Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 43. El filo de un corazón roto.
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43. El filo de un corazón roto.

(Eladriel)

Los verdes de Eryas ondean más que nunca en el segundo mes de verano.

Pensé que no volvería a ver estos tonos.

Escuché el temible rugido del fuego y la muerte sobrevolando un reino, pero ahora…

La melodía de la risa de las hadas que corren por las orillas persiguiendo a su inocencia sabe a ensueño.

El sol incide sobre los campos de trigo que contemplaba desde el cuarto.

Calienta a los que practican el oficio de la recolección como en tantas ocasiones…

Me consume. No puede ser que solo se necesiten siete estatuas de piedra y nombrarlas frontera para que la percepción del mundo cambie.

Para ellos es un día más. Los niños corren sobre hierba fresca mientras juegan, no sobre ceniza.

Todavía pueden disfrutar del agua clara y fresca en la que refrescarse.

Y, sin embargo, las hadas son esclaves dentro de un paisaje de quimera. Simples siervos del rey. De esos deseos de gobernar destinos con mano inquina solo porque un trono le robó la cordura.

Mis labios se encuentran por el tímido suspiro de Lynn.

Trato de no hacer movimientos para que no descubra que escuché renegar antes de haber bajado la ladera.

Aparta algunas hojas. Las muy traviesas le dificultan la visión de los guardias vigilantes que recorren las orillas.

Ambas hemos guardado silencio desde que detuvimos el vuelo en este lugar, ninguna se ha atrevido a decir nada aún.

Puede que a ella también le impacte vivir con la muerte y encontrarlo más paraíso que esto que ven mis ojos.

—¿Estás segura de que deseas hacerlo? —a Lynn le temblequea la voz.

—No encontraré el momento correcto jamás, Lynn —trago saliva.

Esa pesadilla de anoche en la que Twig aparecía clamando al cielo…

—Ni siquiera tengo constancia de que Twig viva —mi pecho se encoje solo de pensarlo.

—De lo contrario, Lugh nos habría informado —posa su manos sobre mi antebrazo con suavidad. Llena su asustada voz de ternura—. Él conoce lo valioso que es para ti.

—Apenas me deja dormir la idea de su muerte —cierro la mano por el tacto de dulzura—. Mi conciencia me dictaría culpable por su partida el resto de la eternidad.

—Quizás esos no sean los planes de tu padre —Lynn curva los labios en una mueca de poca importancia—. Si no tuvo reparos en utilizarlo antes, no habría guardado cuidado ahora.

—Por eso debo entrar en el palacio. Tengo que pedirle que me acompañe antes de que se convierta en su objetivo —separo los ojos para hundir la mirada en ella.

—¿Crees que esta vez estará dispuesto a irse contigo? —sus pupilas atraviesan mis esperanzas.

—No esperaré a que acepte —tenso la mandíbula apenas devuelvo la mirada a las orillas.

—Sé que tus intenciones son buenas, puede que él lo desee con vehemencia, pero… —su tono se vuelve reflejo del pesar—. Es probable que no resista una huida como esta. Es mayor para eso.

—Usaré a Riexor para que no tenga que volar. Vendré a por él en otra ocasión —ladeo el cuello con urgencia. Endurezco el brillo en las pupilas—. No voy a dejar a mi padre aquí, Lynn.

—Eladriel —Lynn todavía se aferra al tono cariñoso—. ¿Cómo saldremos sin despertar la sospecha de los guardias si caminamos junto a Twig?

—¿Es que acaso crees que me acompañarás? —arrugo la frente con impaciencia.

—¿Cómo pretendes que pueda ayudarte? —tuerce el gesto y la amabilidad se transforma en indignación—. ¿Cómo sabré si algo sucede contigo?

—Me esperarás fuera del palacio —elevo las cejas en un gesto autoritario—. No ingresarás más allá de la pasarela, ¿me oyes?

—Eso no es lo que prometiste en Kioran —Lynn afila la voz para lanzarme un reproche.

—Dije que podrías ayudarme. Eso es lo más sensato que puedo ordenarte —endurezco la mirada.

—¿Qué sucederá si los guardias te atrapan? —se inclina hacia delante con párpados separados.

—Lynn —envuelvo sus brazos con las manos en un movimiento ágil—. ¿Quién podrá buscar ayuda si nos apresan a las dos?

—¡No sabré si necesitas ayuda! —toma mis brazos con la misma desesperación que yo tomé los suyos.

—Espérame —sentencio apresurada—. Solo espérame —asiento.

—Es una locura, Eladriel —niega Lynn.

—Busca ayuda si las campanas repican dos veces —le ordeno.

Busco apresura entre la camisa y el corpiño. Estoy segura de que lo tomé…

—Quiero que le pidas al cancilier Evander que use esto —coloco entre sus dedos un colgante—. Dile que es una orden de la princesa Eladriel y estará dispuesto.

—¿Qué es? —Lynn abre la mano. Toma el collar para verlo al detalle.

El príncipe Borin me entregó uno de los colgantes de la princesa enana la misma noche en la que llegué a su castillo.

Sé que fue con una intención. Nada más salir por la puerta del comedor, Serk se encontraba tras ella y lo recordé.

Su magia negra. Le conté sobre el collar, le pedí que guardara en él esa parte de las sombras que sucumben a los deseos.

Y me entregó el legado de la enana con más poder que nunca.

Puede que ella no regrese de entre los muertos, pero nunca se irá de entre los vivos. Luchará con nosotros en esta guerra hasta el final.

