Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 43. El filo de un corazón roto. #2
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43. El filo de un corazón roto. #2

Pero que Eseo haya perdido el alma tan solo unas horas después de habérselo arrebatado a los padres de Maren me quebranta mi voz. Ellos murieron por protegerlo.

Entre lágrimas busco que Twig me afirme lo escuchado.

Me resigno a creerlo cuando asiente con la mirada bañada en desconsuelo.

Une sus dedos sobre el regazo. Trataría de contener la respiración solo por sentir algo, pero estoy convencida de que el aire se escaparía por cada una de las heridas que me han hecho.

—Yo no les di muerte —niego entre lamentos.

—Recibimos instrucciones de usar la fuerza en caso de que os negarais a cumplir las órdenes —el elfo continúa con su discurso protocolario.

—¿Quién la dictó? —me trago el último gemido.

—El rey Eliot, princesa —el guardia inclina la frente hacia delante en un gesto de afirmación.

Si alguien me hubiera dicho tiempo atrás que sentiría alivio al escuchar ese nombre… Prefiero enfrentar las órdenes de mi padre, que rebatir las del bastardo maldito hijo del cancilier.

—Llévame ante su presencia entonces —le ordeno al guardia.

Twig se levanta apenas pronuncio la instrucción.

—No, alteza —la mirada del guardia elfo vibra con cautela—. Debemos llevaros a una de las celdas.

—¿Una celda? —apoyo la mano sobre el hombro de Twig. Me dejo caer ligeramente.

—Así lo indicó su majestad —ese elfo ni siquiera pestañea ante el tortuoso destino al que quiere someterme—. Dijo que era un lugar preparado para su princesa.

Entre comodidades, las guerras no son por monedas ni mendrugos de pan.

Si eres privilegiado, las batallas son pinceladas de alma rota.

Ese es el coste de tener oro y heredar de él un nombre.

La tranquilidad que los pobres anhelan se convierte en el desasosiego de adinerados cuyo poder no les sacia.

Eso no puede calmarlos. Ellos solo encuentran consuelo si aquellos que ponen en duda su absoluta soberanía sufren.

En su voz si es para rendirles pleitesía, o su silencio si lo cuestionan.

En la capacidad de controlar sus mentes.

Se alimentan del deseo de acabar con todos los que desafían su potestad.

Ni qué decir de quiénes la reducen a ojos de los plebeyos.

Esos avivan sus profundos temores de pérdida de hombría o respeto.

El metal en forma de corona nunca me ha dado miedo, pero me aterran todos los que lo utilizan como arma.

Siempre supe que su filo era más peligroso que el de cualquier espada o daga lista para embestir.

Y lo sé porque el poder es el sustento de mi propio verdugo.

—Si esas son las órdenes de su majestad, las acataré —asiento como dicta el protocolo de princesa.

Caminamos rodeados. En silencio solo por disfrutar del crujir de las hojas secas del cenador del otoño.

Siempre pensé que esta era la estación favorita de la tierra.

Ella llama en susurros a las hojas de los árboles esperando escuchar todos los secretos del reino de las que fueron testigo.

El suelo se llena de ellas. Cada año les revela nuevas confidencias con ayuda del viento.

Sin embargo, están tristes y lloran por nosotros.

El lecho de Eryas se llenará de sangre y dejará de ser tan hermoso como ahora.

Entonces, el follaje vencido por el anhelo de conocimiento de este lugar, le cuenta que lo único que le calmará cuando todo esté destruido serán las caricias del lago.

—Lo siento, mi pequeña Eladriel —Twig deja escapar sollozos en bajo—. No pude avisaros de que esos guardias me vigilaban.

—Hubiera venido aun si lo supiese, Twig —susurro.

Doy un paso a la derecha para estrechar su mano.

—¿Acaso escucháis lo que afirmáis? —Twig abre los ojos al ver mi sonrisa.

Su tono despierta la atención de uno de los guardias. Aunque debe ser el único que siente compasión, porque aparta la mirada sin darle más importancia. Ni siquiera a nuestra cercanía.

—No voy a permitir que permanezcas aquí —aferro los dedos a su mano ahora que al fin puedo sentirlo—. No así. No cuando todos están en tu contra.

—Pedí vuestra comprensión, mi princesa —Twig clava la mirada en el frente como si pudiera evadir esta charla.

—No hay criaturas que te necesiten aquí. No hay nada que puedas hacer por los que decidieron permanecer bajo el gobierno del rey —le dedico una mirada crítica de reojo.

—Pero sí por aquellos que están obligados a hacerlo —me recuerda con una mirada de reproche.

—Y dime —elevo la barbilla. Mi voz se vuelve una piedra—. ¿Acaso ellos te salvarán cuando ese rey maldito intente alejarte de mí?

Su lengua hoy amaneció cansada. Murmura, pero decide que guardar silencio es más oportuno.

Quizás lo sea. Desliza los ojos la distancia que nos separa de la puerta principal, solo la eleva para contemplar a los centinelas mostrando respeto por mi presencia.

La formación de guardias se rompe antes de acceder.

Dos guardias elfos acceden en primer lugar, otro dos cubren nuestros flancos.

Un par de soldados de la guardia de las hadas camina tras nosotros espada en mano y alas desplegadas.

Cruzamos al patio principal. Las hadas de los talleres contemplan como recorremos la parte ancha del patio de armas.

