Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 42. El elemento natural. #4
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42. El elemento natural. #4

—Dime —Aranel contempla al guardia temeroso de forma altiva—. ¿Cuántos soldados han decidido seguirle?

—Más de la mitad de la guardia privada —confiesa el soldado.

Aranel bordea a su guardia con tanta premura por llegar a los ventanales, que ni siquiera se ha dado cuenta de que se ha alejado hasta que pestañea un par de veces.

—Su majestad —el guardia no despega la mirada de los escalones del trono ni ahora que está lejos de él—. Marcharía a reclutar a soldados de los pueblos de Rhysartyr.

—¡Guardias! —Aranel se desgarra en un grito hacia la puerta.

Un par de guardias armados entran antes de que el eco de su voz desaparezca. El golpe de sus lanzas no se escucha bajo los pasos encolerizados de la reina. Se doblan en una reverencia. Apenas han podido recuperar la postura cuando Aranel está delante de sus zapatos.

—Capturadlo —la reina me señala.

Ojalá hubiera si quiera bramado para dar esa instrucción. Me habría dolido menos que la serenidad con la que sus labios ha esbozado esas palabras.

—¿Darás esa orden? —doy un paso al frente. Mi mandíbula inferior cuelga desconcertada—. ¿De verdad lo harás?

Estiro los brazos sin pensarlo demasiado.

No tengo intenciones de huir de sus locuras.

Mis pupilas se pierden entra las suyas cuando los guardias me sujetan, las sostengo mientras me reducen para obligarme a unir las rodillas al suelo.

Y, en última instancia, yo debo alejarlas primero.

Ella está tan perdida en esos delirios que cruzan su mente, que no podría prestar atención a nada más que a su propia supervivencia.

Sé que no mostrará ningún atisbo de angustia al verme postrado ante la muerte.

Yo jamás hubiese permitido que nadie susurrase amenazas sobre ella.

Que su rostro se hubiera llenado de malas intenciones.

Yo acariciaba su cabello como si fuera indigno de ser tocado por mis manos.

Las suyas se colaban bajo mi ropa temblequeantes hasta convertirme en el rey de su compañía.

Aunque todos la llamaran princesa, para mí ya tenía un trono.

Tres veces repican las campanas. Hace tres horas que los guardias me obligaron a rendirle pleitesía al trono de los elfos, y Joralf aún no ha regresado.

Abandonó la sala hace menos tiempo del que me agradaría admitir.

Si no se hubiese marchado, habría sido capaz de desafiar las reliquias de hojalata que me vigilan para torcerle la cara de una patada.

Claro que, deshacerme de ellos hubiese sido complicado teniendo en cuenta que no dejan de vigilar mis pocos movimientos.

Entonces, esa hoja de madera de la puerta suena como si fuera una respuesta a mis plegarias.

Me muero del aburrimiento. Maldito Joralf y su presencia molesta…

No sé qué puede haberle sucedido, pero ese gesto torcido es una compensación a mi sufrimiento.

Arrugo la frente al ver como avanza a zancadas.

—Tomaron el camino, mi señora —se inclina Joralf.

—Es sublime —Aranel sonríe.

Apoya las manos en el alféizar del ventanal por el que se deleita con el reino.

—Guardias —la reina me dedica una mirada ladeada—. Traedlo.

Esas manos frías de metal sujetan mis brazos para levantarme como si fuese un completo inútil.

Mis pies no tocan el suelo… No esperaba que fueran tan altos.

Me arrastran hasta su lado y me lanzan a sus pies.

Bajo la figura amenazante de Joralf. Aranel se coloca a mi altura sonriente, su aliento roza mi oído.

—Esta será la última vez que contemplemos juntos las vistas de Rhysartyr —susurra con un tono de voz tan dulce, que hace a sus palabras hermosas.

A pesar de que me haya apresado. A pesar de ver como sus ojos ya no me miran con la misma suavidad que antes… Ella lleva a mi hijo en su vientre. No quiero que muera.

—Aranel —musito—. No te pongas en peligro, por favor.

—¿Me subestimas? —la voz de la reina se vuelve tan cortante como su cercanía.

—¿Qué harás si tu propia guardia se revela? —solo imaginarlo detiene mis latidos.

—Yo no correré peligro —desdobla las rodillas.

Se aparta hasta que sus labios vuelven a sentirse apetecibles.

—No tengo un trono donde llevarte, pero estarás a salvo —trato de ponerme en pie entre las manos de los guardias—. Nuestro hijo lo estará.

Percibo en ese aire frío que ha dejado al alejarse que, incluso si sus ojos me gritasen te quiero, sus acciones nunca lo dirían.

—Ponedlo en pie —dispone Aranel sacudiendo la mano con suavidad sobre la pared.

Puedo ver toda la extensión del reino elfo a través del grueso cristal.

Sus calles en forma de laberinto hasta envolver la ciudadela, las casas blancas con paredes lisas y perfectas…

Hasta las puertas que cierran la capital y los caminos que abandonan Eigton para adentrarse en las rutas de tierra que conducen a los pueblos de Rhysartyr.