—Solo dile que tiene magia, que lo use —cierro su mano para que lo guarde con cuidado.

—Eso… —Lynn arruga el entrecejo.

—Sigue siendo una orden sensata, Lynn —arqueo las cejas.

—Pero tú podrías usar el colgante para acercarte a Twig —asesta Lynn impaciente por no ser escuchada.

—Twig no aceptará salir del palacio si no es conmigo —sentencio.

Lynn curva el ceño. Sus pecas se oscurecen como sucede cuando la angustia la domina.

Ella trata de que no lo perciba. Teme que comprenda, que está a punto de dar la razón a sus pensamientos más oscuros.

Está convencida de que este sol será el último que nos bañe.

Desde que abandonamos el reino de los enanos, no deja de repetir que no volveremos a salir del palacio si entramos.

—Si regresase a Kioran sin ti, cortarían mi cabeza —Lynn estira los labios como advertencia.

—Si dices que estoy aquí, Azohr vendrá. Eso les dará la victoria —inflo el pecho—. No dejaré que ellos ganen.

—Lo harán si te capturan —sus pupilas se sacuden sobre las mías.

—Nunca ganarán mientras haya quién luche por la libertad —me apoyo en el suelo para tomar impulso.

Despliego las alas. Es el momento perfecto ahora que los guardias se alejan hacia el otro lado de las orillas.

Me lanzo al vuelo tras ver como Lynn sonríe mientras se muerte el labio inferior.

Sonrío por sentir el aire sosteniéndome sin que ningún animal interceda por ello.

Me acerco a la muralla que rodea el palacio por la parte este de la hondonada para aprovecharme de los grandes árboles que crecen en el jardín.

Utilizo las ramas que sobresalen para ocultarme.

Guardo las alas. Echo mano a mis recuerdos de niña para escalar el áspero tronco para acceder con disimulo.

Camino sobre el cenador de la primavera.

Me aferro a los matorrales para llegar hasta el verano.

Los guardias caminan por la pasarela, saludan a los centinelas que custodian las verjas de entrada.

Entrecierro la vista a lo lejos. Sonrío al ver la librea morada, a Twig sentado en un barco cercano a la puerta de madera de la clase de historia en el otoño.

A pesar de que está absorto en ese libro que sujeta, está ahí.

Respira. Sus ropas siguen tan impolutas como siempre.

Mis curvas se amplían como en la infancia al contemplar las medias blancas cuidadas con mimo que siempre taparon sus pantorrillas delgadas.

Me deslizo hasta el cenador del verano. Hacia los parterres cercanos a la pasarela.

Y me detengo. Los guardias reinician la marcha, pero los centinelas han posado la mirada sobre el pasillo principal del jardín.

Tal vez, si el brillo de sus lanzas fuera más intenso…

Arqueo las manos en busca de luz. Atraigo las partículas con sigilo en formación de una pequeña esfera.

La lanzo a la mitad del pasillo empedrado.

Un destello abrupto toma sus pupilas mientras se deshace.

Encuentro cobijo en el parterre cercano al otoño cuando sus armas se desenvainan.

Abandonan el puesto a ciegas aun si eso les obliga a mover las espadas con torpeza en el aire.

Corro hasta el cenador. Los últimos pasos me acercan al fin a él.

—Twig… —susurro. Poso la mano con suavidad sobre su hombro.

—Mi princesa —Twig alza la mirada. Su tono se quiebra—. ¿Por qué habéis venido?

Su voz no guarda la emoción que yo esperaba porque he llegado a su lado. No sonríe. Su ceño se ha arrugado y esa pregunta…

—¿Cómo podría dejarte aquí? —me coloco a su altura solo por la inquietud de su recibimiento.

Sus labios se mueven, pero ese hermoso sonido que estaba dispuesto a contener mi desolación se ve opacado por choques de armadura.

No puedo prestarle atención. Hay guardias elfos abordando la hierba seca del cenador del otoño, salen de la clase de historia y los huecos donde se ocultaban.

Rodeaban a Twig. Dejo caer el peso de mis hombros al comprobar que Aranel mintió de nuevo.

Que sabía que esto ocurriría. Todos han posado las pupilas sobre mis manos ahora que desdoblo las rodillas para recuperar la postura.

Ni siquiera sé qué sucede. Miro a Twig, esos pliegues de terror marcados sobre su frente.

Es una tristeza que él no merece sentir.

Guardias alados descienden preparados para emprender una caza conmigo si intento aprovechar la ventaja de ser hada contra los elfos.

—Guardad la calma, princesa Eladriel —me indica uno de los guardias elfos con la mano abierta y apuntándome.

Y yo, ni siquiera me he atrevido a permitir que mi corazón dé otro latido. Solo he pestañeado asombrada por este recibimiento.

—Hay una orden de arresto en vuestra contra —confiesa el elfo con tono solemne.

—¿Y qué crímenes cometí? —la sorpresa hoy es incapaz de abandonarme el ceño.

—Estáis acusada de traición a la corona —declara el guardia con tono declamatorio.

Como si eso que está a punto de costarme la vida fuese solo parte de una extensa lista de protocolo.

—Se os busca por el asesinato de la reina y el heredero de la corona —termina de revelar el elfo.

Eso que dice… Sus últimas palabras… Hasta los rugidos de mi tripa se han detenido al escuchar eso de lo que me acusa.

Qué despreciable ser. Que Tien buscase a ese pequeño, que quisiese utilizarlo como el heredero legítimo de Eryas, no me causa ninguna sorpresa.