Los herreros y mozos de cuadra de los pegasos han cesado el ruido con el martillo.

El ejército dejó de entrenar. Todos han sentido la necesidad de detener sus quehaceres para comprobar si es cierto que la que es llevada al calabozo es su princesa.

Esperarían mi llegada. Los golpes de metal vuelven a resultar estridentes tras comprobar que las puertas de las mazmorras se abren para darme la bienvenida.

—¿Tienes idea de qué sucederá conmigo ahora? —me aclaro la garganta.

Tal vez, no debí fijarme en esas caras sombrías que las tinieblas de las mazmorras dibujan sobre el rostro de esos guardias elfos.

—No poseo información sobre los planes de su majestad, mi señora —niega Twig—. Pero si los años que serví al rey me hicieron conocerlo bien, os aseguro que bajará a vuestra celda.

—Estoy acusada de traición a la corona, Twig —dejo escapar el aire con ironía—. Podría emitir una orden para cortar mi cuello y nadie haría preguntas.

—Si ese fuera el deseo del rey, no estaríais parada ahora —pestañes un par de veces para ocultar la verdad de sus pensamientos.

—Intentar escapar de una celda es más complicado que hacerlo de la sala del trono —los pensamientos me hacen apretar los labios cerca de los últimos escalones—. Si desea que esté aquí es porque mi libertad ha terminado.

—No os matará hasta que haya descargado la ira que siente hacia vos. Los dos conocemos su manera de proceder —me advierte Twig entre dientes—. Habrá torturas, dolor…

—No, Twig —contengo el aliento cuando los guardias nos detienen frente a una puerta—. Habrá venganza. El rey y yo lucharemos por ver quién se la cobra primero.

La oscuridad del estrecho pasillo nos rodea.

El picaporte gira entre los dedos del guardia.

No hay nada al otro lado de la puerta salvo una estancia vacía y en penumbras.

El aire está enmudecido en el interior, sombrío.

Solo cuento con una roca mohosa en la que puedo tomar asiento cuando me canse de vivir.

Los soldados se apartan de la puerta. La mano de Twig aprieta la mía a modo de despedida.

Su semblante tiembla al ver cómo la puerta se cierra para reducirme a la nada mientras contengo la sensación de distancia.

Se siente como un amor que se intensifica solo porque debe separarse.

Mis ojos luchan por adaptarse a la profunda negrura cuando el chasquido de la madera indica que mi detención es oficial.

Me dejo caer en el suelo. No lágrimas ni miedo que me paralice, solo las historias que imaginé en los ojos de Twig.

El astillado significado en estos tiempos de la palabra misericordia.

Dejo que mi don repose. Me entrego a las sombras en las que estuve por años porque debo enfrentarme a ellas.

No dejarán de buscarme si mi piel todavía está caliente, y se extenderán sobre todos los que están a mi lado para romperme hasta que desee convertirme en mi madre.

Hasta que estar encerrada como ella me parezca el mayor de los alivios.

Cuento números para contar el tiempo. Uno, dos…

Pasa demasiado lento sin rayos de sol que puedan mostrarme cuánto pasó desde que llegué aquí.

Lynn ya debe buscar al cancilier. Escuché pasos de armadura recorriendo el pasillo en ocasiones, aunque se alejaban antes de que pudieran sentirse cercanos.

Incluso soñé con que vinieran a esta celda.

A buscarme. Hace rato que vuelvo a escucharlos paseas tras la puerta.

Pero ahora… Sombras de escarpe han aparecido bajo el filo mientras el eco del pomo girando se cuela por las rendijas de la madera antigua.

Tuerzo el cuello hacia ese lugar con tanta rapidez como me levanto.

La intuición conquistando mi estómago me dobla en una reverencia para recibir a mi padre.

—Bienvenida, princesa —la voz imponente de mi padre retumba en mis sentidos.

—Padre —recupero la postura al recibir su aprobación a través de un movimiento ágil con la mano.

Dos guardias acceden y toman un lugar cercano a la puerta.

Entornan los párpados vigilantes. Él se desliza por el hueco que sus custodios le dejaron.

Su capa nunca se deslizó con tanta lentitud, ni tan amenazante.

Y sin embargo, esta vez no logra erizarme la piel esa forma en la que me mira.

Solo trago saliva al ver la sombra de Twig reflejándose en la claridad en compañía de dos soldados del rey.

—He de decir, que es una grata sorpresa encontrarte en el reino —el rey eleva la barbilla.

Descansa la mano sobre la empuñadura de la espada.

—¿Lo decís con certeza? —elevo una ceja irónica.

Me inclino hacia un lado. Recorro al conjunto de centinelas tras él.

—Cualquier criatura podría pensar que esperabais mi visita —carraspeo.

—Lo que causa mi asombro es que te hayas atrevido a venir —su comisura izquierda se eleva con picardía.

—No vine a entregarme, padre —elevo la frente incluso si siento que partes de mí no saben cómo dejar de temblar.

—Sé a lo que viniste. Incluso me siento agradecido por ello —desliza la lengua por el labio inferior. Parece resignado.

—¿Agradecerme algo? —elevo el labio inferior—. ¿Vos?

Aprieto los puños antes de dar un paso al frente de las sombras.

—Eso es peor que estar en esta celda —profiero ahora que me contempla solo a mí.