Muchas criaturas se han reunido alrededor del burgo.

Sacuden los brazos. Alzan el puño al paso de los guardias reales que invaden las calles en compañía de mujeres y niños.

Mueven los labios con ímpetu como si también les lanzaran palabras de aliento.

Ellos golpean las lanzas una y otra vez contra el suelo al recibirlas.

—¿Permitirás que abandonen Rhysartyr? —pregunto sin dejar de mirar por el ventanal.

—¿Crees que puedo negarme a una orden firmada del verdadero gobernante de mi reino? —Aranel sonríe.

—No lo sé —niego en un hilo fino de voz.

—Ellos desean salir de Eigton para cumplir con ese decreto —asiente convencida—. Y su reina lo hará posible.

—Por primera vez no creo en tus palabras —ya ni temo que esos guardias me arrodillen—. No permitirías que se marchasen para acercarse a Eladriel.

—Debo respetar la decisión que han tomado, Lugh —aprieta los labios en una mueca de lástima—. Aunque estén equivocados…

—Confío en que no lo están —devuelvo la mirada al ventanal.

—Lo están —Aranel toma aire hasta que la llena entera—. Aquellos que decidan abandonarme a mí para unirse a ella, se encontrarán con el infierno.

Una criatura con alas irrumpe en el medio del camino mientras los guardias y sus familias cruzan las puertas.

Una criatura de mi reino. Un hada. Las hojas se cierran justo cuando ha desplegado los brazos para enviar esferas de luz contra ellos.

Una nube de fuego oscura los invade. La tierra se transforma en una masa compacta que viaja a toda velocidad por la libertad del cielo y se traga a quiénes están bajo ella.

Esos lamentos podrías atravesar cualquier vidrio.

Avanza por el sendero con celeridad engullendo a cada soldado y cada niño que encuentra hasta hacerlo desaparecer.

La salida de Eigton se ha convertido en una trampa mortal. Esos elfos salieron de este reino para siempre, pero no podrán pisar nuevas tierras jamás.

La multitud que vitoreaba su valentía desde las puertas de sus casas han desaparecido al contemplar la lúgubre llamada sobre las murallas.

Solo algunos curiosos se han mantenido férreos.

Debería agradecer que no puedo ver sus rostros desde aquí, pero están grabados en mi mente.

Una perla de duelo nace del lagrimar. Al menos, ellos no saben quién fue la mano ejecuta de esta barbarie.

—¿Cómo has…? —decido callar solo porque he aprendido a valorar la ignorancia.

—Pensé que Eladriel se atrevería a venir con su ejército de indecentes brujos —Aranel sujeta las manos al frente.

—Eso era para ellos… —niego.

—He de admitir que infravaloré su inteligencia —ríe confusa—. La idea de usar luz de hada sobre esa tierra que tomé de ese bosque…

—Yo podría haber estado entre ellos —por fin me atrevo a mirarla, pero el precio es mi respiración—. Podría haber desaparecido como lo hicieron tus guardias.

—Vuelve con tu amada princesa. Dile que esta es la respuesta del palacio elfo a sus sueños de reclutarlos —entre dientes, Aranel deja que se escape ese desprecio que siente por ella.

Ella se voltea para alejarse como si solo fuera una criatura con la que ha decidido ser benevolente.

—Antes de irme —elevo la voz solo para detener sus pasos—. Hay algo que me gustaría pedirte.

—Sabes que solo concedo últimas voluntades, Lugh —confiesa mientras continúa con la marcha—. No tenía pensado cortarte el cuello.

—Quiero me entregues a nuestro hijo cuando des a luz —ahora no necesito vociferar para captar su atención—. Sé que no lo quieres, pero yo…

—¿Has perdido la cordura? —me reclama con severidad.

—No quiero que lo condenen a la muerte —doy un paso hacia ella ahora que los guardias me han soltado.

—No permitiré que haya pruebas que puedan incriminarme ante los dioses —sacude la cabeza en un gesto de negativa.

—Podrían traicionarte para salvarle la vida —o al menos, eso es lo que yo anhelo.

—Concentra el poco juicio del que dispones para escucharme —su frente se inclina hacia delante. La reina tensa la mandíbula—. Ese niño morirá el día que vea la luz, yo misma lo haré si es necesario.

—Aranel… —mis fosas nasales se abren.

—Abandona el palacio antes de que me arrepienta de dejarte con vida —sus pies la llevan de forma solemne hacia el trono.

—¿Me matarás? —doy otro paso al frente.

—Debes preocuparte por Eladriel —profiere mientras sube los escalones—. Está a punto de caer en manos de Tien.

—Esperaba que hubiera algo en ti de ese alma pura que hallaba bajo las sábanas —aprieto los puños. Niego con decepción—. Pero la maldad en ti es un elemento natural que no puedes gobernar.

—Me buscarás cuando Eladriel desaparezca —sonríe. Su mano se posa sobre su tripa—. Tal vez, podamos intentarlo de nuevo.