqueta del rey se infla sobre su pecho.

Sus dedos recorren sibilinos mi cuello. Su mano se aferra a él.

—¿Quieres ser una de esas impías y despreciables brujas? —mi padre deja escapar su agravio a través de un resoplido cercano a mi nariz.

—Ser una impía y despreciable bruja siempre será mejor que ser vuestra esclava —lucho por hablar. Incluso si su voluntad trata de impedirlo—. Aunque hagáis arder las hogueras en espera de esta que lleva vuestra sangre.

—Tomaré esas palabras como un deseo de última voluntad —sus dientes rechinan. Sus manos se cierran sobre mi garganta—. A partir de ahora serás una de ellos.